Crónicas de la lectora devota:

Rest and Be Thankful de Emma Glass

Las novelas que retratan la vida interior de sus personajes en lo que parece ser un largo monólogo, tienen el doble reto de profundizar de manera adecuada en la cualidad realista de ese dialogo interior sin pausa y además, mantener interesado al lector. Algo que no siempre puede lograr una narración basada en esencial, en una única voz y en especial, la forma en que reflexiona sobre el mundo. Desde las maravillosa reflexión sobre la vida y la muerte de Susan Taubes en la reedición de Divorcing publicada este año, hasta la mirada dolorosa y enigmática de André Acimán sobre la pérdida de la inocencia de sus personajes en Encuentrame, el 2020 ha sido especialmente propicio para un tipo de literatura que enmarca la vida espiritual de los personajes, como un recorrido misterioso hacia lugares inexplorados de su mente pero en especial, una meditada búsqueda de significado a lo que quizás, no lo tiene en realidad. ¿Qué valor tiene en realidad las reflexiones privadas? ¿Por qué percibimos y reflexionamos sobre el bien y el mal desde el criterio de lo íntimo sin otro objetivo que la búsqueda de identidad? ¿Hay real relevancia en esas disquisiciones que la mayoría de las veces carecen de conclusión?

Esa percepción diminuta, irresoluta y sin verdadera importancia sobre el yo y la identidad, es la premisa de la novela Rest and Be Thankful de Emma Glass, un recorrido inquieto y sensible a través de lo que parece ser, una larga reflexión del personaje principal sobre su vida. O mejor dicho, acerca del momento específico que atraviesa: Laura, es una enfermera pediátrica que luego de casi dos semanas de trabajar sin parar, dormir apenas dos horas diarias y comer lo que puede llevarse a la boca de pie en el pasillo frente a las salas de terapia intensiva, sufre un caso gravísimo de agotamiento. No sólo se trata de cansancio. Laura describe lo exhausta que se encuentra desde una cierta visión temible: “Cierro los ojos y el mundo se mueve a mis pies, las piernas son sólo una sensación, la cabeza va de un lado a otro. No puedo pensar, sentir o creer nada más que debo seguir. Que si me detengo, no podré poner en funcionamiento el mecanismo interior de nuevo”. Lo piensa, mientras padece un episodio de vértigo que la deja pálida, con la piel cubierta de una película de sudor y la visión borrosa. “No es cansancio, es un tipo de destrucción muy elaborada” añade “cada parte de mi cuerpo se rompió en pedazos y ahora, no tengo una idea clara de cómo armar de nuevo, lo poco que quedó en pie”.

Por supuesto, nadie piensa de sí mismo en esos términos y Laura lo deja claro. El diálogo incluye un pequeño diario, algunas notas apresuradas en hojas sueltas pero gran parte del argumento, se basa en la interminable perorata interior del personaje, que incluye digresiones, líneas narrativas que se cruzan para llevar la narración y hasta la percepción de la perdida de la identidad. Una de las ideas más interesantes que Glass maneja, es sin duda el hecho que de la disolución del yo en medio de una serie de preguntas sin respuesta, que durante los primeros párrafos es más ordenada pero que se hace cada vez más complicada a medida que avanza la historia. Laura, agotada hasta el límite físico, aterida de frío en mitad de la noche, con hambre, sed y una profunda sensación de tristeza, comienza a cuestionarse si es necesario “semejante esfuerzo, este combate con la mujer que sólo quiere huir de aquí”. No hace mención al motivo de su larga estadía en el hospital, ni tampoco porque es tan necesaria su presencia.

Glass juega con una precisión formidable con el misterio y durante los capítulos iniciales, Laura parece sufrir de las consecuencias de todo tipo de malas decisiones laborales y personales. “No tengo a nadie a quien pedir ayuda o relevo, no puedo telefonear a casa y sólo decir “no quiero cuidar de estos niños”. De modo que sólo continúo aquí, asegurándome que todos estén bien envueltos en sus mantas, que duerman con tranquilidad y que ninguno sufra dolor”. Entonces llora, agotada, la frente apretada contra el cristal de la sala de recién nacidos. Está temblando de furia y de angustia, de una extenuación tan profunda que toca lugares crueles en su mente. “De poder, desearía que los que más me necesitan, murieran, para atender con más habilidad a los que seguramente, no tendrán problemas en sobrevivir”escribe en el cuaderno. Lo borra, escribe la frase, esta vez con menos veneno. “Me miento” se ríe en voz alta, alguien le mira con ojos muy abiertos al otro lado del pasillo. Las cosas comienzan a ser un poco extrañas alrededor del personaje, como si la realidad comenzara tener pequeñas fracturas. “Tengo la sensación el tiempo pasa, pero en realidad no lo hace. Sólo es el tiempo sobre el tiempo, la conjunción de todo lo que no ocurre y lo que temo ocurra”.

Es entonces, cuando la novela llega a un giro que cambia todo lo planteado hasta entonces, para tomar un recorrido por completo nuevo. En una de las interminables horas de cambiar pañales, administrar medicamentos, asegurarse que mantas y pequeñas almohadas esté en su lugar, distingue una figura oscura en una de las salas solitarias. “Lo he visto, no es una alucinación. Un hombre que me miró en las sombras y desapareció”. Laura no es creyente en fenómenos paranormales y en medio del sobresalto, explica — recuerda — su infancia anglicana, su escepticismo pero en especial, los terrores infantiles que de pronto, son más reales y cercanos que nunca. “¿No es en absoluto incompresible esto? No creo en nada, pero estoy segura vi algo, de pie. Un hombre. Una versión oscura de algo que creo recordar y no puedo”. Se trata de una audaz pirueta de argumento y género que Glass logra gracias a que su personaje, es en realidad, varias dimensiones sobre el miedo, la pérdida y el fracaso, en medio de una conversación disruptiva que para el segundo tramo de la novela, comienza a ser por completo ambigua. Ya para entonces Laura no es una heroína, tampoco una mujer que trabaja sin descanso, sino una figura marginal y agotada en una sala de hospital en Londres, que lleva varios días sin descansar y lo hace, por algunos motivos, que de pronto comienzan a surgir en medio de sus frases angustiadas como trozos de información dispersa. “De quedarme en casa, podría solo llorar. Ir al baño, clavarme las uñas en las palmas de las manos, enfurecerme contra el reflejo, gritar. El dolor físico sustituye el mental, pero ¿a qué precio?” Lo escribe mientras aun tiembla de miedo por la figura del hombre que vio, el que está convencida le vigilaba. “Era algo sobrenatural, no natural. Aunque ¿cual es la diferencia entre ambas cosas mientras deliras, sin poder evitarlo?” ahora escribe con los dedos retorcidos, a punto de echarse a llorar. “Quiero huir y no puedo hacerlo”.

Glass juega con la percepción de la realidad de Laura, pero a diferencia de Susan Taubes — que analiza la cuestión desde la muerte y la vida como una frontera tópica — lo hace a través de la cordura. O al menos, la percepción de la cordura de alguien que no sabe se encuentra en peligro de perder la razón. Uno de los grandes logros de Glass es que Laura es un personaje con el suficiente peso como para cambiar de registro y seguir conservando el punto de atención esencial sobre lo que narra: algo ocurre en su mente que ahora, rebasa la abstracción del pensamiento y roza la realidad. “¿Estoy enloqueciendo? me gustaría que esa fuera una pregunta sencilla, que pudiera hacerla y obtener una respuesta. Sí, lo estás. No, sólo has visto un hombre que no estaba ahí, pero la locura es mucho más compleja que eso” Laura ahora escribe garabatos en todos los lugares en que puede, mira a su alrededor. El hombre podría estar en cualquier parte, observándole. “Si alguien muere esta noche, desearía ser yo” dice mientras escucha a dos enfermeras hablar sobre la alta mortalidad infantil en el hospital — nadie explica el motivo, nadie señala una causa — pero se trata de una situación cada vez más grave y violenta, que rodea a Laura como una especie de amenaza latente. Está temblando, aterrorizada, cansada. Tiene tanta hambre que las manos le tiemblan y la letra en las hojas comienza a ser ilegible. “Tengo miedo, tanto miedo” escribe. “Tanto miedo, tanto dolor, la sensación que todo se cae a pedazos”.

Laura está comprometida o al menos, eso deja entrever en varios momentos. Habla de su novio, un hombre que va y viene en su vida “en los peores y mejores momentos”. Pero poco a poco, el panorama se dibuja más sombrío: en realidad Laura está en mitad de una ruptura dolorosa, aplastada bajo horas de discusiones telefónicas que no llegan a ninguna parte y pequeñas escenas de sexo insatisfactorio. “Antes del amor, estuvo la nada y a la nada regresa el amor” escribe y comienza a llorar, aterrorizada, aturdida, tan abrumada que la novela discurre alrededor de ese colapso a ciegas que se ha descrito con sutileza paso a paso, pero ahora es un gran estallido. Una sacudida violenta y maníaca. La narración, que transcurre con un ritmo disruptivo y doloroso que acelera y se detiene a tramos de largas descripciones sin objeto, es un reflejo momentos de profunda angustia, de dolores desesperados que se enlazan con algo más misterioso y al final, un recorrido extravagante por ideas dispersas, algunas tétricas, otras simplemente humanas y al final conmovedoras.

Por supuesto, Glass aprovecha la oportunidad de los largos párrafos sin verdadero objeto para crear un juego de aliteraciones, sucesiones de ritmo y fondo y una mirada estilística sobre la obra, que tiene una relación profunda y valiosa con el tiempo que atraviesa la mente de Laura al mismo tiempo que el real. Laura está devastada por la tristeza, pero no del todo vencida. Y sobre todo, se refugia en lo sensorial, se aferra al hecho que el mundo alrededor tiene sentido porque puede traducirlo a través de los sentidos. “A medida que levantamos a los bebés (los sostenemos, les cuidamos, les protegemos) espero oler la fragancia floral falsa o las sábanas recién lavadas, pero todo lo que huelo es esterilidad seca, el leve olor a acero, vapor y un leve chamuscado. Nada es real en el hospital, todo está dispuesto para sostener lo que creemos posible, plausible y comprensible”. Y sin duda, continúa obsesionada con el hombre que cree le acecha. Que está entre las sombras. Que la mira allí a dónde va.

En manos menos hábiles, la combinación de géneros, narraciones y voces — Laura en ocasiones parece desdoblarse en dos personajes disimiles — podría haber resultado incomprensible, pero Glass logra que las largas rutinas que detalla — cuidar a los pacientes, llorar en el breve trayecto a su departamento, gritar de furia, temer al hombre de sombras — sean en realidad, el sustento de algo más elaborado que se esconde entre líneas y que la escritora se reserva para el final, en una especie de extrañísima reconversión de la idea de la mente como último refugio. Glass describe la parálisis del sueño de Laura con una cualidad vívida que además, brindan al personaje una humanidad desesperada. Despierta, empapada de sudor, llora, se aferra a las sábanas. Recuerda debe volver al hospital. Lo hace a la carrera. Ve una figura oscura en la calle. Se aterroriza, corre a su puesto de enfermeras. Todo mientras su mente no deja de reflexionar, de describir todo lo que pasa con meticuloso cuidado. Cada descripción tiene un valor concreto, un peso, una forma de belleza. “La alfombra verde oscuro es exuberante y espesa como helechos del bosque”. La misma delicadeza con que de hecho, narra sus alucinaciones, se sostienen y se miran como formas refractarias de una misma idea, que elaboran una consciente expresión del mundo interior de Laura “Estas visiones están en mí, son mis venas, son las fibras de mi corazón. Me cosen con puntadas negras “. La novela avanza a un ritmo febril, plagada de imágenes densas y simbólicas que cada vez se hacen más poderosas, más violentas y angustiosas. Laura va camino al colapso total, al suicidio, a la pérdida absoluta. Pero no sabemos cómo o cuando sucederá. “Compartimos este espacio donde siempre estamos en espera y siempre disponibles ” dice Laura, temblando, en la taquilla de las enfermeras, llorando en silencio, escondida detrás de puertas y cortinas cerradas“Absorbemos el dolor, demasiado denso con el desorden para notar que todo lo que nos rodea se está secando y creciendo. Nos despertaremos un día en un páramo, rodeados de los huesos desmoronados de quienes nos amaron y esperaron a que los amáramos nuevamente ”. Laura está a punto de sucumbir a sus terrores, al hombre oscuro que ahora aparece en todas partes, a la sensación que el abismo está muy cerca. Golpea las paredes, sacude la cabeza, grita sin que nadie la escuche. “Creo que hoy morirá alguien y seré yo”.

Para las últimas páginas de la novela, los misterios alrededor de Laura se revelan de una manera natural, se hacen tan obvios que el lector podría preguntarse como no lo notó antes. Y es esa cualidad de mantener el secreto en lo obvio es lo que hace de Rest and Be Thankful un extraordinario ejercicio de narración, de pulso creativo y algo más poderoso, que se mantiene incólume hasta sus últimos párrafos “El dolor me recorre los brazos y los hombros. Sigo adelante. Cada compresión lo significa todo. Y todo esto podría no significar nada” dice Laura, en plena disolución del sufrimiento, en busca de respuestas, aturdida. El desgaste emocional es completo, pero aun así, el personaje tiene la suficiente fortaleza para continuar en pie, para revelarse en toda una brillante confirmación de la mirada íntima, como un espejo extravagante sobre lo que somos como individuos. El miedo y la pena disuelven con lentitud el tránsito de Laura hacia algún tipo de sosiego, pero lo que descubre a cambio, es tan poderoso como radiante. Una verdad, en medio de cientos de insinuaciones, una grieta sobre la mirada de lo temible, en medio del terror y cierta expiación que resulta deslumbrante por su inesperada capacidad para conmover.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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