Crónicas de la lectora devota:

Collected Stories de Shirley Hazzard

La literatura suele ser un reflejo de su época y por lo tanto, la pregunta sobre lo oportuna que puede ser — o no — una obra, siempre forma parte de cómo se le analiza. Después de todo, la literatura es una instantánea del momento que trata de describir, narrar, mostrar. O al menos intenta serlo. De modo que el gran cuestionamiento acerca de la pertinencia de un libro, tiene una relación directa con la interpretación de su objetivo. ¿Qué desea decir el autor? ¿Qué confronta a través de la literatura? ¿Cuales son las preguntas que se hace en voz alta una vez que analiza y condiciona la percepción sobre la realidad que le rodea a la palabra? Escribir es un ejercicio de reflexionar sobre el entorno, la concepción del mundo, incluso la textura misma sobre la identidad colectiva. ¿Cuando una mirada semejante deja de tener sentido temporal? ¿Cuando una percepción sobre el poder que brinda al escritor su percepción de lo real se hace obsoleto?

Parte de las reflexiones anteriores rodearon la publicación de la recopilación de relatos Collected Stories de la fallecida escritora Shirley Hazzard. De hecho, buen aparte de la crítica estadounidense se preguntó sin mucha discreción y sin con mucha poca caridad, si la obra de la célebre cuentista no resultaba “anticuada” en la actualidad. ¿Cuando pierde vigencia una narración? ¿cuando se le considera anticuada? No es sencillo profundizar en conceptos que tienen una relación directa con la subjetiva capacidad del oficio literario como reflejo de lo contemporáneo. ¿Hay libros que terminan por envejecer de forma poco amable? ¿cuyo lenguaje y propósito se hace menos poderoso? Hace cinco años, preguntas parecidas se plantearon con respeto a la obra Manual para mujeres de Limpieza de la escritora Lucia Berlin, obra póstuma que recopilaba la obra de una mujer que en vida, no se consideró escritora y que de hecho, jamás escribió con el afán de la trascendencia, lo que suele vincular directamente con el hecho de la novela como una expresión concreta sobre lo que se considera actual. Berlin había escrito la mayor parte de su vida, había analizado el mundo en tránsito que le tocó vivir por espacio de casi dos décadas. ¿Qué tan oportuna o actual era su obra?

El libro resultó un éxito de crítica y también, una gran reflexión sobre las obras incompletas de autores que no crearon un cuerpo de trabajo dirigido a la posteridad. De modo que sin el propósito de ser perdurable ¿era la colección de cuentos de Berlín más valiosa que otras escritas con la expresa intención de mantener cierta frescura discursiva y estética? El debate también se extendió hasta el anonimato de Elena Ferrante, la condición de su obra como parte del mito alrededor de su identidad, la búsqueda del sentido de lo que se escribe como parte de una repercusión de considerable importancia literaria. ¿Hay un momento en que la obra pierde sentido, deja ser relevante? Hace unas semanas, Publishers Weekly calificó el libro de Hazzard como una serie de relatos que juntos, tenía la cualidad estética de “antigüedades pintorescas de una época pasada”. La afirmación causó revuelo y trajo a colación el tema siempre pertinente sobre la cualidad de la escritora como un reflejo del yo colectivo. ¿Eran las historias de Hazzard algo más que relatos ambientados en una época en que las condiciones de la mujer, el mundo y la sensibilidad era por completo distintos? ¿cual era su importancia actual?

La salvedad proviene del hecho que incluso cuando se publicaron por primera vez en 1960, los relatos de Hazzard no estaban pensados — o así lo admitiría la propia escritora al New Yorker— para ser reflexiones atemporales. Eran pequeñas versiones de su identidad, extrapoladas al hecho literario para narrar el mundo como una serie de experiencias que, todas juntas, sostenían una mirada novedosa — que no específica — sobre la época y su personalidad. En el mundo de Hazzard esa percepción individual se basa en el misterio. Pasó buena parte de su carrera profesional como escritora en un intento de experimentar sobre la percepción literaria desde un ángulo íntimo. Podía hacerse preguntas sobre el hecho de ser mujer, de ser académica y después, creativa, a través de sus cuentos, que no estaban destinados a parecer especialmente modernos o a complacer las corrientes contemporáneas en boga que predominaron sobre su vida. Murió en el año 2006 pero sólo en la actualidad, su obra — exquisita, durísima y de enorme calidad — obtiene una merecida notoriedad, luego de décadas de ser publicada a trozos o en partes en distintas recopilaciones o colecciones dedicadas a su aporte a la literatura estadounidense. De hecho, la discusión alrededor de Hazzard y su obra, es un enunciado inteligente acerca de lo que hace que un escritor decida narrar. ¿Es la narración oportuna? Fue la pregunta que se repitió varias veces desde que se anunció una re edición de sus obras. Hazzard no necesita el sentido de la oportunidad. Elaboraba el sentido de la existencia de obra como expresión personalísima sobre su manera de asumir al mundo.

A pesar de la leyenda que envuelve su obra — y el aire casi icónico que la envuelve como escritora en tiempos de especiales dificultades para la mujer que escribía — sus primeros cuentos fueron publicados durante los años sesenta en algunas revistas y su primer y desconocido libro llegó a unas pocas librerías de norteamérica en 1981. Un trayecto discreto y elegante para una escritora que nunca se reconoció a sí misma como tal y que repitió más de una vez que sólo era “amante de las letras” y que no estaba “particularmente interesada” en la fama. Hay algo seductor en la forma como Hazzard transitó con delicadeza los lugares comunes del escritor en ciernes y sobre todo, esa leve fragilidad que sugiere su silencio, su pequeños intentos de trascendencia e incluso, la definitiva caída en el anonimato. Porque Hazzard no logró el éxito literario durante su vida pero si allanó el camino — con una concienzuda paciencia que parece meditada y consciente — para consolidar un prestigio futuro que no vivió para disfrutar. Como si uno de sus personajes se tratase — atormentada, temible y mundana — la historia de Hazzard — y su relación con la escritura — es casi tan poderosa como la obra que le sobrevive.

Leer las historias de Hazzard es una aventura casi emocional: son relatos de hombres y mujeres sofisticados cuya única motivación es la curiosidad. Analizados en el contexto de nuestra época, la visión de personajes que tomaban un avión para recorrer Europa en busca de respuestas existencialistas, tiene algo de romántico, incluso con cierta percepción de una reminiscencia gótica inevitable de encontrar en la forma en que la autora narraba la vida despreocupada pero intelectualmente intensa, de cada uno de los protagonistas que imaginaba para su obra. Sus relatos extraordinarios como la casi desconocida El tránsito de Venus (1980) y El gran incendio (2003) — incluidos ambos en Collected Stories — son una percepción muy vivaz sobre la forma en sus historias se hicieron más mordaces, duras pero sin perder ese aire idílico y un poco doloroso. La búsqueda de un conocimiento casual sobre la vida, la forma en que la vivimos y lo que hace a lo que somos, una expresión de las inquietudes y sombras más privadas de nuestra mente.

Porque Hazzard es muchas cosas a la vez. Y quizás ese sea el motivo que sus cuentos sean una amalgama de todo tipo de elementos, vivencias y una sutil mirada hacia el existencialismo basado en la experiencia personal. Exquisita, pulida, mordaz, divertida, tenía la capacidad para contar entre líneas lo que cada uno de sus relatos escondía en el subtexto. Las largas conversaciones de sus personajes en realidad son excusas para elucubrar sobre lo que no dicen, no esperan, la desesperanza reconvertida en una concepción muy extraña y absurda sobre lo monótono. Hay chistes privados, la sensación real que esas largas peroratas que en ocasiones no llevan a ninguna parte, son expresiones sensibles acerca de la naturaleza humana. En uno de sus cuentos, una mujer se queja sobre la soledad al otro lado del teléfono. “Incluso, cuando conversas, la otra persona podría no estar escuchándote en realidad” se lamenta. “Es como escucharte sin parar, en un ciclo lento”. La mujer dice lo anterior a un hombre que fuma y la mira con los ojos muy abiertos, que podría estar prestando atención o no a sus palabras. Y es la doble interpretación de esa concepción, ese recorrido por las pequeñas grandes cosas en los relatos de Hazzard, lo que hace a Collected Stories un recorrido enigmático por una colección inteligente de silencios.

Quizás por ese motivo, la periodista y novelista Zoë Heller escribe una introducción para el libro en la que elabora una conclusión básica: Hazzard utiliza lo “anticuado” como una trampa para recorre la atemporalidad. Según Heller hay “una afinidad más cercana con la prosa clásica de los siglos XVIII y XIX que con el trabajo franco y desenfadado de sus contemporáneos”. Pero el lenguaje es en realidad una trampa, porque Hazzard utiliza ese diálogo que puede hacer muy antiguo o pasado de moda para hablar sobre el machismo en el mundo literario, el confinamiento de la mujer a lo doméstico, la versión de la realidad que sostiene lo mundano en sus relatos y en especial, su infalible capacidad para creer y sostener la necesidad de la soledad, un concepto en extremo moderno que Hazzard expresa en términos elaborados. “Estar solo es un recorrido simple por los lugares abandonados de tu vida” cuenta un viudo en uno de sus cuentos más dolorosos. “Aprendí que estar solo es una pretensión, mientras que buscar la soledad, es un temor que se extiende a todas las épocas. Al final te quedas solo — estás, lo quieras o no — porque la vida es esencia solitaria.

Se dice que Hazzard era fría, firme, extraña. Hay quienes insisten en lo contrario y hablan de su cualidad amable, de su conocimiento infalible de lo humano y lo enigmático de la naturaleza del otro. No obstante, Hazzard es mucho más que la suma de sus defectos y virtudes: es una observadora nata que logró construir una serie de referencias sensoriales que luego volcó, con una precisión y crueldad que sorprende, en cada uno de sus cuentos. En todos sus relatos — vitalistas, llenos de una dureza meditada que en ocasiones resulta casi insultante — hay una enorme conciencia sobre la diferencias culturales y sociales que Hazzard explota con un pulso sabio y brillante que asombra por su precisión. La escritora escribía para comprenderse mejor, para entender mejor el mundo que le rodeaba, para asegurarse que había un tránsito elemental entre su personalidad y los relatos que creaba, una especie de reflejo convexo en un espejo literario cada más elaborado.

Hazzard era una incansable escritora, que lleva un cuaderno de notas que lleva a todas partes. Se trata de una obsesión íntima, que compartió muy poco y que parecía más un medio para encontrar consuelo que un verdadero ejercicio de oficio. No obstante es escritura de alto calibre, una potente colección de relatos y vivencias que retrata una vida intensa y extrañamente marginal, que sin embargo tiene todos los ribetes de una profunda experiencia sensorial. Pero más allá de eso, Hazzard es una concienzuda e inteligente visionaria: no sólo utilizó la literatura como consuelo sino el consuelo como parte de una forma de expiación a través de la palabra.

Hazzard fue una mujer cosmopolita que volcó su curiosidad por el mundo en cada relato, ambientado en lugares, situaciones y entornos sociales distintos, como pequeñas capsulas burlonas sobre la sociedad. Nacida en Australia, en 1947 viaja Hong Kong para culminar su educación formal. Tenía 16 años, y ya comenzaba a escribir: relatos bien construidos sobre las diferencias culturales y en especial, sobre la soledad del desarraigo, un tema que le atrae luego de pasar más de seis meses en Japón aislada sin poder entender el idioma del país. En 1951, llegó a Nueva York y por diez años, se vio en la obligación de ser una secretaria bien pagada en las Naciones Unidas, en dónde no sabían qué hacer con una mujer que hablaba cinco idiomas y un enorme talento para escribir. “A una mujer joven le dieron una máquina de escribir y le dijeron que se callara”, escribió en uno de sus diarios privados. Pero la experiencia le permitió escribir y varios de sus relatos publicados años después, provienen de ese espacio inquieto y elaborado sobre lo cotidiano, que no lo es tanto, escondido, perdido y disminuido en su valor e importancia.

Hazzard sorprende por su capacidad para mirar desde la periferia lo cotidiano, analizar sus bordes incómodos, las historias que quizás nadie querría escuchar y pero sobre todo, por su percepción sobre la melancolía y la pérdida. El libro Collected Stories resume con precisión esa perspectiva sobre el mundo a las sombras y además lo hace con profunda comprensión de esa oscuridad perenne, en la cual reflexiona desde con sentido del humor y un amargo cinismo no exento de belleza. En conjunto, sus relatos llenos de marginados son una obra autobiográfica que disimula con una prosa deliciosa y llena de alegorías más o menos dolorosas sobre el mundo que se desploma a su alrededor. Para Hazzard, nada humano es ajeno y esa comprensión meridiana sobre la naturaleza espiritual de sus personajes, es el núcleo emocional de una obra repleta de referencias al dolor, los pequeños desastres cotidianos, las tragedias anónimas que pueblan una dimensión casi onírica del sufrimiento espiritual.

Cada una de las escenas que la escritora describe en sus relatos — casi todos ambientados en una atemporalidad fragmentada y deprimente — son un reflejo no sólo de su propia vida, sino también de las cientos de vicisitudes misteriosas por las cuales atraviesa cualquier adulto contemporáneo. Y quizás en ese silencio a dos bandas, esa noción sobre la angustia existencialista y algo mucho más terrenal y sucio, es el motivo el triunfo de una obra concebida para la reflexión sobre la travesía del espíritu humano hacia una redención mínima, en ocasiones sin sentido y siempre banal. Un libro inolvidable de una escritora perspicaz y conmovedora que sorprende por su buen hacer literario. Un misterio dentro de un misterio, en el que la sagacidad de una escritora que jamás se consideró tal, se transforma en una mirada esencial e intuitiva hacia lo cotidiano y más allá de eso, hacia el dolor — anónimo y blando — que para Hazzard pareció ser la mayor fuente de inspiración.

Se dice que Hazzard es un genio en crear personajes extraordinarios con pocos detalles. Y en los 28 relatos de Collected Stories, no sólo lo hace, sino que depura su enorme capacidad para la narración en algo más completo, elaborado y en especial, poderoso. Un recorrido a través de la tristeza, la alegría, el sin sabor de lo cotidiano, todo a través del cristal de una elegante alegoría hacia el tiempo perdido, la belleza de lo que somos y la búsqueda de la razón por la que nuestra vida, es un conjunto de fragmentos desordenados. Quizás, su mayor logro.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

Get the Medium app

A button that says 'Download on the App Store', and if clicked it will lead you to the iOS App store
A button that says 'Get it on, Google Play', and if clicked it will lead you to the Google Play store