Crónicas de la lectora devota

All This Could Be Yours de Jami Attenberg

Las familias — o los conflictos dramáticos y a menudo siniestros que ocurren en ellas — es uno de los temas favoritos de la literatura actual, en la que la tensión interna y emocional de padres, hijos, esposos y esposas se manifiesta como líneas argumentales de un raro valor narrativo. Con su sexta novela , la novelista Jami Attenberg reflexiona no sólo sobre el tema de las familias deformadas por el dolor, la angustia y las tragedias, sino también sobre un tipo de maldad sugerida y potente que se relaciona de forma muy directa con la naturaleza humana. Para la escritora (conocida por su magnífico libro del 2004 ) las cualidades morales que se asumen como inevitables y también, la oscuridad interior que crea monstruos son rostro humano. Entre ambas cosas, logra enlazar virtudes y sufrimientos misteriosos que crean el contexto ideal para un tipo de historia ambigua sobre la naturaleza humana, el dolor y sus enigmas inclasificables.

La autora es especialista en narrar la vida cotidiana de familias disfuncionales, que poco a poco, se convierten en el caldo de cultivo de historias siniestras. no es distinta y de hecho, la novela utiliza el recurso de narrar en un único día de Agosto, la vida de , un septuagenario que ha hecho un daño irremediable, silencioso y profundo a su familia. En medio del paisaje de una Nueva Orleans idealizada, la historia transcurre en medio de una tragedia mínima, que se adivina a través de todo tipo de anécdotas y vivencias amargas que se unen entre sí para crear un gran tapiz sobre el miedo, el sufrimiento y la angustia existencial. logra que la expresión de la identidad de su personaje — que acaba de sufrir un ataque cardíaco — se analice y se enlace con algo más poderoso, extraño y retorcido. Al final, este día interminable y sus consecuencias, son una mirada inquieta sobre el sufrimiento emocional y sobre todo, los vínculos tóxicos que suelen enlazar como oscuras historias compartidas, a buena parte de las familias.

De hecho, basa su efectividad en la capacidad de la autora para cuestionar lo que se supone debería contar y lo que se esconde, detrás de una apariencia doméstica y casi bucólica. Nueva Orleans en verano brilla como un telón de fondo de vegetación hostil y abundante, mientras la familia de intenta comprender qué ha ocurrido con el patriarca y más allá, que se esconde detrás de la indiferencia, la distancia emocional y la frialdad con que la mayoría se toma la noticia de agonía. Attenberg no hace las cosas sencillas y la narración se hace más densa, más dolorosa y más extraña, a medida que avanza en medio de una serie de detalles imprecisos que juntos, crean una rara mezcla entre cotidianidad y un ensueño siniestro imprevisible¿Cual es exactamente el nudo de la historia? ¿La vida atormentada y a menudo desordenada de ? ¿O la serie de secretos que subyacen debajo de la apariencia crepuscular de una ciudad que lleva a cuestas sus propios secretos? ¿O quizás una mezcla de ambas cosas, convertidas en un fenómeno de pura especulación sobre los horrores que se esconden puertas adentro de las casas familiares?

El libro no se prodiga con facilidad y avanza a un ritmo mesurado que podría confundir pero que en realidad, es un análisis pormenorizado de un tipo de sufrimiento sin nombre imposible de definir a primera vista. Hay algo ritualista y casi sobrenatural en la forma como se asume la existencia de la muerte — la cercanía de la incertidumbre — y su relación con la posible muerte de , convertido en una alegoría al sufrimiento ritualizado y en pulso poderoso del miedo. El libro analiza a sus personajes — la mayoría piezas sueltas de una larga historia familiar de sufrimientos y desencuentros — y transforma al habitual estereotipo del cabeza de familia en una idea más cercana a un hombre que simboliza los pequeños horrores insospechados, lo cual añade una inusitada complejidad a los personajes y también, una dosis de perversa concepción sobre el miedo y los deseos complicados que anidan en el Universo que rodea a la familia .

A pesar de las expectativas que podría despertar el anterior trabajo de , huye del habitual juego de culpables e inocentes, para construir algo mucho más elaborado y competente sobre el sufrimiento, las familias rotas y la percepción . Con susardónico y tétrico, una ciudad sumida en la desesperanza y una mirada caótica sobre el sufrimiento como base de la violencia, la serie tiene la capacidad de concebir una idea agresiva sobre lo femenino pero además, elaborar algo más duro de asimilar. La narración de conserva toda la belleza agónica de sus anteriores aventuras literarias, pero le añade un elemento duro y cínico que elabora un discurso nuevo sobre el sufrimiento, con enorme crudeza y sin caer en dramatismos o análisis morales. actúa como un eco de algo más sutil, pero a la vez, retorcido de lo que se muestra a primera vista.

Con su atmósfera delicada, derruida y melancólica, tiene el tono y el brillo lustroso de una joya antigua mal conservada, a punto de destruirse por la presión de la realidad. Cuando las confesiones del daño que ha causado a su familia comienzan a relucir, el ambiente de la ciudad se vuelve un reflejo residual y doloroso de una idea compleja sobre el daño espiritual y moral que puede ocasionar el maltrato, las agresiones y el miedo. Hay una esencial búsqueda de significado en la idea corrosiva que enlaza la identidad con la de quienes nos rodean, una perspectiva que Attenberg cuestiona desde el miedo y también, desde una ternura aciaga de pesadilla. no es un personaje sencillo y a su alrededor, se teje una red de pequeños sufrimientos que terminan creando una red de interminables conexiones en cada miembro de su familia. “Ha sido el horror espectral que he llevado a cuestas por años” dice el hijo del personaje, para luego mostrar una cicatriz que apenas puede notarse en la piel. “Esto me lo ha hecho al golpearme, tantas veces que la piel sólo se abrió” cuenta en voz baja y lo hace, frente a la sala de cuidados intensivos en la que agoniza su padre. La angustia se transforma entonces en algo más, en una expresión durísima sobre la naturaleza humana que se esconde en medio del miedo y el amor.

De la misma manera que la prosa de , la Nueva Orleans que describe tiene algo de narcótico, sugerente y delicado, al borde mismo de una percepción de la locura refinada y ambivalente. Pero a medida que la narración avanza y los secretos se revelan uno a uno, la ciudad se transforma en un entorno de pesadilla, sombrío e inquietante., con la memoria escrita en su piel, es el rostro de un horror doméstico y enigmático. Una nueva forma de comprender el desarraigo y la soledad a través de una sutileza casi venenosa que es quizás, el elemento más perturbador de una novela en la que nada es lo que parece. Se trata de un hombre inequívocamente malvado, retorcido y cuya muerte liberará a su familia de un pasado plagado de un tipo de angustia insoportable que apenas ahora, comienza a admitirse en voz alta. Pero a la vez, es el centro esencial, de la forma se comprende a sí misma. “Somos víctimas, pero también, somos sus hijos y hermanos” dice un pariente sin nombre, que la autora no describe más allá de su figura encorvada y sus manos temblorosas. “Es parte de nuestra vida y al mismo tiempo, no lo es”. La frase — que puede parecer sencilla — engloba la forma como la violencia vincula a la familia , el silencio corrosivo que les rodea y también, la concepción de la violencia y el amor mezcladas en una única percepción del bien y del mal. Un tema que maneja con mano firme y a la vez, una versión inquietante sobre esa mirada al dolor como un discurso en común entre las familias.

Por supuesto, se trata además de un relato narrado de forma magnífica, que enlaza el pasado y el presente de forma impecable, hasta crear un paisaje de la vida de un hombre vil con una elegancia asombrosa. Desde la primera línea, la escritora deja claro que no habrá concesiones para este hombre que agoniza en el suelo, con la mano sobre el corazón “Era un hombre enojado, era un hombre feo, era alto y caminaba golpeando con fuerza la tierra”. Este monstruo descomunal, cuyos pasos arrancaban un sonido enigmático, también era el mismo que saludaba con el sombrero a los viejos sentados en los pórticos y en las calles. “De la misma maneras que podía golpear, insultar y hacer daño, también saludaba con mano abierta a los vecinos, a los amigos de toda la vida, a los hombres y mujeres que le vieron crecer”. Más allá de eso, es también la representación esencial y coherente de cómo se comprende la agresión doméstica como un hecho natural y hasta normal. “Porque golpeaba, claro que lo hacía y también amaba” dice más adelante su esposa , que “se sentó en el sofá, con la postura tibia, los hombros flojos, la cabeza encorvada, sin reconocer su existencia a menos que Víctor le mirara, le hiciera sentir podía existir”.

Los personajes de funcionan en una especie de singular red de conexiones que al principio, no parece tener mucho sentido, pero que se conecta entre sí a medida que la historia elabora una versión de la realidad mucho más siniestra de la que la escritora muestra en las primeras páginas. Del vecino “un poco violento” que fue, descubrimos al hombre que deja inconsciente a su esposa sobre el suelo de la cocina “por la fuerza de los puños y la cólera”, describe con dolorosa simplicidad. “La golpeó una y otra vez, hasta que los nudillos dejaron de doler y ella de gritar. Al final, había placer en el movimiento de los brazos, de los puños que suben y bajan, la sensación que la mujer con el rostro ensangrentado es todas las cosas buenas y malas que se conectan a través de su vida como una epifanía grotesca”. Con una única escena, conecta la versión de Víctor amenazante pero inofensiva y la más cruel, la real, la que envió a su mujer al hospital “sin que mediera remordimiento alguno. Sólo un hecho entre tantos, de una vida en la que el sonido de los golpes era más corriente que el de los besos”.

Se trata sin duda, del retrato de un hombre brutal contado de manera brutal, un recorrido hacia la oscuridad de una familia con demasiados secretos que se esconde bajo una apariencia corriente. Pero también es mucho más que eso: es el cuestionamiento esencial sobre el motivo por el cual la violencia se oculta. es el centro motor de una historia desagradable pero también, de una reflexión angustiosa sobre el miedo, las heridas emocionales y las cicatrices que llevan a cuestas los que han tenido que batallar con el abuso como parte de su vida cotidiana.

Pero a diferencia de otros tantos libros con temáticas similares, no hay redención. Víctor sufre un infarto y mientras las horas transcurren, su familia espera que muera, sin que haya algún tipo de remordimiento por el alivio silencioso que llena a la familia que aguarda en silencio. En realidad, unos y otros, dedican las horas silenciosas en comprender la relación que sostuvieron con el padre o el esposo. El sonido de los gritos, los llantos, las suplicas. La presencia enorme de Víctor alzándose sobre cada uno de ellos. Pero al final, la amargura es un tipo de sombría celebración, una versión de la realidad tan cotidiana como oscura. Mientras el resto de los parientes de otros tantos pacientes lloran y se lamentan, la de Víctor aguarda, en silencio, tensos, regocijados por la posibilidad de la liberación.

Por supuesto, se trata de una historia que se conecta de forma dolorosa con la angustia existencial y algo más duro de comprender a primera vista. Una versión del bien y del mal que se sostiene sobre los terrores que se ocultan como secretos compartidos y quizás, al final de todo, una mirada hacia lo esconden los rostros — múltiples e inexactos — de la realidad.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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