Crónicas de la lectora devota:

The Chain de Adrian McKinty.

Una niña es secuestrada y su madre, obligada a cometer un crimen absurdo para liberarle. El axioma sobre el crimen y los difusos límites de la moral es un tema habitual novela negra actual, que además, tiene un fuerte ingrediente de crítica social y cultural que se emparenta la resolución del crimen a resolver con algo más tenebroso. Para el prolífico escritor irlandés Adrian McKinty la combinación entre lo turbio, lo moral y lo directamente tenebroso es también lo que permite analizar la transgresión mínima entre principios que se asume inamovibles. Es esa premisa lo que hace de The Chain su novela más reciente, un recorrido por esa notoria ambivalencia entre el bien y el mal moral en el escenario de un crimen inverosímil.

Claro está, la historia que cuenta The Chain no es original: los secuestros como método de presión a personajes o como desencadenante de situaciones de enorme presión espiritual son muy frecuentes en el mundo literario. No obstante, la historia que McKinty tiene mucho más relación con la posibilidad del mal que con la idea del bien en general. ¿Qué estaría dispuesto a hacer cualquiera por salvaguardar su propia vida o a quienes ama? La pregunta parece tópica pero no lo es en absoluto, a medida que McKinty profundiza en las complejas relaciones entre lo que consideramos admisible y la desesperación amoral. Nada es evidente, en este frenético recorrido por las motivaciones, medias verdades y ambigüedades que van de un lado del espectro de lo aceptable. Lo terrorífico en la novela tiene una inmediata relación con la libertad que brinda el miedo: Rachel es la madre de una niña que ha sido secuestrada. Unas horas después del crimen, el personaje recibe una llamada que le indica, que para salvar la vida de su hija debe matar a otra de la misma edad. En su frenético primer capítulo The Chain deja claro que no hace concesiones sobre la inocencia o lo perverso. Aquí, lo realmente importante es el objetivo que empujará a Rachel a cometer un acto de espantosa crueldad, sólo para evitar sufrirlo en carne propia.

Para McKinty, la cuestión de la víctima y el victimario, es una mezcla confusa de valores y decisiones que desmenuza con una tétrica precisión. Rachel es una madre con la que cualquiera podría identificarse: su evidente y abnegado amor es la medida que supondrá la posibilidad del crimen al que se enfrente y el que deberá cometer. Entre ambas cosas, tomará la decisión de ser matar o sufrir el dolor de un asesinato, en una extrañísima red de reflexiones que muestran el músculo de su necesidad de proteger a su hija y a la vez, de batallar contra la convicción que el asesinato es un horror impensable que convertirá el secuestro de su hija en algo peor. Pero las opciones de Rachel son muy escasas. Tan pocas como para que la decisión que debe tomar termine siendo una situación brumosa en mitad de algo más temible.

McKinty hace del contexto de su personaje un punto de partida apropiado para analizar con sutileza sus motivaciones y desgarros interiores: Rachel es una profesora de filosofía divorciada que lleva una vida plácida en la idílica Plum Island, Massachusetts. Atraviesa una etapa especialmente inhóspita de su vida: acaba de recuperarse del cáncer y también, vuelve a ser soltera después de un matrimonio aburrido de más de una década. Cuando recibe la llamada que le informa con fría neutralidad que deberá convertirse en asesina o en víctima, no la cree de inmediato. Para Rachel, ese tipo de violencia no es algo que cree posible ni mucho menos, comprende a cabalidad. Para McKinty es de considerable importancia que los límites del pequeño mundo del personaje sean del todo obvio pero también, los suficientemente restringuidos para mostrar que las decisiones intelectuales, se basan en objetivo más en que en ideales. “No puedo matar a nadie” dice entre temblores, el teléfono apretado entre los dedos. “Alguien si se atreverá” insiste la voz sin inflexiones, dejándole claro que su hija es a la vez, el eslabón de una retorcida cadena de situaciones de la que no puede escapar.

McKinty tiene una amplia experiencia en analizar los reductos más oscuros del espíritu humano: con más de quince años como escritor de novelas negras, sus historias suelen estar impregnadas de un triste pesimismo que rara vez tiene otro objetivo que pendular entre la culpa y la degradación de sus personajes. En The Chain los motivos del posible asesinato se enlazan además, con la convicción que cualquiera puede ser un criminal en las condiciones adecuadas, una premisa que la novela depura sin caer en sentimentalismos y mucho menos, en eufemismos simples sobre la culpabilidad y la desazón. La novela avanza entre una combinación de terrores inconfesables: no se trata sólo de matar sino también, comprender que la posible víctima es tan inocente como quien empuña el arma. Entre ambas cosas, hay una relación indirecta e invisible entre el miedo, lo retorcido y lo venial.

Claro está, como toda novela negra, el argumento intenta desacralizar los estereotipos tradicionales sobre la vida burguesa y lo hace, con un cuidadoso desfile de motivos que ponen en tela de juicio la realidad brillante de cierto estatus quo basado en la prosperidad económica y el refinamiento intelectual. Resulta retorcido que Rachel, que dedica buena parte de su vida a teorizar sobre la ética y la emoción — en una memorable escena, el personaje se recuerda a sí misma reflexionando sobre la vanidad en el asesinato. “En ese momento bostecé” apunta — ahora deba tomar decisiones basadas en ideales abstractos mientras cada hora la acerca a la muerte de su hija. La pátina feliz y radiante de una vida organizada y normal se resquebraja muy pronto: es evidente que McKinty tiene la intención de retorcer las posibilidades para aplastar a Rachel bajo el peso del absurdo. ¿Puede esta madre de clase media alta, hasta ahora con una vida rutinaria y tediosa planear un asesinato? ¿Puede además cometerlo? Rachel tiene pocas posibilidades de hacer algo distinto y la novela pronto deja claro que la prioridad para el personaje es la supervivencia de su hija. ¿A dónde le lleva semejante disyuntiva?

McKinty es un escritor con un humor retorcido y además, un tipo de prosa seca y directa que pocas veces se concede concesiones. En la larga serie de aventuras de su personaje Sean Duffy, el crimen y la violencia tiene algo de cotidiano: una sucesión de hechos más o menos idénticos que se enlazan entre sí para elaborar un sentido mucho más profundo sobre la culpa y el objetivo de toda conducta criminal. En The Chain la noción sobre la amenaza es por completo distinta, lo que permite al escritor encontrar líneas invisibles que unen a la situación extrema que atraviesa su personaje con algo más inaudito y voraz. Matar no sólo es un acto de expiación, sino también, uno de suprema crueldad. Y esta madre, que hasta hace pocas horas leía a Nietzsche en un iluminado y elegante salón de clases, debe ahora empuñar un arma y asesinar a una niña pequeña, si es que desea salvar la suya. Todo esto, en medio de una frenética carrera de obstáculos y las constantes llamadas de la voz al otro lado del teléfono que la presiona a actuar.

La novela está contada con precisión minuciosa: un realista conteo de las horas esenciales para cometer un acto impensable. Rachel llora y se desespera, intenta mantener la calma pero poco a poco, no queda duda que la muerte de una niña desconocida es un precio adecuado para conservar la vida de la suya. ¿O no lo es tanto? McKinty no se prodiga en explicaciones y uno de los mayores aciertos de la novela, es que no se permite el sermón barato ni mucho menos, opiniones emocionales sobre qué tan lejos pueden llegar sus personajes a través de su oscuridad interior. McKinty cuenta la historia pero se niega a dar opiniones, lo que hace del contexto y la alegoría algo más profundo, extraño y doloroso. Poco a poco, Rachel se hace más comprensible, humana pero también impecable. Cualquiera podría comprender sus motivos pero no todos, ir tan lejos como ella para enfrentar lo terrorífico.

Uno de los aciertos en la narración de McKinty es hacer del todo creíble el trayecto interior de Rachel hacia el miedo: Se trata de una madre moderna que comienza la novela lamentándose por el desorden en la habitación de su hija, que tiene preocupaciones adultas rutinarias y cuyo equilibrio mental pende de un hilo. De súbito, la monotonía se transforma en una frenética carrera de obstáculos no hacia la manera más inmediata de liberar a su hija, sino en cómo planear un asesinato efectivo. ¿Qué tiene que ocurrir para que cualquiera trascienda la línea del bien y del mal moral en una situación semejante? McKinty no lo deja claro pero es notorio que el escritor está convencido que todos somos capaces de los peores actos de crueldad en las condiciones apropiadas. Una premisa que sostiene el argumento en todo sentido hasta su extraño y doloroso final.

McKinty tiene experiencia y buena mano para las historias retorcidas. Sabe que espacios descubrir con lentitud y cuales ocultar en el amplio mapa psicológicos de sus personajes. En The Chain además, se ahorra elucubraciones morales en favor de reflexionar sobre los motivos a los cuales nos aferramos en mitad de situaciones extremas. El escritor asocia la extorsión a la posibilidad de la culpa y lo hace a través de una serie elaborada de percepciones sobre lo temible, lo viable, el bien y el mal. De pronto, todas las pequeñas nociones sobre lo que es admisible o no, desaparecen. ¿Qué haría cualquiera en una situación extrema y con pocas opciones? La novela plantea el absurdo del nudo gordiano que Rachel debe resolver desde lo inevitable: alguien morirá, alguien será asesinado. Cuál será el lugar que ocupe la hija de Rachel en semejante dilema estará por verse.

La premisa de The Chain mantiene su aparente simplicidad todo lo que puede: Rachel trata de profundizar en la posibilidad de matar y encuentra, que se trata de una alternativa y un punto de elección que le deja de manos atadas. Matar es mucho más simple que aguardar por la noticia de su hija ¿O no lo es tanto? Para McKinty el amor es un vínculo que puede corromperse y lo plantea desde una simplicidad escalofriante. Su personaje asume la decisión con la misma naturalidad que antes, estalló en llanto ante la perspectiva que su hija fuera lastimada. ¿Morir o matar? Para Rachel, que sobrevivió al cáncer y ahora, asume la posibilidad de perder la vida de su hija, la elección de es una simplicidad de pesadilla. “A veces, todo se relaciona con perder o ganar todo. Para Rachel, la muerte y la vida son una misma cosa”.

Las dudas morales están en todas partes y el pensamiento filosófico, también. Bajo su engañosa y frenética apariencia de thriller al uso, The Chain se hace las preguntas correctas sobre la naturaleza humana y la forma en que analiza sus fronteras invisibles. Para bien o para mal, Rachel hará lo que sea necesario para salvar la vida de su hija. Para bien o para mal, esa decisión tiene una profunda relación con la forma en que analiza la moralidad y el absurdo. McKinty juega con esa omnisciente mirada sobre el caos — “Quizás descubra que matar es también un renacimiento” piensa Rachel con cierto júbilo oscuro y delirante, cerca del final de la novela — y a la vez, con la disyuntiva de encontrar una forma creíble de describir un absurdo tipo de horror. ¿Qué tan cerca estamos del abismo? parece preguntarse la novela. “Tan cerca, como para mirar mi reflejo” responde Rachel empuñando un arma. Al final, The Chain es un sofisticado juego de espejos que Adrian McKinty procura mantener hermético hasta su sangriento, duro pero casi poético final.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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