Crónicas de la lectora devota:

Aftershocks de Nadia Owusu

La literatura autobiográfica suele tener la particularidad de narrar varios hechos a la vez. O al menos, una confluencia de recuerdos, momentos y escenas que crean algo más denso y difícil de explicar. Después de todo, la memoria es algo más que una serie de datos. Es en realidad, una mirada a la forma en que construimos nuestra identidad a través de hecho de naturaleza personalísima y poderosa. Una y otra vez, la mente une, fragmenta, relata a su manera y al final, revaloriza situaciones y experiencias hasta crear un todo extraordinario complicado de definir. De modo que la literatura que se basa en la memoria como principal entidad, elabora una mirada íntima no sólo a la noción sobre el individuo y su mundo, sino también, sobre la cualidad misma de la realidad tal y como la concebimos. Desde la autobiografía hasta las narraciones que se funden con la cualidad estética de lo personal, la literatura que se sostiene sobre los recuerdos es una forma profunda de explorar la psiquis y la identidad.

Tal vez por ese motivo, no hay una forma sencilla de definir al libro Aftershocks de Nadia Owusu, una travesía irregular, brillante y sentida a través de la vida de la escritora. Pero más allá de eso, se trata de la forma en que un texto literario, puede emular la manera en que nuestra mente crea sus propios mitos y a la vez, una imagen privada sobre lo que somos y cómo nos comprendemos. Owusu explora con cuidado la cualidad del ser, de la percepción del tiempo privado y también, la condición casi irreal que une a las historias que nos relatamos en el ámbito íntimo, como espacios esenciales de nuestra vida. Fuera del contraste del relato oral o de la cualidad cierta y cronológica de circunstancias comprobables, la memoria es un plano mutable y ambiguo. Una percepción sobre el ser convertido y sostenido a través de un recorrido casi irreal por lo que recordamos y en cómo lo hacemos. Owusu asume la figura de ser la narradora de los sucesos de su vida tal y como puede evocarlos a la vez, que analiza la cuestión esencial sobre el hecho de recordar el mundo o crearlo, a través del recurso de la palabra.

De hecho, la escritora apela a un recurso extraordinario que convierte a Aftershocks en algo más que un relato pormenorizado acerca de su vida. Combina y mezcla varios hechos a la vez, hasta crear una atmósfera fantástica que además, se sostiene sobre una recurrente y fascinante sensación de irrealidad. La complejidad del recurso, es también una forma en que Owusu logra cuestionar el origen de lo que consideramos verdadero. ¿Cada imagen en nuestra mente es algo más que una versión de lo verídico? ¿cómo logramos vincular la concepción sobre lo propio y lo que se entremezcla con lo que nos rodea, nos sostiene y elabora los puntos más reconocibles de nuestra historia personal?

Aftershocks lo plantea desde una cierta ubicuidad narrativa. A la edad de 7 años, la vida de Owusu se convulsionó por dos hechos simultáneos de la misma cualidad destructiva, que la escritora mezcla para comenzar su recorrido hacia el pasado. El primero, es un terremoto colosal en Armenia. La niña que entonces era Owusu escuchó la noticia en la radio de la cocina de la casa en la que vivía y de inmediato, su mente se remontó a la familia de su madre. El país era el lugar de origen de su familia materna y también, una especie de territorio inexplicable y sin forma que se extendía en todas direcciones en su historia. Un hilo colectivo que le unía incluso a parientes que no había conocido antes o después. Owusu relata la forma en que la tragedia a kilómetros de distancia de la Roma idílica en la cual vivía, le desconcertó por su carácter misterioso. “Escuché sobre la Tierra que cobraba vida y pensé, que una parte de mi mente, también lo hacía. ¿No era Armenia el lugar desconocido del que venía mi madre, peso y ausencia?” Owusu se había educado sólo con su padre durante tres años. La vida era extraña en ese mundo asimétrico en que era huérfana a medias. “Como una historia incompleta”.

Entonces, casi al anochecer del día del gran terremoto, su madre apareció luego de una ausencia de años. Un suceso tan inexplicable como el sismo y en la memoria de Owusu, casi de las mismas proporciones. La niña se encontró con una mujer desconocida que tomaba la mano de un hombre al que apenas podía distinguir el rostro. Entre ambos, flotaban globos rojos. Su padre se inclinó a su lado y señaló a la pareja. “Vinieron para verte” cuenta la escritora “ y esa frase, sacudió el tiempo y la forma en que lo recordaba, de la misma forma en que podría haberlo hecho un terremoto. Me quedé de pie, aterrorizada y fascinada, como si la puerta abierta me condujera a otro mundo”. Y de hecho, para la niña era algo semejante. “Tuve la sensación que el mundo se movía a mis pies, que avanzaba a toda velocidad en otra dirección, que se hilaba y se sustentaba en algo más complejo de lo que hasta entonces había sido”.

La situación no podía ser más desconcertante para la niña que por entonces, era la escritora. Por tres años, no había visto a su madre y no la reconocía. “Ni sus rasgos, ni el tono de su voz. Ni el cabello muy corto, la cara redonda, los ojos detrás de anteojos de aumento. Era una extraña que sonreía, que había llegado de algún lugar desconocido, flotando gracias a los globos que sostenía entre las manos. El hombre de pie junto a ella, era una sombra. El temor, la búsqueda de la razón de todas las pequeñas tragedias”. Owusu recrea la la anécdota con una delicadeza que desconcierta pero también, una forma espléndida de sostener un diálogo interior que se nutre de los espejismos que su mente creo para consolar la ausencia, redimir el daño, consolar la pesadumbre. “Hubo un terremoto en el país de mi madre y ella regresó ¿cómo es que ambas cosas no podían pertenecer al mismo ámbito y al mismo tiempo?

Por supuesto, Aftershocks es un recorrido que plantea la grieta entre el recuerdo vivo y el significado que se le otorga. Y esa salvedad es una concepción de considerable importancia acerca del tiempo, la cronología de todas las edades y el mundo íntimo, cual sea su percepción sobre el transcurso de algo portentoso. Porque no sólo se trataba del regreso de la madre — “un espectro en mi mente” — sino el hecho, que por unos días, ocupo el lugar en el rompecabezas de la mente de Owusu. “Todo fue como se suponía que debía ser pero en realidad, no lo era” cuenta. “Ella vino por mi hermana y por mí. O eso creí. Lo creí con tanta fuerza y convicción, que ella no tuvo que decir nada, ni presentar a su silencioso segundo marido. Ni mucho menos, hablar sobre lo que deseaba y lo que consideraba pleno y real” explica. Años después, Uwusu conoció la explicación de la súbita presencia de su madre esa tarde de verano. Estaba de vacaciones. “De paso por Italia, como quien atraviesa el mundo y tropieza con piezas de su historia, con pedazos poco concretos sobre su vida y sobre lo que aspira tener” dice. La madre permaneció tres días en Roma, llevó de paseo a sus hijas, las sostuvo entre sus brazos y después “sólo volvió a desaparecer”. Para la niña Owusu, la sensación era la del mundo cayéndose a pedazos a su alrededor, la de la percepción de la identidad de nuevo reorganizándose para contar la historia. “Y descubrí que el mundo es falso, que no existe, que no es real, que no tiene forma. Lo creamos, como dioses diminutos, en la memoria y en el recuerdo”.

Sin duda, el hecho que la novela comience por un recorrido a la infancia de Owusu brinda al relato la profundidad desconocida de un valle sin forma, en la que los hechos se combinan una y otra vez, para hablar sobre una misma idea sobre la inexistencia de lo real. En la mente de Owusu, el terremoto y la llegada de su madre, son la misma cosa. Momentos exactos que se completan de una forma casi mágica, sostienen y relatan extractos de la percepción de la vida como una serie de pequeñas historias incompletas. “Cuando tenía siete años, mi madre apareció con un terremoto y globos rojos. Recuerdo sus manos temblorosas y recuerdo la tierra temblorosa. En mí, los temblores privados y sísmicos no se pueden separar” cuenta para definir ese mundo que puede o no existir, pero que el recuerdo hace vívido “El temblor es real, es vívido. En el espíritu, bajo mis pies. La tierra que no conozco y la madre que es una desconocida. Todo a la vez, sepultado bajo espacios sin sentido que se entremezclan entre sí, levemente corrompidos al contarlo. Rotos por bordes y grietas, al recordarlos de la manera borrosa que un niño escoge crear el mundo”.

De hecho, Aftershocks parece basarse en esa idea lírica y dura de Owusu en busca de significado. Hay una cierta percepción del mundo como un monstruo vivo que se transforma bajo los pies y que produce ondas telúricas que también, atraviesan la vida común, las decisiones, la mirada hacia el olvido. Sin caer en dramatismos o llevar la alegoría a lugares artificiales, Owusu logra contar sus memorias hilvanando algo más poderoso que se superpone a la conciencia. De la niña que “nació de un terremoto, de la tierra abierta, de las piedras que caen, de la redundancia del miedo” sigue la vida de la mujer en que se convirtió, tan áspera e inestable como un tránsito por regiones inestables que se sacuden de un lado a otro a través de décadas, sucesos, dolores, muertes y nacimientos.

Más allá de su trayecto clásico como una historia que busca adecuar la condición de la identidad como centro de las preguntas, la condición de Owusu como inmigrante, niña huérfana y después en búsqueda de sentido, se unen para sostener lo que su historia personal no logra mantener en su lugar. No hay nada en la vida de la escritora que sea comprensible desde una única mirada. Su madre es blanca, nacida en Armenia pero criada en EEUU. Por otro lado, su padre es Ghanés y conserva las rígidas costumbres de su país natal. Owusu comienza el recorrido por la adolescencia en medio de otras sacudidas mayores, que dejan el impacto de grietas imposibles de esquivar o cuya extensión se pierde a la distancia. Hay un poderoso ingrediente de la concepción sobre lo individual, a medida que la familia cambia de hogar y el mundo de la escritora se hace una colección de escenarios cosmopolitas. Desde Italia a Uganda, Owusu llegó a los veinte años sin haber vivido más de una década en un mismo lugar. “Mi vida era una brecha angosta, en la que no había espacio para nadie más. Ni para mí, que no sabía quien era la mujer envuelta en terrores en mitad de algo más doloroso, ni para mi padre, hermana, amigos, amantes, amores”. A medida que el libro avanza, el relato se hace más rico en contrastes, más poderoso en su capacidad de recombinar la memoria. “¿Es cierto lo que sueño? Veo a Ghana, a la que jamás conocí como un territorio de luz, en la que el sol lo es todo y el grito del viento está en todas partes. Pero a la vez, está Armenia, tétrica y sencilla. ¿Soy ambas cosas? Cuando llega de nuevo el terremoto, soy incapaz de entender la dolorosa belleza de su silencio, de todos los espacios que destruirá para crear otros”.

Owusu se llama a sí misma “Birracial, mestiza, inexplicable”. Se mira a la espejo y no sabe qué debe creer sobre su historia, herencia, su búsqueda interior. “Lo sabes, cuando necesitas creer en un impacto real. Sabes que necesitas sostener un fragmento. Mi vida así, la de mis padres fue de esta forma. Pero si la mujer del espejo no es blanca ni negra, ni baja ni alta, ni europea ni africana ¿cual es la respuesta?” El abandono también forma parte del relato, se enlaza con algo más fecundo. La madre que no existe — “pero la recuerdo” — el padre que muere a los catorce años, la hermana de quien le separan poco después del duelo. La madrastra que le odia por ser la hija de la primera mujer. La universidad de Nueva York en la que termina por sufrir un colapso del que le llevará meses recuperarse. Para entonces la escritora tiene 20 años cumplidos, un profundo miedo al vacío de su vida y padece una depresión profunda. “Vuelvo al día de los globos rojos. Tendida en la cama, tan cansada, sin forma, sin sentido, sin deseos de nada más que una búsqueda afanosa de algo a lo cual aferrarme con las manos desnudas”.

Aftershocks es una colección de vivencias que podrían ser ciertas o no, pero que el recuerdo sublima, embellece, otorga un lugar nuevo. “El dolor es una hemorragia interna lenta”, cuenta la escritora, aterrorizada por la muerte de su padre, inquieta por el miedo y la búsqueda de sentido y forma. Poco a poco, el relato encuentra una manera de expresar el sufrimiento de una vida que es un país, una experiencia profunda, una condición sobre el ser y el estar que no termina de tener un sentido único “Cualquier río pierde su identidad cuando entra al mar” dice Owusu para referirse a todas las pérdidas. Los espacios reconstruidos por el sufrimiento. La felicidad esquiva. “ Salgo del purgatorio a toda velocidad” cuenta cuando llega a una adultez plena, una mirada intensificada por la cualidad de la observación interna. “ Mi cuerpo y mente trastornados y dislocados … sobre la geografía y la geología de mi experiencia, sobre quién era yo y cómo había terminado en este lugar sin espacios y sin sentido, que solo es mi mente como emblema”.

Aftershocks es una poderosa concepción sobre la vida sometida al albedrío de los recuerdos, el amor, las ausencias, el poder de la memoria bien elaborada. A medida que la historia llega a su dramático tercer tramo, es evidente que Owusu está contando su vida, pero también sus temores sobre la muerte, la búsqueda de una absolución de sus pecados más silenciosos y discretos. Y de nuevo, regresa al día en que todo comenzó. “¿Qué hay en los globos rojos que marcaron el día del miedo?” En un recorrido agónico y sentido, Owusu reflexiona acerca de su vida sintiéndose desvinculada del mundo, pero a la vez, aferrada a algo más poderoso: la mujer que la habita, la que está hecha de recuerdos. La que busca un sentido a lo inimaginable. “¿Qué es el hogar?” se pregunta inquieta. “Al final, ha resultado que soy yo misma.Estoy hecho de la tierra, la carne, el océano, la sangre y los huesos de todos los lugares a los que traté de pertenecer y de todas las personas que anhelo. Soy pedazos. Estoy completo. Estoy en casa.” Quizás la mayor lección de un libro sobre la memoria en busca de la memoria. Un ciclo extraordinario sin principio ni fin, al que Owusu se entrega con una delicada búsqueda de sentido que termina en un relato deslumbrante sobre la vida, el tiempo y los fragmentos de olvido.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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