Crónicas de la lectora devota:

Frankissstein de Jeanette Winterson

Crear vida es quizás una de las obsesiones más antiguas del hombre. Se trata de una visión ancestral sobre el hecho trascendente de la vida como centro de las grandes preguntas existenciales, pero más allá de eso, una demostración absoluta de la capacidad de nuestra especie para construir el mundo según la medida de su imaginación. Porque no se trata sólo de la capacidad para procrear sino del don misterioso de insuflar inteligencia y poder, a la manera de la Divinidad. Crear vida de la nada. Equiparar el poder creativo humano con lo desconocido. Un matiz que simboliza quizás un primitivo — poderoso — anhelo de la humanidad y la forma más depurada de vanidad cultural.

Para la escritora Jeanette Winterson, la noción de la vida como epicentro de algo más intelectual, peligroso y profundo es incluso más intrigante: se trata de una evolución en la forma en que analizamos el poder científico y sus implicaciones. Su libro Frankissstein, una extrañísima reinvención del clásico de 1818 de Mary Shelley, une el asombro de la época por las fronteras de lo científico por las posibilidades de la ciencia moderna. El resultado es una historia a mitad de lo satírico, lo extraño y sobre todo, un recorrido intrigante sobre los motivos e inquietudes de nuestra época sobre las colosales empresas que se debaten entre lo moral y lo posible. Pero a diferencia de Shelley, Winterson no le teme a la posibilidad de la transgresión. Frankissstein no es un libro que medite sobre los terrores monstruosos de la imaginación de la época, sino por el contrario, es un recorrido sobre el asombro que de todas las posibilidades invisibles de lo científico, la transformación espiritual que conlleva y la transcendencia del bien y el mal, como meros conceptos morales sin real importancia al momento de reflexionar sobre las posibilidades de la mente humana. Para Winterson, la ciencia es una puerta abierta hacia algo más singular y poderoso. Una mirada elocuente hacia la versión de una criatura creada por el hombre a la medida del hombre, que se sostiene sobre sus inquietudes y una fría curiosidad.

Por supuesto, Winterson tiene más de tres décadas meditando en ensayos y cuentos sobre temas parecidos: la ciencia, la voluntad de la creación a pesar de lo moral, pero también, de las pequeñas grandes tragedias de la humanidad. En Frankissstein se reencuentra con sus tópicos favoritos y además añade al amor, el deseo, la fluidez del género y los significados del cuerpo convertido en un templo intelectual que analiza y sostiene una concepción casi infantil sobre la incertidumbre. El monstruo que Winterson imagina, no está atormentado por el miedo, la angustia o los designios de su existencia malograda, sino se conecta con algo más profundo acerca de la naturaleza humana en estado puro.

“La inteligencia artificial no es sentimental, está sesgada hacia los mejores resultados posibles. La raza humana no es el mejor resultado posible” insiste en cada oportunidad posible el profesor Victor Stein, el visionario personaje principal de Winterson, que en esta oportunidad, elucubra a través de la soberbia de Stein sobre la forma franca, fría y directa como la ciencia debate sobre temas en los que las emociones no tienen cabida inmediata. Victor, está en la frontera de la vejez — “Soy un hombre agradable, que podría ser sexy en las debidas condiciones” dice con cierta alegría malsana — y que trabaja con obsesiva energía, por llevar a “la raza humana a una dimensión de perfección física, que no tengan por qué ser analizada desde la simplicidad de lo moral. Ser perfecto no debería ser un debate sentimental” escribe Stein, enfurecido contra las críticas que reciben sus experimentos y charlas TED, pero sobre todo, por la noción que lucha contra una pared de conservadurismo que tiene pequeñas grietas de hipocresía. “Ya lo sabes y lo has vivido: creer que el cuerpo humano es perfecto es tan dolorosamente triste como ingenuo. Somos masa amorfa producto de un accidente biológico” explica ante una asombrada multitud, que le observa sin saber sin burlarse o aterrorizarse por su osadía.

En medio de la multitud, se encuentra el Dr. Ry Shelley, un médico transgénero, que está experimentado con su propio cuerpo y de que de hecho, se considera un “hermoso monstruo”. Resulta inevitable que la visión durísima sobre la ciencia sin conciencia de Winterson y la entusiasta necesidad de Shelley por analizar sus propios cambios se fundan en una sola idea. Y cuando lo hacen, se trata de una colisión violenta que transforma el debate en un experimento a toda regla sobre la mesa de laboratorio. Es entonces cuando Winterson elabora a profundidad el verdadero argumento de su novela y encuentra el punto más alto de su hipótesis: ¿Qué nos detiene para adecuar la vida a la voluntad intelectual? ¿Y que es la vida en realidad sino una colección de elucubraciones sobre lo que creemos sobre ella?

Frankissstein reelabora el mito del monstruo humano y además, añade cierto aire desenfadado que convierte la antiquísima aspiración por crear vida en algo más extravagante, doloroso pero sobre todo, realista. Tanto Stein como Shelley tienen un objetivo: luchar contra las limitaciones físicas del cuerpo y lo hacen, a través de una batalla inevitable contra las fronteras de lo que hasta ahora, la ciencia asume como inevitable. En uno de los capítulos más interesantes de la novela, Stein reflexiona sobre una de las leyendas más antiguas sobre la creación de vida a partir del caos: El Golem. A la manera del Dios bíblico, la creación nacía del verbo como origen: una rudimentaria forma de vida capaz de obedecer órdenes sencillas y lo que resulta más intrigante aún, manifestarse bajo la voluntad de creador. Como alegoría, el Golem resume no sólo cierta ambición intelectual incontestable sino también, la capacidad del pensamiento antiguo para hacerse preguntas existenciales de peso y valor. ¿De dónde provenimos? ¿Quienes somos? ¿A quien debemos nuestra existencia? y sin duda la más importante de todas ¿Qué es la vida en realidad?

Para Stein y Shelley, Frankenstein y el Golem resumen la esencia del trabajo del laboratorio que llevan a cabo. Stein de hecho, insiste que la posibilidad de “crear vida sobre la vida” en el cuerpo de Shelley tiene el mismo poder biológico que suscitó no sólo los cuentos de pesadillas y terrores nocturnos, sino que elaboró una connotación profunda y osada sobre lo que podría implicar el hecho de desafiar las leyes naturales para beneficio propio. El doctor Shelley, que narra la primera parte de la historia, de hecho se cuestiona su propia naturaleza dividida desde una cierta frialdad violenta. “Nací mujer pero en realidad soy un hombre. Es una noción sencilla, trivializada hasta lo innecesario, pero en realidad es un juego de fórmulas biológicas que desafían lo moral a todo nivel” dice, para explicar su dilema personal y el motivo por el cual accede a que Stein no sólo experimente con todo tipo de terapia de punta que le permitirán crear una variación notoria del género femenino en el que nació y el masculino en el que se identifica, para llegar a una tercera posibilidad que la novela, describe desde la periferia. “Soy liminal, cúspide, en el medio, emergente, indeciso, de transición, experimental, una puesta en marcha (¿o es una puesta en marcha?) En mi propia vida”, explica y lo más curioso, es que Winterson dota a su personajes de dos voces, que hablan en plural para referirse a sí mismo y denota la cualidad de la historia, para atravesar terrenos incómodos en medio de un debate sobre las posibilidades de la ciencia sobre los rudimentos de la anatomía. “El único momento de perfección del ser humano es cuando aún no existe, cuando es sólo una posibilidad” dice Stein, que de pronto encuentra en Shelley una singular confluencia entre el deseo, la compresión intelectual y algo más extraño que les une a ambos en una rara empresa contra lo moral y lo emocional, en contraposición a la ciencia.

Por supuesto, la relación entre ambos también tiene un alto ingrediente sexual “la cúspide de la curiosidad física”, dice Stein, enardecido de deseo por Shelley, a quien las inyecciones de testosterona han dejado un clítoris alargado de casi dos pulgadas y tiene el cuerpo de un hombre joven y esbelto. Para Stein se trata de la búsqueda de los orígenes de lo erótico y aunque no se considera a sí mismo gay — “No estoy para etiquetas” declara cuando besa por primera a Shelley — si se siente atraído por el hecho que el cuerpo de Shelley responda a la ciencia y se convierta en algo a mitad de camino entre la posibilidad de lo que desea ser y lo que necesita, para satisfacer el íntimo afán sobre los límites del concepto que tiene sobre su propia identidad. “Piensa en ti mismo como el futuro” insiste Victor a Shelley en cada oportunidad posible. “El futuro, las etiquetas binarias serán obsoletas, no hay forma de resumir la complejidad de los organismos destinados a perdurar a través de elementos simples” declara. Shelley lo escucha entre asombrado y enternecido, pero de alguna forma, también está convencido que la transformación de su cuerpo es el preludio de algo más.

Mientras tanto, Stein se obsesiona cada vez más por crear vida y lo intenta, desde su laboratorio secreto, un bunker acondicionado con todo tipo de equipo científico en el que permanece días y por último semanas enteras. Para el personaje, la vida se repliega en una evolución lenta y controlada, una salvedad corriente y temible que sostiene una idea inquietante sobre los limites de la fugacidad del cuerpo humano. Una y otra vez, para Stein el dilema del Golem judaico define su propio trabajo: De nacer como una leyenda gracias a un salmo bíblico, el Golem se transformó en una advertencia, pero también, en un reflejo de los temores inauditos del hombre medieval y los siglos siguientes. Stein insiste entonces en la noción que define justo el lado contrario de la reflexión: La criatura que imagina es una mezcla entre la entidad inquietante pero también, el primero de una raza poderosa en la que el error de la naturaleza “será corregido, destruido, minimizado hasta que sea considerado una excepción” escribe. Es evidente que para Winterson, la concepción sobre la manipulación genética y biológica del cuerpo humano es por completo admisible, por lo que su novela se aleja de inmediato de miradas admonitorias como las de Gustav Meyrink y la propia Mary Shelley, para encontrar algo más satírico, retorcido y duro de entender en medio la carga filosófica y temible de lo que se cuestiona como narradora. No obstante, Frankissstein es mucho más que una curiosidad histórica o mitológica. Es una mirada a un tipo de sofisticado terror mezclado con asombro, que construye una visión sobre la vida y la muerte a mitad de camino entre lo inquietante y lo directamente descorazonador, pero sobre todo, un toque frenético y humorístico que termina por convertir la novela en un híbrido desconcertante e inclasificable. Mientras Shelley juega con los límites de su cuerpo — y desaparece las fronteras del género hasta convertirse en una criatura de suprema hermosura y fortaleza física — Stein se debate entre lo que desea crear y lo que la experiencia de su amante y cómplice le ha mostrado: de modo que se esfuerza por convertir el cerebro humano en datos puros y lucha contra el hecho rebatible que el ser humano no debe adecuarse a la forma que le sostiene. “La mente es una cualidad de información y data oprimida por la carne” escribe cada vez más frenético, rodeado de partes de cadáveres que roba de hospitales y que conserva con una sofisticada mezcla de hidrógeno y cristal. “Debe existir una medida que libere al hombre de sus fronteras para sostenerse sobre algo más”.

“No me siento seguro cerca de Victor. Emocionado, cautivado, pero no seguro”, admite Shelley en la última línea que da paso a la segunda parte de la novela, contada por Stein. “Pero aún así, necesito de su osadía para entender el sentido concreto de lo que busco para reconstruir mi cuerpo, pieza a pieza”. Una vez que Stein comienza a narrar sus propias aventuras, es notorio que la desconfianza de Shelley está justificada. El profesor no sólo desea a su socio, sino también, intenta convertirle en la vanguardia de una serie de experimentos “de enorme valor, pero que me temo, no admitiría de inmediato como imprescindibles” dice mientras cambia la testosterona por compuestos más depurados y potentes, que aceleran el efecto de la hormona pero también, potencian sus riesgos. Shelley, de hermoso, esbelto y andrógino, se convierte en una super presencia, descomunal, furioso y violento. “Tan bello como peligroso” escribe Stein, fascinado por el resultado de su experiencia.

Frankissstein intenta cambiar la percepción del bien y del mal que fluctúa sobre las decisiones y versiones de la realidad que la ciencia admite como posibles. Iluminado por la biotecnología, crea un manifiesto involuntario sobre cómo nos comprendemos y de qué manera, el ser humano vive bajo la pesada loza de sus temores e inquietudes inmediatas “Lo que está viendo es que el tiempo evolutivo se está acelerando y que la supervivencia del más apto ahora significa la supervivencia del más inteligente. Y estamos cerca de un futuro en el que los humanos ya no son los seres más inteligentes del planeta” dice Winterson a través de Stein y tal pareciera que su personaje, no sólo repite los mejores fragmentos de sus magníficos ensayos sobre inteligencia artificial y cuerpos trans, sino que además, elabora una curiosa versión sobre la fe, sustentada sobre la convicción del tiempo que transcurre y la comprensión de la identidad como algo transitorio en medio del conocimiento.

Al final, se trata de un libro sobre la curiosidad, la crueldad y el asombro, que no pontifica ni tampoco intenta construir una opinión concreta sobre la ciencia y su valor en la actualidad. Una versión sobre la era de los monstruos llena de osadía, sentido del humor y algo más parecido a una burla soterrada y levemente singular sobre nuestros prejuicios. Más allá de eso, Winterson convierte a Frankissstein en un gran y divertido recorrido por los terrores colectivos, pero también la vieja ambición cultural de creer en un bien común basado en la carne y no en la moral. ¿Resulta en conjunto esta extraña combinación? No del todo, pero si lo suficiente para asombrar con su ingeniosa manera de narrar lo imposible, lo impensable y lo voraz de la fría curiosidad científica, que tantas veces aterroriza en su franqueza y absoluta honestidad.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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