Crónicas de la lectora devota:

Las novelas sobre los adolescentes — o más bien, sobre el mundo adolescente — suelen enfrentarse a dos problemas básicos. Uno, el de retratar una parte de la vida humana que suele ser un tránsito emocional antes que físico. El otro, el más duro de sobrellevar: mostrar ese recorrido sin caer en los inevitables clichés de la cultura pop, en la que los primeros años de la juventud se han convertido en un ritual de paso con peso propio. En medio de ambas alternativas, también se encuentra la posibilidad de crear una idea sobre el adolescente desde la distancia adulta, que no siempre tiene mucho sentido y en ocasiones, termina por ser una reflexión nostálgica sobre temas específicos.

Desde la dureza de The Catcher in the Rye de J. D. Salinger, hasta el fenómeno generacional de Love Story de Erich Segal, la búsqueda sobre el amor, la comprensión, la condición de lo romántico y el miedo se ha convertido en parte del análisis sobre la identidad en plena transformación. Lo mismo ocurre con percepciones menores como Bajo la misma estrella de John Green e incluso Las ventajas de ser invisible de Stephen Chbosky, la inevitable percepción del ritual de paso entre dos etapas de la identidad, es una mirada no sólo hacia la vida — como un concepto estructurado y emocional — sino algo más elaborado y doloroso.

La novela Heaven de Mieko Kawakami, comienza con una trampa o lo que al menos, parece serlo. Un chico excluído, lastimado y lleno de rencor recibe una nota “quizás deberíamos conocernos”. Puede parecer un arranque sencillo para un recorrido atípico por la angustia existencial y la necesidad de reivindicación, pero en realidad es una mirada simple a lo que hace que el odio — uno tan pleno y potente como el que sólo puede sentir un adolescente- se convierta poco a poco en el centro de una narración incómoda. Kawakami elabora una precisión sobre lo que ocurrirá después y ese es quizás, uno de los puntos más fuertes del ritmo de la novela: “Espero que no sea otra broma, pero de serlo tendrá un mal final” dice el personaje, aturdido por un tipo de cólera y rencor que alcanzó en algún punto anterior a la historia que la escritora cuenta, un punto de ebullición.

De hecho, Heaven plantea la perspectiva sobre la pérdida de la ingenuidad y la inocencia que cualquier otra historia relacionada con el mundo de la adolescencia, pero en lugar de narrar situaciones y hechos que conducen a la concepción sobre la transformación interior, se esfuerza en concentrarse en las emociones. El amor, el odio, el miedo, la esperanza, el amor, la lujuria, son cristales a través de los cuales se percibe el crecimiento y la condición humana. Para la escritora japonesa, hay una necesidad considerable, urgente y desesperada por crear una percepción sobre lo que la adolescencia puede ser, a través de la constante sensación de la vitalidad de sus personajes. La vida, no es solo el contexto de Heaven, sino en realidad lo que sostiene su argumento.

Y no sólo la vida desde la perspectiva de lo exuberante — que es también, una constante en la narrativa que se relaciona con la juventud — sino también sus pequeñas y dolorosas miserias. De hecho, para Kawakami el dilema no radica en cómo se transforma la vida, hacia dónde se dirige o cual es el lugar mental que construye la noción de la esperanza, sino el reverso oscuro. Una mirada persistente sobre el sufrimiento, la soledad y los dilemas existenciales. “Me miro en el espejo y la vida no es una sucesión de momentos, sino más bien una obscenidad difícil de superar” dice uno de sus personajes principales. “Cuando creo que he llegado al fondo del barril de todos los problemas que puedo afrontar, encuentro una grieta, porque hay un segundo pesado, pesaroso y a menudo pestilente” añade.

No se trata de una declaración sencilla para un chico de 14 años, que además sufre de un ligero ojo estrábico, lo que provoca que sus compañeros se burlen de él con el apodo Ojos. El narrador, que detalla con pesar “el esfuerzo que le lleva solo poner dos pies en el piso cada mañana”, lleva a cuestas las burlas por su aspecto físico y además, la violencia implícita en el hecho que el estigma de un defecto visible, es el menor de los problemas que debe afrontar. La mayoría de quienes le rodean le consideran una especie de rareza, por su incapacidad para responder a las agresiones. Pero en realidad Ojos— el personaje incluso usa el humillante apelativo para referirse a sí mismo — está planeando una venganza. ¿Cual? No lo sabe aun pero lo que sí tiene claro, es que el profundo rencor, humillación y angustia, comienzan a crear una serie de ideas sobre la muerte, la destrucción y la zozobra que no sabe manejar y que asume, son parte de algo más grande. “El mundo es malo y lo aprendí pronto. Es malo porque nada de lo que debería ser bueno es real, está al alcance de nadie o incluso, es apetecible. Lo malo, en cambio, está en todas partes. Me gusta pensar que lo malo algún día me permitirá, de algún modo, que la venganza sea más placentera, sea todo lo que tenga que decir. Como una hoja rasgada en dos o un lápiz roto”.

Pero el personaje además, asume con naturalidad que la soledad de la exclusión, le acerca sólo a otros en situaciones tan duras y angustiosas como la suya. Cuando recibe la nota, sabe que puede ser una broma — “ de serlo, habrá consecuencias” se repite una y otra vez — o que se trata de alguien en condiciones peores y más dolorosas a las suyas. De hecho, el día en que el papel aparece en su pupitre “ha sido otro de los que podría decir es de los peores en la escuela. Aunque sé que es un pensamiento que tendré mañana, el día siguiente y la semana que entra. El mal está en todas partes, es el mundo entero” piensa. La nota incluye una indicación. Un café pequeño y no muy costoso que el resto de los alumnos de la escuela ignoran. “La cita es el peor lugar para el peor de los encuentros” escribe Ojos en un diario sin fecha que lleva, una bitácora de a bordo en el que incluye los momentos más duros de lo que llama su vida “secreta”. Nadie en su hogar tranquilo y aburrido de padres trabajadores, sospecha que sufre golpizas, insultos y humillaciones a diario. “¿Cómo dices eso a un padre? no puedes sólo llegar y decir que eres el tipo que escupen a los pies, a quien rompen cuadernos y lápices, que termina casi a diario, con la boca llena de polvo en alguna parte del jardín” escribe antes del encuentro. “No lo cuentas, pero lo vives. Y te preguntas si contarlo lo haría más real y terminarías por estallar. No lo sabes, no hay quien responda esas preguntas. Porque el mal, es evidente, todos lo miran. ¿No es verdad que todos observan lo que me pasa? Ocurre, no lo cuento. Pero el silencio es una forma de evitar que sea del todo real en todas partes”.

Al final, resulta que el mensaje no es una trampa ni la última broma cruel, sino que lo envía Kojima, que las chicas de la escuela torturan con la misma persistente violencia que sufre Ojos. Kojima tiene el cabello largo, con aspecto grasoso y la cara llena de granos. “Unos días atrás la vi llorar, con las manos enrojecidas porque alguien las aplastó bajo la tapa de un pupitre” cuenta Ojos “y pensé que podía decirle como hacer que doliera menos, que los dedos curaran más rápido, como envolver las magulladuras en hielo para evitar sus padres lo notaran. Pero no lo hice, pensé que quizás le haría bien descubrirlo por sí misma”.

Ahora ambos están sentados uno frente al otro, aturdidos por la novedad de la compañía mutua. “Es extraño pensar que Kojima me entiende. Que entenderá cuando le digo que en ocasiones, tomo pequeñas dosis de detergente para enfermar de veras y no acudir a la escuela. Que me quedo hasta atrás en el salón, para salir a la carrera en primer lugar, para que la paliza no comience tan pronto. Ella lo sufre, ella lo vive. Ella lo está sufriendo de la misma manera que yo. Ella atraviesa una zona peligrosa todos los días, al igual que yo”.

Kojima no quiere otra cosa que una alianza fortuita o eso dice al principio. Quiere al menos, tener la posibilidad de una conversación en la escuela que no incluya insultos, dedos que le señalen o bofetones. Ojos no está convencido — “no quiero tener que defenderla” dice preocupado — pero al final comprende la intención. Un testigo de las pequeñas desgracias. Entre ambos nace entonces una especie de alianza desagradable, una que abarca una colección de notas en la que no hay otra cosa que confesiones dolorosas. “Hoy me arrojaron agua sucia a la cara” cuenta Kojima a Ojos, en una nota que deja en su mesa de trabajo. “Y también, cortaron la lona de mis zapatos”. Al principio, Ojos solo lee las confesiones insistentes, angustiosas y abrumadas, pero de pronto, responde. “Hoy me empujaron contra el suelo y alguien metió su pie en mi boca” cuenta a Kojima en respuesta. Ella responde de inmediato “Lo sé. Lo he visto, lo siento”.

Es la primera de las muchas veces que Kojima leerá las confesiones de Ojos y le consolará. El chico, mucho más torpe en su capacidad para brindar sostén y amabilidad, sólo lee y responde todo lo rápido que puede. A medida que los días transcurren, las colecciones de trozos de papel — jamás mensajes de texto o de mensajería instantánea — se acumulan entre los cuadernos de Ojos, en su cuaderno de confesiones y al final, en cada parte que forma parte de su vida. Kojima es su amiga, también su testigo y a la vez, es algo más complejo: es una mano extendida hacia la idea de la amistad. Pero para Ojos, el hecho que compartan las confesiones de la violencia excluye a Kojima de ser su amiga. “¿Cómo puede alguien querer escuchar nada sobre mí o lo que tengo que decir, al saber todo lo que permito ocurra?”

La forma en que Kawakami aborda el bullying, es por completo distinta a las cientos de maneras en que se ha planteado el asunto durante los últimos años. La brutalidad ocurre pero no dentro de la acción, sino a través de las consecuencias emocionales que tiene en sus personajes. A medida que las notas se transforman en cartas y que ambos, encuentran que el rencor les llevó a la conclusión de la necesidad de la venganza, tanto uno como el otro personaje, analizan el tránsito entre la simple visión de buscar la complicidad amistosa en mitad de algo más duro.

Porque el anuncio de la violencia — la escolar que sufren los personajes, las que pueden perpetrar en un punto dado — se convierte en un debate incómodo sobre el miedo y la presión insostenibles que la víctimas de abuso escolar sufren a diario. No se trata únicamente de mostrar el mundo interior de los personajes: Kawakami además elabora un mapa preciso sobre los orígenes de un sufrimiento que con lentitud se convierte en algo más enrevesado, complicado y cruel. Las descripciones de las palizas, torturas y burlas aumentan. El odio que ambos adolescentes sienten, también.

La escritora también analiza el tema de la natural reserva de la cultura japonesa, para contextualizar la manera como sus personajes sobrellevan los dolores y horrores que soportan de forma cotidiana. En una Tokio silenciosa, excluyente por necesidad en su estilo de vida, uso de la tecnología y costumbres, Ojos y Kojima son algo más que marginados. Son sobrevivientes a algo más elaborado que el abuso. También a la marginación que se extiende fuera del aula de clase, que llega a la calle, que enlaza con una concepción elaborada sobre el peso social y cultural acerca del abuso escolar.

“Nos hacen lo que creen nos hará más fuertes” razona Kojima, en uno de sus cada vez más frecuentes diálogos casi filosóficos. “Lo hacen por miedo, por la inspiración de algo que nace de las calles vacías, de los padres que exigen, de las oficinas en las que eres víctima de portazos, gritos y también, violencia. Comprenderemos algunas cosas mientras estemos vivos y otras después de nuestra muerte. Y una de ellas, es que solo vivimos una y otra vez lo que nos asusta”, declara. “Lo que importa es que todo el dolor y la tristeza tienen sentido o podría tenerlo. Podría ser algo más que solo puertas cerradas, que sólo podría ser un espacio inaudito entre lo que espera más afuera y lo que ocurre en el salón de clase, que es sólo el principio”.

Quizás, lo más angustioso de Heaven es que no parece llegar a ninguna cuando de hecho, está conduciendo directamente a un espacio en que la violencia es casi inevitable. Pronto, entre las cientos de notas que Ojos y Kojima comparten, comienzan a leerse pequeños fragmentos de planes inconcretos. “¿Te has preguntado qué ocurriría de empujar a alguien a la calle en pleno tráfico? es una idea casi para el cine. Pero es sencilla” comenta Kojima como al pasar. “Lo empujas y algo debe ocurrir, el daño debe pasar si estás rodeado de cosas que pueden dañarte”. ¿Habla de coches? ¿habla de algún plan a la periferia?.

Poco a poco, el intercambio de dolores y sufrimientos, de escenas y al final incluso, sueños, termina por convertirse en una mirada sobre la violencia como algo práctico, que ocurre sin que tenga verdadero sentido, que se sostiene de pequeños fragmentos de historias que nunca parecen crear algo en realidad, pero que engloban una narración dentro de una narración. “Los que no podemos defendernos del todo, en ocasiones terminamos por convertirnos en monstruos de patas cojas, tartamudos, bizqueando, de pie en un lado de la oscuridad”. El mensaje que construye Heaven es inquietante por inevitable: el acoso escolar es parte de una cultura que lo ignora y también, parte de algo más angustioso que se crea a la periferia.

Al final, Heaven resulta escalofriante, precisa y también realista en su recorrido hacia las raíces de la violencia: la que se infringe, la que crea en su cultura, la que se sostiene sobre un tránsito entre lo que asumimos es cotidiano, es parte de todos los días, construye en una versión del bien y el mal moral cada vez más complicada. Con su prosa precisa, su sensibilidad y la crueldad que se adivina debajo de las duras reflexiones de sus personajes, “Heaven” es un recorrido por el temor, y por último, lo que espera en el abismo de los miedos sociales y culturales convertidos en un tipo de oscuridad muy precisa. Sin ser alegórica, sermoneadora o mucho menos moralista, la novela de Mieko Kawakami consigue mostrar la crueldad desde un rostro nuevo. Tal vez su mayor mérito.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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