Crónicas de la lectora devota.

The World Turned Upside Down de Yang Jisheng

Las crónicas sobre sucesos históricos de especial importancia, con frecuencia se encuentran con la encrucijada de contar de manera accesible circunstancias complejas. Además, de hacerlo desde una perspectiva literaria que conserve el ritmo estético y la forma de comprenderse como algo más que una sucesión de datos comprobables. Para bien o para mal, contar la historia involucra la habilidad del escritor para mostrar una secuencia de hechos, desde una cierta belleza argumental, sin contradecir lo esencial de su planteamiento. ¿Puede un escritor lograr el equilibrio entre el texto registro y la cualidad de la literatura para reflexionar sobre la condición humana? ¿Es capaz una historia contada desde el ángulo de rigurosos datos de reflexionar además, sobre lo que somos y la abstracción de la identidad?

El libro The World Turned Upside Down de Yang Jisheng lo intenta y el resultado, es una mirada brillante, conmovedora y en ocasiones escalofriante sobre la revolución cultural China. Un tema que además, obliga a Jisheng a elucubrar sobre las condiciones del estatus de la historia — como hecho — en una sociedad sometida a un rígido control político. En China, lo que ocurre no es lo que se cuenta. Y esa fractura en el discurso entre lo oficial y lo real, crea una brecha imprecisa que el autor borda con cuidado, en medio de hipótesis cuidadosas sobre la identidad colectiva, el peso del poder sobre lo cotidiano y los estragos de la violencia sobre la cultura. Todo, a través de una historia coral que abarca desde los primeros días de la destrucción de los últimos símbolos del poder del Imperio Chino, hasta la instauración de un régimen colectivista y autoritario que tomó la historia como rehén. Jisheng crea una condición de la historia como valor y le otorga un espacio complicado dentro de la aseveración del individuo, aniquilado bajo el peso de un hecho de naturaleza en esencia violencia. La revolución cultural china no fue un proceso ni una evolución. Fue un choque en extremo agresivo entre dos extremos de una misma perspectiva de la realidad. La combustión política estalló para arrasar con siglos de símbolos tanto de poder como de emancipación intelectual, lo que provocó un extraño híbrido que las nuevas autoridades intentaron utilizar en provecho propio. Por supuesto, la transformación fue violenta hasta el punto de pulverizar la concepción sobre el país y su pasado, lo que convirtió a China en una incógnita para la mayoría de los países del mundo.

Para China además, la percepción de lo histórico no se remite a una idea que pueda puntualizarse a un hecho, una etapa o incluso, a una transición política. Como ciudadano chino en el exilio, Jisheng lo comprende desde esa manera y The World Turned Upside Down, no ignora que la historia de su país que se remonta a miles de años y transiciones de status quo por completo distinta. Si algo resulta asombroso en el libro, es su cualidad para retrotraerse hasta la época imperial y comprender a profundidad su importancia. Buena parte de la China actual, es también heredera de un recorrido esencial a través de ideas y condiciones que se desarrollaron a través de miles de años de historia, hasta colapsar con la dinastía Qing en 1911, quizás el suceso de mayor envergadura antes de la sacudida política y social que derrumbó al Imperio Chino por completo. Por supuesto, Jisheng no disimula el hecho que por buena parte del siglo XIX y XX, los historiadores dedicaron una buena cantidad de energía y esfuerzo, en ocultar los vicios de la corte en beneficio del Emperador. Una percepción sobre la corrupción del dato histórico que permite al escritor reconstruir lo que son las primeras fisuras acerca de la narración colectiva. ¿Qué fue real y qué no lo fue, a medida que se adecuaba a las intenciones del cortesano de turno? ¿Qué es verificable y que no lo es, en medio de una serie de construcciones de la memoria como conexión intelectual la documentación y la versión oficial? Jisheng no brinda respuestas a semejantes cuestiones — no de inmediato, al menos — pero si propone un interesante tapiz de preguntas sobre la cualidad verificable del pasado chino. ¿Se trata la sublimación sobre las bondades del Imperio, una forma de distorsión en la narración del gentilicio? Para Jisheng es el primer punto a tener en cuenta al momento de analizar la China contemporánea, también tergiversada, reconstruida y compilada a través de intereses y la codiciosa condición del poder central. El Imperio siempre fue la conclusión de todos los valores y la percepción china sobre la conducta de la sociedad, por lo que el escritor toma la decisión de brindar un valioso contexto antes de construir una teoría sobre el estallido social y cultural que transformó al país para siempre. Con mano minuciosa, describe y cuestiona todo lo que se esconde entre la capacidad absoluta de modificar la narrativa histórica y cómo afecta eso, la recopilación futura.

Claro está, en la China Imperial y después en la comunista, el valor de la labor del historiador era considerado cuando menos interesada. Para una cultura en la hilos del poder a menudo tienen una relación directa con el discurso de las figuras más representativas, el que registra las acciones de los protagonistas del ámbito público, se considera por necesidad una manera de manipulación. Jisheng narra las vicisitudes, peligros y riesgos que a menudo transitaron los cronistas y documentalistas de las diferentes dinastías y en especial, los de la Qing, cuando debieron enfrentarse al poder para contar la verdad. Al final, la mayoría de los archivos anteriores a la Revolución Cultural, se convirtieron en una confusión de datos reduccionistas, análisis incompletos y versiones distorsionadas de los sucesos reales. Lo que hace aun más complicado entender el entorno de China antes de la caída de sus estructuras imperiales y sobre todo, la evolución hacia algo más complejo, a mitad de camino entre una revolución a toda regla y la toma del poder por un grupo ideológico.

Jisheng estructura y establece paralelismos, entre la conducta de los historiadores de las diversas cortes y lo que ocurrió después, cuando cronistas, antropólogos y sociólogos comenzaron a profundizar en lo ocurrido durante uno de los procesos más culturales más controvertidos de la historia universal. El escritor hace énfasis en la forma en que la historia — y como contarla — se convirtió en una forma de obtener beneficios políticos, además de una cuestión sobre la interpretación de la realidad cultural y social a través de la conveniencia de la temperatura político. La confluencia de todo lo anterior, sostuvo un clima de confuso tránsito entre entre las conexiones entre la China en la que el poder estuvo concentrado en sucesiones, con la que renació del cruento enfrentamiento entre partidos políticos y la violencia, como elemento central de toda recopilación con intenciones de ser conservada. De la misma forma que en otros tantos países bajo el puño del autoritarismo, la versión de la verdad se convirtió en una prenda de valor y también, en una conjunción de elementos que combinados, crearon dimensiones nuevas de lo historiográfico. Es entonces cuando Jisheng se plantea el hecho que con el correr de las décadas, la verdad versionada, modificada y reconstruida, se convirtió en una forma de control y dominio que aun ahora, resulta desconcertante para el investigador que intenta comprender los procesos que China ha debido enfrentar una y otra vez.

Jisheng recurre a la descripción minuciosa de la labor del historiador actual, para brindar sentido y peso a todo lo que narrará a continuación. El autor describe la forma en que el oficio de contar la historia, es en sí mismo, una forma de artesanía. Desde limpiar los libros, revistas y textos destruidos ya fuera de manera accidental o premeditada, hasta reunir datos por encima de la pesada losa de la censura, la labor del recopilador histórico tiene algo de detective y en China, de ejecutor de una memoria colectiva que le supera en condición, amplitud y profundidad por el peso de los siglos. Jisheng, que ha dedicado buena parte de su vida a la investigación de los hechos históricos recientes de su país, encontró que el recorrido de toda la historia de un país que manipula su pasado comienza por encontrar la verdad. ¿Y cómo lograr un punto de acuerdo de cual puede ser, hacia dónde se dirige y en qué parte se encuentra el origen de los sucesos deformados y maquillados? Jisheng construye una hoja de ruta a través de la mentira oficial, el ocultamiento de circunstancias y situaciones, hasta lograr mostrar a una China desconocida que asombra por sus dimensiones, versiones y aristas. Un país dentro de un país en la que la historia se ha convertido en un instrumento para revalorizar ya sea el control, como el pensamiento independiente.

El escritor recalca en especial la legitimidad del dato histórico y lo hace, cuando comienza de lleno a narrar a la China comunista. No sólo abre el espectro sobre la consideración de la versión modificada y adulterada de la realidad, sino que incluso, cuestiona el hecho esencial de la revolución cultural. Eso incluye, empañar la figura de Tse-Tung Mao, padre fundador de la República popular China. Para una idea de semejante envergadura, comienza con hacerse preguntas insistentes sobre la validez de las decisiones del líder y en especial, sus relaciones con la forma en que logró el control total no sólo en el pensamiento chino, sino también en la forma en que se comprendía el país como un todo intelectual. No se trata de un esfuerzo pequeño: Jisheng recurrió a todo tipo de fuentes no oficiales como una red de historiadores aficionados, cronistas rurales y recopiladores fuera de la red política y académica aprobada por el partido. Lo que encontró fue una segunda versión de la historia China, un país dentro de un país, envuelto entre las brumas de la censura, la represión y la violencia.

El libro The World Turned Upside Down es el resultado de esa minuciosa investigación, que pone entredicho y desde la perspectiva del uso del recurso histórico tradicional chino, todo lo que se ha hecho público en el país desde el establecimiento de la China moderna en 1949 hasta mediados del año 2000. Jisheng ha logrado recuperar fragmentos y espacios de la memoria del pueblo chino, borrados bajo la presión de censura institucionalizada y la amnesia colectiva provocada por el terror. Pero más allá de eso, ha reconstruido para una nueva generación en el exilio lo ocurrido durante más de setenta años, cuyo valor radica en narrar un país que atravesó una purga académica e intelectual sin precedentes. El detallado relato de Jisheng, recorre desde los primeros días de la Revolución hasta la actualidad, en un conjunto de datos de una pulcritud asombrosa, tomando en cuenta que lo más probable es que el escritor chino deba enfrentar persecución y sin duda, todo de dificultades para compilar la información que finalmente, pudo reunir en el libro.

La proeza de publicar de Jisheng causa asombro, si se analiza desde el hecho que no sólo es un hombre contra un sistema institucionalizado que oculta la verdad sino además, uno que no cuenta con los recursos para subvertir la sofisticada estructura de censura china. Tampoco, es la primera vez que el autor logra saltar las líneas fronterizas de la represión china para divulgar la historia del país. En el 2008, Jisheng logró hacer llegar a una editorial norteamericana Tombstone, un revelador libro sobre las implicaciones de ese fenómeno aun inclasificable del Gran Salto Adelante de Mao. Con una profusión de datos e información que sorprendieron al mundo, Jisheng narró cómo 36 millones de personas murieron debido a la hambruna, provocada por el intento de las grandes jerarcas chinos de reactivar la economía del país. El intento violento de transformar la tradicional economía agraria china en rápida industrialización a través de la colectivización, que no sólo provocó la pérdida de cosechas a niveles históricos, sino la destrucción de poblados y aldeas a una escala monumental. El experimento económico y de control se convirtió en una tragedia nacional de la que se guardan pocos registros, por lo que el libro de Jisheng asombró por su detallado recorrido a través de la concepción sobre una debacle que cobró millones de vida a lo largo de casi dos décadas.

The World Turned Upside Down tiene el mismo tono cuidadoso y de profunda atención al detalle que Tombstone, al que le emparenta la necesidad de Jisheng de mostrar la verdad como una narración conjunta de información vinculada con sucesos a pequeña escala. Por cada comprobación y desmentido de datos oficiales, hay una docenas de otros que narran de manera minuciosa situaciones domésticas de hombres y mujeres sometidos al peso de la represión. La inmediatez del relato (su cualidad puntillosa, su conmovedora sinceridad), desconcierta por describir un país inimaginable desde el exterior. No hay héroes en este paisaje desolado de pobreza, violencia institucionalizada y represión a todo nivel, que muestran los entresijos de una historia manipulada, un sistema monstruoso y las víctimas que lo soportan.

Quizás el principal testigo sea el propio escritor: nacido en 1940 en la provincia de Hubei, tuvo que soportar las consecuencias directas de las medidas de Mao por recuperar la economía china. La destrucción de poblados enteros en busca de la industrialización, no sólo terminó por asolar el centro de China, sino todos los poblados periféricos a su alrededor. En el libro Tombstone, describe los meses de hambre, la muerte de cada uno de sus parientes hasta que sólo sobrevivió su tío. Y al final, una escena de pesadilla en que siendo un niño de diez años, tuvo que verle morir de hambre en una larga noche de insomnio junto a la luz de una vela. La dolororísima historia no solamente retrata a la China de principios de la década de los cincuenta, sino quizás, cimienta con mayor fuerza los motivos del escritor para tomar el riesgo de escribir un libro que podría llevarle a la cárcel incluso en la actualidad y a pesar de sus 81 años de edad. Pero aun libre y sin temor a posibles represalias, sigue recopilando datos, escribiendo y documentando la historia. Quizás por ese motivo, su libro termina con una cita de George Orwell, que parece resumir no sólo el titánico esfuerzo de redacción de un documento único sino además, la vida del escritor. “Quién controla el pasado controla el futuro: Quién controla el presente controla el pasado”. Una terrorífica visión del poder y la violencia de la censura convertida en una forma de pensamiento.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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