Crónicas de la lectora devota:

The Topeka School de Ben Lerner.

alt Whitman solía insistir en que la literatura (y sobre todo, la poesía) es un espejo tan preciso, que causa dolor mirarse en su reflejo. Algo semejante debe haber pensado el autor Ben Lerner, al comenzar a escribir su tercera novela, que como las anteriores, también analiza la vida de poetas blancos en una Norteamérica que lleva a cuestas una enorme presión interna. De hecho, The Topeka School comienza con una escena que involucra al protagonista de la aclamada historia de Lerner del 2011 Leaving the Atocha Station. Con 17 años, el personaje sabe lo que quiere, hacia dónde se dirige — o espera se dirija — su vida y lo cuenta en un monólogo apasionado a su novia, que le escucha entre desconcertada y fascinada. Ambos se encuentran sentados en un bote en un lago sin nombre, a mitad de la medianoche. Declama, sacude los brazos, se ríe y llora, este aspirante a leyenda que de pronto y luego de hablar casi dos horas sin descanso, descubre que la chica que le acompañaba se arrojó del bote y le dejó a solas. Con esa versión de la inteligencia ególatra del creador, The Topeka School es toda una declaración de intenciones: lo que cuenta la novela, es una combinación entre la belleza absoluta de la palabra y algo más tenebroso, todo mezclado bajo el tenue lustre de la ternura de la vocación temprana.

Se trata, claro está, de uno de los temas predilectos de Lerner, que lleva buena parte de su vida, narrando las vidas y dolores de los jóvenes poetas (blancos y varones) de Kansas, a la vez que describe la concepción atípica sobre el acto de crear — y el motivo por el cual creamos — que se vincula a una idea más profunda sobre el hecho de la palabra. Para el escritor (que tiene una vena autobiográfica muy evidente porque él también fue un poeta, blanco con un precoz triunfo) el recorrido narrativo crea una proporción sobre su vida y su inquietudes de enorme valor y sensibilidad. Adam, su personaje principal es una criatura hipersensible, nerviosa y talentosa, que escribe por la necesidad de construir una versión del mundo que le sea comprensible. De modo que crea poemas — delirantes, puro brillo de luz y métrica, tan precisos como el pendular de un metrónomo — para liberarse de la desazón existencial de su edad y también para consolarse de la “soledad primitiva” de no conocer otra forma de expresarse. Por supuesto, Adam tiene todas la características de su padre literario: Irónico, lleno de una necesidad agónica de comprender el mundo, es un narrador delicioso que convierte a The Topeka School en una travesía poderosa y conmovedora desde los ojos de un adolescente y también, su talento.

Como todas las novelas de Lerner, la forma en que la narración se comprende a sí misma es tan particular que termina formando parte de la historia: lo que Lerner mira a través de los ojos de sus personajes, es a la vez un recorrido misterioso por la vida y las percepciones del bien y del mal. ¿Quienes somos y por qué somos de ese modo? las preguntas abundan en medio de las escenas frenéticas, llenas de una rara dulzura y de una profunda cualidad para reflexionar sobre la retórica. Lerner está obsesionado con lo que se esconde debajo de las palabras y también, con los hilos que combinan y elaboran una versión de la realidad, que se cimienta sobre el bien y el mal. A cada paso de la historia, es evidente que el autor está confrontando una concepción del mundo que se desmorona paso a paso a través de la duda. Adam — este poeta que sueña con palabras y con un futuro prometedor en la literatura — está obsesionado en la forma en que el mundo se relaciona con lo intangible y es esa necesidad de comprenderlo (de asumir la posibilidad del tiempo y su lugar en el mundo) lo que hace entrañable al personaje.

A Lerner se le ha criticado por usar a menudo lo que se llama una “subjetividad masculina estadounidense”, para evaluar y analizar a sus personajes y el mundo que habitan. Resulta inevitable: los adolescentes de Lerner — imposibles en su profundidad e inteligencia — son más símbolos que cualquier otra cosa. Cada uno de esos poetas en formación — y el Adam de The Topeka School no es la excepción — son metáforas intangibles de los diversos procesos creativos, que se elaboran a través de vivencias. Tal vez lo más llamativo de los libros del autor, es esa yuxtaposición de versiones de la identidad, la realidad y al final, lo que canaliza cualquier producto artístico que se precie: la versión de la época y el lugar que aspira describir y narrar. Para Lerner sus personajes son hilos conductores con formas de comprender lo estético y lo poético, que van desde el nacimiento de la palabra como herramienta — y el autodescubrimiento — y algo más complejo. Entre ambas cosas, la percepción sobre el individuo se hace compleja, extrañamente tridimensional y al final, realista. ¿Los personajes de Lerner son en exceso tópicos para el mundo? “Soy un estereotipo dentro de los límites del mundo” escribe Adam, aturdido por su personalidad tan parecido a cientos de otras, anudado, convertido en una comprensión simbólica sobre la necesidad de la expresión estética.

Lerner es además, un veterano en crear contextos en los conviven varias capas del mundo y la realidad: mientras Adam intenta decidir cuál es la mejor manera de crear el que llama con insistencia “el poema perfecto”, también es parte de lo que sucede a su alrededor. Para la ocasión, el escritor analiza la premisa del mundo hipercomunicado, al que todavía le restan décadas para comprender el arbitrio de las redes sociales y sus implicaciones. Ambientada en 1997, The Topeka School es una búsqueda insistente sobre la capacidad de lo actual para ser una versión aumentada de los dolores, vicios y complejos de lo contemporáneo, algo que Lerner sublima a medida que describe el nacimiento de Internet, la forma en que las comunicaciones se extrapolan entre sí como una línea difusa entre lo moral y lo tétrico, para al final, meditar sobre los terrores escondidos (y aplastados) bajo la concepción del tiempo como un fenómeno emocional. “¿Lo es? ¿Es este tiempo que transcurre, los días, semanas, meses, años, décadas una relación de eventos o nuestra comprensión sobre ellos. Puede parecer simple, pero en realidad, a mi edad el mundo es tan inmenso, doloroso y vacío que no hay otra forma de describirlo” escribe el atribulado y brillante Adam en uno de sus cuadernos. En realidad, la versión del transcurrir cronológico y la comprensión pasajera de lo que se asume como evidente, se enlaza en algo más simple o que en apariencia lo es. De modo que Lerner avanza, conspira, elabora una rebelión mínima, hasta que finalmente, hay una caída en el desastre entre silenciosa y hermosa. Para Lerner es la apoteosis de la narrativa. El núcleo central de la búsqueda de la forma del pesar en medio del tiempo escindido de la literatura.

La novela transcurre durante los dos últimos años de escuela secundaria de Adam, por lo que además, a todo lo anterior habría que añadir el crecimiento, madurez — mental y moral — del personaje. Como hijo de dos psicólogos, tiene acceso a herramientas para comprender mejor su mente que cualquiera otra persona y lo tiene desde muy niño. Es esa precocidad — conveniente y abrumada — la que conduce a la convicción que Adam es algo más que un personaje: en realidad es un símbolo de algo más complicado. Después de todo, Lerner también es hijo de una psicóloga y no cualquiera: Harriet Lerner escribió en 1985 el que se considera el libro definitivo sobre la ira femenina. Se trata de un texto duro, crítico y académico que el Adam de Ben Lerner reflexiona sin querer. Hay muchas mujeres coléricas e ignoradas en The Topeka School. La novela fluye hacia ellas, llevando al personaje central como un hilo conductor hacia ideas más extrañas y duras. Adam mira a la distancia a las mujeres, el sexo femenino le resulta un misterio pero a la vez, su ira le parece fascinante. Todo, en medio de sus afanosas epifanías, que escribe como puede y que representan para él “lo que vendrá en palabras”.

¿Es entonces The Topeka School una solapada novela autobiográfica? Si y no. De hecho, la respuesta es incluso más complicada que el mero análisis de cuantos elementos sobre su propia vida incluyó Lerner en la trama de la novela. En realidad, tal pareciera que la historia es un conjunto de metanlenguajes vinculados casi por accidente: El Padre de Adam es una versión aumentada y crítica de su propio padre, del que se sabe poco (o al menos, el escritor habla bastante poco) pero que aún así parece ser el extremo de su madre: el psicólogo trata en esencia a muchachos de la edad de su hijo y en las mismas condiciones de las suyas. De modo que al final, el padre no es otra cosa que el padre de una multitud de jóvenes promesas, todos aturdidos por una mente brillante pero a la vez, aplastados por la derrota moral de su incapacidad para luchar contra el mundo que le rodea. “Los niños perdidos”, les llama el padre, en medio de las largas conversaciones desanimadas, tristes y condescendientes que sostiene con su hijo, que claro está, podría ser uno de sus pacientes.

Adam es parte de un mundo hiperintelectual y lo es tanto, como para que conversar con sus contemporáneos le resulte agobiante y confuso. La combinación entre virilidad adolescente, de superioridad mental y al final, la idea general que Adam es lo peor y mejor del mundo de la clase media alta norteamericana es la más obvia en la narración de Lerner, que utiliza el prejuicio de la misma forma que otros autores la condescendencia y el amor. Una manera de elaborar un discurso pernicioso sobre lo que creemos, lo que asumimos real y lo que nos pertenece, más allá de cualquier cosa.

Pero además de todo, Adam es un híbrido de varias cosas a la vez: además de un muchacho con una capacidad intelectual por encima del promedio, también sufre del desarraigo de la primera soledad adulta. Con su brillante capacidad para argumental y crear condiciones sobre el individuo que se mezclan con ponderadas dosis de cinismo, es a la vez una razón para comprender los bemoles del hombre blanco promedio estadounidense y lo que esconde bajo sus implicaciones. Hay una connotación persistente y extraña, entre lo bueno y lo malo que se asocia a la ponderada capacidad de la figura masculina en Norteamérica. Y Lerner la analiza desde todo tipo de visiones y tensiones inexploradas. En una escena particularmente dura, Adam se encuentra frente a un auditorio vacío sin saber muy bien como llegó allí. A medida que su rápida mente va del pánico a la vergüenza, el escritor deja entrever que es algo más que la realidad. ¿Un sueño? ¿Una fantasía de evasión? ¿El temor que une y desune varias percepciones de la identidad? Lerner no lo aclara pero insiste en la posibilidad. “Pasó, como a menudo pasaba, un umbral misterioso. Comenzó a sentirse menos como si estuviera pronunciando un discurso y más como si un discurso lo estuviera entregando, que el ritmo y la entonación de su presentación comenzaran a dictar su contenido, que ya no tenía que organizar sus argumentos tanto como dejarlos fluir a través de él” escribe Lerner sobre el reflejo inmediato de Adam por hablar — incluso aunque el auditorio esté vacío — y su razonamiento rápido de mente afilada. “¿Quien soy detrás de esta posibilidad de infinitas variables sobre mi propio rostro?” se pregunta Adam antes de saltar del escenario y correr hacia la puerta abierta. ¿Para despertar? ¿Para encontrar un sentido al absurdo? ¿Para encontrarse con su pandilla de amigos? Nadie lo sabe en realidad.

The Topeka School es una búsqueda de pequeños estratos del mundo. Con su barniz de historia existencialista y levemente autobiográfica, es una convicción poderosa sobre la identidad actual o al menos, sus orígenes. Adam, privilegiado, blanco y brillante es la figura del norteamericano con el que sueñan los norteamericanos. Y es este poeta (a punto de hacerse adulto, triunfar, crear, volverse parte del anonimato) el que podría simbolizar mejor que cualquier otra cosa, el tiempo que transcurre bajo la piel del país. Quizás el mayor triunfo de Lerner.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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