Crónicas de la lectora devota.

Hamnet de Maggie O’Farrell

William Shakespeare es una figura esencial para comprender la literatura en toda su capacidad para traducir la realidad. Lo es, porque fue uno de los primeros dramaturgos y escritores en profundizar en el ámbito humano desde nuevas dimensiones y también, de mostrar la emoción como un reflejo de lo misterioso. Como si todo lo anterior no fuera suficiente, también cimentó las bases de una búsqueda sensible acerca del misterio, los infinitos hilos del espíritu creativo y en especial, el amor — romántico, filial y el odio como su reverso inmediato — como objeto de curiosidad literaria. Si buena parte de las obras que le precedieron se sostenían sobre la base de mostrar al hombre como figura sometida al albedrío de la incertidumbre, Shakespeare dotó a sus personajes de un poder enigmático basado en el destino en contraposición al poder de la pasión, los celos, la lujuria y la búsqueda del sentido existencial. Cada uno de sus escenarios está entremezclado con un recorrido elemental hacia algo más elaborado y en especial, hacia el poder de lo invisible — lo que transcurre, transforma y erosiona la voluntad — como algo más potente y abstracto que el miedo.

De modo, que la obra de Shakespeare es monumental en su valor y repercusión. Pero al serlo, cubre como una sombra a la figura del hombre. Hay escasísimos datos acerca del escritor, su vida, aspiraciones y anhelos, más allá de la búsqueda incesante de historiadores y biógrafos de comprender su talento como algo más elaborado que una innata capacidad literaria. Shakespeare en sí mismo, es un misterio. Una nota al pie de página de la envergadura de cada una de las historias que imaginó y llevó a una nueva dimensión de belleza y trascendencia. Mucho más quienes le rodearon, las mujeres que amo, hijos. Nombres perdidos en medio del peso de un aporte a la literatura como elemento esencial para comprender a Shakespeare, el símbolo, por encima de cualquier otra cosa. Cinco siglos después, la naturaleza del poder del dramaturgo es mucho más poderoso que cualquier revisión acerca de su vida en los momentos más pequeños, los íntimos y cotidianos. Un misterio sobre el misterio, con el peso de su propio nombre como principal forma de entender su envergadura.

Y mucho más, el nombre de Hamnet, el hijo del escritor que murió en 1596 a los once años edad. Una sombra fugitiva de la que la historia universal sólo guarda recuerdo gracias a que su padre, quizás en un intento de brindar inmortalidad a su memoria, bautizó con su nombre — o una variación — una de sus obras inmortales. Se trata de un curioso acertijo que pareció tener el peso del luto y del duelo, un recorrido uniforme y poco menos que elemental hacia la raíz de esa desconocida vida familiar de Shakespeare. Se sabe que el escritor pasó buena parte de su vida alejado del hogar doméstico, que sus obras ocuparon el lugar principal en todas sus aspiraciones, que sacrificó cada parte de su vida por el triunfo sobre las tablas, que se mantenía por semanas y meses aislado para escribir, que en sus últimos años fue un terrateniente singular, que intentó ser una figura de autoridad en la región en que nació, sin lograrlo del todo. Pero son interpretaciones generales, conclusiones a siglos de distancia que poco dicen más allá del autor, como no sea que tuvo un comportamiento ambicioso en una época dura para la literatura y la libertad creativa. Poco se habla sobre cómo repercutió algo semejante en su familia, en su esposa e hijos. Los verdaderos espectros en la vida de un hombre convencido del poder del misterio y de lo que se escondía detrás de lo cotidiano.

El libro Hamnet de Maggie O’Farrell intenta responder esas preguntas a través de una reinvención de la vida del escritor en que por insólito que parezca, la grandeza de su legado no es el centro de interés, sino el niño de once años del cual ni siquiera conocemos su aspecto físico. La mayoría de las veces, la imagen canónica de Shakespeare vence a la real, que además, se desdibujó en la historia y en la carencia de datos reales sobre su existencia. De hecho, uno de los pocos retratos que se conserva del bardo — atribuido al pintor John Taylor — le muestra rígido y con el rostro tenso. Una versión del siglo XVIII de la misma imagen — que en esta ocasión, no lleva firma — le muestra con una pluma entre las manos, los labios más definidos y el gorguera isabelina más lujosa, de un blanco impoluto. Pero la mirada es la misma. Dura, incluso irritada. Hamnet es en realidad una figura trágica, un héroe sin voz, una monstruosa versión del egoísmo de la expresión creativa, que O’Farrell construye a través de una biografía imaginaria tan dolorosa como delicada. La novela narra la vida cotidiana — o cómo pudo haber sido — de un niño destinado a ser parte tangencial de la historia de la literatura, en un hogar solitario y sin amor. Además, la escritora toma una decisión arriesgada que convierte a la novela en una espléndida mirada a la época y al Shakespeare más allá de los libros de historia: nunca se menciona su oficio. Sólo es un padre que va y viene, un “juglar” que va y viene, que grita de mal humor, que tiene dientes “espantosos”, que no reconoce a su propio hijo al verlo al borde del camino, que se encierra por horas a escribir. Hamnet va de un lado a otro de la novela, siendo la voz y la sombra de su padre que podría o no existir, de la misma manera que su madre — “Jane” que el libro muestra como una presencia huidiza y casi invisible — y la rebelión del miedo, que acompaña al pequeño a todas partes. La historia se enfoca en las emociones y el mundo a través del mundo infantil, un lugar peligroso y desconocido en una Inglaterra medieval violenta y por momentos desagradable. Hamnet corre por el campo o en la ciudad, las ocasiones que sus padres le llevan y siempre, está aterrorizado por perderles de vista. “Podría olvidar sus caras, apenas les veo. Ella sólo está en la cocina, él siempre en los caminos. De perderles, no sabría a quien preguntar ni qué nombre pronunciar más allá que papá y mamá”.

La novela tiene un aire atemporal, sin ubicación exacta ni tampoco, una descripción sobre los lugares y espacios que Hamnet frecuenta. Con la percepción de un niño para quien el mundo es enorme y monumental, hay una condición de perpetuo asombro, que hace entrañable su descripción a escondidas de la vida oculta de una de las grandes figuras de la historia Universal. “Papá escribe hasta que los dedos le sangran. Ampollas cubiertas de sangre que la pluma raspa arriba y abajo. En ocasiones se hinchan, los dedos gruesos y feos. Mamá las envuelve en telas y le suplica deje de prestar atención a la hoja. Pero él no la mira. Incluso en ese momento, está entre lo que mira sin que nadie más pueda verlo. Los ojos muy abiertos, la boca entreabierta. El dolor no es nada. Solo quiere volver a la hoja”.

Para O’Farrell es de considerable importancia la sensación de peso y realidad, a pesar que no hay detalles más allá de lo que Hamnet contempla. Los bosques muy verdes, las calles repletas de basura, incluso cadáveres, animales que galopan, hombres que gritan en puestos de mercado, todo tiene la apariencia de vivencias pequeñas que unidas, crean un todo fascinante y una descripción verídica que se sostiene a través de las emociones de su narrador “En estos lugares solía haber una historia sobre una niña que vivía en el borde de un bosque. Papá dice que no debería venir, que podría perderme. Pero entonces dice que había criaturas allí que se parecían a los humanos — habitantes del bosque, se les llamaba — que caminaban y hablaban, pero nunca habían puesto un pie fuera del bosque, habían vivido toda su vida bajo la luz de las hojas, sus ramas circundantes, su humedad y su interior.” Hamnet está obsesionado con la belleza, con el tiempo que transcurre, con el poder de las cosas diminutas con las cuales tropieza. Y a medida que lo hace cuenta la historia de Shakespeare desde una perspectiva tan novedosa, que resulta conmovedora. El relato está repleto de olores, colores, de sonidos. De la voz del padre que ríe y lee en voz alta lo que escribe, de la madre que le reclama por dinero. De las vecinas que se acercan a las ventanas para preguntar por el hombre célebre.

Y ese quizás, es el mayor logro del libro. En realidad, la ignorancia sobre la personalidad del escritor no es una imagen irreal al servicio del mito creado alrededor de su colosal figura histórica. Shakespeare vivió por y para escribir, aferrado a la barcaza de su talento en mitad de tiempos turbulentos y oscuros. Sobrevivió al hambre, la peste, el dolor, la ira Real e incluso a los dolores de la vida de un hombre común a través de la escritura. Y lo hizo de forma tan formidable, tan potente y admirable, que aun es el ejemplo vivo de la capacidad creativa como una forma de cuestionar la realidad, de elaborar un sentido profundo de la literatura como liberación intelectual. Shakespeare creó un mundo a base de palabras para salvarse a sí mismo y en el trayecto, brindó al oficio una identidad trascendental.

Hace unos años, el profesor de Harvard Stephen Greenblatt escribió en su magnífica investigación sobre la vida de Shakespeare titulada Will in the World, que a Shakespeare le habría sorprendido su fama y sobre todo, el reverencial respeto formal que en la actualidad despiertan sus obras. En su época, en plena lucha contra la pobreza, el prestigio y la supervivencia, el escritor consideraba su trabajo más una forma de asegurarse el pan que ponía sobre la mesa, que una experiencia artística. Escribía a pedido, un mercenario brillante que jamás se detenía, que siguió creando en mitad de la más espantosas noches de la peste negra, en el lecho de muerte de su hijo, en medio de los dolores de los misteriosos males físicos que le aquejaban y una muy humana desazón. Pero este ejercicio imparable e irrefrenable de talento, no tenía un objetivo artístico o directamente estético.

O’Farrell parece resumir esa desconcertante percepción sobre el escritor en algo más elaborado y profundo. La escritora describe los días y las semanas tumultuosas en la vida del dramaturgo como un hilo extraordinario en la que se unen los avatares de lo cotidiano y la búsqueda de algo mucho más sofisticado. Shakespeare nunca recibió el reconocimiento que merecía — a pesar de su popularidad — y tuvo que enfrentar durante buena parte de su vida artística las críticas y ataques de una élite intelectual que le consideraba basto y vulgar. Pero si la alta nobleza le aborrecía, el pueblo llano y una gran número de intelectuales estaban fascinados por su obra. Shakespeare tenía un público fiel, irreverente y sobre todo, apasionado que le seguía de teatro en teatro, con una devoción que en más de una ocasión, salvo al escritor del hambre o incluso la muerte. Hamnet es el testigo privilegiado de ese tránsito de un tipo de fama local a algo más poderoso, pero sin saber que lo que describe desde la inocencia es un fenómeno que cambiará su vida y que le llevará incluso después de su muerte, a una forma desconocida de memoria. “A mi padre le miran en la calle. Algunos susurran sobre él entre risas. Le señalan. Ayer Agnes, la hija de la vecina, me preguntó si sabía lo que hacía cuando abandonaba el pueblo. Si sabía por qué iba en carretas, compraba hojas de papel, si sabía por qué su pluma era todo lo que le importaba” Hamnet no comprende la envergadura de lo que su padre crea, a puertas cerradas, pero lo sospecha. “Escucho por la puerta, lo escucho reír, gritar, llorar. Todo está ocurriendo sin que yo pueda verlo. Hay otro mundo que no puedo ver”.

O’Farrell toma la interesante decisión de narrar la historia en primera persona, como si los pensamientos de Hamnet fueran no sólo el hilo argumental de la historia, sino también, la manera en que la novela encuentra su ritmo y tensión interna. Es el niño quien cuenta la historia, pero también, es cada cosa que le rodea, como si la interminable descripción de las horas y los días, se enlazaran entre sí en algo más elaborado de lo que supone la versión de un niño sobre el mundo que le rodea. La autora — que ha investigado durante casi veinte años la vida de Shakespeare y sus pormenores — logra en la novela una composición vivaz y de enorme elocuencia sobre la época y el valor de los pequeños espacios sin nombre que lo cotidiano crea. Y lo hace, con una prosa sencilla, que capta la primordial ingenuidad de su narrador, pero que logra varios niveles de interpretación para sostener algo más poderoso. Hamnet corre de un lado a otro por las calles del pueblo sin nombre y mira hacia los edificios derruidos, admira la pobreza y también la riqueza, que crean un paisaje extraño que O’Farrell sostiene con una poderosa belleza misteriosa. “Hoy hemos recorrido el prado que lleva al mercado de los sábados. El aire canta un poco, como si todos los que hablan y ríen entonaran una canción. Mamá ha dicho que mi padre podría decir cosas sobre ese sonido, tan diferente al de la música o cualquier otro”. La escritora cuida que su personaje sea siempre un niño de ocho años en pleno crecimiento, pleno de vitalidad y preguntas, pero a la vez, juega con la concepción de la curiosidad innata. La búsqueda de lo que se oculta en todos los pequeños misterios de su vida como hijo de un hombre que ama pero no comprende.

Resulta en extremo curioso que la mayoría de las grandes escenas en la vida de Shakespeare sean un cúmulo de datos levemente nebulosos. Una especie de mezcla inquietante entre el misterio que rodea a su figura y su capacidad para crear y construir una versión de la realidad, que le convirtiera en quizás, el personaje más elaborado de sus obras. Se dice que el escritor odiaba dar detalles específicos sobre su vida, que apelaba al misterio e incluso, el miedo para evitar que nadie pudiera profundizar demasiado en su pasado. Que llegó a borrar registros, notas legales e incluso, directamente mentir para proteger sus orígenes o mejor dicho, asegurarse que su historia personal no pudiera empañar su necesidad de creación artística. Al final, su empeño provocó que su biografía fuera una extraña colección de percepción sobre la idea irreal y dolorosa sobre su figura, minimizada en favor de su trascendencia literaria. Una y otra vez, Shakespeare desapareció en medio de una búsqueda singular de una identidad evasiva que sustituyó el éxito de sus obras más conocidas y que sobre todo, convirtió al conjunto de su labor artística en la fachada perfecta para cubrir y ocultar lo que fuera que ocultara su pasado. Una pieza casi invisible en medio de una gran estructura extraordinaria creada por su talento para sublimar la realidad en una mirada profunda, emocional y a menudo tenebrosa.

O’Farrell dedicó casi dos décadas a investigar bajo el velo del misterio, hasta lograr desentrañar a medias, algunos datos concretos sobre la vida de Shakespeare, el hombre detrás del poder e influencia de sus magníficas obras. Hamnet logra captar ese sentido de lo verídico y lo lleva a un nuevo estrato. La escritora no sólo narra a Shakespeare como un hombre con un don formidable que se convierte en un muro que le separa de quienes le rodean, sino también una voluntad firme en medio de tiempos de cambio. La sociedad inglesa encontró la manera de nutrir su vida cultural, manteniéndose al margen del peligro y de la constante amenaza de violencia pública que ocurría como reflejo a las sacudidas de poder en el trono. Pero O’Farrell no desea narrar lo que ocurre en los palacios y cortes, en las grandes dimensiones de la influencia y entre las cabezas coronadas del reino. En lugar de eso, cuenta lo que acaece en las animadas tabernas hasta la experiencia colectiva de las grandes celebraciones con cierto aire pagano que se permitían en el campo. En Hamnet, la Inglaterra medieval está llena de alicientes para la imaginación de un hombre con el talento de Shakespeare.

Y Hamnet lo observa todo con los ojos muy abiertos, aferrado a la mano de su madre, en ocasiones en los hombros de su padre. El mundo es tan grande y extraordinario, tan lleno de un optimismo robusto, que por momentos la novela se vuelve un vendaval de colores y sabores. Las competencias premiadas de declamación de versos amorosos, las carcajadas en la barra pública, el color dorado de la cerveza. El niño cuenta todo lo que ve, todo lo que le apasiona la vida que le espera. O’Farrell es generosa en detalles y a través de ellos conduce la experiencia vital de un libro lleno de una formidable capacidad para comprender lo que yace en el fondo de los misterios humanos, la frenética sucesión de momentos que se encadenan unos a otros hasta crear un paisaje espléndido, gigantesco y cada vez más enrevesado. A medida que crece Hamnet es mucho más consciente del mundo como escenario, de la forma en que su padre elabora una versión de lo que observa que la hoja de papel conserva. “Ahora comprendo que cuando la pluma pasa, invoca hombres y mujeres. Los conjura, como la curandera, cuando pasa las manos sobre la marmita. Y nace algo que está vivo, que son palabras y tienen vida propia”. Hamnet comienza a entender que su padre crea, se debate entre una pasión extraordinaria y algo más difuso. “Nos ama, pero no nos ve. Las palabras no se lo permiten”.

O’Farrell no cuenta la muerte de Hamnet, pero si los días previos a su enfermedad. “El cuerpo duele, pero el cielo no es menos azul, eso es bueno” cuenta el niño desde la cama. Y esa es quizás, la imagen que podría representar el libro entero, la vital necesidad de la escritora de dar una historia a un niño que es parte de la literatura, incluso de forma tangencial. Para el último tramo de la novela, Hamnet sabe que morirá o al menos, lo sospecha. Pero aun así, no se desanima. “Madre ha venido. Llora, pero su llanto es hermoso. Es como la voz de todas las cosas. No quiero ver sus lágrimas, pero imagino que son lluvia, que es el río que fluye vivo, a pesar de todo”. Hamnet, de quien no sabemos nada, adquiere en la novela de O’Farrell una estatura épica, un poder primigenio y conmovedor que es el corazón de la novela entera. Una mirada hacia la oscuridad de los siglos y los secretos que guardan, desde un ángulo de prodigiosa belleza.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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