Crónicas de la lectora devota:

Nuestra parte de la noche de Mariana Enriquez.

El género del terror literario suele ser menospreciado por en ocasiones, tratarse de una colección de efectivos clichés que sostienen historias tópicas y la mayoría de las veces poco originales. No obstante, el miedo como reflejo cultural es mucho complejo y sobre todo, profundo de lo que puede suponer un análisis superficial. Capa tras capa, esconde el insistente cuestionamiento de la sociedad sobre sus terrores y mezquindades, una rara reflexión sobre las puertas cerradas de nuestra imaginación. Es entonces cuando el terror toma verdadero sentido, se hace más elocuente que cualquier otra metáfora sobre la existencia humana. Más poderoso.

En nuestro continente, el género no ha sido lo suficientemente explotado. O al menos más allá de obras clásicas como las de Horacio Quiroga y Juan Rulfo. Incluso la mirada inquietante de Octavio Paz sobre vampiros y criaturas misteriosas, tenía algo de romántico y fatalista. En una fecha más cercana, la exquisita novela de Pablo de Santis, insiste en la fórmula de la mirada lenta y contemplativa sobre la melancolía un poco destartalada de una Latinoamérica llena de heridas y pequeños dolores. El terror sigue siendo una excusa para comprender nuestra idiosincrasia. Para bien o para mal, el género del terror en nuestra cultura adolescente, tiene un rasgo de dolorosa reflexión sobre las heridas y cicatrices culturales que no terminan de curar.

Tal vez por eso, la obra de la Argentina Mariana Enríquez resulta desconcertante. Sus relatos tienen un aire cruel y grotesco, pero también definitivamente moderno. Las imágenes de pesadilla imagina pertenecen al imaginario colectivo actual. Están emparentadas de forma directa con una visión corrosiva sobre lo terrorífico que cobra sentido no sólo a través de su prosa precisa y adulta, sino también de la profundidad de los conceptos que la escritora maneja. Para Enríquez, lo siniestro habita en la sutileza. como si se nutriera del mal primitivo y vinculado a la naturaleza del hombre, que en la actualidad es parte de la idea más amplia sobre lo paranormal. En la inquietante ternura de los silencios y espacio sin nombre, desde la incertidumbre de la muerte, hasta los monstruos con rostro cotidiano que Enríquez describe desde un tipo de maligna belleza que no deja de sorprender, su noción sobre lo que inquieta y asusta guarda obvios paralelismo con la idea de lo terrorífico y la oscuridad interior que desborda la metáfora habitual en la literatura de nuestra región.

Su novela , es de hecho el intento más evidente de Enríquez de enlazar lo espeluznante con un elemento mucho más elegante, que mezclados entre sí crean una historia que se desliza en la oscuridad de sus personajes con una precisión misteriosa. Con su con su indudable aire gótico, pero sobre todo su necesidad de sublimación simbólica, la novela de Enríquez es un tránsito de pulso firme a través de terrores y tinieblas que convierten a la narración no solamente en un inteligente conjunto de escena e hilos narrativos que replantea en el terror con rostro latino sino también, en un pequeño monstruo grotesco de indudable belleza. Nuestra parte de la noche es un experimento afortunado de lenguaje y estilo que logra sostener una narración que avanza con facilidad entre el rigor de lo literario y algo más sugerente. Enriquez ha llegado a la definitiva madurez narrativa y la novela, es una puerta abierta hacia la forma en que la escritora ha elaborado su propio universo macabro.

De hecho, el libro es una meditada mirada sobre el terror como excusa para analizar los lugares más oscuros de la mente humana, sus miserias y pérdidas. Analiza desde la periferia tópicos tan duros y humanos que por momentos, las narración resulta insoportable. La escritora abarca no sólo el terror como mensaje — que por supuesto, está presente en cada uno de los cuidados escenarios que construye con un pulso firme e impecable — sino también como reflejo de situaciones en apariencia vulgares, que la red de historias convierte en un escenario tétrico. Desde niños en apariencia inocentes que encarnan la maldad en estado puro hasta el terror convertido en una dimensión cotidiana de la urbe rota e imprevisible, “Nuestra parte de la noche” es una combinación de melodrama, dolor, humor negro pero también, una durísima comprensión sobre la naturaleza del espíritu humano, sus grietas y oscuridades. Enríquez no sólo analiza el miedo como una forma de expresión de la identidad del hombre, sino también como un fin en sí mismo, un objetivo complejo sobre una frágil noción de normalidad.

La historia es sin duda la conclusión de temas que Enrique había tocado en diferentes oportunidades: la escritora regresa de nuevo a sus rituales sanguinarios, secretos escondidos en espacios corrientes pero sobre todo, a la inquietud insistente sobre lo que la oscuridad espiritual e intelectual puede esconder. Para la ocasión, la escritora creo personajes tan profundamente vividos que por momentos resultan repulsivos aunque siempre seductores. Y aunque la combinación puede resultar improbable, la autora logra construir un entramado cuidadoso y elocuente sobre una historia entre dos personajes que al final abarca mucho más de lo que puede adivinarse en un principio.

Ese es quizás el elemento más original en un libro sorprendente: Enríquez no varía la fórmula del relato de miedo tradicional pero le agrega un giro inesperado que lo dota un lustre inesperado y poderoso. En su novela brillantes insinuaciones al más puro terror, pero también hay una rara sensibilidad al contexto. Una poderosa reflexión política y social que dota a la narración de un enorme valor anecdótico. En cada escena de “Nuestra parte de la noche” palpita una siniestra conciencia sobre los lugares innombrables de lo común, las pequeñas grietas hórridas de lo evidente. Y es justo en ese juego de sombras que Enríquez encuentra su mayor fortaleza, lo que distingue a su estilo de cualquier otro. La percepción salvaje, dúctil y mutable de la humanidad que se transforma, que se afianza sobre la percepción de la identidad y la individualidad. La comprensión de quiénes somos y sobre todo, quienes podemos ser. El monstruo que habita al margen de lo monótono y que acecha desde el miedo como una amenaza tácita, silenciosa y persistente.

Hay una notoria influencia en “Nuestra parte de la noche” de grandes maestros modernos como Shirley Jackson y Stephen King. Enríquez juega con el miedo al crear una atmósfera perturbadora y tan siniestra que convierte sus aseveraciones sobre la maldad, en un recorrido por lo que consideramos real y sobre todo, comprensible. Para Enríquez lo maligno es una entidad que se manifiesta a través de pequeños fragmentos de belleza sórdida. En medio de la luz, las sombras parecen devorar no solamente la razón y la cordura de sus personajes, sino construir a su alrededor una elaborada visión sobre el miedo y sobre algo más duro de la naturaleza humana: la incapacidad para aceptar la incertidumbre.

Para Enríquez, no existe límite en la crueldad y la depravación a la que puede llegar la mente humana. De hecho, para la escritora el recorrido los infiernos de su narración es una metáfora sobre las convicciones morales de una época tan nihilista como superficial. Y es justo en esa grieta entre la incredulidad, el amor, la juventud y el desconcierto, que Enríquez logra construir una percepción sobre lo macabro tan aterradora que por momentos resulta claustrofóbica. Todos los monstruos Enrique son humanos y los que insinúa en la oscuridad, dependen de la razón de quién apenas puede distinguirlos. La novela es un compendio de aseveraciones lo esotérico, lo oculto y lo misterioso, envuelto en una mirada casi perversa sobre lo que ocurre al rabillo del ojo de lo que consideramos cotidianidad.

Lo más sorprendente es que la obra de Enríquez parece tomar lo mejor de sus referencias, para depurar lo resulta en un paisaje meticuloso de horrores que exalta lo que yace bajo la narración: lo terrorífico se emparenta también con la mirada de los personajes sobre lo sobrenatural. La escritora toma sus mejores armas narrativas, para mostrar un infierno diminuto y cada vez más doloroso que termina por transformarse en una colección de escenas de casi insoportable y lúgubre dureza. También hay un sofisticado recorrido por referencias inmediatas en las voces de Borges, Cortázar e incluso se toma el atrevimiento de asumir el terror desde la condición crítica de la superstición latinoamericana. Todo esto desde una mirada atípica que engloba cierto paganismo que en manos menos hábiles habría parecido un elemento extraño al tributo que Enriquez brinda a la cultura latinoamericana y a la condición sobre los misteriosos de nuestra historia en común. Pero Enríquez es lo suficientemente hábil para evadir los lugares comunes y logra crear una historia que corre en paralelo de dos dimensiones distintas. Por momentos pareciera que la novela es capaz de existir en dos estratos inmediatos e idénticos, enlazar entre sí varios tipos de visiones siniestras hasta sustentar una realidad propia. Es sorprendente la facilidad de Enríquez para describir un mundo común a cuya periferia parecen ocurrir lo más inquietante y terrorífico que la imaginación humana pueda suponer.

Por supuesto, Enríquez también es consciente de la capacidad de su historia para sostenerse sin necesidad de recurrir a sus cuidadas referencias. Esta oscura versión sobre la herencia, la familia, lo doméstico y la historia que se lleva a cuestas, tiene un poder individual que se nutre sobre la complejidad de las líneas que esboce la escritora para narrar el origen de las tinieblas que rodea sus personajes y al núcleo de lo que desea contar. Enríquez recurre a toda la perspectiva de nuestra sociedad sobre el bien y el mal, lo moral y lo temible para crear una reflexión sobre docenas de temas que juntos crean una única versión sobre el horror. Desde la paternidad, el morbo por la muerte, la violencia, el deseo incontrolable, la angustia existencial de quienes viven en cierta exclusión autoimpuesta, la búsqueda identidad, Enriquez recorre toda una serie de tópicos en busca de algo que brinde dimensión a las sombras que esboza. Lo logra y además convierte su lento peregrinaje hacia los infiernos de la razón, en una épica siniestra de sorprendente contundencia y que cautiva la imaginación incluso después de la última página.

En más de una ocasión, Mariana Enríquez ha admitido que mira el mundo desde lo grotesco. Nuestra parte de la noche confirma la afirmación y la lleva a un nuevo nivel. La historia con su aire en apariencia costumbrista de Road trip al uso y al final, la impunidad de la memoria colectiva, es también un homenaje a todos los pequeños misterios y secretos que latinoamérica guarda como parte especialísima de su gentilicio.

Enríquez no olvida su herencia cultural y le rinde homenaje con una soltura que combina elementos evidentemente heredados de una noción más antigua sobre el terror y algo más profundo. Es entonces cuando Nuestra parte de la noche se convierte en una colección de imágenes reconocible sobre la historia Argentina, que sin embargo podría reflejar a cualquier otro lugar de latinoamérica. Enriquze juega con la historia de su país pero también con las piezas que la conectan directamente con la cultura a su alrededor en un contexto inevitable, que envuelve la novela por la sutileza misteriosa de un lenguaje invisible.

Resulta asombroso que la escritora Argentina haya encontrado el punto central que une no sólo la mirada acuciosa y penetrante de su prosa sobre su propia historia, sino que además logrará extender su pulcritud narrativa más allá de los relatos cortos. De hecho, Nuestra parte de la noche tiene un parecido lineal y evidente con todos los cuentos que Enriquez ha publicado hasta ahora. La longitud no es un obstáculo para que la escritora pueda meditar sobre los mismos temas con la misma habilidad, un prodigio que rara vez ocurre y que en esta ocasión muestra la habilidad de la escritora con una claridad diáfana que promete no solamente que se convertirá en una de las plumas célebres de nuestra historia literaria, sino en un curioso referente sobre el terror moderno en medio de un continente que se mira a sí mismo con cierto cinismo.

Al final, Nuestra parte de la noche se convierte en una historia seminal que llega a su última página conservando el enigma intacto. Para cuándo la novela acaba, la sensación evidente que la historia que cuenta transcurre en algún lugar del mundo que es independiente al libro que tenemos entre las manos y que su poder es mucho más virulento y perverso de lo que podemos imaginar, es tan cercana como abrumadora. Quizás el mayor logro de Enrique es crear un terror que canibaliza las tinieblas intimas. Una idea que se une la siguiente para abandonar las páginas de los libros e incorporarse a la imaginación de su lector.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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