Crónicas de la lectora devota:

The Testaments de Margaret Atwood.

Hace más de treinta años, esta mujer inquieta, cínica y enigmática comenzó a escribir la novela The Handmaid’s Tale. Era una primavera cálida y tranquila en Berlín Occidental y Atwood acababa de regresar de un recorrido más allá del telón de acero. La inspiración para su distopía totalitaria es obvia, aunque no tan sencilla. La perversa noción del poder convertido en herramienta de manipulación de masas es obviamente parte de lo que encontró en su recorrido por Europa del este, pero en la inquietante historia de la novela, hay mucho más que represión e intereses políticos. Se trata de un recorrido crudo por la posibilidad del completo dominio de lo racional, la despersonalización del individuo en favor del estado y lo que resulta más inquietante, una percepción clara sobre la posibilidad del poder como una maquinaria que devora y consume la individualidad.

Por supuesto, no se trata de un tema novedoso: dos décadas antes, Orwell meditó sobre la devastación de la personalidad y la alegoría del Gran Observador en 1984 la que es quizás, la distopía más famosa de todas y también, una de las más duras. No obstante, para Atwood el horror de la sujeción al poder tiene una clara raíz emocional y sensorial. Mientras que la en la novela de Orwell la información, la historia y la propaganda reconstruyen el paisaje de la realidad, en la de Atwood se trata de una mirada a un horror vívido basado en la manipulación moral. Y es entonces, cuando la historia de esta Teocracia convertida en una especie de infierno de la identidad — la muerte de la capacidad para el pensamiento libre y sobre todo, la posibilidad de la libertad individual — alcanza su punto más álgido, electrizante y realista.

A la escritora se le ha considerado siempre una mujer rebelde pero no por las razones habituales que alimentan la imagen del subversivo. Al contrario, la sedición intelectual de Atwood se basa en una enorme capacidad para incomodar y cuestionar lo que creemos absoluto, verídico y concreto. Quizás por ese motivo, The Handmaid’s Tale es más que un distopía, un presagio inquietante sobre un futuro posible. En uno de los pasajes más inquietantes del libro, Atwood plantea un concepto rarísimo y duro de asimilar al que llama “capacidad para la incredulidad”. En la novela, la lenta transformación de la sociedad en un violento totalitarismo teocrático ocurre frente a los ojos desconcertados de los protagonistas, que asimilan los cambios desde la óptica de la sorpresa y la resignación. Paso a paso, el poder subvierte y distorsiona derechos inalienables y los convierte en otra cosa, en un trayecto progresivo que termina convirtiéndose en una rápida caída al abismo. Y es la incredulidad — la noción sobre la destrucción de lo que creemos inamovible e irremplazable — lo que sostiene esa lento proceso temible, realista y lo que resulta aún más atemorizante, posible. Atwood se explaya en esa percepción del horror mínimo, infranqueable que se transforma en otra cosa en noción de la poca resistencia que ofrece la sociedad futura de devastación que intenta asimilar. “Fueron más pequeñas de lo que cabría esperar” escribe“No nos despertamos cuando masacraron el Congreso. Tampoco cuando culparon a los terroristas y suspendieron la Constitución”, dice la narradora, describiendo con una durísima melancolía fatalista los prolegómenos de la tragedia. Al final, la escritora logra darle sentido a lo que es una morbosa ruta hacia el núcleo de los temores generacionales y colectivos. La definitiva caída de todo lo que asumimos brinda forma a la época que conocemos.

Para The Testaments la secuela inmediata de The Handmaid’s Tale, la autora analiza la caída de los regímenes totalitarios desde una cuidadosa revisión del hecho del mal, a partir también de la premisa de la incredulidad pero en esta ocasión, como reflejo de la desesperanza. De la misma manera que la historia original, su continuación es un híbrido entre la ciencia ficción especulativa, la distopía y una crítica disfrazada de tragedia. Atwood se esfuerza por dotar de un realismo helado y crudo el escenario que imaginó para la caída de la sociedad y la cultura que hemos conocido. Lo que ocurre inmediatamente después, es una colección de prejuicios, dolores y la desesperanza convertida en una mirada espeluznante sobre la angustia existencial. Si en The Handmaid’s Tale, la democracia liberal de EEUU fue vencida por un abismo industrial y biológico que devoró cualquier percepción sobre el progreso intelectual, en The Testaments, el estado de Gilead sucumbe a catástrofes invisibles pero no por eso, menos violentas y definitivas. Para la República teocrática que tomó el lugar de las instituciones del estado, Atwood creó una concepción basada en los fundamentos del puritanismo del siglo XVII, mucho más cercanos y patentes de lo que jamás nadie supuso. En la rápida transformación social y política que el libro describe, el miedo es el principal protagonista y lo es por su capacidad para aplastar la voluntad de la masa y transformarla en una mirada perturbadora sobre la aceptación del poder como núcleo emotivo. Después de todo, la novela sostiene la premisa de religión y la ley basada en la Biblia como evidencia esencial de un retroceso histórico no del todo imposible. Atwood juega con la idea y la convierte en una posibilidad medible y cuantificable.

En The Testaments, la estructura de la historia y su versión sobre el poder como herramienta del horror, tiene el mismo impacto y envergadura. La historia comienza quince o dieciseis años luego de la desaparición final de Offred en The Handmaid’s Tale, lo cual hace evidente que la escritora desea crear una atmósfera de continuidad. Pero el argumento va más allá de eso y quizás, esa es su mayor fortaleza: la narración se abre en tres voces distintas, que contemplan la realidad desde la inocencia hasta un violento cinismo que resulta incómodo. Hay un retrato poderoso de la maldad y la bondad, pero Atwood no intenta que su libro sea un manifesta maniqueo, sino una perspicaz interpretación de lo moral y sus implicaciones. La infame tía Lydia de la novela anterior regresa y de nuevo, es el rostro reconocible de un tipo de violencia que resulta inquietante en su visión de las diferentes graduaciones de la oscuridad en el espíritu humano. Con enorme elegancia, Atwood logra con frases muy bien escogidas, crear el sentido del miedo claustrofóbico que es uno de los elementos esenciales en The Handmaid’s Tale y que en The Testaments, es una reflejo de lo que habita más allá de la densa narración de lo cotidiano.

De modo que es Lydia y su perversa necesidad de dominio, la que de nuevo delimita los espacios en el mundo que le rodea. Su voz es la que describe lo que guarda y se esconde en una mirada autoritaria sobre lo que asume como realidad inmediata. Lo más inquietante, es que para la ocasión, Atwood dota a uno de sus más temibles personajes de una especie de mirada Universal, que canaliza las inquietudes y terrores de manera sustancial “Los hombres inocentes que niegan su culpa suenan exactamente como los hombres culpables, como estoy seguro de que habrán notado, mi lector”, escribe y con esa única reflexión sobre la sociedad que ayudó a levantar y a la que sostiene en cierta medida, Lydia es el rostro de The Testaments y también, su peor faceta.

El principal acierto de The Testaments es su capacidad como ficción especulativa de abandonar el discurso de la abstracción alegórica: toda la novela tiene un claro aire cotidiano, detallado y minúsculo que la hace profundamente aterradora. No en vano, la escritora ha confesado que lo cotidiano es su mayor fuente de inspiración, un hecho sorprendente en una época fascinada con lo extravagante y lo exagerado. La obra es un prodigio de buen gusto, escrita con un pulso narrativo firme pero sobre todo, la mirada puesta en la profundidad de los pequeños detalles. Como secuela de un suceso mediático convertido en símbolo de reivindicación, The Testaments funciona como un recorrido por el miedo colectivo convertido en una especie de deuda emocional a la distancia, que Atwood analiza con precisa inteligencia. Gilead se desgasta básicamente por las mismas razones que motivaron su existencia. Y esa contradicción, lo que logra que la secuela tenga una asombrosa vida independiente que por momentos, incluso supera a su predecesora.

En The Handmaid’s Tale Atwood escribe sobre mujeres rotas, heridas, apasionadas y fuertes, sometidas desde el miedo. También sobre hombres complejos, inusitados y derrotados por el dolor. Una insólita mezcla que en manos de un escritor menos hábil podría convertirse en una contradicción de forma y de fondo, pero que gracias a Atwood alcanza un poder casi lírico. Rn The Testaments narra a sus personajes desde una aparente obviedad pero trasciende gracias al buen instinto que le permite crear algo más complejo de lo que puede analizarse a simple vista. De manera que ambas novelas de son líneas argumentales emparentadas con esa notoria percepción sobre la fragilidad humana. Un triunfo de la imaginación que Atwood celebra con narraciones cada vez más complejas y entrañables.

Con una agilidad y agudeza que en ocasiones sorprende — y que en The Testaments resulta más de una vez incómoda — Atwood pondera sobre la realidad con la misma sutileza y buen hacer con que atraviesa la ficción. Perfeccionista y rigurosa, para Atwood la literatura es un reflejo inmediato no sólo sobre lo que ocurre sino de las infinitas implicaciones de cada hecho puede tener. Un ciclo de incontables variaciones que describe con cerebral sencillez y una enorme conciencia del poder de la palabra precisa. Las pequeñas escenas caleidoscópicas parecen contener no sólo el mundo sino el Universo en todo su significado.

En The Testaments Atwood intenta encontrar un equilibrio entre la contemplación analítica de la realidad y algo más duro de comprender sobre el espíritu humano. El mal y la forma en que se sostiene sobre la debilidad, vuelve a ser un tema recurrente, pero más aún, el poder que se convierte en vehículo de un tipo de amoralidad muy específica. Lo hace al comparar de manera inevitable el nacimiento de un estado totalitario sangriento y su posterior caída en el desastre. Es un juego de artificio en la que el análisis del pasado como inevitable, crea una dimensión nueva del presente, algo que la autora ya había meditado en su novela Resurgir, considerada una de sus mejores obras. En la narración retrospectiva del camino hacia la redención de una mujer divorciada y herida por un pasado tumultuoso, Atwood utiliza la ambigüedad en la descripción de los paisajes interiores de su personaje para reflejar algo más amplio y Universal. En The Testaments no hay nada casual o accidental en los dolores morales e intelectuales de los personajes. Se trata de un retrato del dolor privado, de la angustia de lo cotidiano que se transforma en una entidad independiente en medio de la historia. Atwood persevera y avanza más allá, convierte a su personaje en un vehículo de frustración y dota al paisaje que le circunda de una personalidad que se opone a su angustia y que a la vez, completa el mapa árido de viejos demonios que atormentan a la mujer. Todo, construído como una progresiva noción sobre los pequeños horrores diarios, los traumas subyacentes del pasado y la incertidumbre hacia el pasado. Como en un juego de luces y sombras, Atwood retrata la desolación pero también la humaniza. La dota de una sencillez anecdótica que la hace conmovedora.

En “The Testaments”, la autora usa la alegoría para reflexionar sobre las derrotas, temores futuros y grietas culturales de lo que se avizora como un futuro anónimo y totalitario. Pero no lo hace desde la grandilocuencia, sino desde las pequeñas rutinas cotidianas de su protagonista, su mirada realista sobre una situación extraordinaria que le afecta de manera tangencial pero que amenaza su propia existencia. Lo hace además con tanta habilidad que logra sostener una tensión implacable mientras cuenta con detalle los entresijos de un sistema monstruoso e inhumano. Atwood crea algo más grande que una mera moraleja moral: cuestiona el mismo hecho ético a través de un dolor sencillo y descarnado.

La novela también resulta asombrosa por su capacidad para incluir y meditar sobre el fenómeno de la novela anterior, dentro de cierto metalenguaje que Atwood utiliza con gran tino. June”— nombre de pila de Offred, elegido por los fanáticos de la serie televisiva — forma parte de la narración y es ese mínimo detalle, el que empalma la narración como un hecho fuera de las páginas del libro y lo que ocurre en ellas. Ambas versiones de la realidad, crean una mezcla de extraordinaria inteligencia que sostiene a The Testaments como una mirada elemental sobre su origen: la pregunta inevitable sobre el temor de lo que nace a partir del terror colectivo y como esa expresión de lo total, se sostiene sobre la percepción de la identidad individual.

Al final, The Handmaid’s Tale y The Testaments funcionan como dos extremos de una mirada muy amplia sobre el poder, la angustia existencial de una cultura sometida a sus horrores inconfensables y al final, la posibilidad de la esperanza como algo más profundo y amplio. Tanto la historia original como su secuela, se sostienen sobre la proverbial mirada de Atwood sobre la búsqueda de lo que se esconde más allá de la incertidumbre, algo que The Testaments capta con una instantánea aterradora y brillante de la realidad.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta