Crónicas de la lectora devota:

The Water Cure de Sophie Mackintosh.

La literatura actual está plagada de violencia, sobre todo luego que la saga de novelas Río de George R.R. Martin estandarizó el uso del gore explícito dentro del marco de eventos argumentales de considerable importancia. De modo que la noción sobre lo sangriento, parece haber perdido durante las últimas décadas no sólo valor, sino también impacto. ¿Qué puede horrorizar a un público habituado a ver y leer historias sobrecargadas de imágenes retorcidas y violentas? La respuesta parece venir del otro lado del espectro: En 2016, la serie “The Handmaid’s Tale” sorprendió al público y a la crítica con su mirada sobre un tipo de horror silente y despiadado que transformó el lenguaje televisivo que hasta entonces se había interesado por el tema. Con su profuso simbolismo, pero sobre todo, la concepción sobre el mal humano convertido en una imagen oculta bajo una aparente cotidianidad, la serie — basada en el libro homónimo que utiliza la misma fórmula para crear un clima malsano y claustrofóbico — se convirtió en un éxito inmediato. Con escenas engañosamente plácidas, el horror desenvolviéndose con una lentitud pausada y progresiva, la historia del Estado totalitario de Gilead demostró que la noción sobre la violencia necesita un nuevo punto de vista. Una percepción mucho más madura y elegante de la que hasta ahora había sido la norma.

En “The Water Cure”, el libro debut de la autora Sophie Mackintosh, el dilema sobre la violencia y como mostrarla está allí, tratado con una sofisticada y cruel sutileza. Al contrario de un buen número de las ficciones contemporáneas, Mackintosh analiza el miedo y la deshumanización sin llegar a los extremos de la llamada “pornografía de ternura”, lo que le permite profundizar en aspectos más íntimos y tenebrosos sobre la concepción del sufrimiento que se infringe, la tortura y sus consecuencias. Con una esmerada delicadeza — Mackintosh está muy consciente del valor de su prosa reposada y elegante — , el libro avanza sobre escenas de inquietante realismo sobre el castigo corporal, la violencia doméstica pero sobre todo, el terror agazapado en lo cotidiano. Para Mackintosh el miedo que infringe el maltrato está más allá de la detallada descripción de lo que ocurre, de las heridas abiertas o los huesos rotos. Y es quizás esa sensibilidad perversa — la conmoción sobre el absurdo de la sangre derramada, como la autora insiste en más de una oportunidad — es lo que logra crear una historia despiadada, a mitad de camino entre la crítica cultural — hay mucho de “The Power” de Naomi Alderman en los planteamientos de Mackintosh — y la ruda capacidad de Margaret Atwood para contar el mundo femenino. Entre ambas cosas, Mackintosh recrea lo temible en sus implicaciones, en el secreto, en lo que no se cuenta y lo que se esconde debajo de la fachada de la normalidad.

¿Cuando el dolor que se describe es demasiado?¿Cuando se banalizan? Las críticas abundan sobre uno y otra arista del tema. En el éxito de librería “El Tatuador de Auschwitz” de Heather Morris, la autora se decanta por el romanticismo en lugar del detalle, lo que convierte al libro en una historia de amor al uso en medio del improbable escenario de un campo de concentración. El punto de vista le ha valido críticas y además, diversos señalamiento sobre la superficialidad con que la escritora analiza el tema del genocidio que usa como contexto a su edulcorada narración. Al otro extremo, se encuentra “Esperando a los bárbaros” de J.M Coetzee, en la que el escritor describe con demoledor realismo las torturas acaecidas durante el apartheid sudafricano. No obstante, Mackintosh desmenuza el sufrimiento en sus partes constitutivas y esenciales, lo que lo hace algo mucho más contundente. Su imagen sobre la angustia, el aislamiento y la brutalización de la víctima resulta incluso más creíble que una descripción más precisa sobre el horror que atraviesan sus personajes. Lo es, porque Mackintosh asume la tarea de hurgar en los hilos que mueven al torturador y le unen a quién agrede, hasta crear una insólita y perversa red de implicaciones que sostiene la narración entera.

Como la distopía que es, “The Water Cure” tiene una mirada sobre el futuro desoladora, pero no completamente pesimista. La escritora no rebasa el límite del horror sobre la incertidumbre y se centra en la posibilidad de un mundo tóxico que no conocemos ni se describe con claridad. De modo que para los personajes, la realidad podría verse dividida entre la isla que habitan — y la perspectiva sesgada que tienen del mundo — y lo que ocurre más allá. Por supuesto, el tema sobre lo imprevisible y la leve insinuación del apocalipsis al otro lado del mar son constantes: el calentamiento Global, la contaminación, la hambruna y la escasez de agua ha convertido a los continentes en lugares inhóspitos en que debe lucharse por la supervivencia. En este mundo desértico y de recursos casi agotados, las mujeres llevan la peor parte. O en esa versión de la verdad insiste King y Mother, los padres de tres niñas criadas en los límites de un peñasco en medio del mar. Según King, el mundo “cercano al horizonte” no es sólo peligroso sino también mortal para las mujeres, por lo que sus hijas deben aferrarse como pueden a la frágil tranquilidad y esperanza doméstica, construida detrás detrás de una cerca electrificada de alambre de Púas. A la isla sin nombre jamás llega nadie más que mujeres: Aterrorizadas, en busca de la llamada “salvación”, que no es otra cosa que un cruel tratamiento cercano a la tortura que en principio, les protegerá de la atmósfera contaminada y las volverá “poderosas”. Pero en realidad, esta “cura del agua” no es otra cosa que una refinada tortura que busca anunciar a las víctimas su “culpabilidad” sobre lo que acaece en el mundo que se derrumba. No hay otra intención que el castigo, en los golpes, súplicas y el extenso proceso de “salvación” que debe atravesar cada mujer que llega al pequeño infierno insular que Mackintosh describe con delicadeza. Además, para la autora, el núcleo de su narración no es el festival de horrores que se desarrolla en medio de una cultura sobreviviente al colapso de la sociedad tal y como la conocemos, sino las tres hijas, conejillos de Indias y primeras “pacientes” de la técnica de curación que sus padres implementan con las mujeres que intentan encontrar ayuda en medio de la debacle. Pero una y otra vez, queda claro que no hay ayuda o salvación posible. El apocalipsis no está en las ciudades destruidas, en el cielo encapotado o en las altas temperaturas sofocantes, sino en los horrores despiadados que cuentan los sobrevivientes, la guerra silenciosa que se lleva a cabo entre las ruinas.

En la isla, las cosas no son exactamente mejores. Las tres niñas son educadas como pequeños soldados: aprenden de su madre a no confiar en nadie que no sea de la familia, a manejar armas y por último, la noción de su cuerpo como un campo de batalla. Hay un eco indudable de Margaret Atwood en el terror convertido en fuerza, en la continua afrenta y violencia en contra de lo femenino, pero Mackintosh rehuye la percepción sobre el horror director y de nuevo, entra en un perspicaz recorrido entre lo que ocurre en la isla, la vida de las niñas, la furia de los padres, el acecho del mundo exterior. Al final, cuando King desaparece y las mujeres de su familia deben enfrentar al miedo, la novela alcanza un punto de perfección técnica y una audacia narrativa que en manos menos hábiles, podría haber resultado un experimento fallido. Pero Mackintosh remonta la cuesta con absoluta facilidad y crea una imagen de la víctima muy alejada a las criaturas angustiadas y feroces de Atwood o incluso de Iris Murdoch. La víctima de Mackintosh tiene la furiosa capacidad de reorganizar su mente y su cuerpo para encontrar fortaleza. Para cuando la novela alcanza su emocionante tercer tramo, las niñas se han convertido en un trío de espíritus poderosos, despiadados en su concepción sobre el bien y el mal, pero aún así, justos. Hay un grado de indignación cada vez más violento contra el mundo perdido — obra del hombre, producto de la violencia del hombre — pero sobre todo, Mackintosh convierte su distopía feminista en algo más sagaz que una búsqueda de reivindicación moral. Las mujeres de Mackintosh son creadoras, creativas, físicamente vulnerables. La combinación crea un tipo de personaje de interminables matices, que pueden sorprender incluso cuando parece que la escritora ha dicho todo sobre ellos. Para Mackintosh parece de enorme importancia la dicotomía entre la voluntad — insiste en más de una vez que las sobrevivientes de la isla lo son a fuerza de su “dolor recién nacido” — y la necesidad de continuar, a pesar del dolor. La combinación no las transforma en heroínas. Las transforma en una mirada de inusual transparencia sobre la mujer y su circunstancia.

La novela guarda algunos paralelismos con Alias Grace de Margaret Atwood, en la medida que ambas utilizan con sabiduría la complejidad de la culpa social, el deber tradicional y el peso que el patriarcado simboliza para sus personajes. Ambas novelas reflejan — quizás sin quererlo, sobre todo la de Atwood, escrita hace más de veinte años — el ambiente actual en medio del debate sobre el poder, la agresión sexual y moral que sacude a la sociedad norteamericana. Un debate que elude a la desigualdad estructural y temible sobre los dolores y temores que sostiene el argumento. No obstante, en Alias Grace hay algo más temible, doloroso y punzante que “The Water Cure” analiza como una salvedad temible aunque paradójica. Una concepción sobre el autoritarismo y el fenómeno del patriarcado que se contempla desde decenas de situaciones disímiles y desconcertantes con respecto a la figura de la mujer como sujeto legal y cultural. La Grace Marks de Atwood se convierte sin quererlo, en chivo expiatorio de un sistema que la destroza por el mero hecho de simbolizar un tipo de amoralidad sin nombre ni explicación coherente. Es entonces, cuando el argumento alcanza su punto más duro y complejo, porque no solo muestra a Grace como víctima, sino también, como posible producto de su entorno, de su dolor y de la rabia contenida. Una mezcla que transforma a la historia en un manifiesto de furia contenida, terror apenas entrevisto pero sobre todo, de un sufrimiento ciego y sordo que puede equipararse a cualquier época. Las mujeres de Sophie Mackintosh, son víctimas que no saben que lo son hasta que su padre — la referencia para todo en sus vidas — desaparece y se encuentran en la mitad de la desolación del anonimato. Una no existencia desconcertante que convierte sus rutinas — las atrocidades que King ideó en un intento de romper la individualidad de sus hijas y convertirlas en una única mente reactiva — en despojos, en medio de una realidad que se desploma con rapidez. El trauma de la violencia está allí y es el núcleo de la historia, pero Sophie Mackintosh hilvana la historia a través del centro voraz y rehúye la tentación de convertirlo en algo más que una concepción absurda sobre la existencia.

Pero a pesar de todo, “The Water Cure” es una historia luminosa y llena de grandes momentos conmovedores. Mackintosh tiene la suficiente intuición para no permitirse caer en la tentación de contar la depravación desde la depravación. En lugar de eso, la isla se convierte en una mirada firme a la necesidad de construir una idea mucho más poderosa sobre vida y las niñas — traumatizadas, horrorizadas, pero aún así, llenas de deseos de crear su propia historia — en metáforas de esa concepción del dolor, que sitúa la fortaleza como un mero aprendizaje de sus implicaciones. En un punto dado, la novela recuerda al mito griego de las Moiras: Las tres hermanas enarbolan un único ojo consciente para comprender la graduación de la violencia a la que se han visto sometidas, a la vez que juegan sobre un extraño tablero de recuerdos y traumas para alcanzar la redención. Para Sophie Mackintosh el miedo tiene un ingrediente privado y vivencial, casi tan potente como el amor. En el límite de esa percepción, se encuentra una fantasía oscura sobre la libertad que la escritura dibuja con extraordinaria belleza en el que quizás se convierta en uno de los libros del año.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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