Crónicas de la lectora devota:

Con más frecuencia de lo deseable, los premios Nobel traen a la palestra pública amplias discusiones sobre la repercusión literaria de los autores a los que otorgan el reconocimiento. Pero no precisamente, sobre la cuestión de la calidad, la forma de abordar distintas temáticas o la percepción del hecho literario como un elemento cultural de relevancia. Durante los últimos años, el debate sobre a quién se otorga el premio más importante del mundo literario mundial o en todo caso, los motivos para hacerlo, suele ser de mayor importancia que la propia calidad de la obra del escritor. O incluso, la forma en que representa una percepción acerca del recorrido del premio como una forma de analizar la evolución intelectual del ámbito literario en el mundo.

¿Por qué se otorga un premio Nobel en cualquiera de sus categorías? La gran mayoría de las veces, la pregunta tiene una relación directa con el peso del aporte real que el ganador brinda a su área específica de trabajo, la envergadura de su trayectoria o la importancia a futuro de sus descubrimientos o teorías. ¿Por qué se otorga el premio Nobel de literatura? El cuestionamiento se hace más complicado, porque en la actualidad, hablar sobre mejores o peores escritores atraviesa percepciones sobre lo intelectual, cada vez más incómodas de responder. ¿Se premia al autor y su trayectoria? ¿a la forma en que impacta su forma de analizar el mundo a través de la palabra? ¿o al símbolo que representa en mitad de discusiones y sensibilidades contemporáneas? La cuestión sobre qué premia en realidad el Nobel, suele ser motivo de incomodidad o al menos, de reflexiones más o menos cínicas sobre la necesidad de un premio que haga énfasis en el contexto del escritor y su obra, más que en el hecho mismo de lo que escribe.

Algo semejante parece haber sucedido con la elección del escritor tanzano Abdulrazak Gurnah como premio Nobel de literatura 2021. Refugiado, rostro notorio de un tipo de circunstancia que en la actualidad resulta de considerable interés moral e intelectual, hubo algunas preguntas suspicaces sobre el motivo por el cual la Academia de Estocolmo escogió a un autor que representa una de las grandes inquietudes de nuestra década. Después de todo, no parece del todo casual que Abdulrazak Gurnah, que emigró de su natal Tanzania en su adolescencia y es ciudadano británico, sea la encarnación de un mundo dividido en dolorosas corrientes migratorias y desgarradoras historias de migración forzada.

Pero la obra de Abdulrazak Gurnah es mucho más que una mirada concienzuda y cuidadosa sobre el desarraigo, los desamparados y la moral quebradiza de nuestra época. Es también, un recorrido por la supervivencia. Una mirada poderosa acerca del miedo silencioso a las transformación y en especial, a las consecuencias de la inevitable de la pérdida de la identidad. Gurnah, que escribe para la tristeza “de la pérdida del país, los recuerdos, el hombre y la mujer que quedó en el olvido”, es también un prodigioso narrador de las ausencias y de hecho, su percepción sobre el tiempo y lo individual, es un recorrido a través de su historia y la de otros. De la concepción dual de los ciudadanos a la periferia, de los que se encuentran a mitad de camino entre lo que fueron, lo que serán y las tierras inevitables de la pérdida son imposibles de analizar sino a través del recuerdo.

Quizás por ese motivo, Gravel heart (2017) es uno de sus libros más conocidos, a pesar que la obra del escritor abarca casi tres décadas y ha sido premiada en numerosas ocasiones. Pero este reconocido académico y profesor de la Universidad de Kent (Canterbury) encontró en la novela, no sólo el pináculo de una percepción sobre la identidad, el sufrimiento colectivo que por años moduló y depuró. También, logró alcanzar un profundo nivel de virtuosismo que se sostiene sobre un discurso pesaroso acerca de la vida, la muerte y los fragmentos de historia que desaparecen con el transcurrir del tiempo. “Descubrir que no eras tal y como te recordabas, es un golpe doloroso a un lugar sensible de cómo has percibido cada uno de tus recuerdos a lo largo de los años” dice el escritor a través de uno de sus personajes. La frase podría resumir todo el trayecto del autor a través un panorama complicado en que la emigración y sus huellas, se convierten en un mapa amplio de heridas que jamás emocionales que jamás llegan a sanar del todo. “Cuando debes rehacer tu vida en otro país, te conviertes en una isla. Empezar de nuevo, a menudo es un recorrido duro por todos los eslabones de una vida incompleta”.

Por supuesto, Gurnah tuvo la fortuna de comenzar su recorrido académico y literario en una universidad que tiene un especial interés en las llamadas literaturas “poscoloniales”. En otras palabras, en la forma en que la presión sobre la identidad colectiva puede destruir o construir una nueva mirada sobre el individuo. Para el escritor, ha sido un recorrido dual, entre su propia vida como inmigrante — “nunca olvidas de donde provienes, incluso aunque lo intentes con buenas intenciones” — y también, ciudadano británico. “Un hogar que tiene dos miradas, dos idiomas, dos vidas. Una ruptura que nunca termina por alienarse con nada. Un punto sin nombre al que no sabes como llamar” cuenta en Gravel heart. Gurnah encontró en la literatura una forma de reconstruir a medias su historia, pero también, una forma elaborada de encontrar un lenguaje propio en medio “de tantos matices, abiertos, descubiertos, escondidos y hallados en mi vida”.

Gravel Heart es una historia de secretos. Pero en realidad, no basa su efectividad como narración en el hecho de ocultarlos, sino en cómo el misterio que oculta la historia, no es tan importante como la suma de sus partes. Gurnah narra desde la perspectiva de Salim de siete años, testigo silencioso y aterrorizado de la separación de sus padres. En la Zanzíbar de la década de los ’70, la percepción sobre el tiempo es distinta: el sol siempre brilla y para Salim, la casa de ladrillos rojos, es exactamente la misma. “De modo que podría ser domingo o lunes, pero continuaría siendo el mismo día. Lo único que cambia para él, es la ausencia. El padre que no regresó” cuenta con delicadeza Gurnah, sobre lo que parece ser un incidente doméstico común. Pero en realidad, hay mucho más que el abandono y un posible divorcio. Para Salim, el mundo a su alrededor es azul y radiante, pero también sabe que el cielo interminable “es una promesa y una trampa”. A pesar de su edad, Salim sabe que la vida es caótica, dolorosa y extraña. Ha visto a sus padres discutir, a la ciudad en que vive arder en disturbios. Y siendo todavía un niño, comprende que el péndulo va de un lado a otro. “Un día el azul es infinito. Al día siguiente, está rasgado por la lluvia. Un día la casa es silenciosa, al siguiente solo hay gritos y llantos”.

En el mundo de Salim, a los niños no se les explica lo que ocurre en la vida de los adultos, de modo que sólo comprende algo básico: su padre se ha ido, su madre sufre por las heridas que “él no puede ver, aunque lo intenta” y el devenir de los días está a punto de cambiar. Gurnah crea la sensación de la tormenta que se avecina y utiliza la metáfora, para espesar la tensión alrededor de Salim, aterrorizado por la posibilidad del cambio. Salim sabe que “de la misma manera que los rayos abren en dos el cielo, lo que ha ocurrido en casa, abrió en dos la vida y el miedo”. La novela avanza con lentitud a través de la incertidumbre, de la preocupación incesante sobre la posibilidad del hoy y algo más elaborado, hasta alcanzar un punto de ebullición al final de su primera parte. “Salim quiso conocer por mucho tiempo los secretos de sus padres. Cuando los supo, deseo haberlos olvidado”.

La segunda parte de la novela transcurre en Londres, con el pequeño Salim convertido en un adolescente. Amir, el tío del muchacho, termina por llevarle a la ciudad en una especie de escape desordenado “de todas las cosas que el pasado debería reordenar”. Salim acepta la invitación y termina por encontrarse en un país “sin cielos azules, en que todo es tan distinto como podría serlo en otra historia de mi vida, escrita por manos distintas”. Con casi diecisiete años y luego de obtener las respuestas que siempre quiso sobre la separación de sus padres, la verdad no resulta liberadora, sino más bien vergonzosa. “Los padres de Salim dejaron de ser figuras en la imaginación para ser un hombre y una mujer heridos”. Como si eso no fuera suficiente, debe sufrir la desfragmentación de vivir en un país al que no comprende, aislado por completo y sin posibilidades de regresar, no de manera inmediata. “La emigración no es un recorrido, es un casa que se construye a medias y en la que debes vivir, aguardando caiga sobre tu cabeza” explica Salim, aterrorizado por la frialdad de Londres, por sus largos silencios pacíficos, por la ausencia de todo lo que amó. “Descubres casi demasiado pronto, que la vida que añoras dejó de ser real apenas la abandonaste y la nueva, nunca es suficiente para llenar su espacio” cuenta Salim, perdido y aturdido por la novedad del cuerpo que cambia, la mente convertida en una extraña mirada a todos los dolores y al final, su propia versión del tiempo y la verdad, destruida bajo el peso de emigrar. “Llegas a creer que eres lo que te rodea. Cuando te lo arrebatan, sabes que no lo eres. Solo avanzas hacia terrenos temibles, espacios anónimos, piezas rotas. Puedes estar o no consciente que has perdido algo sensible e insustituible de tu vida, pero ocurre. Una versión tan dolorosa de lo que te arranca la voz y la vida, que te terminas por desplomar en la oscuridad”.

Sin duda, Gravel Heart podría parecer una novela autobiográfica, pero Gurnah tiene el cuidado de no remitirse solo a sus vivencias. Salim no se convertirá en un aventajado estudiante — como lo fue el escritor — o terminará en el refugio seguro de lo académico. En realidad, el personaje es el reverso oscuro de un trauma enorme y potente que no se explica de inmediato sino que se mezcla en docenas de escenas distintas. Con una potencia emocional conmovedora, Gurnah narra “el cuerpo roto en dos trozos. En este país y en otro, en esta tierra y en otra, en estos recuerdos y en otros. A pesar de sus esfuerzos, a pesar de la vida que logra alcanzar como un ciudadano con algunos momentos de paz y felicidad, Salim sabe que hay una parte suya incompleta, rota y sometida a la presión de algo más duro. Una y otra vez, recuerda el último consejo que escuchó de su padre, meses antes que desapareciera de su vida por completo. “Mientras viajas, mantén el oído cerca del corazón. Pero más importante aun, manten tu mente fuera del ataque de las bestias que puedes crear por el puro miedo”.

Gurnah logra que la vida de Salim parezca satisfactoria. Después de todo y a pesar de las dificultades, es un hombre que logra trabajar, recorrer el país “que no es mío, pero que acepto” y poco a poco, construir un lugar para sí mismo. Pero a medida que la novela transcurre, es evidente que Salim es un hombre que no se reconoce a sí mismo. Incluso su inglés fluido, la cualidad para comprender las peculiaridades de Inglaterra que “de vez en cuando le hacen sentirse bienvenido”, le parecen trozos de algo ajeno, una mirada ambivalente sobre el hombre que pudo ser y que al final, parece “el recuerdo de alguien más”.

Sin duda por eso, el tercer tramo de la novela es emoción pura. Es entonces cuando Gurnah encuentra el sentido de unir los fragmentos de historias anteriores para integrar a Samir en algo más amplio. “Regresar a Zanzíbar se volvió una obsesión, un deseo, una maquinación”. Cuando finalmente lo hace, encuentra que no es el país que recuerda, mucho menos el que imaginaba o el que por años atesoro como un lugar al cual volver “cuando todos se acaben”. Se trata de un trauma doloroso que Salim no sabe como asimilar y que le provoca un dolor emocional paralizante. “Este no es el país que soñé tantos años, no lo es en absoluto. ¿O sí lo es y yo no soy el niño que vivió en el ni jamás volveré a serlo?” La disyuntiva es angustiosa, por momentos abrasadora. Salim llora bajo el cielo azul que añoró, que resulta ser pálido, “nubes entretejidas en melancolía”. Incluso el barrio de sus padres, la casa familiar, son “como pedazos desordenados de una historia que no es la suya”. Para cuando el viaje culmina, Samir termina en el aeropuerto, a punto de partir, aturdido por los descubrimientos y también, asustados por la forma en que su mente, su espíritu “y ese lugar en el que niño que fue aguardo con paciencia un paisaje que no encontró”. Es entonces, cuando la novela encuentra su punto más alto, más potente, más delicado. Gurnah crea una especie de doble discurso en sombras entre el adolescente que abandonó Zanzíbar y el hombre que volvió. Un puente que une y enlaza a ambos sin lograr en realidad, crear algo más que una imagen deforme que no encaja en parte alguna. “Samir no quiso mirar atrás y se preguntó si podría mirar adelante, a su futuro, ahora herido por la consciencia que no hay lugar ni historia a la cual volver”.

Gravel heart pudiera parecer una novela sencilla y de hecho, lo es, en la media que une todos los temas de Gurnah en una amplia versión sobre el sufrimiento de la emigración. No obstante, hay una complejidad misteriosa en cómo describe sin hacerlo de forma directa, el miedo del hogar perdido y de las piezas rotas de la vida que encajan de forma desigual en un paisaje deformado por el sufrimiento. Salim no es sólo es el personaje central de su historia, sino la de tantas otras. La de los que abandonan sus países de origen en busca de algo abstracto que no llegan a reconocer del todo. De hecho, Salim, es la encarnación misma de la percepción de la pérdida, de la estructura personal e intelectual que se desploma. La Zanzíbar de Salim podría ser cualquier país y sus vivencias, las de tantos otros migrantes y refugiados alrededor del mundo. Pero Gurnah no pretende contar la historia definitiva sobre los duelos migratorios. Solo quiere contar una de tantas que a la vez, engloba todo lo que rodea al dolor misterioso y secreto de “los que llevan a su país sobre los hombros”.

¿Qué hace a una obra valiosa? Quizás la gran pregunta sería: ¿Qué hace a una obra trascendente y con la capacidad de narrar la historia de toda una generación?. Desde su discreción, Gurnah logra relatar la vida de los perdidos, “de los que olvidan amaneceres por otros, de los que extrañan sonidos que ya no están”. Y es su prosa profunda, poderosa y sincera, la que sostiene su largo recorrido por el país de los que no pertenecen a ningún lugar. Un prodigio de delicadeza y belleza que quizás sea el mayor mérito no solo de Gravel heart, sino de la amplia, misteriosa y envolvente obra de su autor.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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