Crónicas de la lectora devota:

Crossings de Alex Landragin

Hablar sobre el tiempo cronológico en la literatura, suele ser una cuestión complicada, en especial cuando la noción sobre el aquí y el ahora, es una forma de elaborar ideas sobre la identidad de los personajes y el contexto que les rodea, que no siempre funcionan del todo bien. Se trata de un dilema en que las diferentes capas de información y las dimensiones de lo que ocurre como una línea que avanza o retrocede según lo requiera la historia, puede determinar la forma en que lo que se cuenta será comprendido, asimilado e incluso, mostrado por el autor. La tensión interna en lo que desea contar depende de forma casi total de esa concepción de las líneas que se cruzan, se entremezclan y al final, se sostienen sobre una percepción acerca de la capacidad de lo narrado para englobar todo lo que intenta mostrar a través de la palabra y a través del hecho de asumir el tiempo como un elemento concreto. O al menos, una cierta coherencia que conecte situaciones, sentimientos y al final, incluso la forma en que se sostiene el centro medular de lo que la ficción puede ser.

Hace ya más cuarenta años, Julio Cortazar jugó con la posibilidad de no sólo subvertir el hecho del tiempo, sino de elaborar un discurso narrativo basado en el desorden de las piezas esenciales de una historia. , percibía el transcurrir lineal de la historia como una posibilidad, antes que una necesidad y logró elaborar un cuidado rompecabezas de piezas narrativas que involucró al autor en el hecho de no sólo elaborar una narración dentro de una narración, sino además, contemplar la posibilidad del libro objeto, que se sostiene sobre la deliberada intención del autor de retar y extender los límites de cómo se comprende un libro desde lo inmutable de la lectura. Algo semejante logró Mark Z. Danielewski en(2000), al llevar hasta límites insospechados la capacidad del libro para construir una dinámica cronológica y narrativa propia. Con una mirada intuitiva e inteligente sobre lo narrativo como una experiencia sensorial que podría incluso ser lúdica, la novela es un enigma dentro de un enigma, donde la narración se entrecruza con la historia que subyace entre lineas.

Un recurso semejante utiliza Alex Landragin en su novela debut , en la que confronta al lector con la posibilidad que la historia que desea contar, sea algo más que una mirada hacia el mundo interior del autor. La novela comienza con la misma premisa de Rayuela (la opción de leer tres textos misteriosos que en apariencia, están conectados entre sí o el cuerpo narrativo que el escritor sugiere), lo que permite que de entrada, Crossings sea una combinación entre la capacidad del libro para brindar una idea compleja sobre la ficción y la forma en que la historia, puede desmenuzarse en sus líneas constitutivas. Ya sea seguir la secuencia de la narración tal y como Landragin lo propone o crear una experiencia personalizada que varia de lector en lector, la novela comienza desde sus primeras páginas con un juego tramposo que delimita la realidad y la ficción hasta elaborar una percepción sobre el universo de lo ficticio única. Landragin desea que el lector sea parte de la historia y de la misma manera que Michael Ende permitía a Bastian Baltazar Bux formar parte integral de La historia sin fin y al mismo tiempo, envolver al lector en un juego metasimbólico de enorme valor, Crossings es un recorrido asombroso por lo narrativo que se sostiene en una mirada elocuente sobre la experiencia lectora. Los caminos que se separan y vuelven a unirse en una historia llena de puertas falsas, líneas bifurcadas y al final, una percepción intrigante sobre el fundamento real de una historia — por qué se cuenta, hasta donde puede llegar la interacción con el lector — hacen de Crossings quizás una de las novelas más audaces del año, un verdadero experimento sobre la concepción de la lectura como expresión de creatividad e imaginación.

Por supuesto, Landragin se toma todo tipo de salvedades para hacer del trayecto algo más original, potente y desconcertante: la primera página del libro es una declaración de intenciones sobre la forma en que el libro funcionará como mecanismo sostenido y contenido a través de una percepción pluridimensional. “No escribí este libro. Lo robé” declara el narrador, a medida que yuxtapone la percepción de lo que está dispuesto a contar como una circunstancia real y su percepción, sobre lo que ocurre entre lo que sostiene a cada una de las narraciones. Pero Landragin es algo más que un autor provocador: La novela está concebida para recorrer un trayecto por momentos confusos y en otros brillante, a través del tiempo como una línea que fluye sin sentido concreto. Tanto la novela retrocede para mostrar fragmentos de información desconocidos, como avanza para enlazarlos unos con otros hasta crear un mapa de ruta a través de la concepción de algo que paso a paso, se convierte en una colección de matices de una misma mirada hacia el futuro. Landragin no está buscando crear una novela que utilice trucos para hacer más emocionante su lectura, sino que elabora un cuidadoso eslabón entre circunstancias y escenas que transponen al arte de narrar como un suceso vivo. Un crisol de sensaciones que a medida que avanza la extraña lectura, se hace más complicado y potente.

Además, Landragin utiliza otro recurso para brindar una identidad poderosa a su historia: Crossings desde el inicio, se define a sí mismo como un texto encontrado. Uno que además, no se atiene a límites, tampoco a reglas y mucho menos, detalles sobre cómo debe o puede ser percibido. Desde la historia de la baronesa adinerada que encarga a un experto parisino la encuadernación de un misterioso manuscrito, hasta historias de fantasmas con vida propia, toda la obra se sostiene — y abarca — la concepción sobre la fe en la narración como vehículo de trascendencia y en especial, como una mirada hacia el acto creativo como impredecible. Landragin escribe una novela, pero también una depurada versión sobre la realidad escindida. Lo sobrenatural se conecta con el hecho de crear, un acto de poder y de voluntad que el escritor equipara a “la magia más antigua, más poderosa. Incomprensible en su esencia, pero dolorosa en sus implicaciones. Creemos que escribir puede ser una expresión de convicciones, pero en realidad es la posibilidad, casi religiosa, de creer en lo imposible” dice Landragin en la boca de uno de sus personajes, un isleño precolonial del Pacífico cuya alma va de cuerpo en cuerpo, en busca de la eternidad. “Si la palabra no nos hará eterno, al menos sí, la percepción y la concepción de lo que creemos real, puede brindar límites a lo que tememos pueda ser finito.

Landragin recrea el acto de leer como una decisión íntima. El orden secuencial se anuda y se extiende a través de 150 años y abarca tres continentes distintos. Por separado, Crossings es una pieza de arte poderosa, que evade explicaciones sencillas. Como una unidad temática es una convincente creación, que basa su efectividad en su capacidad para desconcertar y al final, construir una línea privilegiada a través de lugares, personajes, situaciones tan disimiles que resulta casi una proeza, sostenerlas sobre una única premisa. Pero el escritor lo hace y además, permite al lector recorrer el lugar de su preferencia. La novela es una caja de resonancia misteriosa sobre la posibilidad del autor, de sostener su percepción sobre diversos conceptos. El amor, el miedo, la alegría, la soledad, la búsqueda la pasión, el ímpetu por sobrevivir: Landragin mezcla todas las versiones de la realidad y crea un diálogo poderoso con el hecho mismo de abrir un libro y hojear en la imaginación del autor. Claro está, se trata de una promesa en dos extremos opuestos del enigma: el escritor crea para un tipo de lector metódico, que no tema tomar el riesgo de encontrar en el libro lugares incompresibles, párrafos que son ventanas que en apariencia no llevan a ningún lado y al final, pequeños trozos de información e imágenes, de tal poder y salvaje belleza que transforman a Crossings en una promesa de algo más sensible y sincero. La suspensión de la credulidad es necesaria — en la enrevesada trama de la novela se mezclan por igual datos históricos y fantasía — pero también, una forma de recorrer un laberinto fantástico, que lleva al centro mismo de la capacidad de asumir — por fe — la belleza del acto narrativo.

Hay algo de muchos relatos múltiples, en este experimento osado: desde la Scheherazade de las Mil y una Noches, que se enlaza, conecta, sostiene y recorre la percepción del bien y del mal como una mirada intuitiva sobre la narración como acto colectivo, hasta nuevos experimentos como El Atlas de las Nubes de David Mitchell, Crossings parece provenir de muchos lugares a la vez y vincular el centro neurálgico de lo que muestra, a través de una serie de recorridos sobre la naturaleza salvaje y primitiva de contar historias. Por supuesto, se trata también, de una provocación: a lo largo de la novela, la mención — y aparición — de personajes históricos sorprende por su belleza evocadora. Baudelaire, Walter Benjamin, Jeanne Duval y Coco Chanel recorren los mismos caminos del lector y se entrecruzan con las escenas, tal y como si la novela fuera en sí misma una especie de incomprensible habitación de espejos que refleja el asombro. Landragin teje una historia que insiste en recrear la vida dentro de las páginas y lo hace a través del elemento más humano de todos: el azar. Cada lector asumirá un lugar distinto desde donde comenzar su recorrido y se encontrará ante versiones distintas de lo ficticio. La historia de un exiliado alemán judío que no puede salir de París se convierte en marco y referencia de un suceso mayor, a la vez que la insinuación que un personaje vive más de siete vidas — ¿se trata de inmortalidad? ¿trascendencia? ¿es incluso la misma mujer? — crean un método para narrar lo intangible que casi resulta incomprensible, a no ser por la forma en que el autor encuentra el hilo que conduce todas las historias, todos los dolores y al final, toda la desazón de sus personajes.

Las historias se entrecruzan a través del tiempo y para el final de la novela, es evidente que las combinaciones y recombinaciones que ha llevado a cabo el lector, crean un nuevo texto en medio del que ha leído. A medida que el coro de las voces de los personajes, se unen, se sostienen, enlazan y terminan por ser algo más colosal y sensible, el futuro — la conciencia del que lee — se abre paso en el centro mismo del libro como algo más potente, espléndido y conmovedor de lo que cabría esperar en un subversión de estilo semejante. La prosa rápida, concisa permite que los saltos temporales, construir un mundo de tan profunda veracidad que para cuando la última historia se presenta (la historia que sólo el lector y únicamente el lector conoce) el libro logra un raro triunfo sobre la percepción de la belleza, el tiempo que sostiene todas las ideas y al final, los sentimientos que muestra. Histórica, especulativa y elusiva de un significado único, este pequeño prodigio de habilidad técnica y de ambición, es algo más que un buen libro. Es una mirada intrigante, honesta y frontal sobre el arte de creer en las historias, narrar su esencia y por último, vivir dentro de ellas, como un elaborado caleidoscopio de mundos por descubrir.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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