Crónicas de la lectora devota:

Con frecuencia, el noir emula al género cinematográfico del mismo nombre, casi de manera accidental. Lo hace al emular sus temas, ritmos e incluso lenguaje, al crear una versión de la maldad de los hombres que resulta precisa y pesimista. Para buena parte de los libros que profundizan en asesinatos, traiciones, crímenes orquestados desde la deslealtad, el dolor y el desarraigo, la premisa es demostrar que tanto puede corromperse el hombre corriente. En cuántas formas, la tentación le vence, aplasta bajo su peso hasta diseminar sus elementos constitutivos en trozos desperdigados de historias.

Se trata de una concepción dolorosa y compleja. En especial, cuando la mayoría de los antihéroes contemporáneos, proceden de esa dualidad angustiosa que plantea la cuestión de lo moral como para paradoja. Si los primeros libros acerca de crímenes que se convirtieron en éxitos de ventas, deseaban probar el ingenio de los personajes para descubrir al criminal o criminales, la novela negra no estaba en particular interesada en los misterios. En realidad, le obsesionaba la degradación espiritual que provoca un crimen se cometa. Eso, mientras el argumento explora con cuidado los dolores y temores de la cultura. Una lenta reflexión sobre las sombras interiores, los matices del bien y del mal, pero también, una búsqueda cuidadosa de una versión más humana y menos abstracta acerca de lo maligno.

Claro está, una propuesta basada en el mal antagónico (como inherente a lo corriente), convirtió a la novela negra en un género en boga en momentos de especial dureza. Se trataban de reflexiones acerca del pecado, la degeneración y las pequeñas perversiones, que anunciaban la caída en los abismos. A medida que la interpretación del tiempo y del discurso de la identidad colectiva cambió gracias a los modernistas, la concepción acerca de la bondad y lo que se le oponía, lo hizo de manera profunda. Si para principios del siglo XX, las obras de Sir Arthur Conan Doyle y más tarde, las de Agatha Christie, imaginaron a los crímenes como sofisticados mecanismos de resolución lógica, autores posteriores reflexionaron sobre los criminales. Pero en especial, sobre la maldad sin dioses ni espacios traumáticos que pudieran justificarlos. Los nuevos villanos no tenían una tenebrosa y conveniente historia a cuestas. Tampoco, dejaban pistas a su alrededor o podían ser acorralados por el ingenio de Sherlock Holmes o Hercules Poirot. De hecho, la crueldad comenzó a manifestarse en los silencios, el amor derrotado, las mujeres que amenazaban el estatus de lo femenino de la época y la batalla por la paradoja sobre lo normal y lo deseable. La literatura se pobló de criaturas pérfidas, de rara belleza. Monstruos con rostro humano capaces de aterrorizar y seducir al mismo tiempo.

Nightmare Alley (1947) de William Lindsay Gresham, es el epítome de las elegantes novelas de refinados claroscuros de la década. La novela, que abarca la caída en el desastre de un grupo de tramposos y embaucadores en mitad de la prosperidad falsa de la posguerra, es una reflexión de lo tenebroso en el espíritu humano. A la vez, es un recorrido por todos los elementos aún en formación de la novela negra. Hay, por supuesto, un grupo de crueles villanos, que se burlan de la virtud malograda de pobres y desesperados. También, la influencia del dinero, como una arma peligrosa que con frecuencia está en las manos equivocadas. Una mujer de frágil belleza, que lucha por mantenerse en las regiones iluminadas del mundo que habita, mientras un embaucador intenta atraerla a las tinieblas.

Pero lo que hace a Nightmare Alley mucho más poderosa que cualquier otra de las novelas del género, es el hecho que su profundidad filosófica se basa en el dolor. Las habituales trampas, mentiras y estafas de las historias al uso, en esta ocasión son preguntas sutiles sobre cuantos monstruos habitan a los personajes. Monstruos que se manifiestan sobre el escenario de una feria rural o los que conviven en las alturas del poder. Monstruos que sonríen y gruñen detrás de jaulas nauseabundas y elegantes salones. La novela recorre todos los lugares usuales del género y los deconstruye, para mirar lo que se oculta detrás de ellos. De modo que una escena llena de figuras exquisitamente vestidas, es tan ruin y degradante como la que describe un patio en el que un hombre cubierto de roña mata a mordiscos a una gallina. “Los monstruos han insistido antes y después, se manifiestan en la oscuridad, pero ahora no temen a la luz” dice Stan Carlisle en el primer párrafo de la historia. “Cuando intentas comprender lo humano, lo primero que debes saber es lo fácil que puede degradarse. Lo rápido que puede caer en el desastre, en las penas y los dolores. Pero también, lo sencillo que es empujar a alguien en el fango y esperar muera, mientras suplica le mires desde las alturas de un sillón de terciopelo”.

Oscura, sórdida y sofocante, Nightmare Alley fue un experimento que resultó además, en una evolución del noir en direcciones novedosas. Su escritor contaría después, que imaginó la historia por primera vez entre 1938 y 1939. Para entonces, se encontraba destacado en España durante la Guerra Civil y estaba obsesionado con el mal. Tanto, para escribir más de una docena de relatos que narraban los terrores a la sombra que encontraba en los pueblos abandonados, entre los supervivientes y las atrocidades cometidas por el poder. Una de ellas, fue la historia del hijo de un terrateniente local, que para huir al castigo por los crímenes que había cometido, se ocultó en una feria itinerante y se hizo pasar por una “bestia”. Una criatura temible capaz de comer a dentelladas animales vivos. “Menos que humano, más que un demonio” gritaba el que anunciaba el espectáculo, según los rumores locales.

Gresham terminó por buscar el origen de una historia semejante y recorrió el norte de España hasta dar con la feria, aunque el espectáculo ya no se presentaba. Pero pudo ver la jaula de “la bestia” y de hecho, conocer la sórdida historia de primera mano. Tal y como aseguraban las versiones que había escuchado, era el hijo de un político, que en plena guerra se ocultó en aquel disfraz perverso. Había muerto en medio de una pelea, irreconocible y sin que nadie pudiera encontrar el menor indicio de su origen. Lo único, un abrigo de corte costoso. Gresham lo compró. “Me obsesioné en el hombre que había muerto a cuchilladas en el patio de una feria y había llevado un abrigo de ante, en algún punto de su vida” contaría al New York Times. Al final, escribió cuando pudo sobre la escena que podía imaginar — “la bestia dormía en una caja cuadrada, rodeado de sus miserias, sin ventanas y bañado en sangre de pequeños animales” describió en sus apuntes, una línea que terminaría en la novela — y volvió a EEUU. Para cuando comenzó a dar forma final a la historia en 1945, ya la trama estaba enlazada y estructurada sobre la idea de un hombre capaz de ser un monstruo, un seductor en un bar y también, un criminal de sonrisa maliciosa. “Carlisle era todo lo bueno y lo malo del mundo, tallado en su rostro de campesino con los dientes derechos”.

Pero a medida que la novela se hacía más complicada, extraña y dura, los propios demonios de Gresham se volvían también, más violento. Lo que había vivido en la Guerra le marcó para siempre. Tanto, como para tener pesadillas a diario, perder el apetito y recordar a toda hora, los cadáveres tendidos en caminos rurales, las madres que lloraban por sus hijos muertos, las viudas que morían sin gritar, en balaceras de medianoche. Todo ese escenario aterrador, extraño y denso, se tradujo en la inquietante atmósfera Nightmare Alley. La novela pasó por nueve borradores, la mayoría de ellos, desechados por el escritor por “no reflejar la oscuridad” de la manera debida. Añadió escenas, personajes, incluyó varias de sus pesadillas recurrentes. “Había un valle de sombras que se abría hacia la rueda de la Feria” cuenta Carlisle en uno de los párrafos más recordados. “Podía verla, como una imagen fantasmal que nacía de los rayos de la tormenta, radiante y peligrosa. No era hermosa, no era atractiva. Era un faro en la oscuridad. Y el lugar al que deseaba llegar, en mitad de la oscuridad”.

A la par de la escritura, Gresham dedicó tiempo y esfuerzo al psicoanálisis, las cartas del tarot. Ambas cosas también forman parte de la estructura de Nightmare Alley, en cuya historia la dualidad moral se mezcla con la credulidad, el miedo a la fe, la desesperanza y la búsqueda de la propia oscuridad. Rupturista en la forma de reflexionar sobre lo maligno, la novela de Gresham también elaboró una forma de narrar lo complejo de sus personajes desde diferentes puntos de vista. De hecho, los arcanos del Tarot, brindan título a los capítulos de la novela y se enlazan con algo más poderoso, en la que la primitiva necesidad del ser humano de creer se convierte en un terreno inestable y temible.

Para Gresham, la oscuridad, la ignorancia y la búsqueda de respuestas existenciales se mezclan en la idea que Carlisle analiza sobre el futuro. “Vives para la noche en que seduces al público. Ya sea a rústicos campesinos que gastan sus monedas para ver a un monstruo morder a una gallina, como los que quieren la absolución del más allá”. Gresham también narró en Nightmare Alley la manera de entender la espiritualidad en medio de la década de los cuarenta. Con las familias rotas por bajas en el campo de batalla, buena parte de los norteamericanos asistieron en secreto a ceremonias espiritistas. Se celebraban como una curiosidad, pero en realidad “eran una medida de consuelo, un acto de fe en el que los viejos con los bolsillos llenos de dolor, tragedias y heridas inconfesables, deseaban encontrar el perdón”. Nightmare Alley utilizó el recurso de la persistencia de la memoria, de la necesidad de una respuesta a la muerte, para construir un escenario de credulidad necesaria. Los personajes de Gresham desean creer, desean comprender y desean la resignación. “Y tienen el dinero para comprarla”.

La novela, que comienza con Carlisle en medio de una pesadilla, se hace preguntas acerca del tiempo y del transcurrir de los horrores bajo el silencio. “Estoy tendido en el suelo y él está muriendo. Pero la muerte nunca es tan rápida, tan misericordiosa. En el sueño, deseo que lo fuera, pero en realidad, es más cruel de lo que yo sería jamás”. A medida que la novela avanza, la imagen se hace capital para entender al personaje. El hombre que apenas despega los labios en una furia itinerante, la tiene cada vez con más frecuencia, lo mismo el feriante que vive el amor en una especie de pausa primaveral al sufrimiento y por último, la celebración de algo más elevado, confiado, persistente, sobre lo que se oculta en la mente de Carlisle. “Me miro al espejo y sonrío. Tengo los dientes derechos” se burla de su atractivo, un punto que Gresham usará como límite para comprender el tiempo que avanza en una dirección cada vez más dura y violenta. De la Feria a los grandes salones de Nueva York, al lujoso consultorio de la pérfida doctora Lilith Ritter, las sombras persiguen a Carlisle ahí a dónde va. Y lo hacen, mientras Gresham se afana por contar una historia sobre la maldad que se manifiesta entre susurros. “La doctora era hermosa, fría y sabía que me mataría apenas tuviera la oportunidad” dice Gresham, que confesaría más tarde, le obsesionaba la imagen de un personaje arma, cuyo único propósito es asesinar.

Nightmare Alley está llena de vicios, contados con una prosa pulcra que no se lamenta por la virtud perdida, ni tampoco moraliza sobre lo Carlisle decide hacer para sobrevivir. De hecho, uno de los mayores atributos de la novela es utilizar el monólogo interior como un recorrido por la mente del personaje pero sin caer en las explicaciones. Solo son imágenes, que abundan en precisión y detalles, pero jamás son explicativas o subrayan ideas concretas. “Una vez, mientras caminaba por Nueva York, me pregunté si matar era un pecado por ser tan deseable, agradable y la mayor de las tentaciones” dice Carlisle, de pie frente una calle nevada, a punto de cometer un crimen. “Matar es delicioso, porque impones tú deseos de vivir sobre el del otro. Arrebatas esa luz, comprensión, deseo y lo engulles” amartilla el arma, la pone en su bolsillo. “Por eso los grandes monstruos matan para vivir. No porque necesiten hacerlo, sino porque pueden hacerlo”.

“Era el callejón oscuro, todo de nuevo”, se dice Carlisle a sí mismo después de cometer un crimen que le condenará, pero le liberará, todo a la vez. Después, Gresham avanza y le permite construir a su personaje, un paisaje personalísimo. “Desde que era niño, Stan había tenido el sueño. Estaba corriendo por un callejón oscuro, los edificios vacíos y amenazantes a ambos lados. Lejos, al final, ardía una luz, pero había algo detrás de él, muy cerca detrás de él, acercándose hasta que se despertó temblando y nunca alcanzó la luz”. Para Gresham, la calle de las pesadillas no es un lugar, es un espacio silencioso. Y su novela, con una elegancia tétrica y fría que todavía en la actualidad resulta novedosa, la muestra en todos sus detalles. “Soy un pecador que decide serlo, que quiere serlo, que lo es y lo será, en la medida de las pequeñas cosas que olvida, que teme y que deja caer en el largo camino al infierno”.

Nightmare Alley se convirtió en un inmediato éxito de ventas y también, en una novela que escandalizó a norteamérica. Prohibida de manera intermitente para su venta y reproducción de 1947 hasta 1955, se convirtió en una rara percepción sobre los terrores de una cultura herida por la guerra, la ambición y la pulsión del mal en estado puro. “Al final, Carlisle comenzó a reír frente al rostro del feriante. ¿Quiere un monstruo, eso es lo que pide? Pues soy perfecto para eso. De hecho, nací para serlo” jadea el personaje, convertido en un hombre destrozado por su pasado, devorado por el sufrimiento y los horrores cometidos. Pero aun así ríe. “Los monstruos no sabemos del bien o del mal. Sabemos del apetito. Y el mío, siempre ha sido insaciable”.

Por extraño que parezca, Gresham se suicidó en septiembre de 1962, en una habitación de hotel en Nueva York. Su libro volvía a publicarse, la película se reestrenó en cines. Pero el autor se ocultó de la fama. La policía no encontró indicios de lo que podía haber ocurrido, más allá del arma y un ejemplar de Nightmare Alley. Después, el New York Times incluiría algo más inquietante: entre su ropa, había una carta del Tarot y una tarjeta de visita. “Perdido en el callejón de los condenados” escribió. Nunca hubo una respuesta a qué había impulsado al autor a suicidarse, pero sin duda, quizás sus viejas obsesiones, terminaron por encontrarle, de la misma manera que a Carlisle. “La maldad nunca te deja ir” dice el personaje en una de las últimas páginas del libro. Quizás a la misma conclusión que llegó su autor.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

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