Crónicas de la lectora devota:

Black Buck de Mateo Askaripour.

La sátira es quizás uno de los géneros literarios más complicados. Lo es, por la considerable carga de símbolos culturales que trae aparejado y también, la posibilidad de crear una hipótesis a través del humor acerca de temas sensibles. No siempre lo logra y pocas veces, mantiene esa necesaria línea fronteriza entre la burla y algo más elaborado, que le hace ser efectiva y profunda. De modo que lo satírico suele ir de la mano de la presunción que el hipotético lector entablará un diálogo consistente con lo que el mensaje y además, comprenderá sus intenciones. No siempre lo logra, pero la sátira es un riesgo calculado capaz de promover debates profundos acerca de temas dolorosos e incómodos. ¿La sátira siempre logra su objetivo? Es quizás una de las grandes interrogantes que rodean a la cualidad del género para elaborar una estructura, pero aun así, incluso de no lograrlo es una búsqueda coherente de un objetivo, lo que resulta de por sí, un logro de enorme importancia.

Quizás por eso, Black Buck, la novela debut de Mateo Askaripour, no intenta plantear un debate colectivo sobre un tema tan doloroso como el racismo a través de la sátira, a pesar que utiliza sus códigos y juegos de palabras como parte fundamental de la historia. En lugar de eso, discurre con enorme efectividad en la implicación de la burla a las ideas habituales acerca de los límites de lo que la discriminación y el prejuicio puede ser en nuestra época. Sin duda un paso arriesgado que el escritor afronta con una sorprendente frescura. Black Buck no intenta dar lecciones, sermones ni mucho menos, asumir una posición. En lugar de eso, es un juego de espejos que experimenta con los límites de la relevancia y la percepción del miedo. Askaripour reconstruye la versión habitual sobre la exclusión y la marginación, para crear una fábula mal intencionada sobre la percepción sobre el otro, la diferencia y al final, la condición del bien y el mal contemporáneo. Todo, entre chistes, referencias pop y en especial, un tránsito complicado a través de líneas invisibles que unen una serie de fragmentos de información distintos, hacia algo más elaborado y duro de asimilar.

De hecho, Askaripour percibe la frivolidad asociada al humor como un hecho inevitable y lo lleva a una dimensión nueva. El escritor profundiza en la idea de la fama, el reconocimiento y también, lo que consideramos exitoso en nuestra época y después, asume qué ocurriría si todas esas cualidades deberían pasar a través del cristal del racismo. “¿Puede triunfar un negro?” se pregunta Darren, el veinteañero recién salido de la secundaria y narrador de la novela. No solamente alcanzó las mejores calificaciones en la mejor escuela de Brooklyn y sueña con un campus universitario a la medida de sus ambiciones. Durante las primeras páginas de la novela, es evidente que Darren es el prototipo del llamado American Lifestyle. Atractivo, inteligente, brillante, lleno de una ávida curiosidad intelectual, tiene además, un plan a futuro cuidadosamente delineado desde la infancia. Darren no sabe exactamente qué ocurrirá en los próximos años, pero sí, que tiene todo entre sus manos para lograr llevar a cabo lo que se proponga. “¿Puede triunfar un negro en este país?” se pregunta de nuevo, el último día de clases, sosteniendo su diploma. Sonríe para la cámara de su madre, hace un gesto de felicidad, suspira de pura satisfacción. “Al menos, yo lo haré”.

Pero por supuesto, Darren no lo logra. A pesar de sus esfuerzos, la universidad es un sueño lejano — e impagable — , no es lo todo lo bueno en los deportes que se requiere para lograr una beca y sin duda, no cumple con los requisitos para lograr, antes o después, alguna gracias a sus esfuerzos en literatura o en el periódico escolar. “Pero el problema real está frente al espejo” escribe entonces, en un diario inconstante en el que deja por escrito su insatisfacción “soy negro. Y uno que no puede disimularlo. Nariz ancha y prominente. Orejas grandes, cabello crespo. Peor aun: no soy simpático, no hago bromas. No me río de mi mismo. No hablo de mi vieja casa, de mi madre que grita, de las raciones de maíz del almuerzo. Soy un hombre joven que quiere educarse como un blanco sin serlo y tampoco, es lo suficientemente negro para hacerlo”.

Después de una declaración semejante, Askaripour narra sin detenerse la vida cotidiana de este hombre que se encuentra en la grieta del racismo sistémico, del sutil e invisible que nadie menciona. Darren debe conformarse con un trabajo administrativo de medio tiempo Starbucks, vivir con su madre y con su hermana, además de obsesionarse cada noche con los salones de clase en que no se encuentra, los lugares que soñó podría visitar, con la vida que creía le esperaba y que ahora, añora sin tenerla. Askaripour tiene la suficiente habilidad para no caer en la autoindulgencia y en lugar de eso, reflexiona sobre los pequeños obstáculos que todo discriminado debe enfrentar, incluso sin entender qué ocurre. “Sin cumplir las reglas” cuenta Darren luego de salir de otro día de trabajo aburrido y tedioso “¿No es eso lo que ocurre conmigo? No cumplo las reglas. No lo hago. Voy de un lado a otro por Brooklyn vestido de traje y corbata, enfurecido y agotado porque he pasado el día en un escritorio haciendo un trabajo que otros, desearían” se detiene, mira la ciudad. “¿Qué puedo esperar de una vida que no es mía, que no deseo, pero que a la vez, me pertenece más que mi propia piel?” las preguntas de Darren pueden parecer retóricas o poéticas, pero en realidad, son una búsqueda de la identidad en medio de la sucesión de chistes crueles que se dedica a sí mismo. “Soy un negro bien vestido, que no sabe nada de rap, que no juega baloncesto. En realidad, en realidad, no podría participar en una película”. Askaripour logra que su personaje resulte entrañable y reconocible, pero no simpático. Un logro de estilo que sostiene la novela entera y que quizás, es un rasgo más reconocible. Darren no se lamenta por su situación, se ríe de ella. Está enfurecido, envilecido por una torva envidia juvenil que disfraza de humor cínico. Pero en realidad, se trata de una frágil superficie bajo la que se oculta una oscuridad incómoda, algo tan doloroso que podría estallar en cualquier momento como risas o incluso, un sufrimiento emocional inexpresable. Pero por lo pronto, ríe. Lo hace a toda hora. “El negro de corbata es una contradicción. En Nueva York, que nadie mira a nadie, más de una vez alguien se ha detenido para contemplar el fenómeno: un negro en traje. Con el cabello bien cortado” Pero Darren es mucho más que sus bromas, es también la forma en que se comprende los limites invisibles que evitan pueda dar un paso en la dirección que desea. “Camino, me desvío, recorro la calle en dirección contraria. Al final, siempre me siento en el escritorio, con las manos abiertas sobre la madera, aguardando la hora de salir”.

Pero esa elocuencia interna, de pronto resulta ser la forma en que Darren encontrará el éxito que le obsesiona. En un monólogo casual y espontáneo en un almuerzo entre compañeros, recibe la invitación que con toda seguridad — o así lo espera — cambiará su vida. “El hermano, del hermano de su hermano, tiene un startup llamado Sumwun, en que necesitan un sujeto brillante como yo para que brinde apoyo emocional” cuenta entusiasmado “Y por supuesto, he dicho que sí ¿no es lo necesario?” Darren renuncia de inmediato, sin incluso haber telefoneado al número escrito en una hoja de papel. Sabe que es el “lugar correcto”. Sabe que sin duda, le espera el triunfo y sabe que eso ocurrirá “a pesar de ser negro. No he tenido que hablar de baloncesto, traseros enormes o de bailar” se burla en su improvisado diario, lleno de apuntes, líneas y un mapa de ruta en medio de sus ambiciones y metas sin cumplir. “Este es el primer paso para ser el negro que triunfó, a pesar de serlo”.

O al menos, es lo que espera al llegar a las ultra modernas oficinas. “Puro plexiglás y acero inoxidable” describe Askaripour a través de Darren. Para el personaje, el lujo austero y moderno es todo un descubrimiento. “Bien, he de reconocer que tengo algo de negro. Todo es brillante, limpio y simple. ¿No hay nada que sea chillón o haga innecesario ruido?” piensa divertido. Pero en realidad está encantado. Tanto como lo está, con su nuevo equipo de trabajo. Seis hombres de su edad, con sus mismo interés en triunfar y exacta obsesión por el éxito. “Todos blancos, por supuesto” dice. “Pero ¿a quién le importa eso?” Askaripour muestra la forma en que su personaje, no sólo evade explicaciones sencillas — no desconoce su identidad pero tampoco la abraza — y en específico, su búsqueda de un lugar en el cual avanzar hacia un lugar mucho más elaborado de su conexión con la cultura en que nació. “Cuando eres negro, todos desean que actúes como negro. Aunque no sepas que quiere decir con exactitud eso” se ríe, mientras sus nuevos compañeros de trabajo hablan de televisión, cine y libros que Darren disfruta. “Estoy en mi mundo, lo encontré. Había un lugar para mí”.

Askaripour es lo suficientemente inteligente como para adentrarse con cuidado en este aparente mundo de maravillas, que termina por ser un trampa incómoda. Porque el trabajo soñado de Darren — consolar a otros a través de charlas motivacionales — pronto tendrá que atravesar el problema inevitable de la raza. El ambiente en Sumwun, es engañoso y también, tan duro de sobrellevar como sutil. Nadie llama negro a Darren, pero para el segundo día, ya alguien insiste que parece a Malcolm X y Dave Chappelle. “No tengo el menor parecido con ninguno, solo que soy negro” se lamenta Darren, mientras debe lidiar además, con las sutiles formas de discriminación que ocurren a su alrededor. Uno de los clientes — blancos — le pide que por favor le remita a otro encargado “más parecido a él”, mientras que uno de sus compañeros le asegura que conoció un negro en la secundaria. “Y era divertísimo”. Darren se convierte en una estrella pero por las razones incorrectas. En una curiosidad extraña en medio de un ambiente en se vanagloria de haberle aceptado. “Soy una forma de demostrar un punto que no quiero descubrir” piensa Darren con preocupación. El personaje poco a poco, comienza a perder su sentido de la identidad y en especial, su firme convencimiento que es algo más que su color de piel. “Lo más peligroso que puede hacer una persona de color es olvidar que es una persona de color, especialmente en lugares desconocidos” dice Darren, recordando uno de los artículos más polémicos de Askaripour y que sorprendió hace dos años en su publicación el NewYorker.

A medida que el humor se hace más duro y cruel, la novela gana en profundidad y la sátira se sostiene sobre un discurso en subtexto del cual no abusa ni tampoco se sostiene por completo. Darren termina por aceptar trabajos que moralmente le preocupan solo por demostrar que “ser negro no es un impedimento para entender el mundo fuera del mundo negro”. El juego de palabras es peligroso, mucho más aun, cuando Sumwun comienza a entrenar a minorías para ser “frontales y directos”. De súbito, Darren debe enseñar a otros a defenderse del racismo a la vez que lo sufre. Y hacerlo, además, sin las armas correctas. “Soy un negro que dice a los demás que el racismo no es real en todas partes, mientras acepta un trabajo en que se le usa para demostrar que el racismo no es real en todas partes”. El enrevesado juego de palabras le aturde, le sacude, le abruma y al final, le empuja a un reconocimiento incómodo que la situación con la que debe lidiar es tan angustiosa como inquietante. Darren está perdido en sus propias preguntas, pero las respuestas le sobrepasan. Y es entonces cuando el humor se hace más sardónico, violento y extraño. Askaripour juega con su personaje y le coloca en situaciones cada vez más cerca de la parodia pero que resultan dolorosas por su trasfondo cultural. Convertido en el empleado con mayor cantidad de clientes, Darren debe aceptar enviar a un aprendiz a vender una revista llamada Blackface — y el libro lo menciona como de pasada — y además, tratar de explicar a sus compañeros de trabajo, las absurdas narrativas del racismo. “¿De verdad habías usado corbata antes?” le pregunta en tono afable alguien durante una comida. “Debería golpearlo, pero en realidad, debería golpearme antes de hacerlo”.

Black Buck no es una novela sencilla y mucho menos, fácil de digerir. Askaripour mantiene la atención de lector en el mensaje, antes que en las peripecias de Darren, cada vez más angustiado y temeroso de los prejuicios que encuentra en su camino. Darren comienza a evitar a sus amigos negros de Brooklyn, niega que viva con su familia y se obsesiona con la cualidad de “ser negro o blanco. ¿Qué ocurre y cuando perdí la noción de hacia dónde me dirijo?” La frase podría sonar edulcorada, a no ser porque Darren la piensa mientras debe escoger fotografías de mujeres negras vestidas como miembros de una tribu africana, para hablar sobre el aporte de la comunidad — negra — de Nueva York. “Te golpea entender que la raza es algo más que tu piel. Es la energía que te rodea, es la historia que llevas a cuestas”. Askaripour prescinde del humor en algunos momentos y el cambio de ritmo podría resultar desconcertante, a no ser por la habilidad del escritor para mezclar todo en una serie de percepciones sobre el individuo. Habla de diversidad, pero no pronuncia la palabra “negro”. Intenta ignorar el racismo mientras lo sufre, intenta sobrevivir a sus propias ideas sobre el hombre en que se convierte, sin llegar a otra conclusión “Que es un negro que no sabe serlo”. Hay algo doloroso y humano, en la angustia y el humor de Darren, entremezclados en una búsqueda de significado que al final, es tan peligrosa como clara. “Estoy aqui porque soy negro. Y eso es malo y es bueno. Es muchas cosas y quizás ninguna”. Askaripour no pierde el ritmo y por último, el humor regresa. “Quizás ser negro es una dimensión de las cosas. O sólo es algo que debo entender. para evitar volverme blanco sin saberlo” A mitad de camino entre la carcajada fácil y una franca hostilidad, Black Buck no busca ser un alegato, pero tampoco deja de serlo, en cierta forma. Quizás, su mayor fortaleza.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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