Crónicas de la lectora devota:

The Night Watchman de Louise Erdrich

La ficción basada en la vida privada de los autores, suele tener un rico y extraño giro que la emparenta con la narración de lo doméstico y ciertas características de la crónica, como reflejo de lo íntimo. No obstante, más allá de eso, la ficción vinculada a la concepción de la realidad y su versión narrativa, es también una mirada consistente sobre la manera en que un escritor puede utilizar los elementos referenciales que le rodean para crear un argumento lo suficientemente sólido que pueda desprenderse de su origen, hasta lograr una narración independiente de lo real. Entre una y otra cosa, la visión literaria del autor de sus recuerdos, vida íntima, pero en especial, el punto de vista que sostiene la identidad de toda obra narrativa, estará definitivamente fusionada con ese misterioso reflejo del individuo que la palabra suele sublimar.

Para la escritora Louise Erdrich, la percepción acerca de lo que somos y cómo nos construimos a partir de nuestras vivencias personales, llega un nivel por completo nuevo, a través de su novela The Nigth Watchman, en la que no solo recorren los parajes más intrincados de la historia que rodea a su familia, sino que también, construye un recorrido sincero a través de la versión de la realidad que la literatura puede transformar, en algo más rico que una simple postura moral o intelectual. Se trata de una búsqueda acuciosa sobre los hilos que le unen a la versión más elaborada del duro trayecto que su familia atravesó en su historia más privada y también, una celebración de lo extraordinario de las pequeñas y grandes historias que suelen ocultarse, en las narraciones que se heredan de generación en generación.

Quizás lo más curioso de la novela The Night Watchman, sea que se trata de un recorrido que incluye la noción de la propia autora de su identidad como parte de las minorías indígenas norteamericanas, que todavía luchan por sobrevivir no solo la segregación sino también, al menosprecio que enfrentan en medio de un creciente clima de racismo. Poco a poco, Erdrich elabora una cuidada percepción sobre los inevitables enfrentamientos entre la identidad étnica y el país que surge del discurso de odio que prolifera a partir de la llegada al poder de Donald Trump. Todo, desde cierta proyección histórica de raro valor anecdótico. La novela sostiene un cuidado equilibrio entre las versiones de la realidad que la autora debe condensar en un único discurso y también, la sensibilidad con que profundiza en la historia de sus ancestros y la comunidad que la vio nacer. Un trayecto emocional de considerable valor que reflexiona acerca de la forma en que la identidad se relaciona con el colectivo, a la vez que elabora una hipótesis plausible del pasado y el presente como condiciones inevitables para comprender el futuro individual.

Incluso, el proceso creativo que involucra la escritura de The Night Watchman, parece enlazar las regiones más profundas de la mente de Erdrich con su versión más actual como autora y en especial, una persistente crítica sobre lo que ocurre más allá de los márgenes de la comunidad indígena a la que pertenece. Luego de un prolongado hiatus creativo, Erdrich tuvo la urgente necesidad de revisar la historia familiar, conservada por su madre en la forma de numerosas cajas de cartas y fotografías de su abuelo Patrick Gourneau. Con fecha de mediados del siglo XX, una parte del registro es una cuidada cronología sobre lo ocurrido en las comunidades indígenas durante una época especialmente conflictivas y en la que el racismo, impuso condiciones insoportables a varias de las reservas más conocidas del país. El abuelo de Erdrich, fungió por casi una década como presidente del Comité Asesor de Turtle Mountain Band del Chippewa y protagonizó la mayoría de los eventos que tuvieron por centro la supervivencia de la tribu. El período histórico engloba, además, los horrores de un tipo de violencia sectorizada y enfocada hacia el menosprecio de las costumbres y la herencia histórica de las Reservas. Para el momento en que el abuelo de Erdrich enfrentó el entramado legal de un país empeñado en el menosprecio y el prejuicio, la percepción sobre la igualdad pareció sometida a una presión inusitada que los principales líderes de las tribus apenas pudieron enfrentar. En 1953, la cámara del senado estadounidense aprobó una resolución, en la que confería poderes plenipotenciarios al presidente y además miembros legislativos, para otorgar una inmediata autonomía a las diferentes reservas, que finalmente quedaban “liberadas de la supervisión federal”.

Por supuesto, debajo de la promesa de la emancipación — que, en papel, resultó una combinación poco clara sobre aspiraciones legales infructuosas y algo más cercano a un plan de gobierno fallido — , había una propuesta mucho más siniestra y dolorosa que terminó por cambiar la vida de las Reservas para siempre. En realidad, la intención del gobierno no era liberar bajo ninguna forma a las diferentes minorías indígenas de cualquier obligación legal, sino evitar la responsabilidad que les obligaba a mantener algunas líneas de sostén económico y político que les favoreciera directamente. Lo que parecía una gloriosa proclama, no era otra cosa que una manera directa de cortar todo tipo de relaciones con el cuidado, protección y los derechos de las tribus, que al final tuvieron que enfrentar una política genocida qué mermó la vida y las posibilidades de sus integrantes hasta casi llevarlo a una tragedia cultural y social de la que difícilmente podrían escapar. La ruptura unilateral de tratados con décadas de resoluciones que intentaban proteger la estabilidad financiera de los grupos indígenas, fueron abrogadas hasta el limitar las responsabilidades del gobierno a una relación nominal que, por entonces, fue considerada hipócrita e innecesaria.

Para Erdrich, se trató de un complicado recorrido literario y narrativo, por una serie de vericuetos legales que terminaron por convertirse en una de las batallas legislativas más asombrosas y duras que haya tenido que enfrentar cualquier minoría frente a la ley norteamericana. La escritora se sorprendió del papel heroico de su abuelo, pero también de la batalla silenciosa y persistente de la Reserva Turtle Mountain en Dakota del Norte por resistir al ataque, un oscuro dato histórico que sin embargo forma parte de los anales de la historia de la reserva y se toma como una demostración del poder de la comunidad en pro de algo más profundo y sensible, que la mera idea de sobrevivir a una contingencia legal.

Para la autora se trató una concreta inspiración y una investigación cuidadosa de la historia de Norteamérica desde el reverso de sus peores defectos y dolores. Hay una profunda sensibilidad contemporánea en The Night Watchman, al mostrar al sueño americano desde sus peores perspectivas. Erdrich se cuestiona el hecho que la nación que se escuda en la percepción de sus libertades como principal característica, deba lidiar por la contradicción de sus leyes y la percepción social sobre el otro y también, el mero hecho que la población estadounidense tiene dificultades para asumir la realidad legal y cultural de una brecha que separa sus habitantes en estratificaciones cada vez más peligrosas. Se trata de una perspectiva que pocas veces se toca pero que tiene una controversial validez, en medio del creciente debate sobre la forma en que Donald Trump y la sociedad estadounidense que le apoya, crea una connotación sobre el racismo que tiene su más cercano precedente en la historia de la Reservación y el principio mismo de la lucha por los derechos civiles, que abarcó buena parte de la primera mitad del siglo XX en EEUU.

Es notorio que Erdrich insiste en recorrer la noción literaria de la raza y la identificación étnica que comenzó con su novela del 2012 The Round House, en la que de una forma conmovedora y madura reflexionó sobre la discriminación que la cultura estadounidense alimenta de forma casi inconsciente y a través de múltiples vehículos sociales y culturales. The Night Watchman es una obra que prosigue las principales objeciones de la escritora y en la que es notorio, el crecimiento y la capacidad analítica de Erdrich en la búsqueda de una identidad para un conglomerado que muchas veces, incluso ha sido menospreciado por quienes buscan la celebración de los derechos civiles y sus connotaciones más profundas. La nueva novela de la escritora es una demostración fidedigna de su capacidad para rebelarse contra el racismo, pero, sobre todo, el nocivo acuerdo social que parece sostener su raíz más profunda e histórica. El punto de vista de Erdrich es una búsqueda consciente sobre los elementos que conforman la identidad el gentilicio y en especial, el reflejo de años de ignorancia y el peso de la normalización de la cultura de la violencia, que Norteamérica sufre con frecuencia.

Claro está, la situación de los indígenas es incluso más precaria que la de los afroamericanos, cuya batalla contra el prejuicio suele ser más visible mucho más notoria con respecto al resto de las minorías del país. Para buena parte de los nativos, se trata de un pacto histórico que les ignora y a la vez, tienen una limitada relevancia política. The Night Watchman recorre la lucha abiertamente cultural contra esa invisibilidad y a la vez, la concepción de la escritora sobre la gran soledad social que debe atravesar un conglomerado de especial relevancia. También se trata de una celebración sentimental y sentida, sobre los elementos más importantes que conforman las luchas de las minorías contra el puño de poder que las desconoce. Al final, Erdrich encuentra la forma de narrar un suceso histórico de manera sencilla, elocuente y brillante, sino también añadir un ingrediente íntimo que convierte a la novela es un paraje melancólico, por momentos desolador, pero también lleno de indudable belleza.

El centro de la historia es la vida cotidiana y privada de la Reserva Turtle Mountain. El retrato de Eldritch sobre sus antepasados es preciso y llano: se trata de un recorrido por la vida diaria de hombres y mujeres que deben luchar contra un aislamiento cultural que la novela refleja con vivida dureza. Las familias temen el hambre, el desempleo y la exclusión, a la vez que deben lidiar con las pequeñas vicisitudes de la vida corriente en un paraje hostil. Erdrich logra colorear las escenas con una curiosa delicadeza, que termina por sostener un discurso elocuente sobre la búsqueda de los valores y las líneas más firmes de lo intelectual y lo moral, que de una forma u otra sostienen a la tribu. Lo político ocurre y les afecta, pero más allá de eso, la reserva es una familia extendida que abarca generaciones y también, la celebración de una identidad consecuente con un pasado histórico que se asimila con reverencia.

La cabeza visible de este pequeño mundo aislado y marginado por el resto del país es Thomas Wazhashk, un líder tribal en que se conjugan la visión política de la época y la sensibilidad necesaria para entender la forma en que la tribu se mira a sí misma. El personaje, basado en el abuelo de Erdrich, es lo suficientemente intuitivo como para comprender las implicaciones sobre las decisiones legislativas incluso antes de que estás lleguen a concretarse. Parte de la narración, implica una batalla a ciegas y torpe, contra las tradiciones que evitan el resto de la tribu puede entender el real peligro al que se encuentra expuesta. Erdrich narra la batalla diaria de Thomas no sólo para hacerse escuchar, sino para lograr el apoyo de los recalcitrantes ancianos de la tribu, que de una u otra forma representan el conservadurismo basado en míticas tradiciones. Para la autora, lo político es una amenaza creciente y latente. También lo es, la pérdida exponencial de influencia de Thomas entre los hombres y mujeres de los que debe cuidar y el conservadurismo que se niega escucharle. Hay algo profundamente realista y amargo en la forma en que Erdrich muestra la paradoja de la intrínseca antigüedad de la reservación, convertida en un obstáculo contra el que Tomás debe luchar para evitar la debacle total.

La disyuntiva acerca si podrá hacerlo, se plantea una y otra vez The Night Watchman, mientras el peligro de las leyes convertidas en herramientas de racismo, se dibuja a la distancia como una tormenta a punto de desatarse sobre la desprevenida reservación. La mirada de la escritora es certera y también profundamente sensible al momento de escribir un estilo de vida que que con toda probabilidad, ha sido idéntico durante siglos y que no comprende con claridad la necesidad de un cambio profundo para enfrentarse al futuro. Por supuesto es inevitable, que Erdrich mezcle el pragmatismo moderno con la tradicional espiritualidad nativa. Pero lo hace sin caer en clichés o mucho menos argumentos repetitivos sobre la fe, el poder de las creencias antiguas y la personalidad de la tribu. En realidad, el aspecto más abstracto de la novela sostiene un cuidadoso discurso sobre la fe y la moral, que debe atravesar la condición que ennoblece el espíritu colectivo de la reserva, para construir una mirada poderosa sobre el futuro y sus implicaciones.

“Hemos sobrevivido a la viruela, el rifle de repetición Winchester, la pistola Hotchkiss y la tuberculosis”, piensa Thomas, en una de las escenas más emocionantes y dolorosas de la novela “Sobrevivimos a la epidemia de gripe de 1918 y luchamos en cuatro o cinco guerras mortales en los Estados Unidos. Pero al fin seremos destruidos por una colección de palabras tediosas. No se si puedo evitarlo.”

La novela también es un recorrido a través de Norteamérica cruzada por las cicatrices de incontables batallas, prejuicios y dolores. Erdrich muestra a Washington DC como un campo de batalla silencioso en el que Thomas deberá tomar decisiones no sólo por su familia sino, en nombre de cada habitante del lugar en que le vio nacer y al cual ahora representa. Cuando la narración se traslada a la capital de la nación, el tono íntimo cambia, pero no pierde el sentido de la emotividad que sostiene a la lucha en puertas. Entre cabildeos, debates, largas conversaciones de oficina, Thomas muestra su lado más cercano a la percepción sobre la identidad de una región inexplorada de la historia norteamericana. poco a poco, el personaje descubre que debe enfrentar algo mucho más complejo que la mera salvedad legal: también se trata del miedo del hombre blanco, su ignorancia y necesidad de dominación. Hay algo profundamente amargo en la manera en que Erdrich se mira a sí misma y a sus ancestros. Y es esa percepción sobre la búsqueda del contexto histórico adecuado y sobre todo, la individualidad perdida en el colectivo, lo que hace de la novela un profundo recorrido por la discriminación como el mal moral de nuestro siglo.

La combinación entre el registro histórico y la ficción, convierte a The Night Watchman en una curiosa ilusión sobre la correspondencia emocional y espiritual de un pueblo en busca de justicia — nominal y legal — y la ficción que convierte a un elemento pragmático, en una inspirada reflexión sobre la búsqueda del individuo más allá de sus errores, temores y esperanzas. Hay algo definitivamente orgánico y emotivo en la manera en que la autora, logró combinar la historia de su familia y también la de los ancestros que le precedieron, en una denuncia urgente sobre los peligros de la de la discriminación y algo más turbio. Sus personajes ríen y lloran, atraviesan todo tipo de desgracias, pero también momentos de inefable belleza. Por último, la combinación obsequia al lector con un recorrido amargo e inolvidable por la historia estadounidense y los pequeños dolores que engendra las luchas misteriosas e invisibles del país, bajo el peso del prejuicio y la ignorancia. Aun así, The Night Watchman es un prodigio de delicadeza y sensibilidad, en el que la realidad y la ficción crea un diálogo interno de indudable poder. Una emoción inaudita que uno de sus personajes resume en una frase extraordinaria “reímos de esa forma desesperada y aguda en que la gente ríe cuando sus corazones están rotos”. Quizás el centro esencial de toda la narración.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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