Crónicas de la lectora devota:

La crónica sobre los crímenes cometidos por Charles Manson ha sido contada en cientos de formas de distintas. Como moraleja sobre el temor, la utopía distorsionada y el horror de la violencia en estado puro. Como documento que retrata los alcances de la crueldad y lo despiadado. Incluso, como una anécdota sangrienta en una época obsesionada con el amor, la fraternidad y la armonía espiritual. No obstante, pocas veces se analiza el entorno de un asesino carismático capaz de convencer a un grupo de cometer un crimen desconcertante. Esa confraternidad fanática que no sólo obedeció a ciegas a Manson sino que además, lo hizo con una entrega que bordea lo insólito. En contadas ocasiones, se reflexiona sobre un asesinato semejante — tan desnaturalizado, cruel, barbárico — desde el punto de vista de esa conexión cómplice y peligrosa que convirtió a unos cuantos chicos adolescentes en asesinos. Que los hizo empuñar un arma y matar con un abandono primitivo que continúa sorprendiendo e intrigando incluso veinte años después. ¿Quienes eran los seguidores de Charles Manson? ¿Por qué obedecieron sus órdenes sin réplica ni resistencia alguna?

Emma Cline (Sonoma, 1989) intentó responder a todo lo anterior con su primer libro Las chicas convertido en un best sellers instantáneo y en un indudable libro de temporada. Cline reflexionó con un buen pulso que sorprendió a crítica y público, sobre el grupo que rodeó a un asesino carismático y desmenuzó las motivaciones que tuvieron para obedecer incluso a ciegas, sin resistencia y con absoluta complacencia. Lo hizo además, con una mirada profunda y fría que abarca la adolescencia, sus temores y dolores. Con enorme madurez, la escritora analizó la psicología de sus personajes y les brindó una sustancia y corporeidad que delineó no sólo su comportamiento sino también, las implicaciones que pudieran tener. Como novela, “Las chicas” reflejó esa noción sobre la vulnerabilidad de la psiquis adolescente y la equipara con esa transformación emocional que sufre en el tránsito hacia la adultez.

Algo de esa búsqueda de la identidad y también, del tránsito entre los primeros años de juventud hacia la madurez desde un punto de vista incómodo, se encuentra en Daddy, la segunda obra de Cline y que resume una inteligente recopilación de relatos que la autora escribió a lo largo de estos cinco años de silencio desde la publicación de su primer gran éxito. Hay mucho de “Las Chicas” en esta versión de la realidad levemente deformada por el miedo, las aspiraciones y al final, un profundo cansancio espiritual e intelectual. Pero el análisis no se conforma con mirar los cambios y transformaciones físicas y psicológicas, sino que además, pondera sobre sus consecuencias. ¿Qué puede ocurrir con esa dependencia psicológica y emocional del adolescente cuando se nutre de algo más peligroso que la simple percepción ideal sobre el mundo? ¿Quienes somos a medida que la necesaria e inevitable transformación psicológica de la adolescencia nos transforma en extraños frente al espejo? Cline asume el riesgo de llevar la premisa más allá. Pondera sobre esa percepción de la fragilidad intelectual de la primera juventud y dibuja un paisaje tenebroso hacia algo mucho más duro de asimilar que la pérdida de la gracia. La destrucción moral que comienza sobre en las pequeñas grietas íntimas de nuestra conciencia.

No obstante, de la exuberancia, la noción sobre las relaciones femeninas y sobre todo, una cierta torpeza narrativa que en ocasiones, ralentizó y sacudió la historia de “Las Chicas” a varios clichés reconocibles, queda muy poco. Cline tiene la intención de contar historias y “Daddy”, es una depuración consciente de su impulso juvenil por imprimir vitalidad a lo que desea contar, a través de recursos triviales, un poco borrosos y la mayoría de las veces, más efectista que efectivos. La escritora deja a un lado su necesidad de justificar a sus personajes — algo que se le criticó en más de una ocasión — y crea una versión sobre el recorrido intelectual y moral de un adulto hacia el siguiente estadio de su vida que sorprende por su buen hacer y su profunda capacidad para sorprender. Cline aun necesita depurar su estilo o en todo caso, encontrar sus puntos débiles, pero “Daddy” demuestra que su impulso creador está intacto, en especial al momento de sostener un universo personal que funciona en varios niveles distintos.

Desde “Marion” — el relato que abre la selección — en que la escritora vuelve al mundo “Las Chicas” con una audacia prometedora y brillante, hasta el resto de las historias, que incluyen desde hijos de vendedores de marihuana, sugerentes y perturbadoras miradas sobre lo erótico, transiciones entre la realidad y lo onírico, a través del puente de la negación y el trauma, hasta una variada colección de matices de cierta concepción erótica, Cline toma decisiones inteligentes para construir algo más elocuente que una mera narración sobre diferentes estadios y momentos de la juventud como dilema. De hecho, la narración sobre lo núbil se convierte en una excusa circunstancial para narrar los pormenores del miedo, la angustia existencial de la soledad moderna y el desarraigo, todo en medio de escenarios contemplativos y levemente siniestros, en su belleza depurada. Una aproximación inquietante que recorre la lenta transformación de jóvenes en hombres y mujeres que serán incapaz de reconocerse a sí mismos a través de pequeñas estructuras de valor. Que la maldad, la amoralidad y la capacidad para la destrucción está latente en la mente de cualquiera, mucho más en esos años blandos y accesibles a la manipulación que preceden a la adultez. Cline no brinda concesiones y toca todos los registros: se trata de un paisaje siniestro sobre la naturaleza humana, sus contradicciones y su insistente hipocresía.

Como sugiere el título, el libro muestra las relaciones entre padres e hijos, pero en realidad, la colección de relatos está mucho más interesada en lo que ocurre en medio de las relaciones entre padres negligentes, violentos, narcisistas o sólo indiferentes, en mitad de una concepción muy amplia sobre cómo el futuro es la consecuencia de esos pequeños secretos domésticos. Los padres, están en todas partes, pero en un discreto segundo plano, mientras los hijos e hijas, son el reflejo de algo más ambivalente, poderoso e importante. Quizás, el gran acierto de Cline no sea intentar narrar relaciones interpersonales sino teorizar sobre sus consecuencias, una búsqueda insistente y violenta sobre las cicatrices morales y emocionales que la paternidad deja a su paso. Es curioso que la escritora deje a un lado los convencionalismos usuales e ignore a la figura materna en beneficio de la paterna, lo que crea una concepción original sobre la búsqueda de respuestas de la identidad. Obviamente, Cline intenta reflejar algo del fenómeno #MeToo y deja entrever que los padres de cada uno de sus personajes, son figuras de poder que sin control ni límite, que terminaron por herir — incluso de manera involuntaria — a sus hijos. El tema puede parecer forzado o artificial, hasta que Cline relaciona los relatos con la idea de los hijos como víctimas de entornos — no necesariamente violentos — y hace un recorrido casi siniestro, por los vericuetos de la identidad como algo más poderoso que la simple percepción del amor familiar o en todo caso, su completa ausencia.

Claro está, llevar a cabo una empresa semejante, requiere de paciencia y Cline la tiene: En sus historias hay todo tipo de criaturas al límite de la cordura, desgraciadas y disminuidas por el miedo. Un editor de revista en desgracia, que debe lidiar con un trauma infantil que no comprende del todo, una niñera que soporta el peso de un romance con una figura de poder que ahora le amenaza, un guionista cuya pareja es una mujer tan joven como para hacerle sentir paterna. Una y otra vez, la concepción sobre el poder en las relaciones emocionales, se impone como un tema adyacente y se sostiene como un recorrido angustioso hacia la raíz de un tipo de sufrimiento moral que Cline expresa con una cualidad metódica y pulcra que asombra por su efectividad.

Por supuesto, no se trata de una aproximación por completo original. La adolescencia, la paternidad destructiva y el miedo son temas literarios frecuentes y se analizan — sobre todo durante la última década — desde cientos de perspectivas distintas. Pero Cline toma la inteligente decisión de comprenderlas: este año, novelas como The Vanishing Half de Brit Bennett, Parakeet de Marie Helene Bertino y A Burning de Megha Majumdar, tocaron temas parecidos aunque no con igual precisión a como lo hace Cline. Mientras la noción general parece indicar que la primera juventud responde a una mezcla interminable de emociones y transformaciones intelectuales, la escritora decide que sea una colección de retazos de ideas más o menos obvias sobre la manera en que nos comprendemos como individuos. Los personajes de la escritora tienen una complejidad que deslumbra pero sobre todo, guardan un peso realista que se agradece. A pesar que es evidente que el tema es el mal latente — y sugerido — que se percibe como una presencia marginal en toda la novela, Cline dedica especial atención a esa evolución sostenida de su propuesta. De la niña inocente a la adolescente en busca de significado personal. Del dolor espiritual y el mínimo melodrama utópico hacia lugares más oscuros del comportamiento humano. Es entonces cuando Cline borda con impecable prosa toda una travesía hacia el horror. Contenida, con frases cortas y descripciones sensuales, la escritora encuentra el tono y el ritmo para crear un relato que inquieta y en ocasiones, asombra por su fluidez. ¿Se trata los pensamientos de una niña o de su contraparte adulta? ¿Hacia qué lugar avanza esa noción sobre la fragilidad del espíritu humano y ese rencor que se anuncia en cada reflexión sobre su naturaleza?

Con todo, Daddy no se obsesiona ni tampoco toma partido hacia el sermón moral. Cline se deslinza de cualquier crítica, ideología o percepción política: sus personajes cometen errores y lo hacen porque el pasado y el futuro se sostienen a duras penas sobre un presente quebradizo. Lo que en realidad obsesiona a la escritora es el mundo de cada uno de sus personajes, ese universo pleno de absurdo, aislado y mimetizado en su adoración hacia la ambigua figura del padre — en cualquiera de sus encarnaciones — que aparece lo suficiente para intrigar sin llegar a colmar la escena. Cline sabe lo que busca y lo obtiene con un firme pulso narrativo: la novela avanza desde dos puntos de vista distinto pero jamás llega a perder el tino y la tensión. La protagonista adulta mira a la niña que fue con curiosidad inquisitiva, pero sin llegar a desmenuzar su comportamiento por la autocrítica o convertirlo en un ejemplo de moralidad rota. En lugar de eso, se apiada de su inocencia, presume los resquicios de su angustia íntima y la comprende, como una pieza rota de un complejo mecanismo del que la mujer que es en la actualidad, sólo es una parte tangencial.

Cline analiza a su grupo de personajes con frialdad, pero sin guardar distancias. Mira las familias desestructuradas de donde proceden con una ambigua sensación de expiación y perdón. Su comportamiento caótico, el ego roto y la autoestima lesionada funcionan como elementos simbólicos para analizar lo que ocurrirá después. Y en medio de ese dolor ajeno e incómodo, que encarna un tipo de seducción anodina y demoledora a la que no pueden resistirse: El padre es el primer objetivo romántico, el amor, el miedo, la necesidad de comprensión, el anhelo de comprensión. Sin embargo, Cline resiste la tentación de reflexionar sobre el horror desde lo cotidiano para hacerlo desde lo frugal. Su colección de historias no está formada por un grupo de inocentes subyugadas por una inteligencia maligna, sino un almas perdidas que deambulan entre la basura, la desesperanza y la búsqueda de su propia medida de la felicidad. No hay nada épico ni mucho menos idealizado en este retrato de la caída en el desastre de los futuros asesinos. Y quizás, ese es el mayor triunfo de la escritora.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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