Crónicas de la lectora devota.

Malasangre de Michelle Roche.

Se dice que el vampiro es el monstruo más atemporal de todos. Y quizás esa mutabilidad radica en su capacidad de no sólo reflejar la época a la que pertenece, sino también los apetitos que se esconden bajo de la cultura y la sociedad que le teme. De criatura nacida de la imaginación — o en eso coinciden la mayoría de los escritores- de las tribus más antiguas celtas y egipcias, el vampiro ha evolucionado hasta crear una figura lóbrega que además resume las pulsiones, inquietudes y obsesiones sobre la muerte, la incertidumbre y la futilidad de la vida. El vampiro que bebe sangre para sobrevivir y asesina para mantenerse joven, encarna la capacidad para crear y también, vencer a la muerte, convirtiéndola en una forma de sexualidad profundamente expresada a través de ideas inquietantes sobre la carnalidad. La sed insaciable y el sexo, convertidos en un acto de sublime agresión. De modo, que un vampiro -tanto literario como el que pertenece a la mitología popular y que se replica través del mundo -, es una criatura que no solamente bebe de los inocentes sino que también, absorbe su identidad, crea, construye y elabora una nueva visión sobre lo que somos como individuos hasta destruir el yo colectivo. Expresar lo maligno a través de lo íntimo.

La novela de la escritora venezolana Michelle Roche, no sólo juega con la idea de la sexualidad del vampiro como una fuente de libertad e Independencia, sino con la longevidad y el poder de la sangre como una forma de avaricia y codicia que se entrecruzan con el mal y el bien en un discurso muy parecido al gótico del siglo XIX, pero reinventado para una sociedad obsesionada con la posibilidad del deseo como una forma de pecado. Los vampiros de Roche - o mejor dicho la vampira imaginada por la escritora -es en realidad, un espíritu sin fronteras que evade cualquier explicación sencilla. La novela -que además es un recorrido cuidadoso y sobretodo profundamente meticuloso por la historia de de Venezuela- enlaza la concepción de los vampírico con algo mucho más retorcido y que vincula a la sangre, con una dimensión de la existencia a través de un apetito indescifrable.

En el año 2010, el escritor Pablo De Santis llevó la idea del vampiro al fatalismo latinoamericano con la novela Los Anticuarios, en la que extrapoló las condiciones de nuestro continente a un escenario tétrico y macabro, de una enorme delicadeza y belleza. Los Anticuarios podría ser el antecedente más inmediato de Malasangre, a no ser porque Roche lleva la idea del vampirismo a una concepción más violenta sobre la forma en que la sangre y el apetito pueden crear un monstruo secreto y misterioso al cobijo de lo cotidiano y lo que creemos normal. Los Vampiros que habitan el mundo de “Los Anticuarios”, no son las criaturas lujuriosas y punzantes que nos acostumbró la revisión de Anne Rice, allá por los opulentos años ochenta. Para De Santis, la inmortalidad se vive y se comprende en la historia de lo cotidiano, en los objetos atesorados, en la idea de la historia que parece recrearse así misma cada vez. Es asombroso la manera como el escritor crea un Universo bello y terrorífico para esta nueva especie de vampiro, anónimo, despiadado pero infinitamente sensible a la belleza de la historia, de los secretos que guarda, de su propia visión del mundo construyéndose y destruyéndose cada vez. En lugar de eso, Roche crea una criatura poderosa, ávida de sangre pero también, que se resiste a comprender la eternidad solo como tiempo, lo que otorga una visión totalmente nueva al género del vampiro. La languidez de los vampiros victorianos, queda sustuída por la dureza, la fiereza de estos personajes sin rostro, sin identidad, pero que poseen el poder de la evocación y la melancolía. Roche triunfa en recrear a una criatura insensible, violenta y cruel, que sin embargo, está profundamente consciente de su valor, del tiempo en que vive y su manera de crear. El vampiro como observador del tiempo, el vampiro como cronista de su propia historia.

Malasangre, ambientada en en la década de los veinte del siglo anterior, muestra a una Venezuela rural que roza un tipo de riqueza súbita que apenas se adivina. Juan Vicente Gómez comienza ser una figura relevante, pero por el momento y en el contexto de la novela, es sólo un hombre de talante pausado y extrañamente siniestro que podría de alguna forma simbolizar al vampiro clásico. No obstante, Roche toma la inteligente decisión de desviar la brújula de lo obvio para crear un personaje vampírico tan poderoso como extraño: un adolescente que no sólo descubre que su familia guarda un lazo de enorme poder y antigüedad como un tipo de secreto maligno sino que además, crea una conexión inquietante con algo más duro del comprender a través de la metáfora de la sed eterna, lo que convierte a la vida política en un vinculo tenebroso, que ejerce poder influencia y al final dominio total, de un país inocente.

La analogía es clara: Es evidente que Roche toma la condición victoriana de la novela Drácula y la convierte en una reinvención de las características latinoamericanas más comunes. Venezuela podría ser el reflejo de la dama victoriana en plena crecimiento, que se tropieza con una criatura sedienta de su sangre y que no sólo la dominara sino que al final terminará por convertirla en algo por completo distinto y desasosegante. Una criatura que medra bajo la oscuridad y entre rutilantes festones de fiestas y lujos. La novela de Roche es una crítica solapada no sólo a un sistema de gobierno que creció al abrigo de la complicidad y el beneplácito de las grandes familias venezolanas, sino también es una forma de convertir el vampirismo en una figura que pueda no sólo metaforizar algo más crudo que las propia sed de sangre, al hecho de la muerte y la condición de la vida eterna como una búsqueda de respuestas hacia algo mucho más complejo acerca de la incertidumbre, en mitad de la certeza de la finitud de lo que somos.

Eoche también reconfigura al vampiro, como una figura con el suficiente poder como para analizar las consecuencias de sus actos, los que a la vez le conectan con la historia su alrededor. De la misma forma que Drácula en su Castillo sueña con el pasado pero a su vez imagina un futuro en la Londres Victoriana, los personajes de Roche imaginan tanto el futuro como el pasado en una línea que enlaza no solamente la forma en que el vampirismo puede comprenderse, sino también como una perpetuación de la connotación del hombre en busca de significado. Un recorrido hacia las oscuridades interiores. La sombra de Jung se manifiesta a través de la obsesión de la sangre por la sangre y a su vez, de la sangre a través de un mito que se reinventa en una dimensión tan fresca y original que sorprende por su buen hacer. Para Michelle Roche, el vampiro no es sólo una mirada hacia el futuro a través del pasado sino también una criatura consciente de sus poderes y su capacidad para dominar, lo cual lo utiliza con una sabia capacidad para elaborar un discurso concreto sobre las nociones de la belleza y el temor que también anidan en el mundo de uno los monstruos más queridos de la literatura universal.

Con toda seguridad, la novela El ansia del autor Whitley Strieber, sería el referente más concreto para comprender a las criaturas a las que Roche brinda un extraño tipo de vida: la vida la inmortalidad se transmite a través de la sangre. La sangre es vida y a su vez crea vida y no solamente puede ser concebida como un vínculo de historias y de ideas que se entrecruzan para crear un mapa familiar tan enorme como despiadado, de la misma manera en que en El Ansia, en la que el personaje principal es un vampiro que pertenece a una raza secreta cuyos miembros han perdido fuerza, poder y número a través de las épocas. Los vampiros de Roche se ocultan detrás de las élites y de la capacidad para gobernar para conseguir un sustento y la pluralidad de la visión del bien y del mal que encarnan sin desearlo.

Para el escritor Whitley Strieber, al menos de esa manera: su alegoría sobre el vampiro en el libro “El ansia” es quizás una de las más elegantes y sentidas de las últimas décadas, pero también es una aproximación de los terrores y pequeñas aspiraciones de la mente humana. Para Strieber el cuestionamiento sobre la mortalidad y sus infinitas implicaciones es mucho más sutil que la simple idea de la longevidad. Roche también analiza la idea de la misma forma. Hay un elemento de dura angustia existencial, que trasciende de la idea a la supervivencia al terror universal de morir. Una construcción elemental de lo que comprende como una idea esencial para comprender a sus monstruos: una sensibilidad y temor por esa noción de la mortalidad que bien podrían jamás sufrir, pero que les rodea, que forma parte de su vida, que se repite insistente en cada uno de los actos que disfrutan, que celebran, que ocultan. La muerte en todas partes, el Mal supremo convertido en una simple percepción sobre lo falible y frágil del cuerpo humano. Un análisis quizás doloroso sobre el tiempo como una idea que castiga, destroza y lastima la naturaleza del hombre.

Porque más allá del mito del Vampiro, Roche parece interesada en como la mente humana se plantea la inmortalidad. Y lo hace, desde la perspectiva de una soledad inquietante, interminable, que empuja a sus criaturas a pequeños lugares de su mente hasta entonces desconocidos. De hecho, la palabra vampiro no se usa jamás en el contexto de la novela, aunque la naturaleza vampírica de sus personajes es evidente e irremediable.

Sed de sangre.

Corre el año 1921 y Diana, una adolescente caraqueña hereda de su padre la necesidad de sangre. La novela amplía la versión del mito del vampiro y logra crear no sólo una línea patrilineal, sino también una condición que concede a los vampiros de la escritora un poder extravagante y poco común como es el heredar no sólo su capacidad para beber sangre- la sed infinita -sino también el hecho de la inmortalidad. Es entonces cuando el vampirismo se transforma en una forma de línea histórica, lo que plantea la pregunta sobre el origen del poder, algo que Roche también lo enlaza con la noción del desenfreno, tal y como se asumen en latinoamérica. Un acierto que permite que la novela sea mucho más amplia que una concepción sobre las nociones de la historia y un contexto social que permita comprender a Venezuela, mucho antes del boom petrolero.

El argumento de la novela podría ocurrir tanto en el país sudamericano como en cualquier otro. La noción sobre el dominio es primitiva y perpetua, pero sobretodo anónima. Crece y se expande a través de un legado lo suficientemente siniestro como para hacer por sí mismo una característica atemporal. Pero Roche no se conforma sólo con crear monstruos: para la autora la importancia del vampiro radica también en su capacidad de metaforizar el hecho que la sed de sangre y el poder se manifiestan de una misma forma. Una condición perpetua sobre la versión del yo escindido que la moral puede construir, a través de la visión de la escritora de un país pequeño en pleno crecimiento y cuyo futuro se decide entre las manos de unos pocos poderosos.

Diana podría ser también el epítome de La vampira literaria usual como Carmilla de Sheridan LeFanu: como la criatura del escritor, Diana es también insaciable, tanto enlo sexual como en lo pasional. La inteligencia y la curiosidad el personaje desborda de vitalidad en una atmósfera de élites en las que su naturaleza desafía a la sociedad patriarcal y religiosa que la envuelve. De hecho, Diana no es solamente un vampiro sino también una mujer capaz de construir una nueva visión sobre lo que lo femenino puede ser no solamente dentro de la novela, sino también en la literatura latinoamericana. De la misma forma que en su momento Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, representó a un tipo de mujer desconocida en el continente, Diana también representa a una figura en la que lo monstruoso se combina con la feminidad y la voracidad. Diana como vampiro, se deslinda del estereotipo de la mujer frágil, de la damisela en peligro y se transforma a sí misma en una poderosa visión sobre la búsqueda de una identidad fragmentada, en mitad de una serie de exigencias que Diana no solo no rompe, sino que trasgrede desde desde una potente capacidad para mostrarse como el reflejo de una mujer misteriosa de la que apenas comenzamos a descubrir su verdadero poder.

¿Se trata Malasangre de una novela feminista? podría decirse que con su insaciable deseo sexual y de sangre, la criatura creada por Michelle Roche tiene toda la capacidad para transformarse en un símbolo de poder y empoderamiento. No obstante la escritora es lo suficientemente sutil para crear un arquetipo en lugar de un icono, lo cual brinda a la novela una extraña y seductora profundidad. En realidad, si la novela pudiera ser definida bajo un solo género -que es casi imposible de hacerlo- podría ser el de una visión gótica, que además construye una versión de la realidad profundamente dura e inteligente sobre los escenarios en los que el personaje se mueve, no solamente como como una figura refulgente sino también, como un espectro venido de otra época, que además representa un tipo de capacidad y energía desconocida hasta ahora en la literatura latinoamericana.

Es un buen momento para la literatura del continente: desde la novela mandíbula de Mónica Ojeda, las progresiones y visiones góticas de Mariana Enríquez, hasta llegar a la Diana de Michelle Roche, lo sobrenatural parece tener la capacidad de enlazar no sólo la belleza con algo más extraño pero sobre todo mucho más complejo de comprender a primera vista. Mientras Diana se pasea entre salones llenos de festones y forma parte de intrigas palaciegas, la reinvención del vampiro de Michelle Roche crece y se hace mucho más compleja de lo que pudo haber sido una simple comprensión de la mujer como parte de un sistema de valores que no sólo le restringe sino que además, le limita. Esta vampiro es el centro nuclear de una historia de considerable poder en más de una manera, y también la demostración que la literatura latinoamericana y sobre todo de la pluma femeninas, comienza a ser cada vez más fuerte más poderosa y de la misma manera que Diana, po completo insaciable.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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