Crónicas de la lectora devota

Durante la última década la ficción, ciencia ficción y fantasía africana ha disfrutado de un merecido y tardío reconocimiento. Desde el éxito de la recopilación Afrofuturism: Black Sci Fi and Fantasy Culture o AfroSF: Science Fiction by African Writers del 2015, la literatura de género del continente ha encontrado un lugar apropiado para desarrollarse a profundidad. Por eso, el anuncio de la trilogía Dark Star de Marlon James entusiasmó al público y crítica literaria. Después de todo, el escritor se encontraba en un año sabático luego de ganar el premio Man Booker y dejó claro, que no tenía intenciones de “escribir otra cosa que la lista de compras”. Pero, poco después, insistió en que “sintió la necesidad imperiosa, de narrar historias misteriosas que podía recordar, imaginar y que provenían de un lugar inesperado de su contexto cultural”.

De hecho, el escritor explicó que la historia en que trabajaba sería una mezcla de fantasía y mitología africana, pero la expectación que suscitó el anuncio no se debió precisamente a esa descripción. Sin duda, no es la primera vez que ocurren tales combinaciones. Buena parte de la literatura fantástica occidental está emparentada directamente con la percepción de lo fantástico y lo maravilloso de antiguas tradiciones, creencias y por supuesto, leyendas. La diferencia radica en que la obra de James avanza a través de los caminos poco transitados de la superstición en combinación con una audaz concepción del héroe y la correlación del valor, con su forma de expresar la acción y la aventura. Black Leopard, Red Wolf (2019), el primer libro de la trilogía, comienza con un tránsito entre la vida y muerte, construido a través de lo literal: “El niño está muerto. No hay nada que más saber al respecto”. La frase englobó la sensación de lo funesto y lo inevitable, pero a la vez, abrió una puerta que pocas veces se toca en la literatura: La capacidad de la historia para asumir la carga simbólica de sus personajes, incluso antes que sean parte de su propia historia. ¿Quién es el niño? ¿Por qué murió? ¿hacia dónde se dirige el miedo y la desolación que se percibe en esa única frase?

Seiscientas veinte páginas después, el lector encuentra la respuesta a todas las preguntas, pero para entonces, ya no importan demasiado. La novela transita con pie ligero por África, pero también, a través del subtexto de la violencia, lo metafórico y un tipo de compresión de lo absurdo, que evita cualquier intento de brindar sentido a la narración completa sin el auspicio de la fantasía. se lee como un trepidante cuento de hadas, pero también como una épica extraordinaria con raíces en las creencias más antiguas de una África intocada, voluptuosa y por completo redescubierta por el escritor, que se esfuerza por alejarse de la colonización, el dolor negro y la versión sobre el continente sufriente. Los personajes y el África de James son de una potencia asombrosa, una reflexión poderosa sobre los entresijos de la historia y la herencia como parte de una concepción dual sobre lo moral, lo trágico y lo portentoso.

Claro está, el nivel experimental de James brinda a la novela un ritmo alucinante que deslumbra: todos los capítulos cierran con un giro argumental asombroso y tal pareciera que cada página es una trepidante carrera de obstáculos hacia el objetivo final de la trilogía, que aún permanece oculto y además, se encuentra ligado estrechamente a la visión del autor sobre la narración como telón de fondo de una historia poderosa. Por ese motivo, Black Leopard, Red Wolf no sólo es la conclusión de una historia en extremo compleja, sino también la catarsis del lector que ha seguido con fidelidad las aventuras de los personajes de James. Entre ambas cosas, la percepción sobre la aventura, las tierras imaginadas por el autor y la síntesis de la mitología como telón de fondo, encuentran el lugar ideal para apuntalar la historia.

Es por ese motivo, que la segunda parte de la trilogía Moon Witch, Spider King (2022), resulte desconcertante al desvincularse por completo, tanto del tono como del ritmo del primer libro. En esta ocasión, James renuncia a sus guiños habituales de sus obras anteriores (personajes controvertidos e imposibles de definir, tan cerca del bien como del mal), para crear un rostro nuclear que sostenga la historia. Si en el primer libro Tracker, el cazador con el extraño don de encontrar “lo que debería quedarse perdido”, fue el centro de la trama y también, el hilo que atraviesa toda la narración de un extremo a otro, en esta ocasión no hay una única voz que narra el tránsito de la historia por una historia de origen casi misteriosa. En realidad, el libro juega percepción sobre lo que ha ocurrido después de la trepidante aventura en busca del niño muerto. Pero James se toma el atrevimiento de no identificar de inmediato a sus personajes — ni al central ni a la voz que cuenta la aventura con con singulares juegos de palabras — ni tampoco, al nuevo escenario de la historia. Al menos no de inmediato y de forma clara. Durante los primeros capítulos, solo queda claro que la narración transcurre en un aldea nómada de la cual el personaje debe huir. También, que se trata de un escenario temible en medio de lo que parece ser una guerra a punto de estallar.

Pero James no está interesado — no, en los primeros puntos del recorrido por sus nuevos escenarios — en la tensión más allá del río que recorre la aldea o, la situación que atraviesa su personaje. En realidad, la novela es un tránsito hacia la madurez de un héroe en formación. “Mi nombre le pertenecía a mi padre, así que lo dejé en su puerta al partir” cuenta en su tono seco y casi desabrido al hablar sobre su niñez. Este hombre sin nombre, que sobrevivió a las palizas de sus hermanos, al hambre y al miedo, es un vagabundo pero también un nómada con una culpa insoportable a cuestas que el autor no revela y de hecho, guarda como un secreto preciado la mayor parte de la narración.

De modo que el libro comienza entre la incertidumbre, lo que permite a James sentar las bases de un viaje casi místico que atraviesa parajes encantados, valles tenebrosos y sobre todo, la vida y las emociones de sus personajes. Como cada una de las novelas de James, lo realmente importante en sus historias es la capacidad de lo que cuenta por elaborar una percepción sobre lo fantástico tan elocuente como frágil. A la manera de Tolkien — que pobló la Tierra Media de criaturas mitológicas envueltas en conflictos muy humanos — James retoma su viaje por el África que imagina con paso firme y la perenne sensación que se acerca al núcleo mismo de todas las historias del mundo. Hay un rasgo universal en Moon Witch, Spider King, que James logra llevar a una dimensión por completo nueva, ajena en los libros precedentes. En cada lugar que el héroe sin nombre visita, hay una persistente memoria de la belleza, una notoria consideración al poder como una capacidad que supera a la mera existencia humana y a la vez, une todas sus partes. Por supuesto y como en todos los libros de James, la magia está en todas partes. Lo está a la manera de Gabriel García Márquez, entre los detalles sutiles, en la forma en que lo extraordinario se manifiesta en matices mínimos. Desde los árboles que cantan viejas leyendas, el viento que sostiene el conocimiento como una memoria colectiva, hasta la tierra misma convertida en asidero medular de toda la historia, James transforma cada escenario en una búsqueda de símbolos, como si la travesía de su narrador fuera en realidad un camino del héroe que evade toda explicación simple.

James ama la fantasía y ya era notorio en el primer libro de su trilogía. Pero en especial en Moon Witch, Spider King, la narración alcanza las fronteras del género, para crear algo distinto y mucho más emocional que asombroso. Fresca y realista, a pesar de lo maravilloso que la circunda, la historia es un devenir entre todo tipo de circunstancias que podrían desconcertar, de no ser por la mano firme de James para mantener su historia entre las fronteras de una travesía hacia la redención. Con la densidad de la mitología de un continente pero también, la inteligente elocuencia de la narración contemporánea, Moon Witch, Spider King tiene la particularidad de vincular sus diferentes capas como un mapa de ruta hacia algo más imperecedero y primitivo. Y es África, cuna del mundo y de la misma existencia humana, el escenario espléndido que sostiene toda la historia y que acumula la percepción de lo cosmogónico que la trilogía “Dark Star” guarda.

A pesar de eso, Moon Witch, Spider King no es un cuento de hadas, aunque en ocasiones lo parezca y se acerque tanto a la oralidad que la voz de su narrador parece mezclarse con los cánticos de las aldeas y tribus que recorre. Tampoco pretende serlo: La narración es sangrienta, salvaje, esotérica. También tiene un ritmo tan frenético que por momentos, James parece caer en cierto caos argumental que sin embargo, evita con enorme facilidad. En realidad Moon Witch, Spider King es una búsqueda de significado y de sentido, en medio de un camino del héroe que se sostiene sobre extrañas correspondencias de valor y de coraje. Pero también hay sangre — el escenario completo de la novela es muy sangriento — y una percepción de la violencia como inevitable. El punto medio entre ambos extremos, construye un puente entre lo fantástico y también, esa violencia meridiana, fruto de la capacidad de James para dotar a su universo de una ferocidad inaudita.

El libro, además, juega en paralelo con la idea de la vida y de la muerte. El narrador debe avanzar a través de la llanura para encontrar a un niño perdido que debe llevar con vida pero a la vez, es un heraldo de la muerte. Moon Witch, Spider King toma la sustancia de una visión onírica, sólo para precipitarse a la lucha violenta, la concepción de la libertad a través del enfrentamiento y un tipo de agresión directa tan singular, que la novela entera pendula entre la sensación de desastre inminente y laberinto tenebroso que conduce a algún lugar primigenio. Como en toda su obra, James descubre las personalidades de sus personajes con cuidado. Jamás se prodiga en exceso y poco a poco, los nombres y personalidades emergen con la lentitud de un descubrimiento tardío. En Moon Witch, Spider King no es diferente y de hecho, el truco se alarga hasta crear una singular sensación de colectivo unido por un objetivo en común. Como si se tratara de un anonimato impulsado por la acción, James utiliza los verbos para crear la sensación que todos los personajes atraviesan el mismo lugar con el mismo objetivo. Sólo para luego dejar claro a la siguiente página, que cada uno es una entidad independiente, poderosa y por completo autónoma.

James es un gran estratega de sus propias historias. Por eso, se ha comparado su trilogía con la saga Río Canción de Hielo y Fuego de George R.R Martin. Ambas historias comparten la tensión interna, la audacia en la reflexión sobre el poder y sus aristas, pero sobre todo, la belleza profundamente sentida de una historia que avanza a través de la profunda identidad de una cultura mágica y llena de una singular vivacidad. Y aunque James después insistió en que su historia no tiene ninguna relación con la de George y admitió que la comparación había sido “una broma”, es imposible no comparar ambos escenarios violentos y repletos de una capacidad para la evocación que deslumbra al lector. En especial, el que se desarrolla en Moon Witch, Spider King. Sea cual sea el camino que escoja el escritor para continuar su saga, James logra que su travesía se convierta en una reflexión sobre la identidad, el deber, el poder de la sangre y el individuo, la fantasía y la capacidad de evocación de un continente extraordinario y misteriosa. Una historia dentro de otra historia.

“El cuento popular africano no está hecho para el escepticismo y tampoco, para ser comprendido con facilidad. Tampoco para que sea parte de una estructura que no reafirme la identidad” afirmó James en una entrevista a finales del año pasado al periódico The New Yorker. Y es esa frase la que parece resumir la travesía de sus personajes a través de las llanuras desnudas, el sol metálico y al final, el dolor complejo y casi irracional con el que deberán lidiar. Un juego de espejos en que el que la fantasía es sólo el puente hacia algo más profundo y personal.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

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