Crónicas de la lectora devota:

“The Parisian” de Isabella Hammad

El gentilicio y la herencia cultural, suelen ser debates más o menos habituales dentro de la literatura actual, sobre todo a medida que la Europa homogeneizada y la globalización en general desaparecen fronteras culturales e incluso físicas. Para buena parte de la generación que ahora mismo se hace adulta, la noción sobre la identidad y la nacionalidad se mezclan con sus ambiciones, en una especie de recorrido complicado hacia la percepción del colectivo. Para bien o para mal, la cultura moderna asume sus grietas — sus virtudes y dolores — como una percepción de algo abstracto y carente de matices. Una mirada flexible sobre ese hilo conductor que nos vincula con la matriz de una individualidad basada en lo que nos lega el pasado y lo que consideramos historia conjunta.

Isabella Hammad trató de resumir el tema (y sus implicaciones) en su novela debut “The Parisian”, sin lograrlo del todo. O mejor dicho, llegando a un recorrido por completo nuevo, quizás sin toda la intención de hacerlo. Se trata de una historia con un héroe accidental, una larga aventura de un lado a otro Europa, pero también, una versión singular sobre la pertenencia a nuestras raíces y a la historia que nos rodea. Un tema en apariencia sencillo — sobre todo, por las incontables ocasiones en que se ha tocado — pero que en realidad, tiene tantas ramificaciones e implicaciones como posibles respuestas. El bienintencionado Midhat Kamal (personaje central de la historia), vive una agitada juventud cuando en primavera de 1914, decide estudiar medicina y navega rumbo a París desde su natal Estambul. A primera vista, este atolondrado, entusiasta y levemente irritante estudiante, resume la combinación clásica del mestizaje a la manera como se suele idealizar: Un hombre de aspecto exótico con aspiraciones lo bastante occidentales como para olvidar su pasado, deberes culturales y religiosos. Pero Hammad hace del conflicto algo más consistente, mucho menos evidente y sobre todo, más realista de lo que cabría esperarse en una novela que comienza con una exhaustiva descripción sobre lo bueno y lo malo que emparenta al Oriente idílico y a la Europa inalcanzable. Hammad hace un inteligente uso del trasfondo y la belleza, además de elaborar una conexión emocional entre el pasado reciente de Midhat y sus aspiraciones. Este hombre casi inocente quiere ser médico “para ayudar” (así tan general e infantil como se escucha), pero a la vez, encuentra una mirada consecuente — convincente — sobre ese impulso abrumado por encontrar una pieza elocuente sobre su personalidad. Poco a poco Hammad muestra las aristas del conflicto que impulsa a Midhat a la búsqueda de una nueva historia íntima, una mezcla entre décadas de presión sobre sus hombros (el hijo que debe cumplir las metas aspiracionales de sus padres) y lo que en realidad, desea comprender.

Para Hammad, el contexto realista lo es todo y se esfuerza en brindar un sentido coherente sobre el tema: Toda la narración desborda una investigación minuciosa que otorga un lustre de involuntaria crónica a las vivencias de Midhat. Resulta de enorme interés la forma en que la escritora logra realzar y construir línea completas de argumento, a través de la ropa, el exiguo equipaje de su personaje e incluso, la manera en la que duerme. Párrafo a párrafo, cada acto y pensamiento de Midhat es una puerta abierta a una dimensión nueva de su personalidad. De modo que durante buena parte de los primeros capítulos, el apetito del personaje, la manera en que peina su abundante cabello negro o sus meditabundas miradas al mar, hilvanan una serie de información desperdigada que poco a poco toma forma. Desde la admisión en la Universidad de Montpellier, el ruido de fondo de la Segunda Guerra Mundial y la cuidadosa selección del lenguaje del personaje (el inglés es su segunda lengua y lo deja claro en más de una ocasión), hay una combinación de miradas sobre pequeñas capas de significado que otorgan al personaje una inusitada profundidad. Con su “léxico accidental” (las palabras no siempre parecen coincidir con su significado, con el estilo ameno y feliz de quien descubre una lengua) y su ingenua maravilla por lo que encuentra la nueva tierra que le cobija, Midhat es el símbolo de la eterna ingenuidad del emigrante.

Isabella Hammad imprime una humanidad imprevista a su historia, que cruza la fina línea de la remembranza hacia algo más austero, elegante y duro. “El tiempo se convirtió en una distancia traicionera” cuenta Midhat y a partir de esa única línea — que fascinó a críticos y a buena parte de los lectores — la escritora crea una reverberación de un recorrido seminal por la angustia y el dolor del expatriado. No lo hace evidente — lo cual se agradece — y tampoco amargo. En realidad, la novela “The Parisian” está llena de una delicada ternura que eleva sus momentos más crudos a una meditada reflexión sobre lo moral, el desarraigo y el dolor del desarraigo, sin que la percepción de temas tan disímiles parezca forzada o incluso, parte de la intención de Hammad de elaborar un sermón ilustrativo sobre el particular. Desde la perspectiva de la novela histórica, la escritora logra un brillante acercamiento a la mezcla de culturas pero desde la ficción, Hammad logra recrear con una vívida naturalidad la Francia entre guerras y una Palestina recién nacida. Todo bajo el escenario de los primeros años de la Primera Guerra Mundial. Por supuesto, Mudhat es el testigo ideal para la confrontación: su mirada educada y benévola es un viaje dentro del viaje, un guía excepcional entre el miedo, la sorpresa y el agobio que cualquier conflicto violento engloba. Para cuando la novela alcanza la Huelga Árabe de 1936, la novela y el personaje han madurado lo suficiente como para que la crítica y la reflexión abarquen no sólo la interpretación de la autora sobre el suceso histórico, sino el mundo construido a través de los personajes. Hammad conversa a través de su pléyade de vívidas escenas, sobre el futuro y el pasado, con el presente continuo de Midhat que admira, sufre y encuentra un motivo para sostenerse en mitad del cataclismo de occidente y después, de su propia nación.

Lo más sorprendente es que Isabella Hammad tiene apenas veinte años: sin duda, su profundidad narrativa proviene de su origen étnico y seguramente, de la versión de la vida y sus transformaciones que le heredó su familia que la misma autora ha descrito como “complicada y dolorosa”. Algo de esa tensión familiar brilla en medio “The Parisian” y sobre todo, en la incapacidad de Midhat por mirarse como algo más que un extranjero entre extranjeros. Hammad no trata de convencer al lector que su personaje intenta formar lazos con el país adoptivo: en realidad lo hace por mera desesperación, por la euforia del descubrimiento y al final, por una inercia emocional nacida de un profundo cansancio emocional. Esta trepidante evolución emocional, ocurre entre bastidores: Midhat pasa de ser el nativo de la antiquísima ciudad de Nablus (Cisjordania en la actualidad) que aspira a una vida mucho más sofisticada que la que puede ofrecerle el milenario enclave y su padre le apoya. En realidad, el conflicto familiar subyace en medio de la identidad escindida del personaje: Su padre aspira que su hijo tenga una educación Europea, por lo que le envió a una escuela privada en Constantinopla y después, le protege del forzoso reclutamiento del ejército turco enviándole a París. Es este padre millonario, distante, frío pero con una ambición que traspasa como una herencia invisible a Midhat es el motor que mueve la novela de un lado a otro, que construye puentes y pequeños hilos emocionales que se alargan a través de un continente y décadas de historia. Para Midhat, la vida se asume desde un peregrinar que considera ancestral — “Desciendo de un pueblo que jamás durmió bajo las mismas estrellas ni una sola vez” cuenta entre fascinado y orgulloso — hasta la necesidad casi inaudita del arraigo. ¿Una contradicción? No necesariamente: Para Hammad, sus personajes batallan contra lo que les ofrece la sangre y la historia doméstica contra la realidad. Una y otra vez, Midhat se encuentra en medio de una batalla interna ¿Qué deseo ser? ¿Quién debo ser para complacer el miedo privado?

No hay respuestas sencillas para preguntas semejantes. O Hammad no las ofrece: en lugar de eso, la novela sigue el viaje de Midhat hasta París, en que termina convirtiéndose en invitado de Frédéric Molineu, un solitario antropólogo que afronta la viudez con una incansable mirada hacia el dolor. Jannette su hija, es la versión más joven y vital de su padre: Hereda su inteligencia y una misteriosa belleza. Resulta inevitable que desconcertado Midhaut — sobrepasado por París, la Universidad, la libertad — se enamore de inmediato de una mujer que representa el enigma. Y lo hace, a la manera de las grandes historias de amor que ha leído. Pero ¿Midhat está realmente enamorado? La pregunta aparece y desaparece, mientras el personaje se enfrenta a la eventualidad de convertirse en un experimento sociológico que Molineu lleva a cabo sin disimulo. “¿Eres musulmán por convicción o porque no tienes otro remedio?” pregunta cuando habla a su joven invitado de París, la maravillosa París, la magnífica y seductora París y el lento cambio que provoca en el recién llegado. “¿Amas a mi hija o al hecho de poder amar sin imposición?” carga de nuevo Molineu y le observa detrás de su escritorio de madera de cedro con la atención de un investigador que analiza un raro espécimen recién atrapado. Para Midhat la situación es dantesca: Sabe que la ciudad ejerce presión sobre su mente y su espíritu, pero también que esa presión alcanza un espacio extravagante que carece de nombre en su mente. “Descubrí que era independiente cuando era muy tarde para evitarlo” confiesa Midhat, un solitario empedernido, un hombre fascinado por la noción de construir una nueva percepción de sí mismo.

Y por supuesto, Midhat cambia: cuatro años después de entrar a la Sorbona, no se reconoce a sí mismo. Dejó atrás su túnica, su cabello despeinado, su aire despistado. Ahora es un muchacho como cualquier otro en la ciudad: pasea en bicicleta, desayuna en jardines, lee libros que en su tierra, le habrían estado prohibidos. París es todo y Hammad refleja el asombro de Midhat a través de una descripción frenética de todo lo que le rodea: La Universidad, la habitación que muestra los Champs Elysees a la distancia. La mirada fascinada del extranjero que no desea serlo, en cada pequeña cosa. El sabor del café se hace mágico cada encuentro, el olor del pan, el color del cielo. Hammad se vuelve florida y poética, pero la turbia sensación de desasosiego del no pertenecer sigue allí, evade una explicación simple y es tan notoria, que cuando Midhat decide volver a Nablus, la trama no pierde el ritmo ni tampoco la firmeza. El regreso estaba escrito en la historia de Midhat incluso antes que lo supiera, deja entrever la escritora. Es el regreso lo único seguro, el núcleo duro de la historia a dos partes, que evade toda noción sobre la imposibilidad de Midhat de olvidar su origen “Regresar es comprender que la sangre te ata con crueldad a lo que crees debes olvidar” sentencia el personaje, cuando llega finalmente al pueblo, a su cultura milenaria, a su ritmo lento y pausado, tan lejano del París exuberante del que está enamorado. Pero de la misma forma en que Jannette Molineu es sólo el amor ideal, París es un breve momento de fascinado desgaste. La realidad es el pueblo, los dolores, la seca perspectiva del futuro, en medio de la revolución Siria, de la vida en medio de la pobreza. “Vine aquí para recuperar lo roto” explica Midhat el primer día en que abre los ojos para reconocer los amaneceres naranja y verde de su pueblo natal “y quizás eso sea bueno”.

Hammad logra crear un personaje que a la manera de Henry James (que analiza el desarraigo a través de sus personajes “Europeos”, que no son otra cosa que raras flores de invernadero) tiene algo de ruptura, pero también, une a la época que le tocó vivir en varios trozos sabiamente conjugados. También hay algo de la recientemente publicada “Manhattan Beach” de Jennifer Egan, lo cual crea un contexto natural e histórico tan flexible como rico. Pero más allá de las comparaciones, Isabelle Hammad encuentra en “The Parisian” no sólo la forma de contar una historia, sino de elaborar un circuito nuclear sobre el bien y el mal, la memoria, la identidad y la ruptura inevitable con nuestras raíces fundamentales. Entre una y otra cosa, la escritora demuestra que “The Parisian” no es una promesa: es la prueba evidente del poder de una forma de recrear el mundo de enorme valor argumental. Quizás, la mayor fortaleza de la novela.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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