Crónicas de la lectora devota:

Know my Name de Chanel Miller.

El anonimato le protegió. O al menos, esa fue la primera intención de buena parte de los medios de comunicación estadounidenses que ocultaron su identidad. Hasta hace poco menos de dos meses, nadie conocía el nombre de Chanel Miller, pero sí, la espantosa historia a la que había sobrevivido. Violada por Brock Turner en el 2015, detrás de una casa de fraternidad en la Universidad de Stanford. Por entonces, el seudónimo Emily Doe intentó brindar a Chanel la oportunidad de contar su historia sin tener que sufrir la inevitable revictimización de los medios, los señalamientos y la culpabilización que cualquier víctima de agresión sufre de una forma u otra una vez que admite la tragedía que vivió. Emily Doe se convirtió en una voz que reflejó a una nueva dimensión el dolor de las mujeres violadas y silenciadas por un sistema que acentúa la violencia casi de manera sistemática.

Pero mucho más que eso, la historia de Emily Doe debía ser contada en toda su crudeza: Publicada originalmente por la página Buzfeed, la carta en la que contaba no sólo la agresión, sino todo que ocurrió después, fue compartida al menos quince millones de veces, leída en el Congreso estadounidense y finalmente, el detonante de una revolución casi invisible que permitió un cambio de legislación en el estado de California, que se asegura de proteger a la víctima en lugar de violentarla de nuevo a través de toda una estructura legal carente de empatía, compasión y respeto hacia las heridas psicológicas que la víctima soporta y sobre todo, a la carga emocional que deberá lidiar luego de sufrir una agresión como una violación. Fue Emily Doe quién puso en palabras el miedo, el terror, la impotencia, la absoluta tristeza y rabia, de haber sido violentada y además herida en formas inimaginables, sólo para que después, su atacante fuera considerado un “muchacho prometedor” y condenado a una pena mínima. La decepción y dolor de Emily Doe fue la de todas las mujeres y hombres en situaciones parecidas, las de todas las víctimas de agresiones que han sido golpeadas y posteriormente estigmatizadas por el sistema legal. Un símbolo en mitad de un tipo de brutalidad y la violencia de las que pocas veces se habla.

Transcurridos casi cinco años luego de la tragedia que le tocó enfrentar, la historia de Emily Doe alcanzó algo parecido a la justicia, en un sistema que con frecuencia evita que las víctimas la obtengan del todo. Y quizás por ese motivo, la mujer oculta detrás del seudónimo decidió que era el momento preciso no sólo para revelar su nombre — toda una declaración de intenciones — sino además, crear la posibilidad certera de mostrar los horrores y dolores detrás de agresiones semejantes a la suya desde una óptica humanizada y sin duda, personal. De modo que Emily Doe dio pasó a Chanel Miller, autora del libro autobiográfico Know my Name, en el que no sólo recorre la durísima experiencia que debió soportar sino también, reivindica la posibilidad que la víctima pueda recuperar su voz luego de atravesar la peor de las experiencias.

Por supuesto Know my Name es un alegato público y directo sobre la justicia: Chanel Miller tuvo que enfrentar la misma burocracia que tantas otras víctimas alrededor del mundo, sólo que en su caso, la onda expansiva de su caso fue mucho más allá del mero análisis de la agresión desde la concepción de lo anónimo. Atravesó las largas horas de interrogatorios, invasivos exámenes médicos, la concepción de la violación como un delito en que se pone en tela de juicio la moralidad de la víctima. Para la autora, lo más inquietante fue comprobar que la agresión tenía además una dimensión oscura y perniciosa, relacionada de manera directa con la manera en que la sociedad comprende una agresión sexual. Como tantas otras víctimas, soportó preguntas sobre la ropa que llevaba, la relación que tenía con su novio y al final, sobre su comportamiento la noche del ataque. “Revivir el miedo a través de la desconfianza ajena” explica Chanel, que despertó sin saber qué le había ocurrido en la sala de un hospital.

La atención mediática que Chanel Miller recibió luego de contar al mundo la agresión que padeció, no hizo las cosas más sencillas. Quizás, todo lo contrario: Know my Name no sólo reconstruye los días aterradores en que tuvo que ocultarse detrás de un seudónimo y a la vez, batallar por ser escuchada, una combinación que llegó a aplastarle en medio de un sufrimiento inaudito, sino que además los contextualiza en un mundo hipercomunicado. La combinación entre ambas cosas, transforma al testimonio de la escritora en una curiosa mezcla entre dolor y humanidad, entre esperanza y un temor subyacente que hace de la narración un vívido reflejo de una circunstancia casi imposible de narrar de cualquier otra manera. Chanel fue violada pero también, tuvo que exponer los detalles de la tragedia para lograr que el mundo pudiera comprender los alcances de una percepción semejante, de una comunión entre las heridas del trauma y la posibilidad de sobrellevarlo que al final, es toda una mirada durísima sobre la identidad rota de quién sufre violencia.

Porque más allá de cualquier elemento tangencial, Know my Name es un denuncia contra todas las formas de violencia que una mujer o un hombre que sufren una agresión sexual deben soportar. El libro — que recorre con un estilo ameno e inteligente los temas más duros — es además, una mirada consciente y bien construida sobre el hecho que la estructura legal vigente en buena parte de los países del mundo, no apunta a socorrer o a consolar a la víctima, sino a cuestionarla, algo que Chanel sufrió en más de una ocasión. La atención mediática que recibió luego de publicar su historia en Buzfeed se convirtió rápidamente en un recorrido por lo peor de la resistencia cultural a considerar a la violación como un delito sin atenuantes. A pesar de la enorme solidaridad y apoyo que recibió, Chanel debió lidiar con las críticas, con el cuestionamiento sobre su conducta e incluso, la concepción de la mirada pública sobre su historia. “Tener que demostrar que fui violada y que además, no “lo merecía” fue uno de los dolores que debí soportar inmediatamente después de despertar inconsciente” cuenta con una sencilla crudeza que deja entrever el sufrimiento a cuestas.

Lo más duro de Know my Name es la mirada de la autora sobre sí misma y el hecho real que narra, difundido y convertido en un hecho viral desde el primer día en que la carta fue publicada. “No me conoces, pero has estado dentro de mí, y es por eso que estamos aquí hoy”, comienza la carta de Chanel, entonces Emily Doe y con esa única línea, la autora resume no sólo el horror de la violación, sino que profundiza el horror que encaja y enlaza la percepción del miedo con algo más duro y angustioso. Hay una reflexión consecuente sobre la crueldad de la agresión sexual y de como, la víctima debe afrontar el hecho que se le deshumaniza, pierde la identidad, se convierte en un objeto del dominio público. Más allá del miedo, Chanel afrontó la crueldad de una agresión anónima que sufrió de forma casi aleatoria, pero que le demostró que el origen de toda violencia cultural contra la mujer tiene un ingrediente inevitable de normalización del estereotipo de la mujer tradicional. “Perdí la cuenta del número de veces en que alguien me preguntó que hacía allí, por qué me encontraba bebida, que había hecho para provocar la violación” cuenta “A veces creo que si no me hubiera ido, esto nunca habría sucedido. Pero luego me di cuenta de que habría sucedido, solo a otra persona ”.

Pero además, Know my Name es una meditada reflexión sobre las mujeres jóvenes de nuestra época, lo que deben enfrentar y el hecho que la percepción sobre sus cuerpos e idealizaciones sobre la individualidad femenina. Chanel es una mujer de su época — licenciada en literatura, escultora, dibujante — pero también, representa a una cultura herida por el desencanto y el terror de las tragedias inexplicables. Después de todo, Chanel es parte de una generación que asume la justicia como necesaria y que debe batallar contra la percepción de la decepción cultural cuando no ocurre de manera satisfactoria. El libro refleja todo eso y también, la convicción de la escritora de tratar de encontrar una línea que pueda sustentar su vida antes y después de la agresión. “Nadie es el mismo después de perder el dominio de su identidad” escribe y la frase, dolorosa y terrorífica, engloba no sólo la muerte aparente de la mujer que fue antes de la violación sino la que sobrevivió a la violencia.

Chanel Miller despertó en el Centro Médico del Valle de Santa Clara en enero de 2015 sin tener idea del motivo por qué se encontraba allí o qué había pasado durante las cinco horas previas. Tenía una herida en la cabeza, el cuerpo lleno de moretones y la vaga sensación de horror que había sufrido algo lo suficiente grave que no podía recordar. En Know my Name, cuenta que un policía del Campus le explicó en voz baja como le habían encontrado — inconsciente y semi desnuda — y lo que probablemente había sufrido. Un decano de Stanford le aclaró que el hecho de violencia había ocurrido en la Universidad. A partir de allí, pierde el control sobre su vida. Se convierte en paciente, en la mujer que debe denunciar y también en sospechosa. En la mujer que debe explicar por qué acompañó a su hermana al Campus, por qué bebió, que pudo hacer para provocar la violencia sexual que sufrió. De pronto, Chanel descubre que aunque su agresor ya fue identificado y también, está bajo custodia, es ella quien debe responder las preguntas. Es ella la que debe analizar y profundizar sobre las imágenes a fragmentos que logra recordar. Y es ella la que debe enfrentar la pesada maquinaria de la justicia. En suma, es Chanel la que asume el costo de la denuncia y los rigores de la agresión.

Por otro lado, Brock Turner es descrito “esperanza olímpica”, “una promesa”, “un hombre joven que cometió un error”. Una percepción sobre el crimen que deja a Chanel incluso más rota y herida de lo que pudo suponer. “Descubrí que para la mayoría de quienes conocían el caso, lo que viví se resumía en la imagen de una mujer inconsciente y desnuda” cuenta con terrorífica sencillez “por lo que supe debía contar la historia, personalizarla. Hacerla real, concluir que detrás de cada víctima hay un rostro y una historia esperando ser escuchada”. Además, Chanel debe lidiar con el cuestionamiento “El por qué bebí, el historial médico de mi adolescencia, mi comportamiento Universitario. Todo parecía válido para cuestionar mi credibilidad”. Así que la víctima, sin rostro, sin nombre, decidió escribir una carta. Narrar el miedo, explicar desde la óptica de quien no puede defenderse, lo que significa una violación, la destrucción de la intimidad a un dimensión tan cruda como para arrebatar a cualquiera la percepción sobre sí mismo y el mundo que le rodea.

“Escribir la carta no me hizo sentir liberada o redimida. En realidad, fue revivir el miedo y encontrar un espacio espantoso, que sigue sin otra cosa que sombras a medio recordar” cuenta la escritora en el libro. Se trata de un alegato sobre la supervivencia a un tipo de violencia difícil de asimilar, pero también, el triunfo de la idea de la víctima contra la concepción de la agresión sexual que nuestra cultura expone como un estigma. De la misma manera que otras tantas mujeres violadas, Chanel fue ignorada, menospreciada y señalada. La carta y posteriormente el libro, describen el recorrido de la escritora para descubrir las implicaciones del privilegio de Turner, convertido en un símbolo de la “promesa americana” rota por lo que el juez llamó, en uno de los momentos más escalofriantes del largo trayecto del caso a la justicia “veinte minutos de diversión”. Para Chanel, la percepción de la cultura en la que creció y se educó sobre su cuerpo y su sexualidad, la violencia infringida fue una espantosa comprensión de los terrores escondidos en medio de la sociedad que señala y estigmatiza.

Know my Name es el intento de Chanel Miller de regresar el valor de la comprensión del horror de la violencia sexual y sus consecuencias al testimonio de las víctimas. Y lo logra, a través de un cuidadoso trayecto hacia la redención. Al final, el principal valor del libro es lograr que la violencia sexual sea interpretada como un delito y no como un debate moral que evade una mirada directa. “Durante años, el delito de agresión sexual dependió de nuestro silencio. El miedo a saber qué pasaría si habláramos. La sociedad nos dio mil razones; no hable si le falta evidencia, si sucedió hace mucho tiempo, si estaba borracho, si el hombre es poderoso, si enfrentará un retroceso, si amenaza su seguridad “ escribe Miller en uno de los últimos párrafos del libro, quizás lo más importantes y los más poderosos de todos “Las barricadas que nos detuvieron ya no funcionarán. Y cuando el silencio y la vergüenza se hayan ido, no habrá nada que nos detenga. La violencia puede ser destruida a través del poder de nuestra voz y también, de la capacidad de nuestra voz colectiva para lograr un cambio”.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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