Crónicas de la feminista defectuosa:

La mujer que no existe y el nuevo odio misógino.

Hace unos días y durante los lamentables disturbios ocurridos en la frontera Venezolana, una activista recibió el impacto de una bomba lacrimógena en el pecho. Se trata de una táctica común de las fuerzas de seguridad de mi país: disparar a quemarropa contra los manifestantes. El caso es que mientras en otras tantas ocasiones, el país entero se horrorizó por el mero pensamiento que un funcionario Uniformado disparara a matar a un compatriota, esta vez, el tema de interés fue otro: porque la voluntaria, aún con las manos temblando de miedo, se levantó la camiseta y mostró el lugar justo en el que había recibido el impacto. En las imágenes, puede verse la piel enrojecida y amoratada justo bajo la clavícula, unos centímetros por encima de sus senos, muy notorios sin la protección de un brassier. Y fue ese único detalle, por encima de la agresión y de la violencia que la mujer había sufrido, el que atrapó la mirada de la gran conversación en redes sociales del país. Unas horas después, la voluntaria lidiaba con una ola de popularidad inesperada y también, grotesca. En su cuenta Instagram, recibió cientos de comentarios que comentaban sobre su apariencia, algunos tan directamente perversos y lascivos que no dejaban lugar a dudas de la sexualización de lo que otro modo, sería una situación de violencia extrema. Pronto, incluso la propia víctima se burló de la agresión y se unió al jolgorio general. Para el día siguiente de la agresión, la fotografía de la voluntaria aparecía en un periódico web bajo el titular de “lo más caliente del día”.

Leo todo lo anterior con una sensación de preocupación y tristeza profunda. Porque además de un hecho tan extremo y desconcertante, las redes están llenas de hombres — y también mujeres — que celebran “la actitud alegre” de la víctima e insultan a quienes critican la reacción general sobre el tema. Para el momento en que decido dejar de comentar públicamente mi opinión sobre lo ocurrido, ya he recibido al menos dos o tres mensajes de hombres llamándome “odiadora de hombres”, por insistir en que erotizar una agresión es de una gravedad preocupante. Uno de ellos además añadió que la víctima “lo estaba disfrutando”. El comentario me hace recordar los que suelen describir violaciones cuando el crimen no es tan claro, cuando se trata de una mujer que según el criterio popular no se resistió lo suficiente o tuvo “la culpa” por “provocar” una situación de violencia. Un anónimo me recuerda que “todas las mujeres son putas” y la actitud de la víctima “lo recuerda. Que te lo recuerde a ti también”.

Me toma algunas horas digerir el fenómeno entero. Se trata de una de esas ocasiones en que te preguntas qué está ocurriendo a nivel cultural en el continente en el que naciste, en la sociedad en la que te educaste. ¿Qué pasa cuando la figura de la mujer es parte del imaginario colectivo a un nivel tan violento? Pienso en la imagen femenina como objeto sexual, en el hecho irrebatible de la cosificación en masa, la mirada retorcida que se le dedica incluso un tenor erótico a una agresión tan directa y abominable como la que sufrió la víctima. Pero también, en las voces que atacan la crítica, las que señalan a las mujeres y hombres que criticamos la actitud general, con una saña burlona que resulta temible. ¿Qué está ocurriendo en nuestro continente con respecto a la mujer? ¿Qué pasa con la forma como comprendemos el género?

— Menosprecio.
— ¿Así de simple?
— Así de grave.

M. fue una de mis profesoras en la Universidad y durante años, utilizó el derecho penal — materia que imparte desde hace más veinte años — para analizar la situación de la mujer en nuestro país. Cuando habla de menosprecio, lo hace con propiedad: durante buena parte de su carrera en tribunales ha defendido a mujeres maltratadas, violadas y abusadas por entornos violentos. Cuando le pedí reunirnos para conversar el caso de la voluntaria, lo hizo de buena gana. “En este país, eso se olvidará rápido, pero lo que muestra es grave” me dijo en la corta conversación telefónica que sostuvimos. Ahora, habla de menosprecio. Así, sin más.

— Hombres que menosprecian a las mujeres.
— No, niña, ojalá la cosa fuera así de sencilla: nuestra sociedad está construida para “poner a la mujer en su lugar” y eso se ve a cada momento. ¿No lo notas? ¿No lo sientes cada vez que te insultan en redes? ¿La forma en que te atacan sólo porque eres una mujer que habla sobre mujeres?

No sé que responder a eso. O si lo sé, pero resulta terrorífico asumirlo, aceptarlo como si tal cosa. Después de todo ¿no somos el país de las mujeres más bellas, las echadas pa’ lante, las abnegadas? Las madre coraje, las madres solitarias. Un país de mujeres fuertes, que se enfrentan a diario a una situación insostenible. Pero en realidad ¿Quienes somos? Hace unos días, alguien me llamó “Becerra” (un término peyorativo muy Venezolano) por preocuparme por lo ocurrido con la voluntaria. “Ella está disfrutando su fama” me dice alguien más y me sorprende la poca profundidad del razonamiento, el hecho que quien me lo dice, sea incapaz de analizar que la víctima hace lo mismo que otras tantas. Normaliza, intenta lidiar con el miedo lo mejor que puede, analiza la agresión como parte de su vida. De hecho, hay un video en que bromea entre risas sobre lo ocurrido. “Víctimas sin saberlo” me dijo una vez una activista, que solía atender mujeres maltratadas que defendían a maridos y amantes que les golpeaban. “¿Te imaginas que se siente? Es como una herencia hostil que se hereda de madres a hijas”.

— No es tan fácil muchacha — dice M. con un suspiro cansado — ojalá fuera todo tan estructurado y bonito. Es odio, odio de verdad. O peor: indiferencia. A nadie le importa que a esa niña casi la matan. Lo divertido es el par de tetas y los pezones visibles bajo la camisa blanca. ¿No lo notas? Objetos. A una mujer un hombre se la coge, se casa con ella, tiene hijos. Pero nunca se le considera un igual. La gran mayoría de los hombres de este país o tienen las mujeres en un altar o las consideran basura.

Silencio otra vez. Más tarde, mientras transcribo el audio de la conversación, me parecerá que esos pequeños segundos sin palabras, tienen un significado extraño, como palabras que nadie quiere decir. A las mujeres nos odian o nos idealizan. ¿Alguien nos respeta? Es una pregunta dura y que seguramente, alguien pensará tiene cierto dramatismo. De hecho, muchas veces me han acusado de “melodramática” cuando concluyo que la sociedad Venezolana utiliza a la mujer como muñeca de ideales, un avatar grotesco de sus valores poco claros. Todo eso pende en esos silencios en medio de la grabación, la sensación de miedo y urgencia que me cierra la garganta.

— Mira, suele decirse que toda latinoamérica está obsesionada con la masculinidad de una manera casi homoerótica — dice mi profesora — pero en realidad, es una idea Universal que proviene de Grecia. Los hombres llevan su vida emocional con otros hombres. Sus amistades más profundas, sus cómplices y confidentes, son hombres. La mujer para la casa y los muchachos.

¿Es así? me digo con un escalofrío. Pienso en mis amigos, en los hombres que forman parte de mi vida. ¿Los incluyo en esa fórmula inquietante? No lo sé. Jamás podría decir que son machistas, que menosprecian a la mujer de algún modo, pero…Aguanto la respiración. ¿No tuve una discusión con uno de ellos cuando compré mi primer automóvil porque “no era necesario que una mujer tuviera uno”? Eso era lo que había dicho. ¿No era una broma habitual bromear sobre mi activismo político “Allí llegó la feminazi, mejor nos callamos”? Bromas, sí. Entiendo el humor venezolano, entiendo el humor del trópico. Pero ¿qué esconde el humor? ¿Qué…?

— Indiferencia y menosprecio— dice mi profesora — eso es lo que hay allí. ¿No te lo están diciendo en la cara? Los manifestantes que murieron hace un año por causas parecidas a la herida de la muchacha son héroes. Pero ella se levanta la camisa y está “buenísima”. ¿Lo ves?

Lo veo. Un escalofrío me recorre, la sensación extraña de no saber como entender el país en el que vivo, la cultura en la que crecí.

***

Me llevo un sobresalto cuando leo la noticia. Al principio, estoy convencida se trata de un Fake News o algo semejante. Después de todo, tiene todo el tono amarillista e impactante para serlo: Una página web que permite a los usuarios no sólo intercambiar información — fotografías privadas, datos sensibles — sin su consentimiento, sino que además, se utiliza como una especie de red de apoyo para ¿qué? ¿El abuso? ¿La violación? ¿Extorsión? A medida que leo la información, siento que se me cierra la garganta de un terror ciego y difícil de explicar. Hay capturas de pantalla de servicios de mensajería instantánea de hombres hablando sobre métodos para violar mujeres. De incluso, imágenes de cuerpos desnudos de mujeres que parecen inconscientes, atadas a camas. El rostro cubierto por la mano de hombres que preguntan como “mantenerlas así” o “hacerlas abortar”.
No puede ser real, me digo. Pero lo es. A medias en todo caso. Más tarde descubriré que la página Nido. org (actualmente inaccesible) era la puerta abierta a una comunidad de Telegram, en la que luego de cerrado el sitio, se compartieron las imágenes como forma de amedrentamiento. ¿Lo es? Pienso mientras ¿es sólo un señuelo? Me tiemblan las manos de impotencia y miedo mientras leo las declaraciones de las víctimas. “Descubrí que había fotografías mías en todas partes y hombres que insistían debía ser secuestrada” dijo una joven no identificada a un programa de televisión chileno. “Nos odian, todos nos odian”.

El odio contra la mujer, de nuevo. La idea resulta retorcida porque con frecuencia, se asocia el maltrato, la persecución y el acoso, a un tipo de fenómeno concreto y minoritario. Pero en realidad, el odio a las mujeres, la nueva misoginia, es un fenómeno más amplio. Mientras clickeo página tras página de noticia, tratando de reunir información sobre Nido. Org pienso que el odio está en todas partes. Que la violencia tiene un rostro tan corriente que la mayoría de las veces pasa desapercibido. Un pensamiento inquietante que me provoca una sensación de desamparo y vulnerabilidad difícil de explicar.

Durante mi último año en la Universidad, compartí aula y eventualmente conversación con un grupo que se autodenominaba a sí mismo “La patota”. Era un grupo de seis veinteañeros, saludables y atractivos que estaban convencidos que el mundo era una gran fiesta interminable. Eran también, los que llevaban del brazo a las mujeres más hermosas del campus — o eso era el rumor insistente — y por supuesto, eso les acarreó más de un rencor injustificado. En más de una ocasión, el grupo recibió insultos, participó en reyerta a última hora de la tarde — entre risas y gritos de júbilo — e incluso una vez, hubo quien decidió expresar su malestar por tamaña popularidad destrozando las llantas del automóvil de uno de los banales héroes del campus. A la distancia, todo me parece inocente, casi simple. Una anécdota sin excesiva importancia en medio del tumulto de los años universitarios. Una de tantas pequeñas extravagancias que se experimentan durante la primera juventud.

Lo que no recuerdo de manera tan grata, es a J., uno de los compañeros de clase a quién no le caía en especial gracia la popularidad de la llamada “Patota”. Como a varios más, le irritaba su jactancia juvenil, su exagerada altanería y por supuesto, la frecuente y hermosa compañía femenina. Pero a diferencia del resto, J. se sentía directamente ofendido, lleno de un rencor denso y vicioso que parecía acompañarlo a todas partes. Contaminarle en decenas de formas distintas. En una oportunidad, mientras el grupo de populares celebraban en pleno comedor del campus, les echó una mirada envenenada y se le enrojeció el rostro de pura cólera.

- Por hijos de putas así, los demás estamos jodidos — comentó a quién quisiera escucharle, entre los que casualmente me encontraba yo, sentada a un lado de la mesa colectiva — una cuerda de vagos que lo tienen todo y no dejan nada para nadie.

Me quedé atónita, como supongo el resto de los comensales. No se trataba de la típica crítica burlona, sino que había algo horrido, levemente inquietante en su furia. Nadie hizo el menor comentario — ¿qué se le puede responder a semejante cosa? — pero tuve la sensación que todos pensábamos algo parecido. La explosión de envidia, resentimiento y verdadero sufrimiento era algo fuera de la común.

- ¿Y qué te pueden estar quitando un coño? — respondió finalmente alguien — ni que nadie te debiera algo por ser como eres.

Todos conocíamos a J. y no por las mejores experiencias: era misógino, machista y la mayoría de las veces tenía opiniones controvertidas cercanas a los prejuicios más extremos. Hablaba sobre su “derecho a tener sexo”, “cercenado por las mujeres” que no le prestaban atención por “feo, pobre, flaco”. Insistía en tales opiniones a toda hora y quizás la que más incómoda resultaba, era que los “populares” “los tipos que estaban buenos” o como se suele decir en Venezuela, “los papis” tenían la “culpa” de su escasa vida amorosa. Una idea que insistía siempre que podía y que argumentaba, insistiendo que todas las mujeres eran “putas” cuyo único interés “era el dinero y un buen cuerpo”. Por supuesto, la mayoría tenía a J. por un cascarrabias sin mayor trascendencia, pero en lo particular, sus comentarios me molestaban lo suficiente como para mantenerme a distancia.

Después de licenciarme, no volví a escuchar sobre J. hasta que unos años después, encontré un blog en el que animaba ideas sobre “dominación masculina” y “control sobre las mujeres desobedientes”. Eran las mismas ideas que habían insistido en la Universidad, solo que llevadas a un estrato más complejo y complicado. También hablaba sobre el “celibato involuntario” al que lo sometía la “vanidad del mundo moderno” y otras tantas ideas relacionadas con el prejuicio contra lo femenino e ideas semejantes. Leer las numerosas entradas en las que se reiteraban ideas semejantes me provocó escalofríos: recordaba al muchacho enfurecido, lleno de odio que había conocido. ¿En quién se había convertido durante una década que había transcurrido desde que abandonara la Universidad?

Recordé a J. cuando hace casi dos años, leí el titular del periódico el país que recogía las aparentes últimas palabras de Alek Minassian (25 años) y que escribió unos veinte minutos antes de arrollar a veinte personas en Toronto. “La Rebelión Incel ya ha comenzado” escribió en un post de Facebook que fue borrado luego del ataque deliberado, pero que estuvo el suficiente tiempo en línea como para debatir su peligroso contenido. Sentí un escalofrío cuando leí que el atacante se denominaba a sí mismo como miembro de los INCEL (o célibes voluntarios, en su traducción castellana), un grupo cuyo propósito es debatir sobre la “culpabilidad de las mujeres” por su “incapacidad para mantener relaciones sexuales”, pero, sobre todo, promover un odio misógino extremo y fanático que resulta una amenaza potencial.

Me sorprendió que se trataran de las mismas ideas que por años había machacado J., que solía insistir en el tema en toda oportunidad que tuviera a su alcance. Intrigada y preocupada, dediqué unos días a investigar y descubrí que el término “INCEL” no es de hecho novedoso ni producto de una nueva y renovada ola de terrorismo basado en un tipo de retorcida misoginia. De hecho, su origen es más bien inocente: en 1993, una mujer — que actualmente oculta su identidad bajo el seudónimo “Lana” — creó una comunidad online para debatir sobre el “celibato involuntario” que podían provocar las relaciones modernas. Al principio se trató de una comunidad inofensiva, en los que solteros sin mucha fortuna en las relaciones románticas se reunían para debatir sus mutuas penurias. No obstante, rápidamente alcanzó una connotación de odio que convirtió a la comunidad en un intercambio sobre ideas de índole estrictamente machista. El fenómeno se extendió con rapidez a través de foros anónimos en el mundo virtual y de pronto, los INCEL eran algo más que un grupo dedicado al debate sobre el fracaso amoroso de nuestro siglo: los cientos de hombres — y algunas mujeres — identificados con el término, parecían más interesado en profundizar en el odio contra lo femenino que en cualquier otra perspectiva. Progresivamente, los INCEL se convirtieron en un grupo radical cuya principal diatriba parecía ser la búsqueda de una venganza “simbólica y emocional” que reivindicara su “soledad y abstinencia forzosa”. Aun así, el grupo se limitaba a encendidas discusiones plagadas de odio misógino en foros anónimos, hasta que saltó a la fama en 2014: El 26 de marzo de 2014, Elliot Rodger de veintiún años y autodenominado “INCEL” asesinó a seis personas (tres con un cuchillo, tres con una pistola) y luego se suicidó. En un video publicado en su canal personal de YouTube, Elliot explicó que el motivo por el cual cometería el crimen fue “el rechazo que durante toda su vida sufrió por parte de las mujeres”. En el video, Elliot deja claro que se vio obligado a tomar la decisión debido “Durante los últimos ocho años de mi vida, desde que llegué a la pubertad, me he visto obligado a soportar una vida de soledad, rechazo y deseos insatisfechos. Todo porque las chicas nunca se han sentido atraídas por mi. Chicas que le dieron su afecto, sexo y amor, a otros hombres. Pero nunca a mí. Tengo 22 años de edad, y yo todavía soy virgen”.

Para Elliot, el motivo de todo su dolor e incluso, la ira asesina que desencadenaría en un asesinato, se debe a las indiferencia femenina o mejor dicho, a su incapacidad de seducir a una mujer. Elliot llama a sí mismo de manera “hombre perfecto”, y declara que va a “castigar a todos ustedes [las mujeres]” para no reconocer que él es “el caballero supremo.” Además, en el video detalla con espeluznante exactitud todos los detalles de la masacre que cometería poco después. La mayoría de las afirmaciones de Elliot parecen provenir de su incapacidad para relacionarse con el sexo femenino, a pesar de sus intentos. En esa perturbadora mezcla de dolor, resentimiento soledad que desencadenó en tragedia, Rodger demostró que la la misoginia que se ampara en el menosprecio de la mujer, puede ser mortal.

¿Fue entonces Rodger una víctima de una cultura que simplifica las relaciones entre hombres y mujeres hasta lo primitivo? ¿Del odio y el menosprecio hacia la mujer? ¿La cosificación convertida en cosa de todos los días? Los INCEL parecen convencidos del hecho que la mujer tiene un deber tácito de complacer al hombre y sobre todo, sus necesidades sexuales. Más allá, el problema se trata de la simplificación de la mujer en un mero objeto para la satisfacción del hombre. Para buena parte de los INCEL, el fracaso romántico que deben sobrellevar tiene una relación directa con el hecho de la actitud femenina y no, con el comportamiento del grupo o del individuo que propugna sus puntos de vista. En el caso de Elliot Rodger y otros tantos como él, el odio hacia la mujer es una concepción sobre el mundo muy definida: la lógica del resentimiento crea las condiciones para una venganza abstracta, hacia la mujer como objeto inaccesible, pero a la vez, digna de menosprecio. La culpa de la imagen de la mujer predadora, que es incapaz de brindar al hombre lo que necesita — y desde esa perspectiva inquietante, lo que le pertenece por derecho — y que merece sufrir un juego perverso donde el principal trofeo es inmediata y simple satisfacción sexual. La mujer que sólo existe en la medida que complace y más allá, en su capacidad para cautivar.

Por supuesto, no se trata de un fenómeno único: La cultura PUA (Pick up Artist) explora la imagen de la mujer como objeto sexual, utilizando esa visión simplificada y primitiva del hombre que asume a la mujer únicamente como una presa sexual. Se trata de una comunidad basada en la manipulación y menosprecio de la mujer a través de “técnicas de seducción” de un sentido notoriamente retorcido, abusivo y violento. No solo construye una imagen de un tipo de mujer manipulable sino la del hombre que puede utilizar la “debilidad” y emocionalidad de la mujer como parte del juego erótico. Una idea que no sólo asombra por su misoginia sino la implicación del planteamiento. ¿Los miembros de la cultura PUA, de la misma forma que los “INCEL” son sólo un fenómeno de mercado o algo más inquietante? ¿Reflejan la interpretación cultural del hombre de una manera distorsionada o se trata de una visión concreta sobre la opinión masculina sobre la mujer? Porque la mayoría de estos sites relacionados con ambos grupos y por supuesto, quienes acuden a ellas como último recurso para lograr algún tipo de relación emocional o física, no lo hacen bajo la idea consciente de encontrar una mujer real. La mayoría de los usuarios intentan encontrar una satisfacción inmediata, despersonalizada y por completo, accesible. La idea de la mujer objeto. La mujer convertida en una criatura sexual, símbolo de la satisfacción masculina. Una idea comercializada y estandarizada sobre el sexo crudo, sobre la percepción del hombre y sus necesidades elementales.

Para la socióloga experta en Género Capitolina Díaz el asunto es incluso mucho más grave y parece tener una relación directa con la objetivación de la mujer y la transformación de su identidad en un objeto sexual carente de identidad y cualquier otro propósito que no sea complacer al otro “Este hecho de convertir a ‘la otra’ en algo objetual e identificarla como un ‘no yo/no igual a mí’ es un pensamiento común en todas las personas reaccionarias y fanáticas” dijo en un artículo de reciente publicación en el periódico “El País” de España. Añadió además, que un fuerte elemento en la cultura “INCEL” y PUA es la necesidad de despojar a la mujer de cualquier sustancia o elemento que pueda brindarle sentido a su identidad “Como ocurriera con los nazis hacia los judíos, poner a las mujeres en esa condición de ‘no humanas’, con la que no te identificas, ‘permite’ que estas personas justifiquen la cosificación, la agresión e incluso el asesinato” explica “obvian el hecho de que los seres humanos no son solo corpóreos, no tienen en cuenta el pensamiento. Las imágenes que han creado de las mujeres no son en absoluto existentes, las ven exclusivamente como cuerpos”.

Esta nueva visión sobre la misoginia — más violenta, más enardecida y muy próxima al fanatismo extremo — es tan cercana al terrorismo que comienza a resultar preocupante y no sólo por los casos de Alek Minassian y Elliot Rodger, sino porque al parecer, los INCEL forman de un movimiento mucho más peligroso que se difunde con preocupante rapidez en la red: El supremacismo masculino. Según los datos de Southern Poverty Law Center (organización sin ánimo de lucro defensora de los derechos civiles en EEUU), la misoginia extrema amparada bajo tales grupos se ha convertido en un punto resaltante en los mapas de odio y sobre todo, principal motivo de crímenes específicos amparados bajo el odio y el ejercicio de la violencia de género. Según esa perspectiva del tema — y sobre todo, la versión sobre la misoginia convertida en un arma de odio — la escritora Jessica Valenti hace una inquietante reflexión en su artículo ‘Cuando los misóginos se convierten en terroristas’ publicado en The New York Times: “A pesar de una gran cantidad de evidencias que conectan a estos asesinos en masa y grupos misóginos radicales, todavía nos referimos en gran medida a los atacantes como ‘lobos solitarios’, un error que ignora la forma prevenible de cultivar y alimentar deliberadamente el miedo y la ira de estos hombres”.

Hace poco, volví a tropezarme con el blog de J. y descubrí que lleva más de un año abandonado. Al investigar un poco, descubrí que había sido acusado por su esposa por violencia de género y que, al parecer, había huido de Venezuela con destino desconocido. Pero no es el único que deja muy claro que el odio misógino se esparce con una preocupante rapidez. Siguiendo un link de recomendación del suyo, encontré anónimo, con más de 300 entradas repletas de proclamas de odio hacia los femeninos. Una de ellas, me produjo escalofríos “Las mujeres son las culpables de la derrota de lo masculino. De manera que el gran triunfo consiste en destruir esa nueva versión feminista de una mujer como algo más que una compañera y servidora del hombre”. Casi las mismas palabras de Elliot Rodger antes de morir. Casi las mismas palabras de Alek Minassian antes de matar.

***
Un nuevo mensaje en el box de privados de Twitter “Puta becerra, ¿te da envidia las tetas de otra mujer?” me escribe un anónimo. Leo el mensaje y por último, lo borro con un clic rápido, el corazón latiendo muy rápido. ¿Quienes somos las mujeres en la cultura actual? ¿Como nos miran? No lo sé, me digo, paralizada por un amargo y singular pesar. Y no saberlo, quizás es la peor de todas respuestas.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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