Crónicas de la ciudadana preocupada: Una mirada al terror cotidiano.

Desperté por el sonido de una detonación inexplicable. Un estruendo lento y ensordecedor que parece provenir de todas partes. Me quedo tendida en la oscuridad y me obligo a mantener la calma. A contener el alarido de pánico que me sube a la garganta cuando el retumbar metálico y lento se extiende por la oscuridad con rapidez. A la primera, le siguieron otras tantas, acompasadas y contenidas, sin que pueda identificarlas. En un arrebato de miedo, me arrojo al suelo y me cubro la cabeza con los brazos. Otra detonación hace temblar los cristales de la ventana.

“Estoy en mi casa y despierta” me repito una y otra vez. Hay algo aterrador en el hecho en no poder distinguir la realidad de la posibilidad de la pesadilla. Permanezco muy quieta, intentando comprender que sucede, recuperar la calma. Pero no lo logro. De pronto, los gritos de los vecinos llenan el silencio, se mezclan con el fragor de la metralla en la oscuridad. Los escucho reclamar, lanzar consignas, llamarse unos a otros. Y de nuevo, escucho una explosión tenue, que sin embargo no parecer ser lejana. Está ocurriendo de nuevo, me digo. Algo está ocurriendo en la calle en la que vivo.

Ya no recuerdo la última noche en que no desperté sobresaltada, aterrorizada. Que pude conciliar el sueño sin pesadillas, sin la conciencia simple y lenta que estoy muy cerca de despertar en medio de un sobresalto crudo y sin matices. Nadie te enseña a despertar en medio del estrépito de las detonaciones, de un tipo de agresión casi cotidiana que parece estar en todas partes. Nadie te enseña a temer a ese último reducto de intimidad personalísima.

La nube de gas tóxico llega rápido. El olor de la lacrimógena tiene algo de dulzón antes de convertirse en una agonía certera. Me levanto, corro por el pasillo de mi casa. Todavía torpe por el sueño, resbalo, estoy a punto de caer. Alguien grita desde una ventana cercana. Una mujer aterrorizada o herida, me digo en medio de la carrera atolondrada hacia la puerta de mi casa. Al grito le siguen otros, un coro aterrorizado y también salpicado de cólera. “Somos más que el miedo” insiste alguien. Las cacerolas comienzan a escucharse, insólitas, inútiles y tercas. Una nueva detonación resuena en la calle. Esta vez se trata de un cohetón de pólvora, con su estallido seco y rápido.

Hace unos años, uno de mis amigos me dijo que aprender la diferencia entre el sonido de una bala y de un fuego artificial era un talento venezolano. Lo dijo como una broma simple, pragmática. Una de las tantas reflexiones casi humorísticas que por años disimularon la gravedad de la crisis en puertas. De esa noción del peligro que parecía avanzar disimulada en una normalidad engañosa. Pero yo no me reí. Sentí un terror pálido y duro de asimilar que ahora recuerdo con absoluta claridad.

— ¡Están atacando la residencia más allá! — me cuenta un vecino cuando llego al pasillo. Hay una pequeña multitud en las sombras con el rostro cubierto por pañuelos y trapos, irreconocibles en la oscuridad — Están tumbando la reja y llevándose a la gente presa de los apartamentos. Seguro vienen para acá después.

Nadie sabe muy bien qué está ocurriendo. Las Redes Sociales son un hervidero de información cruzada, fotografías borrosas y vídeos apresurados de una agresión desmedida y cada vez más brutal. Cuando miro por entre las rejas de la escalera cercana, la oscuridad está plagada de puntos rojos, del humor blanco y negro mezclandose en un paisaje deforme y confuso. Un grupo de funcionarios corre calle arriba con el arma de reglamento apuntando directo al frente. En la oscuridad, las figuras parecen desvanecerse en la humareda, hacerse enormes, monstruosas.

— ¡Si se meten aquí no sé que haremos! — insiste el vecino — ¡Nos pueden allanar, llevarnos presos! ¡Ustedes saben todo lo que puede pasar!

Lo sé, por supuesto. Hace unos días, leía las largas y dolorosas descripciones de un muchacho sometido a escarnio y tortura luego de ser capturado por funcionarios de la Guardia Nacional. La forma como fue golpeado, amenazado de muerte, incluso obligado a comer arroz mezclado con heces, en un método de humillación de imposible cruel. Pero no se trata de un caso único: las historias se multiplican, se hacen cada vez más duras, devastadoras.

— La violencia en este país te llega facilito — murmura un anciano desde la escalera. Mira con nerviosismo hacia el espacio oscuro del rellano, como si esperara que grupos de Guardias Nacionales aparecieran de pronto escaleras arriba — Uno no sabe cómo salvarse de todo esto.

Las palabras tienen un tono infantil y frágil. Puro pánico, pienso con las manos húmedas de nerviosismo. Escucho a alguien llorar. Un llanto contenido y nervioso que temo se me contagie. Me siento un peldaño de la escalera cercana, con la nariz apretada contra la manga del pijama e intento respirar con lentitud, a un ritmo acompasado que evite el olor de las lacrimógenas que sube desde la calle me asfixie. Intento no sucumbir al miedo, al terror puro que me inspira el sonido de los disparos, la metralla y las bombas que se repite como una cacofonía caótica en algún punto de la penumbra. Me obligo a permanecer callada, con la piel del rostro escocida, los labios hinchados. El corazón latiendo tan rápido que casi resulta doloroso.

— Esto va de mal en peor — murmura una mujer con la voz entrecortada — estoy seguro que esta noche van a venir por todos nosotros.
— Pero ¿Por qué? — pregunta un hombre a su lado con el rostro tenso de preocupación — ¡No hemos hecho nada!

La rabia me sube a la garganta y resulta tan dolorosa como el picor de las lacrimógenas. Todavía me sorprende que haya quien esté convencido que el ataque desproporcionado, agresivo y criminal que estamos sufriendo en nuestra calle — y tantas calles alrededor de Venezuela — sea un castigo hacia algo concreto. Que sea algo más que una forma de represión concreta contra la disidencia. Me pregunto si nos hemos acostumbrado tanto al miedo y al abuso del poder, que no distinguimos los límites sus límites e implicaciones. Si somos víctimas también de ese adoctrinamiento ciego y sutil que nos hace creer que de alguna manera, el ciudadano puede provocar la violencia que se le infringe. El pensamiento me asusta, me sacude de la inmovilidad del terror. Me hace cuestionarme sobre quienes somos luego de casi veinte años de desafueros y agresiones. En quienes nos hemos convertido.

— Yo sólo sé que esto es una dictadura y esto se va a poner peor — grita alguien al fondo del pasillo. Levanta los brazos de pura impotencia — Quien sabe que va a pasar después.

Una nueva detonación. El gas tóxico se convierte en una nube irrespirable y opaca que obliga al grupo a dispersarse hacia la oscuridad. Cuando cierro la puerta de mi casa y me quedo de pie en la sala a oscuras, los gritos se redoblan, el sonido de las cacerolas se hace ensordecedor. El miedo, también.

***

En algún punto de la noche, suspenden el servicio eléctrico en la calle en la que vivo. Paso horas enteras sentada en la oscuridad, escuchando las detonaciones que no se detienen y los impactos metálicos de la metralla. Aterrorizada por lo que podría ocurrir, por lo que no podía ver. Por la percepción inmediata del horror en medio de los gritos de furia y miedo de los vecinos. Al amanecer, me encontré petrificada, mirando el primer hilo de luz del día con una sensación de agotada sorpresa.

Por último, el silencio. Una lluvia lenta y plateada que le brinda a la calle destrozada una engañosa apariencia de normalidad. La quietud tiene un aire pesado y plomizo que agobia. Luego de casi veinticuatro horas de violencia ininterrumpida, hay una tranquilidad forzosa y engañosa. El tráfico atraviesa la avenida con un bullicio lento y desigual, los transeúntes se apresuran entre los restos de la violencia que se acumulan en las esquinas. Y pienso que el día a día se me ha convertido en este sin vivir plano y ácido. En una escena repetida mil veces, en un sufrimiento íntimo que lleva esfuerzos sobrellevar.

Hay días en que es más duro sobrellevar la frustración y la impotencia en la que me sume la anormalidad. Días en que todo lo que ocurre a mi alrededor se hace irreal, una cadena de escenas inexplicables que no logras comprender en toda su magnitud y peso. Días en que me pregunto cómo sobrevivir a todo lo que ocurre en un país que se desploma a mi alrededor, trozo a trozo. Que me abruma por el mero hecho de recordarme que luchas contra la violencia con la sencilla arma de la voluntad y la perseverancia.

Hay días así, miro por la ventana del estudio y son dolorosos, pequeñas cicatrices que no sanarán pronto. Me lo repito, mientras un grupo de vecinos camina por una de las calles, avanzando en medio de los escombros de la basura quemada, los trozos de metal retorcido de las bombas lacrimógenas y los pedazos de concreto que tanquetas y otros vehículos militares dejaron a su paso. Llevan banderas y un pequeña pancarta negra. “Luto” leo a la distancia. Estamos de luto, me repito.

Estamos de luto por todo lo que hemos perdido, por todas las víctimas sin nombre, por todos los espacios destrozados por la imposición del poder. Estamos de luto y el duelo es una transición invisible hacia un sufrimiento íntimo, cada vez más profundo y cruel.

A veces quisiera llorar sin sentirme débil y culpable. Pero lo hago a pesar de eso, claro. No hay alivio pero tampoco, algo más que pueda hacer para consolarme.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta