Crónicas de la ciudadana preocupada: Una celebración de espejos rotos.

En mi país, hoy se celebra el día de la juventud, en recuerdo de una histórica batalla independentista, que se libró gracias al coraje de un grupo de soldados muy jóvenes y un líder osado que no llegaba a los veinte años. Casi todos los años, la hazaña se recuerda con manifestaciones callejeras, pero sobre todo, un exhorto general a recordar el papel de los jóvenes en nuestro país.

Pues bien, ya no soy joven. Lo pienso, mientras veo un video en el que varios grupos de estudiantes de las Universidades del país, invitan a volver a las calles para objetar y presionar el régimen de Nicolás Maduro. Muchachos de anteojos, cabello revuelto, que mueven los brazos llenos de energía. La voz esperanzada, los ojos muy abiertos. “Mi país me pertenece”, dice uno de ellos, mientras camina por el campus de la que fue mi Alma Mater por cinco años. Lleva una camiseta verde, los puños apretados, el rostro despejado y resuelto. “Haremos historia”. Son muy jóvenes, pienso de nuevo. Y ya yo no lo soy. O no al menos, como me gusta pensar. Tengo treinta y pocos, lo que en país suele llamarse “adulto contemporáneo”. Pero además de eso, no lo soy porque el país en que crecí me hizo madurar muy pronto, con mucha dureza y pulverizó ese entusiasmo juvenil que jamás creí perder. Pero Venezuela tiene ese efecto sobre la psiquis, el cuerpo y la mente. Soy una mujer muy vieja en el cuerpo de una de mediana edad.

Es un pensamiento para entristecerse y no sólo por lo obvio. Tengo la sensación que mi adolescencia y primera juventud transcurrió entre la violencia, el miedo y la sensación de apremio. No tengo muchos recuerdos agradables de los últimos veinte años. Sobreviví a dos golpes de estado, una matanza callejera en la que estuve tan cerca de resultar herida que aún despierto sobresaltada por el pensamiento. Sobreviví a meses de asedio militar a la calle en la que vivo, a las ráfagas de gases tóxicos que funcionarios de rostro cubierto arrojaban contra los edificios de la calle en la que vivo. Sobreviví al desamparo, al terror de las largas noches de rumores, al doce de febrero del 2014, cuando un grupo de motorizados con la cabeza cubierta por camisetas con el rostro de Hugo Chávez impresas, dispararon directamente contra las ventanas de los apartamentos de los pisos más bajo del conjunto residencial en que ha vivido buena parte de mi familia por treinta años. Sobreviví a la desesperanza, al cansancio, la represión. Sobreviví a mis peores temores, a mis dolores como ciudadana maltratada y estigmatizada. Al final, sobrevivir se convirtió en un deber y un objetivo, una forma de rebeldía impensable. En una maraña de motivos y de ideas complejas que le dieron sentido a mi postura política y social. Me hice una mujer batallando contra la percepción de la violencia en un país que la usa como herramienta de control. Me hice adulta en un país sin esperanzas.

Envejecí, quizás, me digo. Ya no se trata de crecer, sino asumir las heridas. Las abiertas, las envenenadas por décadas de odio ideológico. Por la presión casi insoportable de la propaganda y el martilleo de las consignas vacías y peligrosas de un gobierno que subsiste gracias a la posverdad. Por la sensación huidiza y metódica que el poder intenta controlar cada aspecto de tu vida. Hace poco, pensaba que el chavismo envileció hasta el último fragmento de la idea de gentilicio. Lo destrozó bajo su peso, le contaminó con significados nuevos y belicosos. “Neolengua”, “Hegemonía comunicacional”. Hay muchos nombres para el proyecto personalista que Hugo Chávez construyó según sus ambiciones, ego y una clara idea de aplastar cualquier disidencia. Una estructura monumental de dominio elaborada y sostenida sobre el miedo. Me hice una anciana en las pequeñas derrotas. Con la mayoría de mis derechos confiscados. Es difícil explicar la sensación que te provoca un país en el que te sientes un extranjero, como si el lugar en naciste fuera territorio enemigo o aún peor, te convirtieras en el enemigo del país al cual llamas casa.

— Todos estamos un poco rotos — comenta mi amiga P. cuando le digo lo anterior — creo que es imposible atravesar este proceso…sin perder mucho de lo que eres.

Suspira y se frota los labios con el dorso de la mano. Un ademán casi mecánico, de pura tristeza. Mi amiga tiene treinta y cinco años, es madre de una niña y esposa divorciada. Buena parte de su familia abandonó el país hará ya un lustro. Los pocos miembros que quedan planean hacer lo mismo en breve. Al final, ella lo hará, me dice, pero todavía no sabe cuándo ni a dónde. Tengo una hija, me explica. No es tan sencillo, no puedo tomar riesgos. Se trata de un movimiento calculado que creo que a pesar de mis previsiones, podría salir mal. Se queda callada, la boca fruncida, las manos pálidas de uñas mal cortadas alrededor de la taza de café caliente que bebe en mi compañía.

— Es raro oír que hablas de precauciones — digo.
— Me imagino — sonríe. Una mueca sin humor — ¿Lo ves? soy una vieja. Ya no recuerdo que era correr un riesgo a ciegas.

El comentario está cargado de intención. Hace dieciseis años, mi amiga vendió el lugar en que vivía, su automóvil y parte de sus pertenencias para viajar por dos años por Asia. Nadie comprendió su decisión y ella no se molestó en explicar. Viajó por meses sin que nadie tuviera noticias suyas, a no ser esporádicas fotografías. “La fe de vida” decía un correo que recibí cuando comencé a preocuparme por la ausencia de información. “Aquí en Bangkok, la vida transcurre al día” me escribió “¿tu sabes lo que es eso? no sabes jamás que pasará después”. Incluía una fotografía: su rostro feliz y lleno de pecas contra un atardecer rojo carmesí, los brazos abiertos. “Estoy viva, queda mucho por vivir” añadió.

Apenas reconozco a esa mujer en la que comparte mesa y almuerzo conmigo. El cabello corto, el rostro pálido y triste. Tan delgada que los huesos de los hombros tienen un aspecto enfermizo. El proceso de divorcio ha sido duro e inesperado — “nos jodió el país” me contó cuando me dijo la noticia — y ahora, la crianza a solas de una niña pequeña, en un país abrumado por las carencias y las penurias. Hay algo casi irónico, en la forma en como mi amiga terminó asumiendo su identidad y su vida, luego de años de luchar en contra la corriente. Una vejez lúcida, simple y a destiempo.

— Este país te carcome, te erosiona — dice en voz baja — te jode de tantas formas que lo único que piensas es como…¿como qué coño? ¿Como asimilar que te quitó años de vida, de experiencias, que te devastó en maneras que ni siquiera entendemos bien?

Suspiro. No sé que responder a eso. En Twitter, alguien contaba la anécdota que se encontraba en la calle, cuando un grupo de militares pasó a su lado, riendo y conversando en voz alta. “Sentí miedo y una desconfianza tan enorme que me provocó náuseas” añadió. Una mujer describió como respuesta el sobresalto que aún le provoca el sonido de las motocicletas. Otro Venezolano en Málaga, describió con implacable sinceridad que le lleva esfuerzos sentir paz y tranquilidad, incluso celebrar sus pequeños triunfos. “Todo en mi vida gira en torno a la gente que extraño, que debo ayudar, de todo lo que debo hacer para sobrevivir” contó. Los leí a todos con lágrimas en los ojos. Aquí, en Venezuela, la vida se nos va en una carrera enloquecida para escapar de las carencias, el miedo, la sensación de inminente desgracia. Allí y a donde vayas, cada Venezuela lleva el país a cuestas. Un peso invisible y devastador. Un agobio doloroso.

— A veces me encuentro sintiendo un tipo de dolor físico que no tiene explicación — me cuenta unos días después uno de mis amigos más queridos — despierto tan cansado, que podría seguir durmiendo el día entero. Nunca tengo apetito. Lo único que quiero es trabajar para juntar el dinero que pueda y salir de esta mierda.

Caminamos por la calle que rodea el edificio en el que vive. Hace unos seis años, era una bonita construcción de fachada ornamentada en una de las calles más concurridas de Caracas. Me gustaban los arcos, el pequeño jardín cuidado que rodeaba el edificio. Ahora tiene un aspecto mustio, con las ventanas vacías y la mitad del yeso de la fachada roto. Una grieta enorme sube por la derecha y da la vuelta hacia la parte más alta del edificio. En su interior, nace una flora tierna y levemente mohosa que brinda a todo el lugar un aire de despiadado descuido. La mitad de los vecinos han emigrado. Los que quedan, luchan contra la pobreza con el miedo convertido en una forma de resistencia.

— Eso es depresión — murmuro sin mucha convicción.
— Eso es el país.

En otra circunstancia, en otro momento me habría reído de él, sin duda. Le habría llamado “cursi y empalagoso”. O quizás, le habría insistido que el país es un proyecto a cuatro manos, que nos pertenece a todos. Que es una idea abstracta y extraordinaria sobre la identidad compartida. Vamos ¿De verdad quieres decir que el país puede enfermarte? ¿Que es el centro motriz de todo el dolor que te aqueja? ¿No es esa una suprema falta de visión y temperamento? Seguramente le habría dicho algo parecido. Pero ahora, sólo le escucho. Recuerdo mis noches en vela, mis sobresaltos angustiados. Mis calambres estomacales. Mi trastorno de pánico. El miedo al futuro, el desaliento por el presente. La vejez prematura que llevo a cuestas. El espíritu templado por un sufrimiento invisible. La sensación que ya no me reconozco al mirarme al espejo. Una mujer cansada, pálida, tensa. Mi vida convertida en una extraña sucesión de vivencias trastocadas. Una anciana muy joven, en un país convertido en una gran llanura árida.

— A veces pienso que esto era un desastre que iba a suceder llegara Chávez a la presidencia o no — comenta — que la debacle estaba cantada. Es una idea que me hace sentir que este país nunca fue mio o que me engañé muchas veces.
— Las condiciones estaban allí, pero Chávez las utilizó como un arma para un proyecto personal — respondo — puede que todo esto estuviera latente, pero el uso que le dio el chavismo, es responsabilidad suya.

Hace cinco años, mi amigo y yo participamos en un torneo de scrabble. Ya en la Universidad, nos llamábamos el dúo más nerd de la Tierra, lo cual era ese tipo de pequeñas excentricidades que nos hicieron ser muy unidos. “Los muchachos” nos llamaban los profesores. “Los loquitos” nuestras madres. Recuerdo ese día muy nítido: me miré en el espejo junto a la puerta y vi a una muchacha de mejillas regordetas y cabello en punta, riendo en voz alta. Al otro lado de la mesa, estaba sentado un hombre jovencísimo de piel cubierta de granos y ojos muy grandes. “Somos la pesadilla nerd” había dicho él. Me reí a carcajadas. Toda nuestra amistad estaba llena de momentos parecidos. Había planes de viajes, nuevas licenciaturas académicas, de escribir libros juntos. Ahora, somos dos adultos cansados, esforzándonos por continuar a pesar de todo en un país caníbal.

— A veces siento que llevo cincuenta años echándole el pecho a nada — dice por último — hundido en toda la mierda de una crisis que no se acaba nunca.

Pasamos junto a la vidriera de una tienda. Nos miro de refilón. Un hombre pálido y medio calvo, delgado y encorvado. Una mujer de rostro tenso y cabello recogido a la nuca. Ambos tienen un aire de indudable tristeza. Cuando cruzamos la calle, me sorprendo al pensar que somos nosotros. Que el tiempo transcurrió. Que Venezuela nos dejó sin juventud, sin el valle inmediato y florido de la simple maravilla.

La Plaza a dos cuadras del lugar en el que vivo se convirtió en refugio de una pandilla formada por grupos de niños muy pequeños hasta adolescentes. Todos esperan la basura para comer en grupos. Algunos son tan jóvenes que todavía ríen entre los trozos de papel roto y los cartones embadurnados de suciedad. Los mayores, tienen la edad que yo tenía cuando el chavismo alcanzó el poder. No conocen otra cosa que esto, pienso cuando los miro al pasar. Van de un lado a otro de las avenidas, de calle en calle. Se detienen frente a restaurantes, panaderías. Revisan con algarabía las bolsas entreabiertas. La ropa sucia, las caras delgadas, enfebrecidas.

Feliz día de la juventud, Venezuela.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta