Crónicas de la ciudadana preocupada: El país de la incertidumbre.

En el video, una turba enardecida corre por una calle apenas iluminada. Se detienen frente a la fachada de una casa y comienzan a golpear con los puños cerrados la puerta. Entre el vocerío indignado y los aullidos de cólera, se escucha con toda claridad la frase “¡Fuera Venezolanos!”. La multitud empuja la madera del portón de aspecto frágil. La fachada entera se sacude bajo el impacto de las manotones y patadas. Desde una ventana más arriba, se escucha un chillido aterrorizado “¡No hemos hecho nada!”.

Detengo el video. Los dedos me tiemblan cuando lo hago. Me quedo en silencio y miro sin parpadear la imagen congelada. La fachada de la casa que parece curvarse bajo el peso de la turba, los rostros contorsionados de ira, el tumulto borroso y violento que la rodea. El corazón me palpita tan rápido que apenas puedo respirar. Calma, me digo. Calma.

Pero no puedo tranquilizarme, por supuesto. Son las tres y tanto de la mañana y el video lo envió uno de mis tíos, que emigró a Quito hace seis años y ahora lleva una vida feliz y plácida en la ciudad. En el grupo de mensajería instantánea que reúne a la familia, hay exclamaciones de miedo y preocupación. “¿Las cosas en Quito están tranquilas?” pregunta alguien. Mi tio tarda en responder. El mensaje de “escribiendo” se detiene una y otra vez. No sabe que responder, pienso con un escalofrío. O en realidad, no sabe que ocurre. Resulta ser lo segundo “No lo sé, todo está tranquilo hasta ahora, pero…no sé si escalará hasta la ciudad”. De inmediato, la pantalla se llena de frases inquietas, de comentarios y consejos. Arrojo el teléfono sobre la cama, las manos húmedas de sudor nervioso. ¿Qué está ocurriendo? ¿Cuando el gentilicio Venezolano se transformó en una especie de estigma en un continente de pronto dolorosamente hostil? La pregunta me sobresalta, me provoca un retortijón de angustia en el estómago. Aparto las sábanas y camino por mi habitación a oscuras. Ya no podré dormir de todas formas, pienso mientras me mordisqueo las uñas.

Trato de ordenar los pocos datos que mi tío explicó: Un Venezolano con prontuario criminal, radicado en Ibarra (Ecuador), asesina a su pareja frente a la policía. El hecho provoca la ira de la comunidad, que ataca en masa a los Venezolanos radicados en la Capital de la provincia de Imbabura. Se trata de una ráfaga de violencia que se extiende con una rapidez espeluznante y que deja por saldo algunas casas de Venezolanos quemadas y un puñado de heridos. Después me enteraré que la reacción inmediata la provocó un comunicado del presidente Lenin Moreno, en el que acusaba a la emigración Venezolana del asesinato. “Hemos abierto las puertas del país, pero no sacrificaremos la seguridad” dice la escueta declaración. Cuando la leo, me recorre un escalofrío. ¿Somos el problema invisible e incómodo de un continente que de pronto se ha vuelto hostil?

Es un pensamiento desolador. Por años, Venezuela fue el lugar ideal para emigrar, con su clima agradable y economía estable. Pero la descomunal crisis que atraviesa el país, convirtió los naturales procesos de traslado y búsqueda de nuevos horizontes, en una huída precipitada. Eso es lo que ocurre en Venezuela, escribí hace una semana en el periódico Huffpost de México. El Venezolano no emigra, huye. Algo me respondió que incluso era aún peor “Escapamos a ciegas, quizás a una situación peor” me escribió un lector de Buenos Aires, Venezolano y que atraviesa una durísima situación económica y personal. “Nadie sabe lo que significa salir de tu país porque básicamente no puedes hacer otra cosa” me contó una chica de mi edad, que se sostiene a base de seis trabajos en Medellín y que en ocasiones, deja de comer para enviar dinero a su familia que aún reside en el país. La gran huída, pienso con una sensación de irrealidad, como si el pensamiento me fuera ajeno, la situación estuviera ocurriendo a mis parientes y amigos. Los ojos se me llenan de lágrimas. ¿Qué derecho tengo a llorar?

Lo aterrador de lo sucedido en Ecuador contra la comunidad Venezolana en Ibarra, es la posibilidad que el fenómeno sea haga común en otros países, en los que los Venezolanos forman un grupo vulnerable, cada vez más numeroso y en mitad de una situación desesperada. Pienso en todos los emigrantes que están huyendo del país ahora mismo, a los que deben hacerlo para evitar que sus familias padezcan los rigores de una ruptura económica de proporciones colosales. A los hombres y mujeres Venezolanos en cada país, que labran su camino con esfuerzo, entre la incertidumbre, la vida rota en dos trozos en medio de lo que todos sufrimos a la vez. Sea fuera o dentro de las fronteras, la crisis nos atañe a todos, nos afecta a todos, nos lastima a todos.

Tengo muchísimo miedo por todos mis parientes y amigos alrededor del mundo. Por su integridad física, por su futuro. La de todos los que apenas pueden sostenerse con dificultad, los que atraviesan con dolor el luto de la ausencia, la pérdida del país, la noción de comenzar otra vez sin garantías de éxito. ¿Qué ocurrirá con ellos? ¿Qué nos espera a los Venezolanos? Hace poco, le comenté a una amiga que todos somos emigrantes, aunque continuemos en Venezuela. El país como lo conocíamos desapareció y vivimos a base de recuerdos. De la insistencia de imaginar la Venezuela que alguna vez fue el hogar, el lugar al cual volver. Ya no existe sino el miedo, esta sensación de vulnerabilidad que te acompaña en todas partes.

En sonido de las notificaciones en mi teléfono celular son casi insoportables. Una cacofonía diminuta que termina por enfurecerme. Cuando lo tomo en la mano, encuentro una sola frase que se repite en varias conversaciones distintas “Alzamiento militar en Caracas”. Son las cinco y algo más de la mañana y la primera luz del amanecer entra por la ventana. Una franja naranja y gris perla que se abre camino en medio de la ciudad con su aspecto mustio y frágil de siempre. Me lleva esfuerzos respirar, me apresuro a buscar alguna noticia: Las redes sociales se encuentran congeladas, ninguna actualiza con rapidez. Vuelvo a uno de los grupos de mensajería móvil en que estoy incluida. “Hay un alzamiento militar en Caracas, un comando” cuenta una amiga cercana “Al parecer son cuarenta y cinco hombres”. Los comentarios se confunden entre sí, la información también. Se trata de funcionarios de la Guardia Nacional bolivariana de alto rango, comenta un conocido. Pero alguien le desmiente “Sólo son soldados rasos” insiste alguien más. De pronto las versiones se multiplican, pero no hay nada claro, nada que pueda atender como información veraz. De nuevo regreso a mi TimeLine de Twitter, las noticias no se actualizan hace al menos dos horas de atrás. Bloqueo, pienso. Censura, pienso. Es grave lo que ocurre. Es real.

Me acerco a la ventana de mi habitación. Vivo en una de las calles aledañas a otro Comando del ejército Venezolano. De hecho, desde mi altura, puedo ver con claridad los tejados de las lujosas casas que forman el complejo. Ahora, la casa que funge como Centro neurálgico de las dependencias, está rodeada de vehículos militares y también de funcionarios Uniformados y con las armas de reglamento bien visibles. De hecho, mi calle también lo está, la avenida siguiente. Un guardia de casco y con la pechera colgándole sobre un hombro atraviesa la calle a la carrera, el fusil en alto. Se queda de pie justo frente a mi edificio, diez metros en picada desde el lugar en que me encuentro. Mira a un lado a otro, después hacia arriba. Y el pequeño rostro que apenas puedo distinguir en la semipenumbra parece observarme con atención. Las manos aún sosteniendo el fusil. Me vigila, pienso en un sobresalto paranoico. Nos vigila.

Cierro la ventana, me siento al borde de mi cama. La confusión me hace sentir levemente mareada. Un vértigo lento que me hace doblar el cuerpo en dos y quedarme por unos segundos con la espalda arqueada, la cabeza oculta entre los brazos. El pánico me cierra la garganta, me invaden unos insoportables deseos de llorar y gritar, pero me esfuerzo por contener el miedo. Piensa, me digo. Piensa. ¿En qué? me increpa una voz impertinente en mi mente. ¿En el hecho que las fronteras están cerradas por el miedo y el chauvinismo ajeno? ¿En que el país es un caos de proporciones colosales? ¿En eso quieres pensar?

Me obligo a preparar algo para el desayuno. Las noticias tardan en llegar. Logro acceder a las redes sociales a través de la red de datos de mi teléfono móvil. De modo que si se trata de un bloqueo de la empresa Estadal, pienso cuando mi TimeLine se actualiza con rapidez. Un periodista en quien confío lo explica y lo confirma. Más allá, cientos de usuarios cuentan su experiencia. El gobierno evita que la información se difunda, es el consenso general. Vivo en una dictadura militar, me recuerdo. Estas cosas van a ocurrir, me insisto. No tengas miedo. Piensa.

¿En que pienso? Pienso en que la inflación es tan descomunal y voraz, que el país entero parece desplomarse a mi alrededor: puertas de negocios cerradas, automóviles abandonados, apartamentos y casa vacías. ¿En que pienso? En el grupo creciente de niños y animales abandonados que duermen a la intemperie en la plaza que se encuentra al edificio en el que vivo. ¿En que pienso? En los gritos de los ciudadanos ecuatorianos “¡Fuera Venezolanos!” ¿En que pienso? En los rostros de los vecinos de la zona de Caracas en la que ocurrió el alzamiento, aterrorizados pero enfurecidos. ¿En que pienso? En el miedo en todas partes, en la sensación que no lo podré soportar, en el hecho que el país avanza hacia el abismo y nos empuja a todos hacia un desastre de proporciones inimaginables. Pienso en Venezuela, en las ausencias, en la desaparición de todo lo que conocí, en la tierra arrasada que ahora llamo país.

Intento desayunar con los dedos temblorosos. El servicio de redes sociales se regulariza. La información es confusa, exagerada y dramatizada. Alguien habla de cuatro Venezolanos muertos en Ecuador, pero la policía se encarga de desmentir la información. La sublevación parece haber sido sofocada o al menos, se habla de control total en las instalaciones militares. Pero el gobierno miente, me recuerdo. El Gobierno siempre miente, me repito. No lo olvides nunca.

Son las ocho de la mañana cuando me siento frente a la computadora para comenzar a trabajar. Entonces las lágrimas comienzan a fluir. No puedo de detenerlas. Me encuentro llorando, asfixiada y horrorizada. Atontada por el tremedal de emociona distintas que me aplastan. Es Lunes de la tercera semana del mes de enero. Apenas el año comienza y tengo la sensación que han transcurrido meses enteros. En Venezuela, los días parecen décadas.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta