Crónicas de la ciudadana preocupada: El cataclismo invisible: Venezuela, tierra arrasada.

Vivo en la ciudad más peligrosa del continente — quizás del mundo — y eso, te brinda una perspectiva poco corriente sobre tu relación con lo que te rodea. A cualquiera se lo brinda, por supuesto, cuando debes pensar a diario que a cada hora se comete un asesinato. Que cada dieciseis minutos una mujer es violada. Que cada catorce, alguien es secuestrado. Te hace pensar con más frecuencia — más de la conveniente — sobre el dolor, la mortalidad y la vulnerabilidad, pero sobre todo, en el hecho que no te encuentras segura en ningún lugar. Que pensamiento complejo es ese, el de asumir que el lugar en el que naciste y te hiciste adulto, es también una amenaza constante, directa. Una directa versión del peligro convertido en algo latente y pendenciero. Vivir en Caracas te hace sentir que cada uno de tus pasos debe encontrarse medido, convertido en una decisión directa sobre tu seguridad. Una relación entre la circunstancia que te rodea y tu percepción sobre ella cada vez más venenoso y abrumador.

Lo pienso mientras leo un viejo chiste que circula en redes desde hace varios años: “Un Caraqueño se reconoce en cualquier parte del mundo porque camina con paso rápido y rígido, el bolso bajo el brazo, la mirada huidiza aunque no vaya a ninguna parte y nadie lo esté persiguiendo”. En realidad no es un chiste, ahora que lo pienso. Es una descripción fidedigna del temor que llevas a cuestas aquí y a dónde vayas. La impronta del miedo que se convierte en víctima aunque no lo seas. Que te aplasta un poco cada día, que te deja sin fuerzas a medida que se hace más encarnizada, cosa de todos los días.

De modo que no es un chiste, aunque lo parezca. Aunque me haya reído al leerlo. Aunque amigos en varias partes del mundo se han reconocido en la imagen. Pero a nadie le provoca risa real, sino la amarga, la adolorida. La que te deja un poco aturdido, la que te hace pensar — lo desees o no — en esa paranoia insistente, que casi ya no notas, que llevas a cuestas a diario. En los hombros hundidos mientras caminas por la calle, en las manos apretadas sobre el volante, el corazón que palpita muy rápido cuando debes atravesar la ciudad agresiva, hostil, peligrosa, potencialmente mortal.

La ciudad que ya no es tuya, que no es otra cosa que una especie de recuerdo aislado, duro y extrañamente retorcido. Como uno de esos sueños que te provocan un terrible sobresalto aunque no recuerdes el motivo. O un chiste sin gracia, pienso en ocasiones, aturdida, expatriada de los lugares que me pertenecían. Sin nombre y sin identidad.

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Hace poco, una de mis amigas comentaba que en Venezuela, los Venezolanos cumplimos horario de oficina, trabajamos en una o no. Lo dijo, mientras nos encontrábamos en una de las tantas despedidas que se llevan a cabo últimamente. Eran un poco más de las nueve de la noche y la mitad de los invitados, se habían despedido. Los que aún permanecíamos en el pequeño apartamento del homenajeado, parecíamos incómodos e impacientes. Quizás, simplemente asustados. Ese primitivo sobresalto que te produce la constante sensación de peligro que en Caracas, te acompaña en todas partes.

— Obviamente estamos cumpliendo horario. Vivimos en un toque de queda constante — comenta alguien, sacudiendo la cabeza — lo asumas o no, lo sepas o no, vives en una constante amenaza. Venezuela es puro miedo desde hace quince años.

Silencio. Es difícil admitir algo tan duro y sobre todo, tan abrumador. Pero que real es esa percepción del ciudadano rehén, de la ciudad que limita, encierra, atrapa. Y es que el miedo en Caracas se ha hecho cosa de todos los días, en todas partes. El miedo que te acosa en todas las pequeñas y grandes cosas. El miedo que te hace tomar decisiones y te hace reconstruir su vida a la medida. Cuando lo piensas desde esa perspectiva, resulta doloroso. Incluso humillante. Pero en Caracas, es inevitable. La ciudad se ha convertido en un campo minado, en una zona de desastre de límites confusos y lo que es aún más preocupante, en una zona delimitada, fragmentada y construida a partir de la violencia.

Pero por supuesto, no piensas en algo semejante a diario. Reaccionas a eso. Te acomodas, lo rodeas como puedes para hacerlo soportable. Porque el miedo en Venezuela se hizo parte de la cultura, de como asumes el futuro, de lo que comprendes como parte del país al que intentas sobrevivir. Abandonas la calle, tus hábitos y costumbres. Los lugares favoritos. Esa libertad precaria y elemental de la ciudad.

— No se trata sólo del tema de la inseguridad, sino de algo más duro, algo que se hizo parte del país incluso antes que pudiéramos notarlo . No se trata que te atraquen, es que te atracan y la violencia sigue más allá de la pistola — dice mi amiga O., la próxima que se despedirá del país. La sexta del pequeño grupo de amigos en menos de un año. Hace unos meses, un desconocido le apunto al rostro y la hizo bajar de su automóvil. La golpeó porque no le entregó con suficiente rapidez su teléfono celular. La cicatriz de la herida aún es muy visible en su sien derecha — es algo que te sofoca, te agobia. Que te deja tan vulnerable que piensas que no vale la pena.

Lo he pensado con mucha frecuencia. No sólo porque he sido víctima de la violencia en tres ocasiones, sino porque la sensación de encontrarme expuesta a un tipo de agresión cada vez más dura e implacable me acompaña a todas partes. Desde la violencia política, el discurso que minimiza e invisibiliza mi opinión hasta la coyuntura económica que reduce a lo mínimo mis aspiraciones profesionales y personales, la agresión parece provenir de una idea que se sostiene sobre la resignación. Porque la violencia en Venezuela no se resume — o se limita, en todo caso — a un único ámbito y mucho menos, a una sola idea. Es un conjunto de visiones que se construye a partir del equívoco, de la concepción del país a medias, en construcción, a conveniencia. Un país que no acaba de comprenderse así mismo o incluso, asumir las consecuencias de la herencia histórica que sostiene.

Dicho así, parece una idea teórica compleja. Pero en realidad se trata de algo de todos los días, de una noción sobre Venezuela — y el Venezolano — que se construye a ciegas. De esa visión del país construido sobre la “viveza criolla”, sobre el “cuanto hay pa’ eso”, de la corrupción que se asimila como necesaria. Sobre la trampa, el abuso de poder, la corrupción moral y ética. Y no se trata sólo de una diatriba de valores, sino de ese análisis de la sociedad que alimenta la coyuntura desde la periferia, por necesidad, por costumbre. ¿Que tan responsables somos de la grieta histórica Venezolana? me pregunto. ¿Que tanto somos parte de esta lenta debacle silenciosa? ¿De las piezas sueltas de una idea de país que se resquebraja bajo el peso de cierta resignación cotidiana? Después de todo, hacemos largas colas para comprar alimentos. Aceptamos la violencia oficial y extrajudicial como inevitable. La inseguridad como parte del paisaje urbano. ¿Cuando el aceptamos el país anormal? ¿Cuando asumimos que la coyuntura histórica era parte de nuestra idea de futuro?

— Lo que pasa en Venezuela es que ya se nos hizo cotidiano protegernos, cuidarnos de lo que pueda pasar. La sensación de acecho, que en cualquier parte puede ocurrir ese “algo” que ya ni sabemos que es. Atraco, asalto, violación, Secuestro Expres. Es como un trauma de guerra, pero sin guerra — dice J., quien lleva desempleado más de dos meses e intenta emigrar a un país vecino desde hace casi tres — entonces asumes que es corriente, que es cosa de todos los días hacer la cola para comprar un producto imprescindible. Alegrarte cuando lo puedes comprar. Agradecer llegar vivo a tu casa. Que la plata te alcance hasta fin de mes.

El país de los sobrevivientes. Pienso en la frase pero prefiero no decirla en voz alta. Después de todo, nadie quiere aceptar que en realidad transita por un país que carece de esperanzas. Somos quizás, la última generación de Venezolanos que pudo aspirar a un país concreto, que pensó en opciones y una visión sobre el futuro que incluía al gentilicio. Pero ahora, la opción es la huida. Abandonar los escombros. Una vez leí que los ciclos de emigración en un país, son un fenómeno tardío, difícilmente explicable. O motivado por una causa tan enorme que lleva décadas analizarlo. En la Venezuela socialista, no se trata de una idea tan complicada. Los que emigran lo hacen porque el inmediato sustituyó al futuro, porque somos ciudadanos de ninguna parte. Porque la esperanza en Venezuela se restringió a la una mera idea instantánea, a cierto ideal básico que no admite cualquier análisis complejo. El Venezolano emigra por desesperación, por necesidad, por miedo. El Venezolano emigra empujado por un conflicto borroso, incomprensible, a medio elaborar. Por una estafa histórica de proporciones inimaginables. Por encontrarse en medio de una batalla ideológica barata, vulgar. Por esa aspiración del poder de preservarse a pesar del ciudadano. El Venezolano emigra porque Venezuela desaparece, se desploma. Ya no es.

— Hace unos años, jamás habría pensando en irme. El clima perfecto, un país con oportunidades, mi familia. Mi país, pero…¿Ahora? es como si fuera extranjero incluso antes de poner un pie fuera de Venezuela — dice L., el homenajeado. En dos días viajará a Costa Rica, donde intentará establecerse como pueda. No tiene empleo ni tampoco planes inmediatos, pero está convencido que incluso ese tipo de incertidumbre es mucho mejor que la que sufre en Venezuela, esa teoría sobre la violencia que le abruma en cientos de maneras distintas — no hay nada que me haga desear quedarme aquí. Y eso te pega, te jode. No es fácil aceptar eso. Te dejas un pedazo de historia.

Una frase romántica pero falsa. No hay historia que abandonar, me digo con cierta crueldad. Tampoco hay un país “real” y otro “ficticio”. Venezuela simplemente es la consecuencia inmediata de toda una herencia política y social que ignoramos e incluso cometemos el imperdonable error de desdeñar de inmediato. De una batalla de ideales, percepciones y concepciones de país tan simples como superficiales. La Venezuela que se aspira, que se sueña, que no existe.

Hace unos días, un camión de carga de una empresa de distribución Nacional sufrió un accidente en mitad de una carretera de provincia. El conductor murió en el acto y la carga (toneladas de harina Precocida) fue saqueada por una poblada mientras el cadáver continuaba tendido en el pavimento. Alguien tomó una fotografía de la escena (la multitud encaramada sobre la Cabina destrozada del camión, los brazos llenos de paquetes de alimentos, el cuerpo ensangrentado unos cuantos metros más ya) y de pronto, las redes Sociales parecieron descubrir un rasgo rapaz del Venezolano que hasta entonces había pasado desapercibido. Como si apenas descubrieran la profundidad de la crisis Venezolana. Y no obstante, la mayoría de quienes se asombraron y se aterrorizaron por la imagen, sobrevivieron a los sucesos del 27 y 28 de Febrero de 1992. La mayoría fue testigo de la gravedad de los saqueos, de los enfrentamientos callejeros, de esa noción del caos que imperó en el país durante el suceso. La memoria corta del Venezolano parece jugarnos otra mala pasada.

— Al final, el horario de Oficina es solo una consecuencia de las cientos de pequeñas cosas que nos joden a diario — dice alguien — el país está en emergencia pero parece que nos acostumbramos a que lo esté.

Pienso en lo aterrorizada que me siento al caminar por cualquier calle de Caracas, cuando un motorizado se detiene junto a mi automóvil. En la humillante sensación que me deja avanzar paso a paso en una fila para comprar alimentos. En esa certeza amarga que cualquiera de mis planes y proyectos se encuentran aplastados y asfixiados por el peso de la economía, del país en conflicto. Pienso en los momento de abrumadora tristeza, cuando miro la ciudad donde nací y no la reconozco. Cuando escucho los insultos oficiales y me siento parte de una población a quien se le ignora y se le margina. La ideología del odio, esa permanente sensación de exclusión que parece ser el gran legado de un Gobierno obsesionado con el poder. Y de pronto, la idealización del país que fue parece carecer de sentido, de sustancia. De simple lógica. Y es que tal parece que Venezuela siempre transitó hacia este lugar arrasado, esta percepción rota del futuro. Una y otra vez, cometimos los mismos errores, un ciclo interminable que terminó por construir un proceso de destrucción que se alimenta de sí mismo.

Es casi medianoche cuando finalmente me despido del resto de mis amigos. Las calles de Caracas se encuentran sumidas en un tipo de soledad dificil de explicar. Hace años — menos de una década — la vida nocturna de la ciudad era célebre en el resto del continente. Ahora somos una colección de calles vacías, de basura acumulada en las esquinas. La imagen parece resumir a Caracas, incluso a Venezuela. Una soledad con tintes de un desastre que nunca llegó a suceder pero del que sufrimos las consecuencias.

C’est la vie.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta