Crónicas de la ciudadana preocupada:

El país en la periferia ¿Hacia dónde se dirige Venezuela?

Mi abuela — la bruja, la sabia — decía que hay noticias que nunca olvidarás como las recibiste: donde estabas y que hacías cuando la escuchaste por primera vez. Quizá aún era muy joven cuando me dijo eso, pero no podía imaginar como sería esa experiencia: el asombro, la incertidumbre, la conciencia no muy clara de estar viviendo algo inolvidable. Hasta que no viví ayer mi propio hito histórico, no podría decir que comprendía demasiado bien lo que era vivir la historia, la propia, la nuestra, la que marcará con tinta indeleble el futuro de nuestro país.

Recuerdo esa frase de mi abuela, mientras escucho a Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional juramentarse para asumir las competencias del poder ejecutivo en Venezuela. En otras palabras, desplazar del poder a Nicolás Maduro. Un hecho inédito en la historia de nuestro país que nadie esperaba que ocurriera o en realidad, nadie imaginaba podía tener semejante potencia y significado. Pero lo tuvo. De pronto, el rostro tranquilo del hombre joven que se convirtió en la cabeza visible de la oposición Venezolana parece representar tantas cosas a la vez, que me lleva esfuerzos comprender exactamente qué ocurría. Me encuentro sentada frente a la portátil, escuchando su conciso discurso, cuando pronuncia el juramento de ley. En voz tranquila y sin grandes discursos, Guaidó cambió para siempre la historia de Venezuela.

— ¡Se juramentó! — grita alguien en la calle.

Lo hizo. ¿Qué tan importante es lo que acaba de hacer Guaidó? Lo suficiente para mover el mecanismo roto de la protesta ciudadana en Venezuela. Durante más de un año y luego de las cientos de muertes acaecidas durante las protestas del 2017, la oposición Venezolana se fragmentó y perdió el norte. El país se sumió en un profundo desánimo tan parecido a la resignación, que la última esperanza de recuperar cualquier vestigio de normalidad, en un país devastado por la crisis económica y social pareció esfumarse por completo. La sensación general era que la devastación había llegado hasta los cimientos mismos de la idea del país hogar. El país futuro. Un pensamiento escalofriante y doloroso.

— ¿Dónde lo hizo? ¿Cuando?

Mi tia se abalanza sobre la mesa en la que me encuentro sentada y mira sobre el hombro la pantalla de la portátil. Guaidó ahora se dirige a la multitud y les pide levantar la mano derecha, para repetir el juramento en un acto simbólico singular y conmovedor. Quizás después pueda analizar con frialdad, la poca o mucha importancia de aquel pequeño gesto de orgullo nacional. Pero por ahora, me parece enorme. Tanto como para dotar de un significado inusual a este día, que tenía la misma tesitura de otros tantos idénticos. La manifestación masiva, los ciudadanos recorriendo la ciudad con un único reclamo. Sólo que ahora, el fino equilibrio entre la posibilidad y la realidad se resquebraja un poco. Un movimiento mínimo de enorme importancia. En veinte años, nunca ha ocurrido nada semejante. En veinte años, el círculo parecía cerrarse de manera inexorable en medio de la violencia callejera. Pero hoy, cuando “Caracas volvió a las calles” (nunca más cierta la consigna, más contundente) hay un breve movimiento de la historia. Un leve matiz que le otorga un sentido por completo nuevo a lo que hemos vivido hasta ahora.

— En la calle, durante la manifestación — le explico — nadie lo esperaba, creo. Nadie…
— ¿Esto ha ocurrido antes? — me interrumpe mi tía — ¿Alguna vez pasó algo así en el país?

¿Cómo puedo saberlo? La situación por completo tiene un raro aire de trastorno colectivo difícil de poner en términos legales comprensibles. A Nicolás Maduro se le considera usurpador luego de medirse en elecciones avaladas por una institución viciada y partidizada como El Consejo Nacional Electoral (organismo que rige el Poder electoral). A principios de años, Maduro se juramentó frente al Tribunal Supremo de Justicia, considerado ilegítimo por haber sido nombrado en condiciones poco claras y sentencias confusas luego que la Asamblea Nacional (mayoritariamente opositora), decidiera escoger nuevos miembros. Desde entonces, la pugna entre poderes ha sido tan violenta como encarnizada. Los diputados han sido perseguidos, vilipendiados, algunos incluso amenazados de manera pública por el poder ejecutivo. De modo que la decisión de Guaidó de asumir el vacío legal supone un golpe de efecto de considerables proporciones. Lo suficiente como para cambiar el panorama político Venezolano por completo.

— No lo sé, creo que no — admito — pero supongo…
— Si es nuevo, es bueno.

No sé que responder a eso. Guaidó acaba de terminar su cortísima alocución y de nuevo, las pantallas del canal Youtube que se esfuerza por retransmitir información muestran a la muchedumbre que le rodea, la emoción palpable, las manos levantadas para expresar apoyo y solidaridad. ¿Eso es todo? pregunta una voz impertinente en mi mente. ¿Eso es todo lo que puede ocurrir?

Por supuesto, no todo es tan sencillo: minutos después, mi TimeLine de Twitter rebosa con la noticia que Estados Unidos reconocerá a Guaidó como presidente interino. Leo la información desconcertada y sin saber como reaccionar ¿Qué significa eso? Un amigo historiador me envía un mensaje de inmediato “De ahora en adelante, toda transacción y negocios se realizarán a través de Guaidó y sus funcionarios” “¿Eso es posible?” pregunto. Tarda algunos minutos en responder “No lo sé”.

Con el correr de las horas, la incertidumbre se hace más dura de sobrellevar. No sólo no existe registro histórico de un hecho parecido, sino que además tampoco hay una hoja de ruta (no al menos, una pública), que conduzca o señale el camino. ¿O sí? Mi tia suspira cuando le comento lo anterior.

— Lo lógico sería que Maduro dimitiera.
— Pero no lo hará.
— Claro que no.

La dictadura Chavista se basa en su capacidad de considerarse infalible, además de sostenerse sobre el aparato militar, por lo que supongo que mi tía tiene razón. Que sin duda, Maduro no admitirá que existe una situación crítica y avanzará hacia acrecentar el conflicto. Una idea que se ha repetido una y otra vez durante todo el período chavista. Ya es parte de la historia de Venezuela, pienso. Esta sensación de una fuerza inamovible chocando contra otra de manera frontal y aparatosa. Sólo que hasta ahora, los trozos que saltaban al aire eran los de la oposición, las grandes expectativas del descontento colectivo y anónimo. La posibilidad cierta de futuro.

No es sencillo asumir que algo realmente está ocurriendo en un país en el que durante casi veinte años, no pasó otra cosa que multitudinarias manifestaciones, asesinatos callejeros y la violencia convertida en arma del poder. Tampoco es fácil admitir que podría ocurrir alguna cosa y de hecho, en las horas que siguen a la juramentación de Guaidó y sus consecuencias, me pregunto si todo este esfuerzo titánico de la ciudadanía tendrá sentido. Lo pienso con enorme frialdad, mientras camino por la calle en la que vivo. Hay huellas de los destrozos que ocasionó la batalla campal entre manifestantes y la Guardia Nacional en la mañana. Una explosión de lo que supongo es una bomba lacrimógena combó el metal de una reja de seguridad. En otra parte, hay casquillos de lo que quiero suponer son perdigones, aunque…sigo caminando, envuelta en un enorme suéter de lana, con la sensación que hay algo de irreal en la calma plomiza que me rodea. ¿Qué está ocurriendo? Por alguna razón, no dejo de recordar al personaje del actor Tom Hanks en la película “The Terminal”. Viktor Navorski es un hombre de un pequeño país europeo que mientras cruza el océano, sufre un sacudón político que literalmente, le hace dejar de existir. De pronto Viktor se encuentra en tierra de nadie, sin patria, sin comprender incluso su gentilicio. ¿Nos está ocurriendo algo semejante ahora mismo? me pregunto de pie frente a un pequeño charco de aceite rodeado de trozos de cristal. ¿Venezuela está rota en dos trozos? ¿La historia crea una fisura enorme en la realidad de lo que somos, lo que podemos ser? Me pregunto qué ocurrirá a partir de ahora, el país gobernado por dos fuerzas visibles y potentes, una con el apoyo de las armas, la otra con el empuje del descontento. ¿Qué es Venezuela ahora mismo?

Continuo el recorrido. La tarde cae plácida y si sólo miro a mi alrededor, podría decir que es uno de esos buenos días de enero en Caracas: la temperatura templada, el cielo muy azul, pocos automóviles transitando por la calle. Unos cuantos transeúntes deambulando con paso lento. Un perro que ladra y corre por la Plaza unos metros más allá. Casi normal, sino miro a los funcionarios de Uniforme oliva de pie en las esquinas, el arma reglamentaria brillando bajo la luz dorada de la tarde. El rostro tenso. Casi normal, sino fuera tan claro aún el olor del humor, si las señales del enfrentamiento no fueran tan evidentes. ¿Qué ocurrirá? Venezuela en terreno de nadie.

Cuando regreso a casa, enciendo el televisor. Los canales de televisión Nacional continúan con su programación habitual. El país ocurre al margen, pienso y la frase me parece melodramática y un poco triste. Pero al caso real, me digo. Me dejo caer frente a la portátil, comienzo a leer lo que escriben otros Venezolanos que como yo, buscan respuestas. Otros Venezolanos afligidos, entusiasmados, esperanzados, desconcertados. Todos unidos en medio de una coyuntura sin nombre, sin parangón, por ahora sin un final claro. Pero hubo un paso en la dirección correcta. O al menos, en alguna dirección.

Esta mañana desperté pensando en José Arcadio Buendía, que llegó a creer que el mecanismo del tiempo se había descompuesto y el tiempo había dejado de correr. Siempre Lunes, llegó a pensar el patriarca cuando comenzó a perderse cada vez más a menudo en las habitaciones del tiempo. Todos los días idénticos, todas las horas exactas. Pensé que en Venezuela ocurría algo semejante. Que vivíamos un ciclo malsano y déspota. Una sensación corrosiva de desesperanza. Siempre lunes, uno amargo y duro de sobrellevar. Siempre Lunes, una idea de asumir al país perdido, roto, destrozado.

Pero…hoy es martes. Pienso. Finalmente es martes. La idea me hace sonreír, pero también me llena los ojos de lágrimas. Sí. Ya es martes. Por fin.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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