Crónicas de la ciudadana preocupada:

Unos días atrás, alguien me escribió a través de mi página web, para preguntar como me sentía siendo “Venezolana cuando no hay Venezuela”. Además, incluyó su correo con la evidente intención que respondiera y supongo entablar ¿qué? ¿Una discusión? ¿Una larga argumentación? Me quedé sin saber qué decir. En realidad, la frase tenía un sentido — escalofriante, pero sentido, al fin y al cabo — por lo que me quedé obsesionada con el tema.

— Venezuela, como la conociste, desapareció hace años — dice una de mis amigas cuando le comento lo anterior — ¿Que se puede decir de este país que ya no sepas? Estamos en la ruina, somos un estado semi forajido, controlado por las armas por un grupo de delincuentes.

Que palabras duras. Pero ¿eso es un país? me digo mientras intento digerir lo que acabo de escuchar. Nos encontramos en la cocina de mi amiga, a medio desmontar. En dos semanas emigrará a Chile, casi a despecho, incluso sin tener los medios necesarios para hacerlo. Pero para ella, permanecer en Venezuela es impensable. “No puedo continuar en un país sin futuro” dice y la frase — que he escuchado con frecuencia desde hace casi una década — resume el paisaje de las cajas de cartón repletas de objetos, las seis maletas cerradas a duras penas, la tristeza pálida de su rostro.

— ¿Entiendes, no? Venezuela ya no es una opción.
— Venezuela es más que su gobierno — me atrevo a responder.

Mi amiga me mira en silencio, la boca convertida en una línea tensa. Nos conocemos desde la Universidad y siempre hemos sostenido largas conversaciones sobre la coyuntura política que vimos nacer, sin saber se alargaría dos décadas, el sentido del absurdo de una crisis monumental que devastó todo lo que conocíamos. Nos hicimos adultas en una dictadura militar que endureció su línea y radicalizó sus políticas con tanta lentitud, que apenas nadie notó cuando la libertad se convirtió en un lujo inaccesible. En una de las tantas veces que discutimos sobre el tema, me recordó que el proceso — lento, invasivo y grotesco — tenía cierto parecido con el nacimiento de la República de Gilead, en el libro “El cuento de la Criada” de Margaret Atwood. “No sabía lo que soportamos, pero lo hacíamos” recitó en voz baja en una oportunidad. Ahora pienso de nuevo en la frase y me pregunto si el efecto de la rana que se cuece a fuego lento, me transformó en otra mujer. Me hizo un ciudadano menos consciente de la pérdida de sus derechos, atrapado en una especie de noción incompleta sobre un país a fragmentos. Es un pensamiento inquietante. Es uno que me atormenta a toda hora y que me hace sentir que el país me desborda o mejor dicho, erosionó una parte de mí, que se encuentra rota de manera irremediable.

— Venezuela es más que su gobierno, pero ahora mismo, el Gobierno devastó todo lo que este país podría haber sido — me dice en voz baja e irritada — ¿No lo ves? ¿de verdad? ¿No ves que ya no hay nada rescatable?

Aprieto las manos alrededor de la taza de café que tomo. Mi amiga se pasa la mano por el cabello y se queda muy quieta. La cocina parece enorme en este silencio. Recuerdo cuando la visité por primera vez: ella era por entonces una recién casada, embarazada de dos meses — ¡Pero no esperé ni un poquito! dijo cuando me lo contó de pie en el mismo lugar en que se encuentra ahora — y con una enorme sonrisa de alegría. Su esposo había logrado un crédito pagadero en plazos cómodos y mi amiga, un bono cuantioso en el bufete en el que trabajaba. La primera inversión fue el pequeño apartamento de dos habitaciones, un salón con un amplio ventanal…y la gran cocina de madera, que un propietario anterior había hecho traer de España, una década y media atrás. O eso me explicó, mientras abría y cerraba gavetas y puertas. Recordé el olor fresco de la madera, el sonido feliz de su voz. La luz que entraba por las ventanas abiertas del salón vacío. “Siempre soñé con una cocina que oliera a pino” me contó.

Diez años no es mucho tiempo, me digo ahora, pero en Venezuela, es el equivalente a un siglo. Mi amiga ahora es madre de dos, esposa divorciada, a punto de saltar al vacío y emigrar a un país, con el único aval de sus deseos de trabajar y lograr la estabilidad que en Venezuela, resulta impensable. La cocina perdió su olor a pino, su vida toda la cualidad de promesa. Y ahora estamos aquí, en un silencio que tiene algo de ominoso. El bombillo que pende del techo se mueve de un lado a otro: las sombras van y vienen a nuestros pies. Diez años en que Venezuela se precipitó a un caos inconcebible, que nadie podía prever. Que nadie realmente quiso creer podía ocurrir.

— Me niego a creer que el país sea sólo el conjunto de las decisiones catastróficas del poder — le digo — Entiendo que ahora mismo, la situación es inviable. Que vivir aquí es un riesgo enorme. Pero el país…

¿El país, qué? me digo. Los ojos se me llenan de lágrimas y no sé qué otra cosa agregar a la frase. Para ser franca, no sé como explicar la frustración, el miedo y la confusión que me agobian, incluso en medio de un proceso político incierto que podría conducirnos a una nueva etapa política. La esperanza está, el deber ser es obvio. Pero ¿Qué ocurre en realidad? ¿Qué espero de un país en ruinas a niveles intolerables? ¿De un estado policiaco y militarizado? ¿Qué puedo esperar a mediano y largo plazo? Mi amiga sacude la cabeza, el rostro congestionado, el cuerpo rígido de furia.

— El país es su gente, Agla. No los accidentes geográficos. ¡Estamos hablando de un país en el que te pueden matar por cualquier razón! ¡Por llevarle la contraria a un enjambre de militares que no van a soltar el poder así de fácil! ¿O tu crees que este Estado convertido en una maquinaria criminal se dejará avasallar? ¿De verdad lo crees?

¿Lo creo? No lo sé. Durante los últimos días, la historia de Venezuela avanzó en un brusco acelerón, algo que no había ocurrido durante veinte años. La situación política, social y cultural se había transformado en un ciclo tóxico en el que el gobierno tenía todas las de ganar. ¿Qué ocurre ahora? me pregunto con cierta crudeza. ¿Realmente crees que un líder legítimo pero sin poder real, podrá enfrentarse a un aparato ideológico violento, que usa las armas de la República en su beneficio? ¿En realidad creo en la posibilidad de una transición política? ¿En que Venezuela sea…? ¿Qué cosa? ¿Lo que imaginé de ella?

Han transcurrido veinte años desde que Chávez llegó al poder y la democracia perfectible, llena de vicios pero sostenible que el país había conocido hasta entonces, desapareció. El proyecto chavista no sólo arrasó con la noción de un Estado como parte de una herencia cultural colectiva, sino que lo transformó en un proyecto personal, adosado a la personalidad carismática del Líder único. Crecí en un país en el que el presidente podía insultar a los ciudadanos a gritos, que podía mofarse de las instituciones, que usaba el poder de su personalidad para alentar una lucha de clases violenta y potencialmente fratricida. El país que recuerdo a medias de mi adolescencia, quizás nunca fue real. No existe más allá que mis deseos de creer que Venezuela fue antes, el país casa y hogar que nunca he conocido. ¿No era una niña la primera vez que Chávez intentó asaltar el poder? ¿No era una niña cuando vi por primera vez un vehículo militar enorme junto a la calle en la jugaba? ¿No era una niña cuando aprendí a diferenciar el sonido de una bala del estallido de un fuego artificial? ¿No era una adolescente aterrorizada la primera vez que salí a una manifestación pública? ¿He conocido otra cosa que escasez, restricciones y el terror político convertido en una forma de cotidianidad? ¿No es eso lo que ocurre desde que tengo memoria?

— Dime si realmente crees que esto acabará pronto — dice mi amiga con los ojos muy abiertos y brillantes — dime si de verdad crees que esto está cerca de acabar.
— No lo sé — admito — no sé en que creo. Sólo sé que el país en que nací, es algo más además de todo este horror político.

Mi amiga se seca las lágrimas con un manotazo, sacude la cabeza. Comienza a abrir y cerrar gavetas, como la primera vez que me llevó a la cocina, cuando su historia como adulta comenzó. Pero esta vez, saca puñados de cubiertos, los arroja a una caja abierta. Todo lo que tendrá que quedarse porque su nueva vida cabe en dos maletas. Todos los recuerdos de una vida que acabó, que ya no es suya. Platos, libros, las cortinas dobladas con cuidado en una esquina. Las cosió su madre: encajes verdes sobre una preciosa tela beige. La madre de mi amiga murió hace dos años, víctima de la diabetes. No pudo comprar por meses la insulina que necesitaba debido a la escasez de insumos.

— Eres inocente — dice mi amiga.
— Seguramente.
— En este país eso es peligroso.

En Venezuela, casi todo es peligroso. El espectro es tan amplio que al final, todo te produce miedo, todo te provoca la leve sensación que te encuentras en un peligro latente. Quejarse en voz alta, manifestar tu voluntad política. Cosas tan simples como enfurecerse contra el gobierno, señalar y criticar a un vocero político gubernamental. Pero hay más cosas peligrosas, en las que nadie piensa: Hay presos políticos cuyo único delito es un Tweet provocador. Presos políticos que estaban de pie en la calle, en medio de una manifestación, sin hacer otra cosa que observar lo que ocurría. Presos políticos sólo por ser líderes de su comunidad, por ser parte de procesos políticos que han terminado descabezados o reprimidos a través de la violencia. En Venezuela, todo provoca miedo. Todo es un riesgo medido. Todo puede conducirte a un desastre imprevisible.

— No digo que te vayas si no lo deseas — dice — sólo que entiendas que sí, esa persona que te escribió tiene razón: Eres un ciudadano sin país. Venezuela dejó de existir, dejó de ser un lugar y se convirtió en un conflicto político que destrozó el gentilicio.

Hace tres años, cuando mi amiga se divorció, su ahora ex esposo almorzó conmigo para despedirse antes de emigrar a España, en donde le esperaban sus padres y dos de sus hermanos. Se encontraba afligido, agobiado. Me habló del durísimo proceso legal de la separación, del miedo de perder la custodia de sus hijos — como de hecho, ocurrió -, de la posibilidad de volver. Por último, se quedó en silencio, confuso. Parecía diez años mayor de lo que era. Delgado, las mejillas barbudas. Había perdido el trabajo dos meses atrás y parte de la decisión de emigrar — la huida, recuerdo haber pensado — tenía relación con eso. Las manos le temblaban, la ropa le venía grande. Pensé que el divorcio le había golpeado con fuerza. Se echó a reír cuando se lo dije.

— El país, no el divorcio — me aclaró — no es tanto el matrimonio roto, que tiene su peso, sino que no tengo a donde volver. Ya no hay un lugar al que pueda llamar casa. Me voy a otro país a hacer lo que pueda para mantenerme a flote, dejaré a mis hijos aquí. Me voy para no volver porque no hay dónde hacerlo.

Me quedé petrificada por cierto terror sin nombre. Miré a mi alrededor: el modesto restaurante lleno de comensales riendo en voz alta, el zumbido de las conversaciones. Más allá, la calle y la multitud que avanzaba entre empujones bajo el calor del mediodía. Y de pronto, pensé que era un pensamiento insoportable que toda la imagen de normalidad fuera tan quebradiza. Una fragmento hueco de una idea general sin sentido. El miedo se volvió algo amargo, un sobresalto duro y tan violento que me dejó sin aliento. Mi amigo me miró con los ojos entornados.

— Cuando entiendes que no hay país, empiezas a entender por qué está ocurriendo todo esto.

Esto”. La emigración como única alternativa. “Esto”, la necesidad de sobrevivir un día a la vez, porque la incertidumbre destruyó la capacidad de planificar, crear, construir el futuro. “Esto” la posibilidad del desastre siempre tan cercana. ¿Como vives en un país que parece rozar un tipo de catástrofe social que es imposible de explicar a la distancia? ¿Como explicar los anaqueles vacíos, las calles oscuras al anochecer, la división de la pobreza y la riqueza tan terrible y violenta que es un síntoma en sí mismo de lo que podría ocurrir? ¿Como explicar la lucha política en la que el ciudadano es una víctima propiciatoria? ¿El discurso político violento y retrógrado?

Me pregunto que diría mi amiga si le contara esa última conversación el hombre con el que estuvo casada por casi siete años. Lo similar de la opinión de ambos sobre un país convertido en una estafa histórica. Hace más de un año que no tiene noticias suyas y supongo que le sorprendería saber que avanzan por el mismo camino y sobre todo, por la misma comprensión sobre el absurdo al que deben enfrentar. Por supuesto, no digo nada y me quedó abrumada por la posibilidad de un ciclo interminable en el que todos los Venezolanos estamos atrapados de una manera u otra.

— No hay lugar al cual volver — dice entonces mi amiga y me provoca un sobresalto casi doloroso — dejó de haberlo desde hace años, pero es más fácil mirar a otra parte. Creer que el Ávila es hermoso, que nuestras playas son extraordinarias. Y que eso podrá salvarnos.

¿Cinismo? Sin duda. También, es una verdad tan dura que admitir que no sé como rebatirla, aunque lo deseo. Pero me encuentro tan cansada, tan exhausta, tan golpeada por la sensación de luchar contra la corriente que prefiero terminar la taza de café (ya tibia) en silencio. El último café en la cocina que olía a pino.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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