Crónicas de la Ciudadana preocupada:

El silencio del país sin nombre.

Mi amigo G. acaba de emigrar a España. Todas sus redes sociales desbordan de fotografías sobre la ciudad, la gente con quién se encuentra, los libros que lee y sobre todo, la normalidad. Mi amigo siempre sonríe, las manos abiertas de pura generosidad. Señala museos extraordinarios cuya mera fachada me acelera el corazón. Muestra las veladas en familia — la de la vida, la del reencuentro — con una mirada tan inocente que tengo la sensación que renació, apenas rebasó las fronteras de Venezuela. Las reviso con frecuencia, para recordar que más allá de esta anomalía que llamamos país, el mundo continúa girando, construyéndose, haciéndose cada vez más extraño, excitante y lleno de posibilidades. El mundo de verdad, me digo con una rara sensación de desolación. No esta burbuja sostenida por el miedo, las estrecheces y las limitaciones que impone Venezuela.

Vivo en una dictadura militar. Lo hago desde hace veinte años, aunque me llevó casi quince, tener el valor de reconocerlo. Ahora que lo hago, las cosas son más sencillas en mi mente: comprendo a cabalidad el mecanismo de lo que ocurre y sobre todo, de lo que ocurrirá en el futuro. Mi vida transcurre en un baremo entre la necesidad de enfrenta la sensación de emergencia constante y la completa convicción que necesito emplear a fondo la voluntad para no decaer, para no caer en los pequeños espacios de angustia que en ocasiones son tan frecuentes que terminan por llenar todos los lugares de tu vida. No es sencillo, me digo, mientras miro las fotografías de G., que saluda y sonríe con los ojos brillantes de entusiasmo. Mi querido G., que escribió el último día que estuvo en Venezuela que “No dejaba nada atrás. Me voy sin otra cosa que la esperanza de lo que puedo encontrar”. Me hace reír sus chistes sobre la vida en el nuevo país, sus descripciones de la magnífica Madrid, su contagioso entusiasmo por cada descubrimiento, por cada nuevo momento que atesorar. Su alegría contagiosa a la distancia. Pero también me hace llorar. Un llanto discreto y vergonzoso que me hace frotarme el rostro casi con furia. No hay motivos para llorar, me digo. No lo hay.

Los hay por supuesto. Quizás me lleve otros quince años reconocer que el dolor profundo del país perdido, en ocasiones resulta insoportable, tan duro de sobrellevar que es casi imposible. Pero por ahora, insisto en avanzar a pesar de la debacle. No se trata de un acto de heroísmo: no lo percibo así bajo ningún aspecto, sino más bien, una consciente decisión de continuar. No es fácil explicar algo semejante a los parientes y amigos que escriben casi a diario, casi exigiendo tome una decisión sobre mi futuro en el país. Que me hablan sobre la debacle que sacude hasta los cimientos cada parte y cada aspecto de Venezuela. La tragedia cotidiana y doméstica.

— Tienes que salir de allí ya mismo — dice una de mis primas mayores mientras conversamos a través de Skype — no sé que deseas demostrar, pero no tienes un punto. Tienes que venir ya.

Me mira ceñuda desde la pequeña pantalla que se congela con frecuencia. Suspiro e intento buscar las palabras para explicar — otra vez — porque por ahora, no deseo emigrar. ¿Le hablo sobre la eventualidad de abandonar a mi madre y a su esposo, ambos de la tercera edad, en un país inhóspito? ¿O del hecho que no me siento en absoluto preparada, emocional o intelectualmente para afrontar el trauma de la emigración? ¿Que soy una paciente con un trastorno psiquiátrico que debe medir cada uno de sus pasos con enorme cuidado para evitar cualquier desliz peligroso? Todo eso lo he explicado ya. Tantas veces, que el eco de las conversaciones se hace casi doloroso. He discutido sobre mi derecho a permanecer en el país, del hecho que no resulta tan sencillo asumir que debes huir del lugar en que naciste. Que sigo ¿qué? me digo abrumada. ¿En plena lucha cotidiana? La frase tiene un regusto melodramático que me produce un profundo malestar.

— Sé que no es fácil, pero la opción es quedarte a soportar lo que sea que venga en Venezuela y creeme, no es algo bueno — insiste mi prima — ¡No lo es! Además ¿Por qué hacerlo?

Hace unos tres años, sostuvimos la misma conversación la última vez que nos vimos antes que abandonara el país. Nos encontrábamos en su habitación de la casa de sus padres, vacía y con aspecto ruinoso. Había tres maletas en una esquina, un par de suéteres colgados sobre la puerta y nada más.

— Lo intenté de verdad. Salir del país es la decisión que jamás quise tomar. Que nunca…

Tomó un sorbo de la copa de vino que tenía entre las manos y se quedó muy quieta, los labios apretados, el cuerpo rígido y encorvado. En doce horas, tomaría un avión a Madrid, sin otra cosa que la pocas cosas a las que pudo hacer espacio en sus maletas pequeñas, tres mil dolares ahorrados durante casi quince años de trabajo y esperanza. Pura esperanza. Escuché a mi tia trajinar en la cercana cocina. Después conversar en voz baja por el teléfono. La voz triste y cansada. A mi tío caminar de un lado a otro en la terraza techada donde tantas veces había jugado con mi prima cuando eramos niñas. Sentí un escalofrío de puro agobio, una sensación de dura desazón que me cerró la garganta.

— ¿Tienes miedo? — pregunté en voz baja.

No era la pregunta que quería hacer. En realidad, quería hablar sobre lo que le esperaba en Madrid. La ciudad Cosmopolitan, radiante y espléndida que seguramente la asombraría. Quería que habláramos sobre los museos que visitaría, los libros que compraría, la nueva vida que esperaba por ella tan cerca que casi podía tocarla con la punta de los dedos. Pero le pregunté sobre el miedo, con toda inocencia y franqueza. El miedo tan evidente, tan desagradable, tan duro de sobrellevar.

— Estoy petrificada de miedo — admitió. Los ojos se le llenaron de lágrimas — jamás había sentido tanto.

Ahora, mi prima es una mujer muy lejana a esa muchacha que terminó el vino en la copa de un único trago impaciente. Se le segura, feliz y plena. O al menos, a mi me lo parece. Me pregunto que pensará de mi aspecto cansado, un poco agobiado. De mis silencios cada vez más largos, de mi angustia que no puedo disimular en nuestras conversaciones, correos y llamadas.

— No es tan fácil para mi como lo fue para ti — le insisto — no es…una decisión que pueda tomar ahora mismo.
— Nunca es fácil — me dice. Los ojos muy brillantes, el rostro tenso — nunca lo es. Pero…

¿Qué? Pero ¿Qué? ¿La alternativa es impensable? ¿Insoportable? ¿Una locura? Vivo en una dictadura militar, me repito con las manos apretadas sobre las rodillas. En un país en hiperinflación, en el que trabajo seis o siete veces más para sobrevivir. Un país en escombros, arrasado por completo por la escasez, la emergencia sanitaria, la impunidad, el miedo. Siento que el miedo me sacude, se hace una oleada insoportable, me golpea tan fuerte en pleno rostro que por un momento creo que me echaré a llorar. A llorar a lágrima viva, como nunca lo he hecho. Que gritaré de angustia y le diré a mi prima que la angustia es algo tangible y patente, en esta Venezuela que te convierte en rehén y en víctima, incluso aunque trates de evitarlo. Que a pesar de mi voluntad de continuar, de todos mis intentos por batallar para mantenerme en pie, apenas lo logro. Que la sensación…

— Estoy bien — digo entonces — la opción siempre está allí, pero como te digo, no es sencillo. No sé sí…
— Ya me lo has dicho — dice mi prima. Enciende un cigarrillo — lo sé y respeto tus razones. Pero entiende la preocupación de toda tu familia. ¿A qué esperas? ¿Qué necesitas qué ocurra para tomar la decisión?

La familia. Pienso en todas las ausencias, en las casas vacías, en las despedidas entre lágrimas y risas. “Nos mantenemos en contacto” dijo mi tío favorito antes de emigrar a París, hace dos años. Y lo hemos hecho. Pero me perdí sus bodas de oro, el cumpleaños número dieciocho de mi primo menor, el último niño de la familia. Me perdí la celebración por su piso nuevo, por su viaje por la costa Italiana. Me perdí los abrazos, las conversaciones en familia, las risas a carcajadas con los chistes ingenuos y levemente ridículos. En la mesa de navidad de hace dos años, su ausencia era una presencia en sí misma. Al año siguiente, otro de mis tíos también emigró y mis dos primas mayores. La cena fue una fecha íntima, discreta. Sólo mi madre y su esposo, mi tia y su hija. Se me cierra la garganta al imaginar la de este año. El dolor es un breve palpitar en algún lugar de mi mente.

— Lo digo por tu bien- insiste mi prima.
— Lo sé.
— No lo sabes.

Quizás tiene razón.

***

Hace unos días, José (no es su nombre real) me pidió que guardara en mis casas las últimas cosas que aún no logra vender antes de emigrar. Se trata de una colección de fotografías enmarcadas, sin otro valor que el sentimental. Cuando las reviso, encuentro que la mayoría son imágenes caseras, tomadas durante viajes familiares y entre amigos, de dudosa calidad técnica. Levanto una, donde la curva del Caribe azul de Vargas brilla radiante y el pequeño sobrino de José saluda con el brazo extendido.

— Dudo que esto se venda — le comento con amabilidad. José se encoge de hombros. — Lo sé, pero tampoco quiero arrojarlo a la basura. Realmente no sé que hacer con todas las cosas que no puedo llevar cuando me vaya. Pero que tampoco puedo…

Aprieta los labios, las manos tensas sobre las rodillas. Un visible esfuerzo por contener las emociones. Sacude la cabeza y cuando me mira otra vez, tiene los ojos húmedos. José, que siempre ha sido tan dicharachero y burlón, José que durante tantos años siempre fue el optimista de nuestro grupo de amigos, el que siempre me aseguró que para cada problema, hay una solución. Ahora, parece tan vulnerable, a punto de partir a la incertidumbre, en esa huída un poco a ciegas que la gran mayoría de los Venezolanos ha emprendido durante dieciséis años malogrados por la desilusión.

— No te preocupes, yo me los quedo — le digo. Devuelvo la fotografía a la caja, junto a las diez o doce que se amontonan en la caja de cartón — yo las tengo aquí en mi casa. — ¿De verdad? — me pregunto José con los ojos muy abiertos. Allí, muy visibles, las lágrimas. Le doy un apretón de hombros afectuoso. — Claro que sí.

No sé por qué lo hago. El motivo por el cual decido conservar aquel montón de fotografías ajenas, de recuerdos que no son míos. Un fragmento de una vida que no conozco muy bien. En realidad, no me pensé demasiado la razón. Sólo imaginé el momento en que yo atraviese ese desmenuzar de la vida cotidiana — porque lo atravesaré, sin duda — y tenga que decidir que perderé y que conservaré. De cuales momentos de mi vida tendré que prescindir, cuales podré aún atesorar. Porque cuando emigras, un objeto deja de ser un objeto y se convierte en una escena, en un sentimiento, en un momento inolvidable. Porque cuando emigras, todo deja de ser simplemente algo, para convertirse en una historia.

Más tarde, José me ayuda a colgar en la pared su pequeña colección. Lo hace, en silencio, colocando una a una las imágenes. Juntas, tienen el aspecto desordenado de un pequeño mosaico caótico. Con rostros que ríen y saludan, carreteras desconocidas, playas y montañas sin nombre. Cuando termina, sus recuerdos ahora están en mi pared, empequeñecidos por la ausencia y también, por ese anonimato de estar en otro lugar más allá del origen, de ser parte de otro lugar que no los reconoce como propio. Suspira, con las manos en los bolsillos, sacudiendo la cabeza con tristeza.

— La primera vez que enmarqué una de las fotos, lo hice pensando en mi casa futura — me explica en voz baja — ¿Sabes? uno se imagina el futuro. La pared pa’ las fotos de la casa. La otra con los afiches de las películas favoritas. Esas pendejadas que…

Se restriega la nariz con el dorso de la mano, aunque ahora las lágrimas le corren por las mejillas. Finjo no verlas porque sé le incomodaré. Miró a la familia que me saluda desde la pared. Al sobrino con la sonrisa desdentada que ríe a carcajadas. Tan pequeños, tan rotos, esas imágenes del pasado que se quedan sin presente. Las acaricio con la punta de los dedos. Les doy la bienvenida mentalmente a mi casa. Les agradezco permitirme mirarlas y que ahora, formen parte de mi historia.

— Entiendo — digo por decir algo. José sacude la cabeza. — No, nadie lo entiende — me dice, casi furioso — la gente cree que lo entiende. Que esta emigración que vivimos es normal, que pasa en todos los países y todas las épocas. Pero yo no esperé irme de este país. No quería. A mi me sacaron a patadas.

A José lo asaltaron hace dos años y le dispararon en una pierna. Estuvo a punto de morir por la herida y le llevó terapia y mucha fuerza de voluntad, volver a caminar. Entonces, le despidieron de la empresa donde había trabajado por casi catorce años. Los ahorros comenzaron a desaparecer, la desesperación tomó el lugar de la esperanza. Y de pronto, Venezuela, la del plan de futuro, la de la parrilla con los amigos, de la casa con las paredes llenas de fotografías, desapareció. Me consta que José fue uno de los últimos de mi grupo que decidió emigrar. Que se resistió a la idea tanto como pudo. Entonces pienso que realmente no le comprendo. Que no comprendo su dolor, ni su angustia. Porque esta emigración no es un plan meditado, es la incertidumbre a cuestas. Es comenzar a otra vez un camino confuso que ni siquiera sabe a donde le conduce. Y comienza con perdidas. Con pequeños fragmentos rotos.

Durante las últimas semanas, ayudé a José a vender todo lo que consideraba suyo. Desde su querida colección de discos de Vinyl — que resultó ser barata y sin mucho valor comercial, al menos en nuestro país — hasta su colección de libros. Uno a uno, José fue abandonando esos pequeños fragmentos de identidad que acumulas durante años, que forman parte de tu mundo. Y no se trata de algo tan superficial como el hecho de vender un objeto de atesoras, sino de asumir que la vida como la conociste terminó. Que tu forma de comprender el mundo acaba de transformarse en algo más. Que hay un ingrediente de confusa abstracción que parece definir ese norte al que te diriges. Nómada por necesidad, migrante por desesperación.

No le digo nada de eso a José, claro, abrumado y aturdido por esa lenta desintegración de lo que consideraba personal. Tampoco se lo digo a Karina (No es su nombre real) que también me pidió la ayudara a vender sus pocas pertenencias apresuradamente, para completar el precio del boleto de precio astronómico que aún no puede comprar. Sillas, muebles, una cama. Las pequeños restos de una tragedia intima que en realidad, parece pasar desapercibida.

— Nadie lo entiende — me dice ella también, como José — hasta que lo pasa. Uno cree que será sencillo arrojar cosas a la basura, tomar sus peroles e irse de este país agobiante. Pero cuando el plan ya es una certeza, cuando las semanas son días, te das cuenta que estás perdiendo no es sólo lo que soñaste aquí, en Venezuela, sino lo que jamás creíste te podía importar. ¿Qué haces con tus pendejadas queridas? ¿Qué haces con los muñequitos, con las piedritas de colección? La vida no te cabe en dos maletas.

Mira las suyas. Son enormes y repletas de lo que supongo, son las cosas que sobrevivieron a esa desordenado y emocional proceso de selección sobre lo que se conserva en la nueva vida, lo que formará parte de ella. Pero más allá de eso, queda el silencio. Los cientos de recuerdos involuntarios que crean la historia personal. Los pequeños y diminutos trozos de esa identidad que se disuelve, que pierde valor, que parece desplomarse en esa desbandada a la carrera que vive mi generación. Karina sacude la cabeza, le da una palmada a la maleta más cercana. Aprieta los labios de una manera muy similar a la que lo hizo José, unos días atrás.

— Ropa. Y algunos libros — me explica — pero hay cosas que no te puedes llevar en la maleta porque…ya no sabes que es importante o que no. Ya no puedes discernir que es realmente valioso o que…

Toma un sobre escondido en una de los bolsillos de la maleta. Lo levanta para mostrármelo: el papel está amarillento, cuarteado. Cuando lo sostengo, reconozco la letra de Karina, hace casi quince años atrás. Ella sonríe entre las lágrimas, ahora sí muy visibles.

— Fue la carta que le escribí a mi papá cuando supe que estaba enfermo — me cuenta — que le dejé en la almohada de su cuarto para darle fuerzas. Me la traje de su cuarto cuando murió.

El padre de Karina murió hace seis años de una agresiva forma de cáncer. Ella jamás habló sobre el dolor que le produjo la perdida, la abrasiva angustia que presumiblemente sufrió luego de un proceso de agonía muy rápido y destructor. Por eso me sorprende la carta, la intención. Karina se encoge de hombros, se rasca la cabeza. Ahora llora sin reboso, sin disimulo. Me pregunto si sabe que lo hace.

— Me la llevo para recordarme que puedo con esto — dice y vuelve a mirar las maletas. Tiene la mirada de una niña asustada — que podré…

Toma la carta que aún sostengo, la devuelve al bolsillo. Se aprieta el puño de la mano contra los labios cerrados. Pasa el tiempo en ese silencio inquietante del sufrimiento.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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