Crónicas de Despena:

Del temor a las pequeñas y frágiles miradas al olvido (Parte III)

Al escritor Paul Auster se le ha llamado frívolo, narcisista. También crítico, duro y elegante. Al final, pareciera que este escritor, a medio camino entre el mito pop y el literario, no llega a definirse de ninguna otra manera que como una consecuencia de ese matrimonio invisible entre fama y talento. Probablemente, Auster sea el mejor ejemplo del híbrido entre esa adoración del ídolo tan frecuente en nuestra época y la capacidad del escritor para reinventarse, para construir la huida mental — como se le ha llamado a sus constantes especulaciones sobre el hoy y la realidad — de una manera consistente, idónea y exquisita. Como héroe por derecho propio, Auster ha construido su personal mito literario y más allá, esa identidad consistente del creador que se asume dueño de su obra.

Auster es uno de esos escritores infaltables. Sus libros parecen siempre formar parte de las listas de los imperdibles, los infaltables y los necesarios a leer. No obstante, nada es tan superficial como un de boca en boca en medio de la cultura del consumo lineal. Es hombre con profundas cicatrices espirituales que crea un universo de palabras consistente y denso a partir de ellas. Sí, probablemente buena parte de su literatura sea una vuelta de tuerca al egocentrismo literario, una búsqueda por recorrer una y otra vez el análisis de su propia circunstancia, pero aún lo hace con tal elegancia y con una conciencia tan firme de la trascendencia de la frase que construye, que probablemente así reivindique. Para Auster, la belleza de lo que se escribe — y por consecuencia, se produce — tiene una relación directa con su capacidad para evocar. Como en La invención de la soledad donde el autor busca su propia sombra, reconstruye episodios biográficos y suscita un híbrido entre realidad y fantasía que termina por sublimar la historia, dotándola de un borde de realidad asombroso. ¿No es lo que todo escritor hace? Se preguntará algún descreído y la respuesta es obvia: el escritor escribe de lo que sabe, sin embargo para Auster, la creación incluye también esa decisión de auto analizarse con el tono fluctuante de su obra. Una y otra vez, reflejos de un espejo de melancolía inspirada en recuerdos preciados, en ideas íntimas que se reconstruyen sin que perder lo esencial: La impronta del que escribe y la obra que se levanta sobre la idea.

Por ese motivo, Auster utiliza de vez en cuando la segunda persona como forma narrativa: la visión que construye y genera intimidad, la obra que se entrelaza con el ahora, con el pasado y el presente de la incertidumbre. La intimidad sugerida, que se advierte y se elabora basándonos en los recuerdos de otro, a la visión de otro que el lector termina asumiendo como suyo, a pesar del juego de espejos evidente que supone la lectura. Quizás, la mejor manera de entender al Auster creador sea mirándolo a través de su empeño irreductible de asumir la realidad como una serie de escenas interconectadas: Las suyas, las del lector desconocido, incluso las que toca tangencialmente y que parecen cruzarse en medio de ambas cosas. Hay un asombro de vivir, un redescubrimiento perenne en la realidad a la que brinda belleza.

Fluctuante y extrañamente venial en ocasiones, al escritor se le acusa de encontrarse a mitad de camino entre el pop literario y la celebridad por derecho propio. Tal vez la grieta entre ambas cosas, es la que brinde significado a esa extraña visión suya de la obra que nace y la obra que se construye. ¿Es que hablamos de la vida de Auster o la obra que se combina con la ficción? Después de una lectura a su obra, la confusión es obvia, aunque eso no hace menos valioso su construcción y la interpretación del autor sobre la escritura. ¿Un laberinto enrevesado donde la realidad y la fantasía se mezclan? Nada tan sencillo. Probablemente, se trate de una conversación, una muy íntima, entre el lector y el escritor, una complicidad nacida entre la palabra que fluye devota y esa percepción de la intimidad que se sugiere. Ssin duda para Auster, la escritura no es solo la necesidad de mostrar, sino además, de comprender al lector como parte de la experiencia literaria, de incluirlo y construir un puente entre lo que se lee — y se brinda — y lo que se crea — se asume — en el mundo que el escritor construye.

Sin duda, para Auster la génesis de lo real no es únicamente la palabra, sino lo que elabora como discurso, como sinfonía entre ideas, ese mezcla de la emoción y de la propuesta. Hay una reinvención de lo que se observa, de esas pequeñas variaciones de la identidad que logran ensamblar una revisión coherente de la realidad. Un accidente que se eleva por encima de lo que se desea — o reconforta — en la ficción: la necesidad de asumir la existencia del otro, de la ambición de mirar el mundo como una serie de visiones de la realidad. La que nos pertenece, la que asumimos real e incluso, la que forma parte de la visión de alguien más. Una incesante conexión entre la luz y la sombra de la creación literaria. Quizás por ese motivo, las historias de Auster, tan distintas entre sí tienen una única cosa común: no llegan a terminar nunca. Una interminable muestra de valor y ficción.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta