Crónicas de Caronte

(Puedes leer la parte II aquí)

La muerte siempre ha sido un tópico literario recurrente, en todas las épocas y en todas las culturas y lo es por la evidente razón que a pesar de todos los intentos de nuestra civilización por brindarle un nombre o sentido, todavía no hay una respuesta para quizás el misterio de la muerte física. Sin duda, la incertidumbre de lo que ocurre más allá de nuestra existencia suele capturar la imaginación, pero más allá de eso, la idea misma que la muerte es un fenómeno inevitable, parece convertir nuestra visión sobre lo trascendental en algo más cercano a nuestros temores y terrores. O mejor dicho, a esa sensación persistente que la muerte es parte de una idea mucho más profunda, radical y dolorosa sobre la identidad colectiva. Para bien o para mal, la muerte es una puerta cerrada — quizás el último gran misterioso — y por ese motivo, se construye y se elabora a través de ideas perpetuamente desiguales, incompletas y emotivas.

Por todo lo anterior, el libro The Bright Hour: A Memoir of Living and Dying, de la escritora Nina Riggs, desconcierta desde sus primeras páginas. No sólo se trata de las memorias de una mujer que atraviesa un tránsito por necesidad mortal — y lo hace desde una descripción detallada sobre lo que le espera y el dolor que sufre — sino que además, se aleja del miedo, la angustia existencial y el insiste sufrimiento, para mirar la muerte como una remembranza de una vida plena y singularmente dura. Riggs sabe que morirá, pero la noción sobre la idea no hace otra cosa que brindarle una profunda conciencia sobre lo vivido, la percepción sobre su propia pero sobre todo, una singular mirada sobre sus alegrías, dolores y expectativas. La muerte llega para Riggs, la lenta agonía no deja duda de lo que ocurrirá, pero la escritora se observa a sí misma desde cierta despiadada versión de la realidad que le brinda no sólo un profundo sentido de la belleza sino también, una noción sobre sus vicisitudes que asombra por su crudeza. Una y otra vez, la muerte es un dolor silencioso que se asoma en medio de lo cotidiano, pero antes de crear una percepción idealizada, angustiosa o simplemente grotesca, Riggs logra humanizar la noción de su próxima desaparición física que asume con un candor conmovedor.

Por supuesto, The Bright Hour: A Memoir of Living and Dying avanza sin sorpresas: en las páginas finales del libro, Riggs regresa al hospital, una vez que se hace evidente que su salud ha vuelto a empeorar y que, lo más probable es que en esta ocasión, no pueda vencer un enemigo silencioso pero tenaz que la agobia como una presencia invisible en su vida. La sinceridad del libro permite esa necesaria percepción sobre la identidad de la escritora pero también una percepción casi cruel acerca de la incertidumbre. Riggs nunca duda que probablemente morirá pero esa convicción no hace menos vívida y extraordinaria su narración o quizás al contrario, brinda un brillo de enorme valor a su testimonio.

Riggs tenía 37 años cumplidos cuando fue diagnosticada con cáncer de mama. Sus memorias — vívidas, cercanas e implacables — reflexionan sobre la concepción moderna de la muerte (esa presunción sobre la trascendencia futil que parece desmentir su realidad física) pero más allá de eso, sobre el dolor. Lo hace además, con una fuerza que asombra por su poder para evocar la posibilidad de vivir (el recuerdo y el poder espiritual) desde un punto de vista discreto y en ocasiones ascético. La narración en The Bright Hour: A Memoir of Living and Dying carece de sentimentalismos innecesarios y es un reflejo de una historia inacabada, desigual, por momentos agobiantes y en otros, definitivamente luminosos. Riggs, cuenta su propia muerte y lo hace con una admirable conciencia sobre la concepción de la vida desde el asombro. Poeta que creció en Massachusetts, es una típica habitante de Nueva Inglaterra y algo de esa sobriedad de los lugares de la infancia, impregna sus memorias inacabadas. Su capacidad para cierta dureza (sus descripciones precisas y levemente emotivas sobre el tratamiento que atraviesa, desconciertan en ocasiones por su frialdad) brinda a la narración una concepción casi distante sobre lo que vive.

No obstante, para Riggs el interés parece ser contar su propia visión sobre el temor, el dolor, la angustia y por contradictorio que parezca, también de la esperanza. La autora contempla su propia muerte desde un silencio íntimo de enorme valor argumental pero sobre todo, desde la percepción de su muerte como un evento al que analiza como parte integral de su vida. “No hay posibilidades de comprender la existencia sin que el caos de la muerte sea parte de esa reflexión” insiste en uno de los momentos más angustiosos del libro. Y es esa frase, la que parece sostener la angustiosa necesidad de Riggs por avanzar en contra del tiempo, de la lenta caída en el miedo y lo que es aún más doloroso, la compresión que el mundo lo conoce, es sólo una mirada a las diminutas historias que le unen. “La muerte es un lugar solitario” insiste la autora y es ese desarraigo definitivo y profundo, lo que hace la historia más creíble, cercana, angustiosa.

El libro, narrado en primera persona y sobre todo, con una visión muy objetiva sobre la enfermedad y sus consecuencias, comienza con una premisa en apariencia ambigua: ¿Cómo sabes cuando empiezas a convertirte en una persona enferma? A partir de esa pregunta — y la complicada búsqueda de una respuesta — la autora teje una serie de precisiones y conclusiones sobre la muerte, la vida y sobre todo la concepción del tiempo como una forma de reflejo de la identidad. La autora, medita sobre la fugacidad de la existencia pero también, sobre el poder de la vida sobre el dolor. La historia avanza con cuidado, buen gusto y sensibilidad y logra construir una mirada sobre la convalescencia — y luego, la mortalidad — que se sustenta sobre una enorme compasión y ternura. Se trata de un recorrido fascinante por las cuestiones existencialistas más profundas, pero también a través de la belleza de la vida como una forma de fe y capacidad creativa. Eso a pesar que Riggs debe enfrentar el hecho que atraviesa un cuadro incurable y que la enfermedad se ha vuelto metastásica y terminal. Pero Riggs no se rinde y asume la noción sobre la existencia como una aventura interminable. Madre y esposa devota, recorre su vida desde la gentileza pero también, una dura batalla contra el miedo “Hay muchas cosas peores que la muerte”, escribe en la primera página, “viejas rencillas, falta de autoconciencia, estreñimiento severo, sin sentido del humor, la mueca en el rostro de su marido mientras vacía su drenaje quirúrgico en la taza de medir “.

Lo siguiente, es un recorrido durísimo y desgarrador sobre el sentido de la vida a pesar de la cercanía de la muerte. Desde su descripción de la mastectomía y la quimioterapia — “Soy mujer y a la vez no lo soy” escribe sobre lo que llama un “sentimiento obliterado y desconcertante de la femineidad”, hasta sus intentos de explicar lo que les está sucediendo a sus hijos, Riggs elabora un testimonio audaz, creíble y profundamente dulce sobre el sufrimiento. Pero además de eso, hay una deliciosa mirada a lo cotidiano que se entrecruza con el dolor para crear un matiz de necesaria ternura. “La vida está llena de grandes momentos” escribe “como el vapor que sube después de una ducha de verano, como un bebé susurrando en su cama” y es ese recorrido de la escritora por su vida — lo sublime, lo terrible y lo invisible — lo que hace al libro de inestimable valor y poder.

Pero Riggs no sólo se limita a mirar la muerte como un enemigo invisible con el que debe luchar, sino también, una percepción sobre el futuro y el tiempo. La muerte redimensiona sus relaciones personales — una de las escenas más emocionantes de la narración, es el encuentro entre la autora y su madre, quien sufre de un gravísimo cuadro de mieloma múltiple “Somos huérfanas una de la otra” escribe Riggs — y les brinda un nuevo lustre. Sobre todo, su relación con su esposo, una presencia amorosa y estable, que le permite lidiar con el futuro inmediato — temible y angustioso — a través de cierto humor desigual. “Las parejas se preparaban para envejecer juntas, yo para mi funeral” dice Riggs al describir las lágrimas silenciosas de su esposo ante el último y definitivo diagnóstico. “Siempre haz lo que tienes miedo de hacer” insiste con cierta acritud amable y hasta nostálgica “y eso incluye vivir”.

Nina Riggs falleció en febrero y el testimonio de su libro parece hacerse más sensible y duro que nunca . “No he terminado de convertirme en mí o lo que seré”, escribió con la conciencia de la cercanía de su muerte. “Todavía estoy en las obras iniciales”. Con su prosa fluida, su crudeza angustiosa y su ternura impredecible The Bright Hour: A Memoir of Living and Dying es una mirada al futuro desde la pérdida de la identidad. De la muerte como puerta abierta a la reflexión sobre lo que somos. Y quizás eso sea lo más conmovedor de una historia que se aleja de las convenciones sobre el dolor y la muerte, para crear una profunda y meditada comprensión sobre el dolor y sus infinitas formas de manifestarse.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

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