Crónicas de Caronte

(Puedes leer la parte I aquí)

La película La autopsia de Jane Doe (2016) del director André Øvredal transcurre casi por completo en una sala de disección y análisis forense. En la película no se le llama así, sino que por algún eufemismo casi amable, se habla de una funeraria, lo que quizás hace parecer la pequeñísima habitación de paredes metalizadas y bañada en luz led, menos amenazante. Pero lo sigue siendo: en un giro insólito para una película de terror el guión analiza no sólo la muerte desde la incertidumbre de lo sobrenatural, sino también desde esa perspectiva incómoda y sobre la cual pocas veces se reflexiona cómo es el destino final del cuerpo humano al morir.

El actor Brian Cox resume el particular clima de la película en una única frase: “Todos somos idénticos en la muerte y eso aterroriza porque no nada atenúa la muerte como hecho físico”. Lo dice mientras mira el cuerpo de Jane Doe, llegado del misterio para atravesar el trámite pragmático de su autopsia. En lo que es quizás una de las escenas más duras de la película, el forense se inclina hacia el rostro del cadáver y abre sus ojos. La mirada opaca y gris de la muerta parece recorrer el lugar, flotar en la nada. “Somos un proceso biológico que termina muy pronto” añade el personaje de Cox.

Como tropo del cine de terror, la muerte suele ser analizada desde la incertidumbre — lo sobrenatural y la inquietud por lo que ocurre una vez que acaece — o el duelo, como fenómeno que revela la oscuridad de la mente humana. Pero la desaparición física — o al menos, como la muestra Øvredal — no es un pensamiento sencillo. Y no lo será jamás porque la mente humana es incapaz de enfrentar — aunque lo intente — esa última barrera hacia la disolución de su permanencia biológica.

Más de un filósofo ha llegado a la conclusión que la muerte provoca un terror insoportable e inconsolable por definitiva. O al menos, la incapacidad de cualquier postulado para dulcificar su concepto, debido a su cualidad de un límite desconocido. Sabemos cómo ocurre, pero no que vendrá después, si es que algo sucede en realidad. La ciencia no insiste en explicaciones sobre el tránsito de la conciencia — y de hecho, lo niega — mientras que el resto del saber humano se empeña en brindar algún tipo de significado. En adornar la posibilidad de supervivencia a la muerte con sus fantasías y terrores. Pero aún así, el verdadero terror comienza mucho antes y se analiza desde el rostro de un cadáver.

Se trata de un concepto antiguo que además, engloba la concepción de la vida como poderosa pero finita. También, la de intentar analizar que lo ocurre después del óbito, refleja de alguna u otra manera, la forma en que el mundo y la cultura del que muere se manifiesta como escenario emocional y psicológico. Los egipcios estaban convencidos que para disfrutar de la vida después de la muerte, era necesario que el cuerpo debía conservarse incólume. Un cadáver — o en todo caso, su permanencia — era necesario para asegurar que el alma pudiera transitar hacia ese misterioso otro mundo poblado de dioses que esperaba más allá. En la actualidad, el embalsamamiento parece resumir la misma idea de la supervivencia de la muerte a través de la carne. Esa resurrección imaginada por tantas culturas y religiones — incluyendo la cristiana — que necesita el cuerpo para comprenderse. Una percepción que explora el terror a la simple desaparición física o en el mejor de los casos, la transformación de la idea de la muerte en un hecho físico a otro filosófico.

La muerte y otras máscaras rotas

Los aborígenes australianos llaman a los recién fallecidos “los soñadores” y lo hacen, debido a que están convencidos que al morir, nos fundimos con la tierra y que la inmortalidad es parte del ciclo inevitable de la tierra en un sueño perpetuo y fértil. Para conmemorar — o celebrar, según se le mire — ese tránsito de conciencia, el cadáver del difunto se cubre de símbolos totémicos que les unirá a la presencia que les espera ya sea en la tierra o en lo que llaman “el árbol sin nombre”. Luego, el cuerpo se expone en una plataforma elevada o un túmulo hasta que se descompone. Durante todo el tiempo en que permanece a la vista de tribu, se le rinde tributo y se celebra que vaya a formar parte del mundo de una manera por completo nueva.

Dos siglos después de la llegada del primer hombre blanco a Australia, las costumbres aborígenes sobre la muerte encontraron eco y una nueva dimensión en un lugar inusual: en la ciencia. La ciencia de la patología forense no sólo comenzó a analizar el tema de la muerte desde lo biológico — por encima de cualquier consideración religiosa o filosófica — y de pronto, el viejo ritual ancestral parecía tener un sentido mucho más profundo e inesperado que la mera celebración del luto. En agosto de 2014, la científica forense Gulnaz Javan, profesora de la Universidad Estatal de Alabama en Montgomery, publicó el primer estudio formal sobre lo que se llama the thanatomicrobiome (del griego thanatos, “muerte”), que no es otra cosa que el análisis de lo que ocurre con el cuerpo humano — y el de cualquier criatura viva — una vez que acaece la muerte. Lejos de ser un estudio sobre la destrucción del cuerpo, se trata de hecho de todo lo contrario. De la misma manera que la vieja tradición de Los soñadores, el libro de Javan analiza la vida después de la muerte pero desde un punto de vista biológico.

Según la teoría de The thanatomicrobiome un cuerpo en descomposición no está muerto, sino que al contrario rebosa de vida. Un ecosistema fértil que convierte la descomposición en la piedra angular de un proceso biológico muy parecido al que imaginan los aborígenes australianos. La detallada información explica que la descomposición empieza unos minutos después de la muerte, con un proceso llamado autodigestión. Las células se quedan sin oxígeno, lo que hace que su acidez aumente y provoque que todos los órganos colapsen de la misma manera y bajo más o menos, el mismo sustrato biológico.

La biología parece coincidir con algunas versiones mitológicas sobre lo que ocurre al morir. Los Malgaches (tribu al sur de Borneo) envuelven a los cadáveres en telas de seda, en un intento por disimular la putrefacción. Tras varios años del entierro, los cuerpos son exhumados y envueltos en otra tela, que sustituye la piel y les da un aspecto humano — o eso es la intención de la tribu — para negar que el cuerpo “pertenece a la Tierra”. Para los aborígenes de Madagascar, el espíritu y el cuerpo del fallecido tienen una estrecha relación. Y por tanto, lo que ocurra con el cuerpo preocupa y aterroriza a la tribu.

Un paso inquietante en la incertidumbre

Tal vez por ese motivo, la autopsia es un rito ancestral, aunque parezca de hecho un procedimiento moderno y médico. Una idea que tiene una profunda relación con la forma en que la ciencia analiza en la actualidad el hecho de la muerte. Los médicos del Complejo de Ciencia Forense Aplicada al Sudeste de Texas utilizan los cadáveres que nadie reclama en la morgue de la ciudad para investigar los procesos de la muerte y cómo puede ayudarnos a comprender mejor la biología del proceso. Lo hacen dejando los cuerpos pudrir en el extenso bosque de casi 3 hectáreas que rodea el National Forest, propiedad de la Universidad Estatal Sam Houston (SHSU).

Se trata de un paisaje inusual y terrorífico para buena parte de nuestra cultura: los cadáveres desnudos yacen en todos los rincones del frondoso lugar y de hecho, los trabajadores que no pertenecen al equipo científico son sustituidos cada dos o tres meses para evitar traumas futuros. No obstante, la idea no es reciente: siglos atrás los habitantes de los pueblos de Europa del Este asolados por la peste, dejaban a los cadáveres de las víctimas en los bosques circundantes. Atados a árboles y ramas, la costumbre tenía por objeto comprender que sucedía con los cadáveres una vez que les abandonaba — o eso se suponía — o simplemente, comprobar que no ocurría algo sobrenatural luego de su muerte. A la macabra costumbre se le llamaba “bosques de sombras”.

Los procedimientos que rodean a la muerte en nuestra época, también se vinculan directamente con la conexión con las costumbres ancestrales que analizan la vida y la muerte con tránsitos de procesos físicos. Una autopsia consta de tres fases y cada una de ellas, amplia los conocimientos que te brinda la anterior. La primera analiza el cuerpo desde el ámbito de lo visible: la integridad de músculos y huesos, heridas visibles o lesiones evidentes. La segunda fase consiste en diseccionar el cuerpo e investigar el comportamiento de los órganos. Por último, las muestras de tejido se observan bajo el microscopio y se teoriza sobre las causas de la muerte. Es un proceso largo y trabajoso que se graba y se filma. “Y que no tiene nada que ver con esas rapidísimas escenas de las películas” dice P. con una sonrisa cansada. “Una autopsia lleva alrededor de seis horas de trabajo arduo. Y es un procedimiento que llega a ser agobiante. No hay forma de saber cuándo finalizó”.

Las autopsias se dividen en clínicas (que se realizan para especificar la causa de la muerte por causas naturales) y las autopsia forense, que es la que se lleva a cabo por motivos legales. Ambas tienen procedimientos distintos y en cada una, el patólogo también busca elementos distintos. Ambas sin embargo, están destinadas a convertir a la muerte en un suceso médico verificable, algo que siglos atrás, resultaba impensable.

De hecho, durante buena parte de la historia de la humanidad, manipular un cadáver con propósitos médicos ha sido motivo de castigos legales e incluso la muerte. Hasta el siglo XIX, en casi todos los países del mundo estaba prohibido realizar cualquier proceso científico a cualquier cadáver, por contradecir las estricta visión bíblica sobre la resurrección de la carne y las consecuencias que podía tener la destrucción de la muerte la abstracta promesa de inmortalidad cristiana. No obstante, ya para el año 300 D.C, Galeno había realizado la primera autopsia que se conoce, enfrentándose a las autoridades de su época e incluso a una leve condena judicial por publicar sus resultados. Siglos más tarde, Leonardo Da Vinci sería el primero en detallar una autopsia en sus cuadernos de dibujo, osadía que casi le causa una condena — y seguramente la muerte — por cometer herejía.

No obstante, la primera vez que la autopsia comenzó a considerarse un método legal, fue gracias al trabajo de Rudolf Virchow y Carl von Rokitansky, los que durante la primera mitad del siglo XIX elaboraron la primera investigación académica de la relación entre las manifestaciones patológicas de un cadáver y las causas de la muerte. Gracias a su extensa experiencia en más de 30.000 autopsias clínicas y legales, ambos médicos lograron que Alemania se convirtiera en el primer país de Europa en considerar la patología forense como una disciplina científica a pleno derecho.

Fueron pioneros pero no los únicos curiosos. En el año 1767, Carl Linneo explicó las infinitas relaciones entre la muerte de la materia y su transformación en materia procesable por la naturaleza. La investigación le trajo casi un año de cárcel por contradecir a la Madre Iglesia. ¿El motivo? insistir en que el ser humano es sólo carne y que la tierra nos devorará hasta convertirnos en polvo.

Según los principios de la termodinámica, la energía no se crea ni se destruye, sino que se transforma en una nueva materia convertida en algo por completo nuevo. O lo que es lo mismo: cualquier elemento tiende a destruirse para crear una energía nueva a partir de las partes desmenuzadas del conjunto. Una teoría que se emparenta de una forma sutil pero evidentes con las que aseguran que somos producto de una sorprendente causalidad cósmica, de la combinación de elementos estelares que dieron origen a la vida, sin que la vida sea otra cosa que un accidente.

La descomposición, que engloba esa visión del cuerpo convertido en algo más que una interpretación sobre nuestra existencia. En una nueva visión sobre ese origen Universal e infinito, que regresa a la Tierra como una manera de asumir la creación de algo más extraordinario e impensable. Una noción sobre la vida y la muerte como procesos creacionistas en estado puro. No se trata de una idea alentadora pero en realidad, es mucho más profunda de lo que se puede analizar a primera vista. Y sin duda, vinculada de manera primitiva y ancestral con el temor cultural acerca de la muerte como concepto, hecho y al final, signo inevitable de la frágil naturaleza de lo biológico.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

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