Crónica de la lectora devota

Las novelas basadas en la diferencia, suelen transitar el complicado camino de no parecer sermoneadoras, moralistas o de crear víctimas alegóricas. El recorrido establece una cierta percepción sobre la realidad: la raza, la etnia y la cultura es lo que sostiene la percepción de la identidad y lo hace, a través de un tránsito elaborado y consciente a través de ideas persistentes sobre lo social. De un modo que un personaje que se define a través del color de su piel, de su origen o el contexto que le rodea, es también uno que metaforizará toda una serie de conceptos con respecto a la forma de comprender lo que es y lo que delimita su individualidad. En especial, en una época como la nuestra, en la que la sensibilidad sobre temas parecidos es de enorme importancia. Además, explora un espacio dramático y en ocasiones, doloroso sobre cómo la cultura en que se nace puede delimitar el peso de lo que somos.

Quizás por ese motivo, la novela The Other Black Girl de Zakiya Dalila Harris comienza con una frase dolorosa y temible: “Hay una soledad inmensa, inquietante e ineludible en ser el único”. Harris no deja equívoco a la forma en que planteará esta ficción a cuatro parte en la que profundiza sobre el antiguo dilema sobre la identidad. Pero más allá de eso, hay una búsqueda coherente sobre lo que nos diferencia y en ocasiones nos estigmatiza. Nella Rogers, la narradora de una historia en la que su voz no parece ser la única, aunque lo es, es sin duda mujer que debe luchar contra la exclusión que provoca su fortaleza. Nella es una asistente editorial con una considerable ambición. También es negra en medio de un ámbito en su mayoría blanco, en el que debe lidiar con las miradas de desprecio y en especial, con la convicción que su diferencia — “ya por sea mi inteligencia, género o color de piel, soy una rareza” comenta con cierta displicencia — la hace ser un punto caliente en mitad de un largo terreno de dificultades.

Nella desea ser ascender en el escalafón jerárquico de la editorial. También quiere avanzar hacia algo más profundo que ser una excepción necesaria para llenar un incómodo espacio demográfico. O al menos, en la forma en que lo comprende. “No saber jamás si eres capaz o eres útil para cierta imagen, es un tipo de incomodidad perpetúa difícil de definir y mucho menos, analizar. Eres un dato, un lugar que ocupar. Y en mi caso dos o tres. Mujer y negra. Mujer, negra y universitaria. Me necesitan ¿para qué?” Harris plantea la discriminación positiva desde cierto ámbito de la verguenza de lo necesario, pero no llega a completar la idea sino que la enlaza con algo doloroso. “Quiero triunfar pero sé que para hacerlo, deberé asumir como me miran. Como se comprende mi pequeño estrato. Hacia dónde debo avanzar en mi recorrido hacia un lugar u otro. Sí, soy talentosa. Tengo la audacia de querer escalar un peldaño y saltar el siguiente. Pero ¿me lo permitirán?. Y si lo hacen ¿cómo es la condición que debo cumplir?”.

Pero Harris dota a su personaje no sólo de preguntas, sino de todo una audaz mirada de contexto sobre lo que es ser una mujer afroamericana en un ámbito competitivo. Nella se mantiene esbelta a base de dietas cada vez más férreas — “nadie quiere ver curvas debajo de esos finos trajes de chaqueta y pantalón” — , usa productos químicos para alisar el cabello y por una época — “una vergonzosa época, puntualiza — no podía dejar de rascarse el cuero cabelludo por la irritación que le causaba el secado y alisado. Se trata de recursos sencillos, pero cada elemento que define el aspecto físico de Nella, como se percibe a sí misma y en especial, como esa definición la constriñe a un espacio específico, es de un enorme valor para comprender en toda su amplitud su búsqueda de espacios y notorias convicciones sobre el hecho de la raza. Ser afroamericana para Nella, es un asunto con el que debe lidiar. Uno con el que debe combatir y analizar. Pero en especial, también es una línea que delimita los lugares de su mente en los que puede admitir ceder o avanzar. “Es como un juego de ajedrez. Un peón avanza y sabes que lo perderás, pero es la mejor decisión a la larga. Visto como una mujer blanca, pero por ahora es todo lo que puedo sacrificar”.

Por supuesto, Harris se identifica con su personaje. Pero también, analiza la forma en que se estrecha y se vincula esa identificación con el resto de su novela. Nella no es un alter ego de la escritora. Es más bien, una descripción a distancia de la vida que llevan mujeres como ellas, en empleos análogos al suyo y en ambientes parecidos en nuestra época. Es una percepción elegante, que Harris logra construir pieza a pieza para encontrar una forma de elección. Después de todo, Nella puede tomar su diploma de graduada, experiencia y talento e ir una editorial en la que ser una mujer negra no sea un punto de inflexión. “Podría pero no lo haré. De hacerlo ¿quiere decir que debo limitarme a espacios muy concretos de mi vida?”.

No hay una manera concreta de analizar la forma en que Harris expone la inquietud de una novela basada en su tensión interior. Nella quiere triunfar, se debate con todo tipo de miedos y pensamientos sobre la raíz del éxito. Pero a la vez, quiere hacerlo en un terreno que no le resulta familiar. Que suponga un reto. No obstante, también se pregunta qué puede ser un reto en medio de algo tan complicado como saber que es distinta. Que en las enormes y lujosas oficinas de la editorial en la que trabaja, hay una grieta que le separa de todos quienes estudiaron en las mismas universidades, tuvieron las mismas experiencias, comparten la misma visión de la cultura. Se trata de la sensación perenne que no pertenece a ninguna parte. Ni a la comunidad negra que se burla de sus intentos por pertenecer, ni a la blanca que la discrimina con una compasión mal disimulada. Mientras conduce por la noche, luego de trabajar por horas extras, piensa en la posibilidad de solo seguir el camino sencillo. “Es tan tentador, la posibilidad está tan abierta. Pero no lo haré. Seguiré por este extraño espacio que a veces, tengo la clara sensación no me conduce a ninguna parte”.

Para Nella se trata de una decisión de poder. Y lo ejerce como puede, aunque a medida que avanza la novela, es evidente que tiene menos espacio para moverse con libertad. La editorial contrata a un segunda mujer negra, pero con un aspecto mucho más étnico del que Nella tiene o podría tener. Se trata de una editora con padres senegaleses que no teme usar largas túnicas coloridas, el cabello trenzado o en un apretado afro, el rostro maquillado en tonos dorados. “Es como si fuera un espejismo de algún estereotipo ridículo” piensa Nella cuando le estrecha la mano. La mujer tiene una serie de respetables logros académicos y además, es “representativa”. Lo escucha en los pasillos, en las oficinas.

Lo escucha en la primera reunión del mes, en la que la nueva empleada — a la que Harris jamás nombra ni tampoco dedica otra palabra que “la mujer” — llega con un turbante de tela colorida y pulseras de metal en las muñecas. “Puedo escucharlas sonar, cuando levanta las manos y gesticula. Por el rabillo de ojo, ver el manchón de colores de su ropa y de su vestido. Puedo notar el brillo de su piel, el olor de la loción de coco que usa, que jamás me atreví a usar”. Nella está enfurecida, pero también desconcertada. La nueva editora no hace esfuerzos por calzar en ningún lugar. De hecho “no parece interesada en absoluto por hacerlo”. Sin embargo, tiene mayor atención del grupo de editores, es la que se hace escuchar en discusiones y debates. Y cuando un poderoso escritor de carácter difícil se niega a firmar un contrato que considera “insultante”, es la “mujer” quien logra lidiar con la situación, a fuerza de una voz firme y un diálogo complicado en el que termina por vencer a fuerza de la dialéctica. Por último, recibe el ascenso que Nella esperó por dos años.

Se trata de un momento de inflexión en la novela, pero sin duda, el punto en que Harris muestra todas sus intenciones y en especial, la forma en que quiere expresar la idea de la raza y la etnia. Frustrada y enfurecida, Nella se mira al espejo esa noche por horas y entonces, comienza a cortar su largo y bien cuidado cabello. Primero un mechón. Después toda la larga cola de cabello lisa que le cae a través de la espalda. Quema la ropa “que por años atesoré, como un disfraz, una armadura, una puerta, un lago sin puente, un espacio insular” y por último, redacta una carta de renuncia. La narración se detiene entonces para volver al pasado, a través del reflejo en el espejo de Nella. De cómo era de niña, antes de los blanqueadores para la piel, los alisadores de cabello y las dietas para evitar las curvas pronunciadas.

“¿Quién era la muchacha que entró en la universidad, la que aspiraba luchar?” se pregunta y aunque puede parecer tópico un cuestionamiento semejante, no lo es. Harris describe la escena entre los mechones cortados de Nella, la ropa quemada, la carta que todavía no envía. “Los escombros de mi vida están ahí, están de una forma u otra. Están enlazados, construidos y sostenidos por algo más fuerte de lo que creí o lo que temí” explica. Nella se recuerda con un pequeño afro, una camiseta corta, pantalones ajustados, mientras corre por una ciudad sin nombre, “Soy una mujer negra. Soy una mujer negra y lo he sabido, como una historia que no he dejado de contarme cada día de mi vida. Soy una mujer negra, soy una mujer que dejó su historia sin encontrar otra”.

Para su tramo final, The Other Black Girl, parece dos novelas en una, entretejidas entre sí hasta crear algo más elaborado y sensible, pero sobre todo poderoso. La mirada de Harris se hace cada vez más incisiva a medida que avanza hacia su final — sensible, extravagante e imprevisible — en medio de una decisión que Nella toma y a la vez, evita tomar. “Hay dos regiones hacia las cuales huir. Dos espacios hacia donde llegar o dónde encontrar el espacio al cual llegar. En mi caso no sé hacia cual me dirijo, pero al menos, ahora sé que avanzo hacía allí” dije en unos de sus párrafos más estremecedores. Nella ahora es una mujer nueva, pero también es la niña que apenas recuerda y la sombra de la mujer que fue hasta esa noche. Con la belleza de un drama con relevancia política y social, la ternura de una autoconfesión y por último, algunos puntos de tragedia cultural, The Other Black Girl es la búsqueda de una identidad en medio de todas las posibilidades de un mundo que presiona, que exige “y al final, da muy poco”. Nella toma una decisión. Y para sus últimas páginas, el libro tiene toda la potencia de una declaración de intenciones muy alejada de una arenga moralista. Quizás su mayor y más brillante cualidad.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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