Crónica de la lectora devota:

Un escritor con frecuencia es un agente de cambio, aunque no sea su intención y tampoco, el fin último de su obra. Y lo es, en la medida que escribir — como cualquier forma de arte — es un ejercicio de reinvención de la cultura, a través de símbolos y alegorías reconocibles. Mucho más, si la obra es capaz además, de promover el debate o crear la connotación inmediata sobre la necesidad de la controversia y la confrontación de ideas.

De modo que un escritor puede ser el autor de un libro capaz de cambiar algunos aspectos fundamentales del contexto que le rodea o también, convertirse en una metáfora de la necesidad de evolución. Una tan poderosa que le transforme en interlocutor — consciente o no — de esa búsqueda de un nuevo sentido hacia el tiempo social que define su época o incluso, ser un vehículo del cambio, que se refleja como una transmigración intelectual necesaria y poderosa sobre una connotación sobre el mundo. Toda obra implica que su autor necesita expresar ideas tendientes a polemizar con las institucionalizadas. Toda obra, al final, es una necesidad constructiva de un espacio intelectual por completo nuevo.

Según Frances Wilson, autora de la biografía Burning Man: The Trials of D.H. Lawrence, el escritor estaba consciente que su obra estaba destinada sino a cambiar el mundo, al menos “provocar una incomodidad suficiente” como para que fuera recordada. Lawrence, que se consideraba a sí mismo un testigo de una “frenética necesidad de cambio inexpresada”, era también un hombre que estaba por completo convencido que la transición entre dos épocas, tenía por testigo de excepción a la literatura. De modo que se dedicó a escribir sobre el sexo. A describir duras y realistas escenas sexuales en mitad de situaciones cotidianas, a hablar sobre el placer, los genitales de mujeres y hombres, sobre pechos desnudos, sobre la necesidad del clímax sexual, en una época que apenas había dejado atrás los corset y las convenciones del victoriano tardío. La osadía tuvo inmediatas consecuencias. Tantas como para provocar que el autor se convirtiera en un viajero errante, un hombre cuestionado y que su obra más reconocida, El amante de Lady Chatterley, terminara por ser prohibida en su natal Inglaterra por más de treinta años. De hecho, el libro tardó en publicarse en toda su extensión años enteros.

Lawrence recorrió Europa, en busca de un editor “lo suficientemente osado y desprejuiciado” para publicar el texto sin censura, pero sólo lo encontró en Florencia, cuando ya estaba muy enfermo para debatir condiciones y recibió una cantidad casi simbólica por su publicación. Para entonces, el autor había batallado con la censura de varios de sus libros anteriores, la pobreza, la exclusión, una amenaza de cárcel por supuestos cargos de espionaje y la crítica literaria, que consideraba su obra “pornográfica” y sin “otro valor que el escándalo”. El escritor no dejó de insistir que el sexo era un vehículo de libertad, añadió más escenas explícitas para su Constance Chatterley y además, no se dejó convencer por editor alguno de, al menos, incluir un epílogo en el que hiciera algunas puntualizaciones sobre la moral y la necesidad de la “ética galante”, como solía llamarse a la necesidad de incluir una cierta idea de reconvención moral al final de historias especialmente polémicas.

Luego de casi un año de recibir cartas de rechazo — que incluyó una especialmente dura en que un editor le recomendaba “no publicar el libro, por su bien” — Lawrence escribió a Aldous Huxley, su amigo más cercano por entonces, que “la moral es una pared, un espacio enorme y desigual, una marejada llena de basura de tantos lugares, que es imposible comprender el origen”. Pero no dejó de insistir y finalmente, El amante de Lady Chatterley fue publicado de forma íntegra. “No lo creía posible, pero la palabra “pecho” y “pezón” estarán en la boca de grandes lectores” se burló en otra carta a Huxley. Según Wilson, que hace una recopilación extensa del contexto y el entorno de Lawrence, el escritor no esperaba la inmediata repercusión del libro, pero llegó a imaginar escenarios parecidos. “Quiero ver el mundo arder” añadió a su corresponsal favorito.

El libro Burning Man: The Trials of D.H. Lawrence no trata específicamente del boicot, censura e incluso quemas, que sufrió la obra de Lawrence, pero si las retrata de manera fidedigna. De hecho, avanza con cuidado en la forma en que la novela se convirtió en un libro prohibido y para finales de los años cincuenta, se encontraba en la lista que no podían ser vendidos — al menos en su versión completa — en Inglaterra. Para lograr un ejemplar, había que viajar al otro lado del canal de Suez y evadir las revisiones de aduana. En Francia, era mercancía caliente: se mercadeaba entre las trastiendas y a precios exorbitantes. Ninguna editorial respetable se atrevía a publicar la obra de D.H Lawrence fuera de una edición académica y de coleccionista.

Para 1955, apenas ocho catálogos contenían la novela como parte de su repertorio y todas llevaban un prólogo de advertencia sobre su “contenido escandaloso”. En Italia, en dos oportunidades se habían quemado ejemplares frente a colegios y plazas públicas. En Alemania, al menos tres pueblos consideraban ilegal su publicación. En Bélgica, la historia de Lawrence fue llamada “impúdica y amoral” y por años, se le usó como ejemplo de la destrucción de la sociedad por medio de obras “sin otro aliciente que la de ofrecer una mirada sucia sobre la santidad del matrimonio”.

Wilson describe el panorama con el puntilloso cuidado del investigador. Hay cartas, anuncios de periódicos, todo tipo de crónicas y reseñas infamantes sobre la obra del escritor. Para Wilson, que creció en medio del revuelo del libro Política sexual de Kate Millett, en el que se acusa al libro de D.H Lawrence de “pornografía sádica” y se le adjudica un valor sobre la noción de la dominación patriarcal, parece de considerable importancia no sólo la reivindicación del autor, sino además y por extraño que parezca, su desacralización. Wilson, experta en crear condiciones para analizar sucesos históricos desde la periferia, encuentra en Burning Man: The Trials of D.H. Lawrence una forma de analizar la figura de D.H Lawrence y su obra sin tremendismo alguno.

“No se trata del mesías de lo carnal en la que le encumbró la generación de los sesenta, ni tampoco un vulgar pornógrafo con algunas ideas trascendentes sobre la mujer. Es sólo un escritor que narró una historia de valor en una época que era necesario hacerlo”. Desde esa estimulante hipótesis, Wilson recorre la percepción del bien y del mal de las décadas en que el libro estuvo en el centro de todo tipo de disputas pero además, elabora una considerable versión la percepción de lo moralizante y la condición de lo ético, en varias décadas distintas. Para cuando finalmente, el libro llega al Londres de los años sesenta, Wilson ha dejado dos cosas claras: que D. H Lawrence fue convertido en símbolo de lo profano — sin serlo — y que el juicio a continuación, sería el final de una disputa sin sentido, sin forma y al final, sin demasiado objetivo.

Por supuesto, el recorrido por las épocas de mayor productividad de Lawrence, que incluye los años entre 1915 y 1925, es también de innegable valor para entender el vigor de una obra que alcanzó su madurez con El amante de Lady Chatterley pero que ya avanzaba hacia una nueva mirada estilística y discursiva unos cuantos años atrás. De la misma manera que en su reconocida biografía sobre Thomas De Quincey, Guilty Thing (2016), en la que Wilson logró hacer un recorrido opulento a través de la vida de un escritor en particular complicado por sus implicaciones sociales, el libro Burning Man: The Trials of D.H. Lawrence logra establecer de inmediato el carácter poderoso de la obra de Lawrence.

Pero no lo hace brindándole una trascendencia exagerada o alimentando el mito. Lo hace al reflexionar sobre la repercusión de sus obras como parte de un paradigma concreto. ¿Lawrence asumía la noción del escándalo como inevitable? ¿o para el escritor el escándalo era un fin inmediato? Pueden parecer preguntas sencillas, hasta que se analiza bajo el cariz del juicio más extraño, importante y definitivo sobre la obra del escritor que se ha llevado a cabo hasta ahora. El que protagonizó Penguin Books contra las leyes Inglesas para publicar la obra íntegra en el año 1960. No sólo se trató del debate en el estrado, sino lo que significó para la reasignación de importancia simbólica sobre una obra, que hasta entonces era una curiosidad obscena que muy pocos habían leído y explorado en realidad.

Pero Wilson no llega a profundizar en los juicios, sino que en una teoría que sugiere un estudio coherente de Lawrence como ser humano y en especial, como escritor consciente del poder de su obra, sugiere que cada paso Lawrence estuvo destinado a crear lo que llama “su propio infierno”. De hecho, a medida que profundiza en el escritor como creador y avanza para narrar su vida desde Nottingham hasta el día anterior al comienzo del juicio en Londres, crea la sensación circular que cada decisión de Lawrence era la de implosionar “la moral” en una búsqueda de argumentos más o menos fidedignos para encontrar una forma de sostener su propia mirada “sobre la época desesperadamente inocente” en la cual vivió.

Lawrence — el escritor — y Lawrence — el mito — se construyen y se deconstruyen uno al otro para sostener una lenta y dolorosa mirada sobre el absurdo. Lawrence, que comenzó a escribir como una compulsión y abandonó Inglaterra, “perseguido por sus horrores, creados a papel y a tinta” es el héroe de una gesta fatua que no llega a ser del todo convincente en la hipótesis de Wilson. Pero aún así, es inevitable creer que un hombre que basó su discurso en la provocación, no estuviera consciente que la noción sobre la amoralidad que construía tarde o temprano, tendría que lidiar con el tiempo y la forma de enfrentarse al monstruo que alimentaba con entusiasmo. “Si en el centro del infierno de Lawrence estaba un juicio futuro que definiría el resto de su obra, en los círculos que rodean al fuego estaba su instinto para la provocación y la necesidad de analizar al sexo, el placer y la mujer como vehículos y herramientas de una subversión portentosa” escribe Wilson. Lo hace además desde la óptica del análisis crítico. “¿Podría Lawrence meditar sobre lo la responsabilidad del arte que crea y sobre todo, hacia el lugar al que conduce ex profeso? ¿podría hacer cada vez más notoria y necesaria la búsqueda de su motivo para escandalizar como un músculo poderoso de su propia ambición creativa?

Wilson no llega a responder a las preguntas. Para la última parte del libro, en la que analiza el juicio, hace un ingenioso punto y aparte y se limita a narrar lo que ocurrió antes de la sentencia. Lo hace además desde un punto de vista que permite entender como Lawrence, a la distancia, logró lo que deseaba. Durante el juicio que se llevó a cabo contra el libro del escritor DH Lawrence El amante de Lady Chatterley en 1960, el juez Sir Laurence Byrne le dio a leer el libro a su esposa, Lady Dorothy Byrne. La intención del magistrado era demostrar que la historia era obscena, además de poco recomendable para los jóvenes ingleses, además de un peligro real para su “moral”. Pero confío en el criterio de su esposa antes que en el suyo. El motivo era bastante simple: el juez estaba convencido que Lawrence había escrito el libro con toda la intención de no sólo escandalizar, sino de “seducir” de manera “perversa” a las posibles lectoras, por lo que decidió dar el libro a la mujer “más intachable y de moral más impoluta que conocía”. La noticia trascendió a los periódicos en medio del escándalo y hubo algunas notas burlonas sobre la “fortaleza moral” de Lady Byrne para leer el que se suponía era uno de los libros más escandalosos de las épocas.

Uno, que además había sacudido desde los cimientos la concepción de la mujer, su sexualidad y el mero hecho del deseo femenino. De hecho, buena parte del juicio, emprendido contra la editorial Penguin Books, se basa en una serie de interrogantes acerca de la historia, que se consideraba fuente de indecencia absoluta. Y no sólo por su contenido polémico, sino también por el comportamiento de su autor, muerto treinta años antes y epítome de “la desvergüenza”. La combinación de ambas cosas, había provocado que la publicación en tapa rústica se convirtiera en un suceso trascendental en el mundo editorial inglés — se vendían aproximadamente 200 mil copias por día — y también, una controversia cultural. Una tan poderosa para abrir un juicio público en plena década de los sesenta sobre la liberación sexual, el poder del apetito carnal y las convenciones morales de una época de transición.

Para Londres, el libro de Lawrence fue un descubrimiento, pero también, fue un sobresalto de alcance considerable. De pronto, la idea sobre todos los cambios que ocurrían a la periferia social, tenían un nuevo alcance y una profundidad desconcertante. Se trataba de un cuestionamiento directo a la forma como hasta entonces los ingleses habían concebido el concepto de lo doméstico, lo íntimo y lo sexual. Porque El amante de Lady Chatterley no era solo una mirada atípica, dura y abrumadora a lo sexual en toda su crudeza y belleza, sino también un recorrido ambiguo por el amor como vínculo, una reflexión modernista sobre la fugacidad de los sentimientos, hasta entonces idealizados hasta el dolor en la literatura.

Pero D.H Lawrence enfrentó a la idea del amor desde una óptica por completo nueva. Wilson los narra y deja claro que incluso, antes de la decisión de la corte, el escritor ya había logrado cambiar la historia. Para la biografía, el escritor creó un conflicto por completo novedoso y reflexionó sobre los espacios de la naturaleza humana. Todo a través de la concepción del bien y el mal relativo. Constance Chatterley, herida, poderosa, sexualmente franca, abierta en la percepción sobre su cuerpo y el dominio del deseo, era una creación que despertó un tipo de controversia incómoda. ¿Podía ser así una mujer? Se preguntó en voz alta más de un crítico. ¿Realmente el libro muestra a la naturaleza femenina o se trata de la idealización corrosiva y peligrosa de su autor? ¿Realmente sus esfuerzos por cambiar el mundo tal y como lo conocía dieron resultado? El libro no llega a la conclusión ni tampoco, intenta pontificar al respecto. Al contrario, deja la decisión al lector, de la misma manera que el juzgado de Londres intentó dirimir el poder de Lawrence para escandalizar. Un círculo completo en que la hoguera de la necesidad de confrontar que toda obra artística lleva aparejada, es más ardiente que nunca. Quizás el mejor logro del libro.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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