En el bosque salvaje:

El hada siniestra y la búsqueda del deseo (Parte I)

Un espiral de fuego sobre el bosque silencioso

“¿Les gustaría que sus hijos pequeños leyeran este libro? ¿Lo tendrían en su propia casa? ¿Quisieran que lo leyeran sus esposas y sirvientas?”, preguntó el fiscal Mervyn Griffith-Jones el primer día del juicio. Había algo de teatral en la forma en que levantó el ejemplar de tapa rústica con su en apariencia, inofensiva solapa color naranja y gris para mostrarla al público y al jurado. Pero no se trató de un acto de ingenuidad o mucho menos de provocación. Era una declaración de intenciones. El libro contenía un relato obsceno pero en realidad, no era en absoluto pornográfico, a pesar de su crudeza y lenguaje tildado de “vulgar”. Era más parecido a una disertación sobre la libertad, con encendidas y explícitas escenas de sexo que hacían más cercana, conmovedora y lúcida la reflexión.

Un secreto dentro del secreto

En septiembre de 1960, el editor de la casa editorial Penguin Books Allan Lane, tomó una decisión en apariencia simple, que no sabía tenía el potencial de cambiar la historia reciente de la literatura inglesa. Luego de muchas revisiones, disputas por carta e incluso, algunos tropiezos legales, decidió que la obra de Lawrence debía ser publicada en forma íntegra, tal y como se vendía ya en Italia y en Francia. Después de todo, diría después Lane, Londres era el centro de todas las transformaciones sociales y culturales de Europa.

El escándalo, la libertad y otros paisajes inquietantes

Lady Byrne leyó el libro en apenas cuatro días y subrayó con cuidado todo lo que consideró “provocador”. Con una meticulosidad rayana en lo obsesivo, recalcó todos los pasajes relacionados con el sexo, la forma “salvaje” en que Constance hacia el amor con su amante, pero en especial, su exagerada “vulgaridad”. Lo más extraño fue que Lady Dorothy Byrne parecía más preocupada por el hecho que el personaje de Lawrence era incapaz de sentir “arrepentimiento” y mucho menos “culpa” por “cometer el agravio de la vulgaridad”. Como si eso no fuera suficiente, entregó a su marido una hoja repleta de anotaciones en las que insistía en que Constance era una mujer “que sólo estaba enfurecida”, lo que de alguna forma brindó al libro una segunda lectura que sorprendió al jurado y al público presente.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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