En el bosque salvaje:

El hada siniestra y la búsqueda del deseo (Parte I)

Durante el juicio que se llevó a cabo contra el libro del escritor DH Lawrence El amante de Lady Chatterley en 1960, el juez Sir Laurence Byrne le dio a leer el libro a su esposa, Lady Dorothy Byrne. La intención del magistrado era demostrar que la historia era obscena, además de poco recomendable para los jóvenes ingleses, además de un peligro real para su “moral”. Pero confío en el criterio de su esposa antes que en el suyo. El motivo era bastante simple: el juez estaba convencido que Lawrence había escrito el libro con toda la intención de no sólo escandalizar, sino de “seducir” de manera “perversa” a las posibles lectoras, por lo que decidió dar el libro a la mujer “más intachable y de moral más impoluta que conocía”. La noticia trascendió a los periódicos en medio del escándalo y hubo algunas notas burlonas sobre la “fortaleza moral” de Lady Byrne para leer el que se suponía era uno de los libros más escandalosos de las épocas.

Uno, que además había sacudido desde los cimientos la concepción de la mujer, su sexualidad y el mero hecho del deseo femenino. De hecho, buena parte del juicio, emprendido contra la editorial Penguin Books, se basa en una serie de interrogantes acerca de la historia, que se consideraba fuente de indecencia absoluta. Y no sólo por su contenido polémico, sino también por el comportamiento de su autor, muerto treinta años antes y epítome de “la desvergüenza”. La combinación de ambas cosas, había provocado que la publicación en tapa rústica se convirtiera en un suceso trascendental en el mundo editorial inglés — se vendían aproximadamente 200 mil copias por día — y también, una controversia cultural. Una tan poderosa para abrir un juicio público en plena década de los sesenta sobre la liberación sexual, el poder del apetito carnal y las convenciones morales de una época de transición.

Para Londres, el libro de Lawrence fue un descubrimiento, pero también, fue un sobresalto de alcance considerable. De pronto, la idea sobre todos los cambios que ocurrían a la periferia social, tenían un nuevo alcance y una profundidad desconcertante. Se trataba de un cuestionamiento directo a la forma como hasta entonces los ingleses habían concebido el concepto de lo doméstico, lo íntimo y lo sexual. Porque El amante de Lady Chatterley no era solo una mirada atípica, dura y abrumadora a lo sexual en toda su crudeza y belleza, sino también un recorrido ambiguo por el amor como vínculo, una reflexión modernista sobre la fugacidad de los sentimientos, hasta entonces idealizados hasta el dolor en la literatura.

Pero DH Lawrence enfrentó a la idea del amor desde una óptica por completo nueva. Creó un conflicto por completo novedoso y reflexionó sobre los espacios de la naturaleza humana. Todo a través de la concepción del bien y el mal relativo. Constance Chatterley, herida, poderosa, sexualmente franca, abierta en la percepción sobre su cuerpo y el dominio del deseo, era una creación que despertó un tipo de controversia incómoda. ¿Podía ser así una mujer? Se preguntó en voz alta más de un crítico. ¿Realmente el libro muestra a la naturaleza femenina o se trata de la idealización corrosiva y peligrosa de su autor?

De hecho, el novelista E. M. Forster llegó más lejos y llegó a preguntarse en un corto ensayo publicado en mitad del debate si lo que tanto preocupaba al juzgado, a las damas que se desmayaban en librerías y los hombres que amenazaban con quemar el libro, era que Constance era real. “Verídica en toda su terquedad por la imperfección y la subversión” escribió Foster, maravillado por el efecto que había provocado la figura de una mujer adúltera, cuyo arrepentimiento se convierte rápidamente en una búsqueda de autosatisfacción. Lawrence había creado una criatura más allá del bien y el mal, una mujer que corría al bosque para saciar su apetito sexual, pero seguía amando al esposo, inválido, símbolo de la cultura que agonizaba.

También el crítico literario F. R. Leavis, insistió en que Lawrence estaba convencido del poder moral de Constance, en el hecho que el sexo era un debate consistente acerca de la posibilidad del deseo como un hecho liberador y también, un atributo de la personalidad que sostenía y se elevaba por encima de la discusión de la necesidad espiritual de la lealtad. Al contrario de la sufrida Madame Bovary de Gustave Flaubert (otra gran adúltera de la literatura) o la trágica Ana Karenina de León Tolstoi, el amor enrarecido por la voluntad del deseo de Lawrence es un vehículo para la construcción de algo más profundo, extraño y duro de comprender. Mientras que Gustave Flaubert había hecho énfasis en el desencanto, el miedo y la angustia de su heroína y Tolstoi en su fortaleza despedazada por la traición, Lawrence liberó a Constance y la convirtió en un espíritu agresivo y salvaje, uno que además, tenía toda la capacidad para apartarse de toda razón y encontrar explicaciones concretas a lo que ocurría en su debate interior.

El diálogo acerca de la intimidad que DH Lawrence planteó a través de Constance era de una vitalidad desconcertante, una mirada asombrada a un tipo de poder que además y por primera vez, tenía eco fuera de las páginas de la historia del libro. Porque mientras la infiel Lady Chatterley conocía las maravillas del placer carnal y su cualidad liberadora, en Londres se quemaban sostenes, se alzaban carteles y las mujeres salían a la calle para exigir derechos, para hacerse cada vez más visibles. De pronto, un movimiento que brindaba voz y visibilidad a la mujer, encontró su eco en la obra de Lawrence, en todo su poder, en toda su carga sustancia, en todo su transcurrir hacia algo más poderoso y duro de entender. La mujer dejó de ser abnegada, santa, pérfida o temible, para ser simplemente humana.

“¿Fue un visionario, un pornógrafo o solo un hombre que comprendió un tipo de misterio doloroso?” escribió F. R. Leavis en su crítica al libro y en especial, a la capacidad de su autor para crear un personaje y una circunstancia de enorme valor emocional e intelectual. Para los millones de lectores que abarrotaron las librerías inglesas para comprar el libro durante el mes de noviembre de 1960, DH Lawrence fue también, una puerta abierta hacia otro tipo de percepción sobre lo erótico. A mitad de camino entre la pornografía, la sensibilidad y una cuidadosa reflexión acerca de la época, sus cambios sociales y en especial, los culturales, Lawrence creó un tipo de discurso de enorme poder de evocación. Uno que treinta años de su muerte causó revuelo y dejó claro que el poder de El Amante de Lady Chatterley era algo más que su capacidad para el escándalo. Era también, su mirada delicada y profundamente sentida sobre la humanidad — real y casi brutal — de sus personajes.

“¿Les gustaría que sus hijos pequeños leyeran este libro? ¿Lo tendrían en su propia casa? ¿Quisieran que lo leyeran sus esposas y sirvientas?”, preguntó el fiscal Mervyn Griffith-Jones el primer día del juicio. Había algo de teatral en la forma en que levantó el ejemplar de tapa rústica con su en apariencia, inofensiva solapa color naranja y gris para mostrarla al público y al jurado. Pero no se trató de un acto de ingenuidad o mucho menos de provocación. Era una declaración de intenciones. El libro contenía un relato obsceno pero en realidad, no era en absoluto pornográfico, a pesar de su crudeza y lenguaje tildado de “vulgar”. Era más parecido a una disertación sobre la libertad, con encendidas y explícitas escenas de sexo que hacían más cercana, conmovedora y lúcida la reflexión.

Lawrence había intentado — y había logrado — mostrar lo humano en todos sus matices, en su búsqueda de significado y en especial, en el recorrido hacia la concepción de lo espiritual y lo carnal como parte de un todo más amplio y certero. Lo hizo además, con una sinceridad que permitió al lenguaje crear un puente entre lo emocional — algo que para Foster era de considerable importancia — y lo realista. Los personajes de la novela no sólo eran figuras emblemáticas, circunstanciales o metáforas de ideas más profundas. Eran hombres y mujeres vitales, reales, llenos de matices y un sufrimiento profundo, que desconcertó a los lectores al momento de su publicación y que maravilló a las siguientes generaciones que convirtieron el libro en una simbolo.

Pero hasta entonces, la obra se había editado incompleta en Inglaterra. El libro de Lawrence había causado revuelo desde el día de su publicación y no sólo por sus detalladas, crudas y hasta incómodas escenas de sexo. En realidad, la verdadera novedad de la obra radicaba en convertir el adulterio en una forma de expiación, en una catarsis espiritual que además, no recibía ningún tipo de castigo. A diferencia de Madame Bovary — que terminaba suicidándose casi por accidente — y Anna Karenina — que lo hacía para consolar sus dolores y espíritu quebrantado — Constance era de un poder interior tan enorme como reivindicar su profundidad intelectual de origen. Había largas disertaciones sobre la culpabilidad, el dolor, el miedo y el peso de lo prohibido. Pero lo habían mucho más sobre la mujer independiente, la que era capaz de disponer de su cuerpo y de su placer, ajena al deber matrimonial o incluso al del decoro. Era esa salvedad de la novela y no otra, lo había provocado el escándalo.

En especial, cuando además Lawrence, había narrado lo que parecía una historia plausible: la relación de Constance con su marido Sir Clifford Chatterley, era cariñosa y amable. Herido durante la guerra, reducido a la parálisis y a una oportuna silla de ruedas, habían convertido al personaje en una especie de símbolo mítico de la castración física y emocional. Clifford era incapaz de forma sexual a su esposa, pero era su pariente más cercano y más querido. Juntos formaban una pareja con un vínculo inexplicable a primera vista — mucho más después de la llegada del amante — pero en lo que Lawrence profundiza con cuidado y delicadeza.

En toda su extraña belleza frustrada y dramática, la relación de Clifford y Constance es poderosa y también íntima. No obstante, Lady Chatterley necesita satisfacción sexual. La necesita por las razones humanas, simples y frágiles que cualquier lector podía entender. La mujer que Lawrence había imaginado no una idealización de lo cortés, una criatura romántica, una percepción sobre lo femenino que atravesara una idea que englobara una idea abstracta. Era una mujer, una joven, saludable y que a pesar del amor de su marido, estaba dispuesta a encontrar un sentido a todo lo erótico y la lujuria que le sofocaba y le convertía en una extraña frente al espejo.

Y obtenía la satisfacción, de una forma que incluso la mujer más pudenta o el hombre más severo podía entender. No había amor de por medio — quizás complicidad — pero en realidad, Constance encarnaba la curiosidad del deseo con una potencia casi inocente. Por otro lado, el amante de Constance no era un hombre seductor, mucho menos un manipulador pérfido o uno en busca de mancillar la honra de una mujer de su clase. Sólo era un guardabosques. Oliver Mellors era una figura ambigua, un alegórico Pan salido del bosque para no sólo complacer el apetito de Constance, sino romper el ritmo elemental de toda novela en que la mujer rompe antes o después el pacto invisible de la fidelidad y la abnegación. No es casual que Lawrence describa los encuentros en un bosque, que Mellors sea agresivo e intelectualmente muy distante al sofisticado Clifford. De pronto, Constance se encuentra en medio de los dos extremos, en lados opuestos del mundo y siendo el centro de la atención de una percepción sobre la mujer, hasta entonces desconocida por la literatura universal.

Por supuesto, una novela semejante traía aparejada consigo una considerable densidad psicológica y además, una serie de especulaciones sobre lo moral y lo prohibido que inquietó a críticos y lectores desde su publicación. Se llegó a decir que se trataba de una “revancha social” de Lawrence contra las clases pudientes, una subversión de lo espiritual a través de la consonancia del deseo con la percepción unánime del poder de la carne y también, de lo intelectual. Constance Chatterley era poderosa a la manera de las criaturas inexplicables, una diosa voraz, insaciable en sus apetitos sexuales, pero a la vez, con la inteligencia suficiente para ser algo más que una tentación, una seductora en medio de una situación que le sobrepasa o una percepción del bien y del mal en medio de un paisaje complicado. Constance es una mujer, con la fatalidad del deseo a cuestas y la percepción de su complejidad como principal emblema.

En septiembre de 1960, el editor de la casa editorial Penguin Books Allan Lane, tomó una decisión en apariencia simple, que no sabía tenía el potencial de cambiar la historia reciente de la literatura inglesa. Luego de muchas revisiones, disputas por carta e incluso, algunos tropiezos legales, decidió que la obra de Lawrence debía ser publicada en forma íntegra, tal y como se vendía ya en Italia y en Francia. Después de todo, diría después Lane, Londres era el centro de todas las transformaciones sociales y culturales de Europa.

O al menos, esa era la percepción de los Ingleses, en medio de un debate constante acerca de su identidad y en especial, un tránsito hacia un país mucho más moderno en lo cultural y lo social. También, estaban ocurriendo todo tipo de pequeños avances en Europa que mostraban una nueva catadura del entramado económico e histórico. En enero, se había creado la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA) a las que se une Inglaterra junto con Dinamarca, Noruega, Suecia, Austria, Portugal y Suiza. El intercambio comercial permitió no sólo que El Reino Unido disfrutara de una súbita conexión cultura con otros países, sino una inusitada curiosidad por lo que ocurría más allá de sus fronteras.

Al mismo tiempo, en Londres estaba en todo su esplendor el llamado Swinging London, que acentuaba el interés de la juventud por todo tipo de pensamientos, posturas y experiencias culturales de vanguardia. Se trató de una revolución cultural a gran escala, que disfrutó de la recuperación económica del país luego de la Segunda Guerra Mundial y cuyos primeros frutos comenzaron a verse durante la siguiente década. De hecho, el periodista Christopher Booker de la revista Private Eye, llegó a decir que la ciudad era el centro de un sismo destinado a irradiar su “ola expansiva de asombro” alrededor del mundo. “No parecía haber nadie de pie fuera de la burbuja, y observando lo extraño y superficial y egocéntrico e incluso más bien horrible que fue” escribió en mayo de 1960, asombrado por la sacudida deslumbrante de talento y nuevas percepciones sobre la vida política e incluso doméstica inglesa.

Así que la decisión de Lane de finalmente publicar la obra de Lawrence de forma íntegra, estaba a tono no sólo con la atmósfera de la transformación del país, sino también ​con la forma en que los ingleses se comprendían a sí mismos. Lane además, elaboró una estrategia cuidadosa para asegurar que la publicación del libro fuera un éxito: sería parte de la ya conocida edición de bolsillo de la editorial, con un tiraje inicial de 200.000 ejemplares. De pronto, todo Londres estaba llena de carteles que anunciaban que la “obra prohibida por décadas” estaría al alcance de cualquiera que pudiera comprarla. Las principales librerías hicieron pedidos y los críticos más renombrados, recibieron una copia de cortesía, que incluía una corta semblanza del largo tránsito del libro hasta los anaqueles ingleses. Lane también hizo algo más: envió doce ejemplares del texto a la oficina del fiscal general de Londres. “Prefiero darle las malas noticias sin intermediarios” escribió en la tarjeta que adjuntó al paquete con los ejemplares.

Por supuesto, el editor sabía que la decisión acarrearía problemas legales a no tardar: en Inglaterra, aun se encontraba en vigencia un complicado entramado legal que tenía por intención “proteger a la literatura de la pornografía”. De hecho, la larga lista de objeciones a las publicaciones, habían traído como inmediata consecuencia la prohibición de una serie de obras de considerable valor académico. Y entre ellas, se encontraba por supuesto, la de Lawrence, que ya treinta años antes, había sido considerada “de una vulgaridad insoportable”. De modo que la publicación de Penguin, que no sólo incluía los pasajes habitualmente suprimidos de la versión más corriente, sino que además era una edición muy barata, transgredió la ley en dos formas distintas. La primera, por incluir escenas de sexo explícito. La otra, por poner al alcance de amas de casas y mujeres “corrientes” la posibilidad de comprar el libro. De hecho, Griffith-Jones, insistió al jurado que el verdadero peligro residía en la posibilidad que el libro cobrara una inusitada popularidad “¿Es este el libro que querrían que leyesen su esposa o sus criados? ¿Este es el libro que quiere encontrar entre las revistas, las bibliotecas, el que esté junto a la mesa de noche de la cama?”.

Tres días después que el paquete con la obra llegara a la oficina del fiscal, Penguin y Allan Lane fueron fueron acusados de varios cargos distintos que incluían “indecencia” y “difusión de material pornográfico”. La editorial de inmediato se defendió de los cargos. En otra estrategia brillante, Lane hizo llegar a la prensa Inglesa lo que estaba a punto de ocurrir en el juzgado. Al día siguiente El Chatterley Affair como los medios llamaron al caso, llegó a todas las portadas de la prensa. El revuelo fue inmediato y de pronto, el radiante otoño Inglés se llenó de expectativa y una batalla cultural en puertas. ¿Podría Lawrence sobrevivir a su enésima lucha contra la moral y las buenas costumbres? El fiscal Griffith — Jones invocó “la buena voluntad y el espíritu recto” del Lord Byrne, el juez a cargo. Y este último, asombrado por la sacudida cultural que ocurría puertas adentro y también en las calles de Londres, decidió que la mejor forma de dirimir la cuestión era dejar que su esposa, “la mujer más intachable de todas”, leyera el libro en disputa.

Lady Byrne leyó el libro en apenas cuatro días y subrayó con cuidado todo lo que consideró “provocador”. Con una meticulosidad rayana en lo obsesivo, recalcó todos los pasajes relacionados con el sexo, la forma “salvaje” en que Constance hacia el amor con su amante, pero en especial, su exagerada “vulgaridad”. Lo más extraño fue que Lady Dorothy Byrne parecía más preocupada por el hecho que el personaje de Lawrence era incapaz de sentir “arrepentimiento” y mucho menos “culpa” por “cometer el agravio de la vulgaridad”. Como si eso no fuera suficiente, entregó a su marido una hoja repleta de anotaciones en las que insistía en que Constance era una mujer “que sólo estaba enfurecida”, lo que de alguna forma brindó al libro una segunda lectura que sorprendió al jurado y al público presente.

Otro testigo que causó sensación en el podio fue Richard Hoggart, académico de la filología inglesa, que sorprendió a todos al insistir que antes que pornográfica y provocadora, la obra de Lawrence era “profundamente moral” e incluso, “puritana”. El intelectual explicó que Lawrence de hecho glorifica el vínculo emocional, que no llega a romperse ni incluso en los avatares “de la pasión que consumía a Constance” y que Clifford es mucho más un símbolo, “que un hombre real sometido al escarnio”. Su testimonio fue tan elaborado y cuidadoso, que más tarde llegó a decirse que fue gracias a Hoggart, que la defensa del defensor de Penguin Michael Rubinstein pudo instrumentar al final, su gran línea de desafío a la posible censura de su obra “Lawrence pertenece al mundo y a todos los lectores, que creen que el corazón humano es falible”.

El jurado deliberó apenas durante dos días y el veredicto fue unánime: la obra debía ser publicada íntegra. Además, la editorial podía disponer de los derechos y hacer todas las reimpresiones “necesarias para cubrir la demanda”. El 10 de noviembre de 1960, las librerías de Londres abrieron para encontrar una multitud de lectores aguardando para comprar el libro. La primera semana se vendieron 200.000 ejemplares y el libro se convirtió en un fenómeno tan extraordinario que los periódicos dedicaron artículos enteros a analizar la obra de Lawrence, lo que provocó por supuesto, aún más popularidad e interés en el público. “Esto es como Bedlam” dijo uno de los libreros entrevistados por The Daily Telegraph para describir el furor del primer día de ventas. La referencia al célebre sanatorio mental, no era fortuita. Durante todo el invierno de 1960, el libro se convirtió en un objeto codiciado por buena parte de Inglaterra y en tres meses, la editorial consiguió vender 3 millones de ejemplares de la novela.

“Sin duda, a Lawrence le habría hecho gracia todo esto”, escribió Hoggart, en un artículo en el contó su experiencia en el estrado y en el furor que vino después. “Finalmente, había visto al mundo arder”.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta