Breviario de las cosas sin nombre.

En Venezuela la cuarentena se vive en medio de muchas capas de problemas distintos, como si la pandemia fuera una dimensión nueva de una crisis muy vieja. De hecho, tengo la sensación que la escasa — o ninguna — importancia que mucha gente le otorga a la posibilidad de enfermar, proviene de lo irrebatible: luego de veinte años de escasez, represión, violencia, persecución y otros tantos malos diarios, la posibilidad de contraer una enfermedad de la que se sabe más bien poco, les resulta al menos insignificante. Una urgencia invisible y abstracta, en medio de otras tantas de considerable violencia.

Lo pienso mientras salgo por primera vez a la calle en casi tres meses. La última vez que lo hice, fue para acudir una consulta médica relacionada con la fractura que sufrí en marzo. Recuerdo haber estado muy asustada, por completo paranoica y al final muy agotada — como siempre me ocurre desde hace unos cuantos meses — por el sólo hecho de enfrentar la calle como enemigo. Por supuesto, lo que me sorprendió fue el considerable número de transeúntes, el caos del tránsito, los rostros descubiertos, la sensación de normalidad levemente alterada, pero con todo, era un día cualquiera. Uno luminoso con parches de gris. Bullicioso, nervioso, mal encajado. Como tantos otros en un país en mitad de una coyuntura histórica cada vez más grave.

Me pregunté que pensaba esperar. ¿Las calles vacías? ¿Una figura solitaria con el rostro cubierto apresurándose por llegar a lugar seguro? En Venezuela, en donde la cuarentena es un lujo, la imagen de otros países, resguardados y protegidos por las precauciones de emergencias, es ilusoria y casi impensable. En este país en el que un trabajo promedio gana alrededor de 2 dolares al mes — sí, leíste bien, hipotético lector — , la posibilidad de aprovisionarse con todo tipo de recursos y esperar que el temporal de la emergencia médica pase, es impensable. En este país comunista, cuna del sueño latinoamericano de un socialismo igualitario, la gran mayoría es muy pobre para tomar ese elegante y sofisticada versión del claustro medieval, que podría evitar los estragos de una verdadera emergencia sanitaria.

De modo, que sólo vi a Caracas con todo su rostro malhumorado, herido y de paso, violento. Una mujer cruzó la calle mientras esperaba porque cambiara la cruz del semáforo y me dedicó una mirada rápida. Ella no llevaba mascarilla, yo sí. Hubo una especie de extraña tensión — seguro lo imaginé — pero pensé de inmediato en nuestras prioridades, posibilidades y al final, decisiones. Ella llevaba una bolsa de plástico en la que noté algunas compras apresuradas — verduras, un paquete de harina precocida — y yo, una bolsa con medicinas, un libro y carne, bien envuelta por un vendedor cuidadoso. Me sentí en otro mundo, a una distancia imposible de la mujer que llegó al otro lado de la calle y volvió a mirarme. O me lo imaginé, seguro. Imaginé el gesto rápido. La atención en mi rostro cubierto, el cabello revuelto y despeinado, los ojos preocupados. Ella desapareció en la multitud y yo aceleré, con las manos temblando sobre la rueda del volante. Me sentí una visitante de otro país, otro lugar, en la que todo ocurría en una dimensión pulcra y lógica.

Pero mi país no es ninguna de esas cosas. Recorrí dos, tres calles. Sólo vi algunos rostros cubiertos. Un grupo de niños se arrojaba la pelota en el patio enrejado de un edificio. El rostro descubierto. Una multitud de compradores alrededor de un mercado popular. Alguien se rascaba la mejilla mientras arrojaba papas a una bolsa de tela. Pensé en un artículo que había leído días atrás: lo rápido que se contagiaba el COVID-19, lo preciso de su mecanismo para esparcirse. Un solo infectado podía provocar una docena de infectados, que a su vez podrían multiplicar el efecto. Eso, según cálculos más o menos discretos. Lo más alarmantes indicaban que con toda probabilidad, un sólo paciente podía infectar veinte, treinta personas el mismo día. Una ola gigantesca que se extendía de un lado a otro con una velocidad imparable.

Pero en Caracas, no sabemos nada sobre eso. O al menos, no le importa a la mayoría de la gente. Por supuesto, no a la mujer que me crucé esa vez. O al guardia que me pidió un salvoconducto — que no llevaba máscara — y que me recordó que “no podía ir por ahí, porque el gobierno mandó a meterse en su casa”. Tampoco a los que hacen fila para surtir gasolina, que conversan alegremente, dándose manotones unos a otros y riendo. O a los que organizaron una fiesta privada para “relajarse un poco” y fueron detenidos. Entre los cientos de comentarios que provocó la noticia, alguien se quejó de la cuarentena “si no te quieres enfermar, no salgas. Pero deja al resto vivir en paz”.

Pensé en ese comentario al volver a salir a la calle. La situación no es distinta que en la otra ocasión y de hecho, asumo que empeorará o se volverá más dura a medida que la curva de contagios aumente. Llevo una máscara, un suéter, el cabello recogido, guantes. Soy asmática y el mero pensamiento de enfermar me aterroriza. Pero a nadie más, supongo. A nadie más de estos sobrevivientes a un país hostil y cada vez más duro de sobrellevar. Los que deben batallar contra el hambre, las cosas más reales que un virus que podría ser cualquier cosa. Un virus en el que nadie cree en realidad, porque enfermar es el menor de los males en un país que se rompió a fragmentos, en el que todos hemos perdido algo, en que cada venezolano ha sido herido y maltratado de cientos formas distintas. El COVID-19 es un mal menor, es un monstruo sin nombre, sin forma. Otra amenaza entre tantas otras.

Me apresuro por la calle. Recibo varias miradas burlonas. Alguien dice algo y escucho su risa muy cerca. Me tropiezo con alguien más. Que tampoco lleva máscara. Siento tanto miedo. Miedo por esa burla a lo que ocurrirá — está ocurriendo — , a esa sensación que el país está de nuevo, en medio de un precario equilibrio sobre el desastre. Está ocurriendo, pienso a la desesperada y lo único que deseo es regresar a casa, no pensar de nuevo en la amenaza, en el hecho que al país le acaba de vencer — otra vez — su confiado pesimismo. Nada puede estar peor.

Pero puede, me digo. Me detengo, miro hacia atrás. Un hombre habla por teléfono celular, sin máscara. Se rasca la cara. Pienso en las cifras maquilladas y disimuladas que el gobierno divulga a diario, como un deber borroso que no lleva a ninguna parte. Pienso en el padre de una amiga, que murió por una “afección pulmonar muy grave”, que nadie se atreve a llamar por su nombre. Por los pequeños relatos de los desconocidos en las redes sociales. La vecina de mi madre que sigue recluida después de dos meses, el padre que “murió solo” en Maracaibo. Los enfermos que aumentan, una cuenta invisible. El peligro.

El hombre del teléfono vuelve a reír y me sobresalto, una sensación tan real que se llenan los ojos de lágrimas. Me mira, desconcertado y yo vuelvo a caminar, pensando en el miedo. En todos los miedos, que ahora suman quizás, uno solo.

Según una noticia que leí hace poco, este año será el menos lluvioso en mi ciudad desde hace más de una década. No podría decir si se trata del cambio climático, el 2020 con su nuevo capítulo de horrores o simple casualidad, mientras la temperatura me hace sudar, no dejo de pensar que algo habrá en este bisiesto, como para que todo sea más duro, insoportable y doloroso. Bien, quizás exagero, me digo en un intento de restar dramatismo al asunto. Lo más probable es que sea ese narciso del deprimido, que te hace sentir que cada cosa que sucede a tu alrededor está vinculada contigo. O está destinada a golpearte como una marejada violenta.

— Es posible, pero este año ha sido realmente horrible — dice mi amiga Ana — es probable que lo de la lluvia también tenga que ver con su maldad.

Me río a carcajadas. Ana es la primera persona con la que converso en el mismo lugar desde hace más de dos meses. A excepción de mi madre, mi vecina la fisgona, el médico traumatólogo, el fisioterapista y mi rommate, mi vida social se ha reducido a la pantalla de la portátil, a los vaivenes del internet intermitente y a las conversaciones telefónicas, que jamás se me han dado bien.

— El villano de los años bisiestos.
— Godzilla contra el 2020.

Ana me habla de lo que ha sido la cuarentena para ella, la sensación de estar encerrada, sin posibilidades, sin futuro. Tiene miedo, claro está. Tiene miedo de este lugar inhóspito de días idénticos, que se enlazan entre sí en una especie de rara sensación de interminable círculo, cada vez más inquietante. Si la cuarentena para el resto del mundo es una prueba de fuego a instituciones y la cultura del ciudadano, en Venezuela es una nueva dimensión de una situación cada vez más crítica, insostenible y violenta. Para Ana, todo se complica casi con el transcurrir de las horas. Tomó la decisión de subirse a su pequeño automóvil destartalado para “buscar gasolina”, pero en realidad, creo que sólo quería quejarse. Y eso está bien, me digo. Mucha gente está convencida que sufrir es una especie de martirio que te asegura las puertas del cielo. Que Venezuela es un purgatorio tropical, parecido a un campo de entrenamiento infernal en que saldas algunas cuentas para asegurarte alguna indulgencia. Si en el medioevo participar en una Cruzada te aseguraba el cielo y quién sabe qué más en el otro mundo, en esta época obsesionada con el optimismo, sufrir es una especie de crédito a favor para una posible bendición a gran escala.

De modo que quéjate Ana, pienso mientras le escucho enumerar con detalle todo lo que teme, a lo que se enfrenta, la sensación que el miedo la sobrepasa. “La cuarentena es un lujo” dice y es verdad. La cuarentena destruye lo poco que queda insiste. Es verdad. Poco a poco, escucharlo decir a alguien más me produce una rara sensación de alivio. De modo que la voz histérica en mi mente no está tan equivocada, me digo. No tanto como supuse, al menos.

— Lo que me asusta, es que cada vez que crees que pasó lo peor, pasa algo más — dice Ana — en este país todo es un ejercicio de supervivencia.
— Uno al que uno llega sin entrenamiento, además — añado.
— Veinte años en medio de una especie de juegos del hambre versión Deluxe.

La cuarentena me ha enseñado un nuevo tipo de paciencia zen o así le llamo, aunque no sé no es el término correcto. Conmigo y con mis amigos. La verdad, creo que no se trata de paciencia, sino un lugar intermedio entre un tipo de resignación muy poco dramática y la noción, que esta circunstancia inédita, cada vez más inexplicable e impredecible, sólo podré sobrellevarla echando a un lado algunas de mis creencias más viejas. Como por ejemplo, estar convencida que siempre habrá un modo de vencer la frustración, la angustia, las pequeñas y grandes cosas que abruman en un país configurado para provocar estrés, para hacerte sentir un extranjero en mitad de un espacio desconocido. Para empujarte a límites de desconocida paciencia que de pronto, es casi tan valiosa como la gasolina que escasea.

De modo que puedo disimular la ansiedad por una vez, que puedo asumir que todo a mi alrededor se está derrumbando y que en apariencia, soy el testigo de algún tipo de apocalipsis en cámara lenta que no termina de ocurrir y que de hacerlo, será como la predicción más tediosa de un Nostradamus borracho. No amigos míos, aquí no habrá jinetes funestos desde cielos llameantes. Lo más probable es que lo único que podamos esperar en medio de la hecatombe, sea una larga fila de automóviles en la espera de llenar el tanque. Qué poco poético. Qué realista. Qué simple. Qué venezolano se escucha eso.

Leí que en los bosques de Sri Lanka las mujeres se esconden entre los árboles de los bosques milenarios, para escapar de los matrimonios impuestos por sus familias. La imagen es hermosa por tortuosa: busqué las imágenes de los inmensos pluviales que rodean los valles áridos y concluí que el escape tiene algo de expiación, antes que verdadero impulso por romper los lazos que les unen a los esposos a quienes nunca han visto el rostro, padres y hermanos. Los árboles son muy altos, de tronco delgado y ramas retorcidas, cuyas raíces sobresalen del lodo como nudos tenebrosos. Las desoladas prometidas van y se sientan entre ellos, entre temblores de miedo y frío hasta que por último, alguien les encuentra. Ya sea un pastor, uno de sus parientes, la policía del país. Les ve allí, seguramente moribunda por el hambre y la sed, las picaduras de animales venenosos. La mordida casi fatal de algún enorme felino. Y se dejan llevar, a empujones y sin mirar atrás, como si el corto recorrido a los infiernos nebulosos con olor a manglar, fuera su última dosis de libertad. El último resquicio de una independencia moral que perderán por completo.

Por supuesto, algunas mujeres mueren. Nadie entierra sus cuerpos. Yacen entre el musgo, las rocas y la suciedad, consumidas por la tierra y el apetito ancestral de los depredadores. Nadie las enterrará porque “no lo merecen”. Leí varios reportajes y entrevistas, de padres y hermanos que en poca frases, dejan claro que el cuerpo de la hermana, la hija, la amada, no tiene valor si comete el pecado de la desobediencia. Al final, incluso sus nombres dejan de ser pronunciados y terminan por ser solo una sombra a la deriva, una figura que nadie recordará, de a que nadie hablará o a la que dedicará oraciones. Las sobrevivientes quizás agradecerán el desamor, el matrimonio árido y la cama violenta para evitar ese silencio, el ostracismo definitivo que convierte a las desobedientes en menos fantasmas sin el menor valor más allá de ser un ejemplo de la línea que no debe transgredirse, de las fronteras que imponen las creencias, el odio o el simple hecho de ser — o intentar serlo -una mujer en medio de una cultura que te aborrece por el mero hecho de serlo.

No diré que me he sentido de ese modo alguna vez. En realidad, en ocasiones, creo que estos pensamientos fatalistas tienen mucho que ver con mi inclinación por el pesimismo, pero la imagen de los cadáveres sin nombre de las mujeres fugitivas, me supera por el mero hecho de metaforizar un lugar siniestro y retorcido en mi interior. El mismo que el dolor físico enfurece, que el confinamiento sublima, que escribir libera. Hay un lugar en penumbras en mi mente, que es como el bosque de árboles enormes de tronco fino, en la que la voz de mis temores se sacude, se escucha con mucha claridad. Y esta sensación de pequeña penuria, del encierro involuntario, afligido y agotado de las puertas cerradas y el cuerpo que falla, encuentra un profundo sentido allí, en medio de esa colección lóbrega de voces y tinieblas que me acompañan a todas partes.

Pero estoy exagerando, por supuesto. Lo estoy y me abruma la sensación inquieta que los largos días de encierro — en toda su anodina quietud de punto ciego — tienen la propiedad macabra de hacer más evidente esas aristas de negrura. Sentada frente a mi ventana, veo a Caracas en medio de su quietud engañosa, de cristal sucio y olor a humo, como si se tratara de un recuerdo ajeno, que alguien me contó y que describo casi a ciegas. Y entonces, escribo. Lo hago para huir al bosque tenebroso, para quedarme allí unas horas, para sentir cierta tranquilidad, para suspirar en mitad de mi voz repetida mil veces y encontrar algo de sosiego.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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