Crónicas de la lectora devota:

La inquietud que provoca la idea de la muerte física, siempre ha sido una forma de reflexionar acerca de la finitud de la identidad humana. “A lo mejor todo lo que nos ocurre en la vida no es más que una larga preparación para abandonarla”, medita Max Morden, el narrador desconsolado y lleno de angustia de la novela El mar (2005) de John Banville. Viudo reciente y en especial, expatriado de sus lugares privados, el personaje deberá enfrentarse no sólo al trauma de la muerte reciente, sino también, a un recorrido angustioso hacia la raíz de todos los miedos colectivos: la muerte como tránsito hacia lo desconocido.

También Sándor Márai profundizó sobre el tema en fragmentos selectos de sus conocidos Diarios, en los que que trató de brindar un sentido esencial al trayecto hacia el terror ciego que provoca la mera idea de la muerte. Para Márai, no se trata sólo del hecho de morir, sino de la persistente idea que toda la vida es un tránsito hacia tratar de entender la muerte, de comprender el sentido y la fugacidad de lo que expresa y sostiene un diálogo con algo más elaborado de la mente humana. John Banville también escribió sobre el tema en su conocida novela Los infinitos, en la que emparenta el trauma de la muerte con el del nacimiento y une ambas cosas en un recorrido hacia la iluminación. Por supuesto, también reflexiona sobre la imposibilidad de comprender a la muerte, lo que termina por convertir a todos los que analizan o elaboran percepciones sobre el bien y el mal como espectadores del mundo en su tránsito elocuente hacia lo incierto.

Claro está, La muerte, el duelo y en especial el tránsito entre ambas cosas, encuentra en la literatura un espacio simbólico. La percepción sobre la mortalidad tuvo auge a medida que la Ilustración sustituyó a las creencias mágicas y religiosas, hasta transformar la concepción de lo que ocurre luego de la desaparición física en un enigma. Desde las grandes alegorías que permiten reflexionar sobre el paso a la incertidumbre de la mente humana, hasta el recorrido hacia percepciones metafóricas sobre el colectivo y la individualidad, el terreno de la ficción permite asumir el peso de la desaparición física y la finitud de lo humano desde cierta belleza espectral.

Ya en el siglo XVIII, Ann Radcliffe meditó sobre el tema, analizó sus alcances y lo mezcló con los elementos más elaborados del gótico temprano. Sus novelas muestra la muerte como el final agónico de un recorrido extraviado hacia la búsqueda de significado. Algo semejante llevó a cabo Mary Shelley, cuando reflexionó sobre los terrores culturales a través de la eventualidad de la pérdida. Lo hizo además, en una mezcla de melancolía, horror y una percepción inquietante sobre la vida como una concepción fugitiva de lo espontáneo. Como parte del período romántico y más allá de eso, como una escritora de género en formación, Shelley supo recrear el sufrimiento del luto, el miedo a morir y en especial, la visión sobre la caída en la oscuridad a través de temores más primitivos desde una óptica sofisticada y tenebrosa.

Una versión más moderna y benévola de ese largo trayecto, es el ensayo Crying in H Mart de la escritora coreana Michelle Zauner, publicado en el The New Yorker en agosto de 2018. En el texto relata su percepción sobre la muerte, la ausencia y la angustia que provoca la condición de superviviente desde la óptica de una hija abrumada por la culpa y el desarraigo moral después de la muerte de su madre. La escritora describió en apenas cuatro párrafos, no sólo sus sentimientos con respecto a la ausencia, sino que también, elaboró una valiosa hipótesis sobre algo más elocuente: cómo se comprende en una época cínica el sufrimiento. Zauner se enfrentó a la muerte de su madre luego de un largo y doloroso cuadro de cáncer y también, a una transición dolorosa entre su vida tal y como la conocía y lo que llama “el otro día”. La autora — también músico — profundizó en su experiencia hasta crear una percepción sobre el miedo a lo desconocido y a la pérdida de la identidad, con algo más simple: la comida. En el ensayo, Zauner atraviesa semanas de dolor extremo, de un patológico miedo a la muerte y por último, un cuadro de ansiedad que la deja postrada por días enteros.

“Desde que murió mi mamá, lloro en H Mart” escribe la autora, en un despliegue de sencillez y profunda ternura que sorprende por su elocuencia. “Para aquellos de ustedes que no lo saben, H Mart es una cadena de supermercados que se especializa en comida asiática. La “H” significa han ah reum, una frase coreana que se traduce aproximadamente como un brazo lleno de comestibles” explica. Lo hace además, desde una perspectiva amable que no oculta la angustia existencial que con toda seguridad, le permitió escribir un recorrido a través de la pena, el duelo y el profundo miedo que le provocó el fallecimiento materno. De hecho, Zauner está paralizada de miedo y pasa la mayor parte del tiempo recluida en su habitación. Las pocas ocasiones en que debe salir a la calle, va al establecimiento que su madre solía frecuentar y en el que hacía la mayor parte de su compra menudas. Y mientras en su departamento compone música, escribe sin cesar y duerme cuando se queda exhausta, en el local se permite enfrentar el hecho que su madre murió y además lo hizo, sin que ella pudiera resolver los pequeños conflictos que la habían mantenido separada por casi seis años. “Es probable que me encuentres llorando junto a los refrigeradores banchan, recordando el sabor de los huevos con salsa de soja y la sopa fría de rábanos de mi madre. O en la sección del congelador, sosteniendo una pila de pieles de bola de masa, pensando en todas las horas que mamá y yo pasamos en la mesa de la cocina doblando carne de cerdo picada y cebollino en la masa fina. Sollozando cerca de los productos secos, preguntándome: “¿Soy coreana si ya no queda nadie en mi vida para llamar y preguntar qué marca de algas solíamos comprar?” dice y entonces abre las puertas hacia algo más elaborado que la simple idea del desconsuelo. La autora está no sólo abrumada por el fallecimiento de su madre. También por la erosión de su personalidad y el miedo que le produce el futuro.

Entonces, durante una larga noche de insomnio, comienza a cocinar. Lo hace, tal y como le enseñó su madre. “Se trató de un plato sencillo. Un poco de pasta, queso, carne y pan. Pero fue lo primero que hice desde que mi madre murió que tuvo sentido, significado y verdadero valor. De pronto, la mera acción de cortar, hervir, licuar se convirtió en una manera de ordenar mis pensamientos. De hacerlo de una forma cuidadosa, de encontrar una ruta hacia algo más luminoso”. El ensayo, que fue aclamado por la crítica literaria y se convirtió en un pequeño suceso entre varias publicaciones, además recorría a través de una percepción más elaborada y dura sobre el tiempo, la forma en que aceptamos la soledad de la ausencia y la búsqueda del consuelo. “Comprendí que cocinar era un vínculo con mi pasado, era un hilo conductor hacia algo más fuerte, más extraño y singular” escribió Zauner. “De la misma manera en que la música me consoló, también lo hizo la ternura de encontrar cómo reconocerme de nuevo, entre tantos pedazos rotos que medio de algo más profundo”.

El ensayo es muy corto como para narrar qué ocurre después de esa noche en la cocina, pero deja claro que la curación comenzó cuando la autora pudo llorar sobre las verduras cortadas de forma cuidadosa y la pasta recién preparada. Se trató de un recurso literario efectivo, pero a la vez, uno que se enlazó con algo más duro de asimilar. El cómo recorrer el tiempo y la percepción sobre el dolor desde una perspectiva privada que a la vez, pudiera reflejar el mundo de Zauner desde la periferia. La escritora logró contar no sólo el tránsito desde el punto más angustioso del dolor emocional, hasta la reconciliación con su propia vida. “Comí, lloré, reí. Pude recordar, lo que me había parecido imposible durante todo ese tiempo. Lloré y también, pude tomar la guitarra y tocar algunos acordes. Pensé en mi lugar junto a a las verduras en el H Mart y que ahora, había otro espacio seguro para mí, en medio del recorrido hasta volver a encontrar los trozos perdidos de mi vida, del pasado que no deseaba mirar y el presente brumoso, sobre el que debía trabajar. Toqué, comí, reí, pensé que valía la pena estar viva”.

La novela Crying in H Mart explora la misma perspectiva del ensayo y de hecho, comienza en el mismo lugar. La narración comienza el día después de esa primera comida y continúa a la mañana siguiente, con Zauner tendida en la cama con los brazos abiertos. Luego de largas noche en blanco, finalmente pudo conciliar el sueño y despertar ha sido una experiencia “liberadora”. Pero aún así, está aturdida por el hecho de reencontrarse con su madre, que al fin y al cabo es lo que hizo al cocinar. “Si el H Mart me permitía abrir una puerta invisible para ver a mi madre en medio de una escena imaginaria, cocinar fue una conversación” describe. Desconcertada por la sensación, decide no sólo comenzar a comprender el duelo que vive a través de todas las pequeñas cosas que le unían a su madre, sino reflexionar sobre su propia vida. “La muerte te deja claro dos cosas: estás aterrorizado de morir, pero también de vivir” dice. Y lo hace, mientras mira los restos de la comida de la noche anterior, aterrorizada, confusa pero a pesar de eso, llena de la necesidad de continuar su trayecto hacia algo más duradero y en especial, significativo. Para Zauner, ahora el duelo es también un reflejo de su necesidad de avanzar hacia algún lugar, luego de una temporada en la oscuridad y en especial, en medio de la sensación que la muerte le había arrebatado cada pequeño fragmento de individualidad. “Morir nos hace parte de una larga historia con una conclusión dolorosa” reflexiona “Todos morimos, todos vamos a morir, todos veremos morir a alguien que amamos. ¿Cómo se reflexiona acerca de esa idea? ¿cómo se analiza sin que te obsesione?” Zauner se queda de pie frente a los platos manchados por la improvisada cena de la noche anterior y se cuestiona, incluso, el sentido del absurdo de esa mañana soleada y de ese día, que de pronto es el primero de lo que supone una lenta recuperación”. ¿Alguna vez puedes saber cuando comienzas a mejorar?” Para Zauner la cuestión del duelo y el luto es un diálogo con el silencio, con los terrores y la incertidumbre. Pero también, es un recorrido hacia algo más íntimo. Con una prosa sincera y emocional, la autora recorre no sólo el abismo privado que ocasionó la pérdida de su madre, sino sus implicaciones a futuro, de una forma mucho más elaborada y extensa de su ya famoso ensayo. Zauner se plantea interrogantes sobre la naturaleza del dolor y sobre todo, esa profunda necesidad de comprendernos y sobrevivir al sufrimiento que todos descubrimos nos une en crisis personales especialmente duras. Un documento de invaluable sobre el horror de la ausencia, el recorrido hacia la necesidad de enfrentarse a ella y finalmente, esa serenidad desigual que proporciona mirarnos desde el otro lado de una tormenta personal de consecuencias imprevisibles.

De hecho, el ensayo publicado en el 2018, es el primer capítulo de la novela y a partir de allí, la autora recorre como su vida como sobreviviente a una pérdida mayor que enlaza con su silenciosa batalla, por encontrar de nuevo su identidad como mujer coreana y también, como músico. Hay una urgencia evidente en la necesidad de Zauner de reconstruir su vida y volver a encontrar un sentido de pertenencia que no sabe como llamar, pero echa en falta. Para la escritora, la muerte , es mucho más que el dolor de la ausencia física: es un replanteamiento a trazos forzados sobre nuestra propia vida y la capacidad que tenemos para enumerar los dolores personales y confusos que parecen de pronto hacerse más claros y evidentes luego de la tragedia. Zauner no sólo analiza el tema desde una perspectiva fresca y directa, sino que además medita sobre las implicaciones del luto y la angustia, mezcladas con sentimientos mucho menos comprensibles como la amargura por la pérdida y la búsqueda de respuestas al miedo de confrontar la muerte. En clave de búsqueda personal, la autora se pregunta cómo puede sobrevivir al hecho de dialogar con su propia mortalidad y en especial, cómo puede luchar contra su recuerdo y su enorme influencia sobre su presente y futuro

Lo hace además, usando la misma fórmula que en su primer acercamiento a la historia, sólo que ahora, en un recorrido mucho más amplio a través de la idea sobre la ausencia y la soledad. Zauner recorre su vida a través de cada pequeño gesto y todos los fragmentos que le vincularon a su madre de una manera u otra. Lo hace además, desde una mirada conmovedora sobre la necesidad de vincularse de nuevo con la cultura en la que nació y con la cual había perdido contacto. Y lo logra con una delicadeza asombrosa: vincula cada platillo que prepara con la identidad recuperada, reconstruida y revitalizada. De pronto, la muerte de su madre es no sólo un espacio sin nombre de puro sufrimiento, sino también una puerta abierta hacia lugares y recuerdos que le permiten mirarse a través de un reflejo personal. Zauner, que narra a un estilo directo, sensible y franco su complicada relación con su madre, sus años de lo que llama “una rebeldía imparable e infantil” y por último, una tímida reconociliación, deja entrever en su historia que hay mucho más que un recorrido a través de un complicado proceso de curación emocional. Se trata también de una búsqueda hacia nuevos conceptos sobre su mente y en especial, la forma en que dialoga con la mujer que es — gracias a la herencia cultura de su madre — y la que se convirtió, una joven mujer norteamericana que desea vivir de su talento. En especial, cuando se hace más evidente que su condición de encontrarse entre ambas versiones de la inmigración — su padre es un estadounidense blanco — provoca que deba tomar decisiones sobre su vida y la manera en que se expresa. “Incluso, la música que toco no expresa por completo a la mujer que soy. No es por completo estadounidense, tampoco coreana. Soy yo, en cada acorde, pero no del todo, como si estuviera a partes e incompleta”.

Zauner establece a través de la preparación de platillos tradicionales coreanos, una mirada hacia el mundo de su madre, sus espacios privados, los que ambas compartieron y en especial, la forma como ese vinculo esencial, sobrevive a la muerte. Corta los filetes de carne y escucha la voz de su madre, desde un corto video que aun conserva en el teléfono celular. Le mira en una fotografía, mientras cocina sopas y legumbres al estilo coreano. De pronto, el mundo es un tránsito a través de espacios duros y también, de una belleza diminuta y profunda. “Tomé la carne, la cubrí con un trozo de lechuga y la aderecé justo como me gustaba: un trozo de costilla reluciente, una cucharada de arroz tibio, una pizca de ssamjang y una fina rodaja de ajo crudo … Cerré los ojos y saboreé los primeros masticables, mis papilas gustativas y mi estómago se ha sido privado de una comida casera”. La autora, usa el recurso para entonces descubrir la infancia perdida, la que desdibujó la temprana rebeldía y su espíritu aventurero. Recuerda a su madre, a su lado, ambas con el plato sobre las rodillas en el porche de la vieja casa familiar. De pronto, la vida y la muerte se unen a través del sencillo acto de comer, de construir una idea generosa sobre los recuerdos que vinculan la identidad con cada momento de nuestra vida que otorga sentido al recorrido hacia la aceptación de la ausencia. Con una enorme delicadeza, la autora analiza su relación con su madre y apunta no sólo su personal punto de vista sobre el dolor y la angustia, sino también la complicada convivencia entre ambas. Porque a pesar del amor, también tuvo momentos duros. Las peleas, la adolescencia complicada. El mestizaje que hizo de su vida mucho más complicada. Zauner transforma su viaje íntimo en un delicadisimo recorrido a través del tapiz de sus recuerdos, de lo que asumió como parte de algo más elaborado y temible. Se recuerda a sí misma componiendo con los ojos llenos de lágrimas, mientras su madre agoniza unos pocos metros más allá, en la cama del hospital y deteniéndose con frecuencia en su concentración para cuidarla. Todo lo anterior convierte su relato no sólo en una perspectiva única sobre la pérdida y la angustia moral, sino en una revisión concienzuda sobre los intrincados lazos que nos unen a quienes amamos y forman parte de nuestra vida. Conmovedor por momentos, desconcertante en otros el relato avanza con buen pulso hacia una conclusión elemental y no por ello menos importante que el autor celebra en cada palabra: Somos quienes amamos.

Al final, Zauner logra volver a la vida. Cinco meses después, toca en un bar luego de haber comido una cena que preparó durante horas. “La música soy yo, mi madre está en cada sabor que degusto, la plenitud es una promesa que quizás nunca se cumpla” escribe. “La muerte sigue allí, pero por ahora, las pequeñas cosas que irradian luz, son más fuertes”. El público aplaude, ella grita de júbilo. Para Michelle Zauner, el ciclo de pequeñas y grandes historias vuelve a comenzar.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti

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