Érase una vez una niña que quería volar, llamada Ada Lovelace.

De los números al verso: Un puente entre las ideas.

El adinerado Charles Babbage organizaba tertulias temáticas para la alta sociedad británica en el Londres del siglo XIX. Se trataba de extraordinarios acontecimientos que reunían a los personajes más encumbrados de la ciudad pero también, a quienes el excéntrico anfitrión consideraba interesantes y parte de la élite intelectual del Imperio. En sus salones extraordinarios, se reunieron para debatir sobre ciencia, arte y literatura desde Darwin hasta Dickens e incluso, hombres de dudosa fama pero enorme encanto personal como el Duque de Wellington. Paa Babbage, lo realmente importante era la posibilidad de conjugar en un único lugar a las mentes más brillantes de la época. “Aprender sobre ellas como si se tratara de la vitrina de una iluminada estantería” llegó a escribir en sus extrañas memorias. “Una mirada a la rareza de la inteligencia ajena”.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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